lunes, 30 de abril de 2018

ME pesas como un fardo, primavera.

ME pesas como un fardo, primavera.
No tengo fuerzas para alzar de nuevo
la antorcha de mi risa y de mi engaño
contra tus hojas nuevas.
Ya no es tarde ni es noche.
En la plaza los pájaros se persiguen, antiguos.
En la plaza se encienden los faroles.
Me pesas, primavera.
Henchidos de tu zumo,
los niños se han perdido de la tierra.
Buscan aquel palacio de ahora mismo,
apagado de pronto en el ocaso,
apagado al final de sus veredas.
Antigua tarde. Pájaros antiguos.
Bajo un cielo cuajado de lunares
se encienden los faroles
y se pierden los niños.
Me tumbo bocabajo,
no tengo fuerzas para alzar de nuevo
la antorcha de mi risa y de mi engaño;
primavera de luz inabarcable,
me pesas como un fardo.

Carmen Martín Gaite
Después de todo
Poesía a rachas

domingo, 29 de abril de 2018

11
Todo se penetra. La lectura de los clásicos, que no distinguen los ocasos, me ha vuelto inteligibles muchos ocasos, en todos sus colores. Hay una relación entre la competencia sintáctica, por la que se distinguen los valores de los seres, de los sonidos y de las formas, y la capacidad de comprender cuándo el azul del cielo es realmente verde, y qué parte del amarillo existe en el verde azul del cielo.
En el fondo es lo mismo: la capacidad de distinguir y de sutilizar. Sin sintaxis no hay emoción duradera. La inmortalidad es una función de los gramáticos.

Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

Traducción, organización, introducción y notas: Ángel Crespo

sábado, 28 de abril de 2018

Y, en torno a mí, todos los ocasos incógnitos doran

81
¡Cuánto tiempo hace que no escribo! He pasado, en unos días, varios siglos de renuncia insegura. Me he estancado, como un lago desierto, entre paisajes que no existen.
Mientras tanto, me corría bien la monotonía variada de los días, la sucesión nunca igual de las horas iguales, la vida. Corría bien. Si durmiese, no me correría de otro modo. Me he estancado, como un lago que no existe, entre paisajes desiertos.
Es frecuente el desconocerme —lo que sucede con frecuencia a los que se conocen… Me hago compañía en los varios disfraces con que estoy vivo. Poseo, de cuanto muda, lo que siempre es lo mismo; de cuanto se hace, lo que no es nada.
Recuerdo, lejano en mí, como si viajara para dentro, la monotonía todavía diferente, de aquella casa provinciana… Allí pasé la infancia pero no sabría decir, si quisiese hacerlo, si con más o menos felicidad que paso la vida hoy. Era otro el quien soy que vivía allí: son vidas diferentes, distintas, incomparables. Las mismas monotonías, que las aproximan por fuera, eran sin duda diferentes por dentro. No eran dos monotonías, sino dos vidas.
¿Con qué propósito me acuerdo?
El cansancio. Recordar es un descanso, porque no es hacer. Qué de veces, para que el descanso sea mayor, recuerdo lo que no fui, y no hay nitidez ni añoranza en mis memorias de las provincias en que estuve como los que moran, tabla a tabla del entarimado, oscilo el oscilo de otras, en las vastas salas donde nunca viví.
De tal modo me he convenido en la ficción de mí mismo que cualquier sentimiento natural que tengo, desde luego, desde que nace, se me transforma en un sentimiento de la imaginación: la memoria en sueños, el sueño en olvidarme de él, el conocerme en no pensar en mí.
De tal modo me he desnudado de mi propio ser que existir es vestirme. Sólo disfrazado es cuando soy yo. Y, en torno a mí, todos los ocasos incógnitos doran, al morir, los paisajes que nunca veré.
31-3-1934.


Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

Traducción, organización, introducción y notas: Ángel Crespo

viernes, 27 de abril de 2018

¡La gloria nocturna de ser grande no siendo nada!

38
y desde lo alto de la majestad de todos los sueños, ayudante de contabilidad en la ciudad de Lisboa.
Pero el contraste no me abruma —me alivia; y la ironía que hay en él es sangre mía. Lo que debiera humillarme es mi bandera, que despliego; y la risa con que debería reírme de mí es un clarín con el que saludo y creo una alborada en la que me convierto.
¡La gloria nocturna de ser grande no siendo nada! La majestad sombría de esplendor desconocido… Y siento, de repente, la sublimidad del monje en el yermo, del eremita en el retiro, informado de la substancia del Cristo en los arenales y en las cavernas que son la negación del mundo, que son la estatuaria vacía.
Y en la mesa de mi cuarto soy menos despreciable, empleado y anónimo, escribo palabras como la salvación del alma (…) anillo de renuncia en mi dedo evangélico, joya sin brillo de mi desdén extático.
(Posterior a 1913).

Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

Traducción, organización, introducción y notas: Ángel Crespo

jueves, 26 de abril de 2018

Las calles iban apareciendo en la claridad huidiza del alba

Las calles iban apareciendo en la claridad huidiza del alba entre tejados y campos que trascendían a frescura de abril. Por allí se descolgaban las mulas de la leche a todo correr, las orejas de los botijos de metal repiqueteando, perseguidas por el jadeo y el látigo del peón que las arreaba. Por allí les amanecía a las vacas que ordeñaban en los zaguanes de las casas ricas y en las esquinas de los barrios pobres, entre parroquianos que en vía de restablecimiento o aniquilamiento, con ojos de sueños hondos y vidriosos, hacían tiempo a la vaca preferida y se acercaban a su turno, personalmente, a recibir la leche, ladeando el vaso con divino modo para que de tal suerte se hiciera más líquido que espuma. Por allí pasaban las acarreadoras del pan con la cabeza hundida en el tórax, comba la cintura, tensas las piernas y los pies descalzos, pespunteando pasos seguidos e inseguros bajo el peso de enormes canastos, canasto sobre canasto, pagodas que dejaban en el aire olor a hojaldres con azúcar y ajonjolí tostado. Por allí se oía la alborada en los días de fiesta nacional, despertador que paseaban fantasmas de metal y viento, sonidos de sabores, estornudos de colores, mientras aclara no aclara sonaba en las iglesias, tímida y atrevida, la campana de la primera misa, tímida y atrevida, la campana de la primera misa, tímida y atrevida porque si su tantaneo formaba parte del día de fiesta con gusto a chocolate y a torta de canónigo, en los días de fiesta nacional olía a cosa prohibida.
Fiesta nacional…
De las calles ascendía con olor a tierra buena el regocijo del vecindario, que echaba la pila por la ventana para que no levantaran mucho polvo al paso de las tropas que pasaban con el pabellón hacia Palacio —el pabellón oloroso a pañuelo nuevo—, ni los carruajes de los señorones que se echaban a la calle de punta en blanco, doctores con el armario en la leva traslapada, generales de uniforme relumbrante, hediendo a candelero —aquéllos tocados con sombreros de luces, éstos con tricornio de plumas—, ni el trotecito de los empleados subalternos, cuya importancia se medía en el lenguaje de buen gobierno por el precio del entierro que algún día les pagaría el Estado.

Miguel Ángel Asturias
El señor Presidente

(¡Todo el orbe cante!)

miércoles, 25 de abril de 2018

las crías de pardela descubrieron una nueva virtud de la tienda

Hacia el amanecer, cuando, por puro agotamiento, empezábamos ya a conciliar un sueño irregular a pesar de los ruidos, las crías de pardela descubrieron una nueva virtud de la tienda. A ambos lados, la lona formaba una pendiente de lo más apetecible. Las crías subían volando una tras otra a la cresta de la tienda y, a continuación, se dejaban caer por los lados, haciendo sus garras un ruido similar a como si desgarrasen percal sobre el lienzo, mientras que sus hermanas, posadas en círculo alrededor suyo, emitían gritos de admiración que sonaban algo así como «Caau, cuuRR, CUURR» y «Uuuh, Cuurr, Cuurr». Tras reflexionar detenidamente, llegué a la conclusión de que era la peor noche que había pasado en mi vida.
A la mañana siguiente, justo antes de despuntar el sol, nos despertamos después de una pequeña cabezada y echamos una mirada al exterior de la tienda, de la que salimos para darnos un chapuzón con paso vacilante y dando traspiés, para lo que hubimos de pasar entre las hordas de pardelas que aún se hallaban graznando fuera de sus madrigueras. El cielo tenía un color rosa, naranja y verde, y en él podían verse un puñado de oscuras nubes dispersas sin orden ni concierto a lo largo del horizonte. El mar, de un intenso azul cobalto, estaba en calma. Por encima de mi cabeza, las hojas de las palmeras susurraban con un sonido similar a una lluvia espectral, proyectándose sus oscuras sombras contra el cielo. Descansando entre ellas, en una postura relajada de espaldas, se veía una frágil luna en forma de hoz, blanca como un rabijunco. El cielo estaba salpicado con las siluetas de las pardelas, que volaban y cantaban formando un coro de alborada, y por doquier se veían las crías de oscura piel arrastrándose por entre las plantas de tabaco y escabullándose en el interior de sus madrigueras.

Gerald Durrell
Murciélagos dorados y palomas rosas


martes, 24 de abril de 2018

Y una vez más comprendió la fuerza que da el conocimiento de la miseria

En la fría alborada empañada por esa bruma de verano, esa especie de vaho que exhala de noche el ardoroso París atemperando un poco su fiebre, salía el tren de la estación del Norte. Tillery y Choute acompañaron a sus amigos hasta el último momento y aún permanecieron un buen rato en el andén.
Sentados uno al lado del otro en su compartimiento, Michel y Evelyne contemplaban el rápido desfile de los sórdidos edificios, las masas de altos, mugrientos y negro inmuebles donde bullen los sufrimientos de las civilizaciones industriales. Montmartre iba ascendiendo lentamente en el horizonte.
Encima de la densa bruma, ya dislocada y perforada por los rayos del sol como las humaredas errantes sobre un campo de batalla, surgía, semejante a una Acrópolis, su templo luminoso y rosado. El vagón de tercera clase estaba atestado. Una mujer sacó de un paquete unas tartas y huevos duros y se dispuso a comer. El tren iba aumentando su velocidad y rodaba hacia Creil, la Picardía y el Norte.
Michel, con el corazón un poco oprimido, guardaba silencio. De nuevo, la aventura y la vida conyugal por primera vez, la terrible prueba para ambos de la vida dura y verdadera con la que jamás a excepción de algunos días, se había enfrentado. La medicina, la clientela aún por hacer, el dinero a ganar día a día, desde el primero al último día del año, sin ingresos, sin sueldo, sin ayuda de nadie, con los cuidados que la frágil salud de Evelyne requería…
Miró a hurtadillas a Evelyne. Ésta hizo lo propio, puso la mano sobre la de su marido y le sonrió.
Michel se sintió confortado. Evelyne no tenía miedo. Y una vez más comprendió la fuerza que da el conocimiento de la miseria.
 
Maxence Van der Meersch
Cuerpos y almas


lunes, 23 de abril de 2018

Los tres hombres y la mujer caminaban un poco deslumbrados por la alborada.

Plinio sujetó las manos del Chavico con sus esposas antiguas y descomunales.
La mozona parecía dormir con una respiración tranquila. Ya no sudaba.
Salieron los cuatro a las eras que rodeaban el cuartillejo. El cielo estaba sonrosado y transparente. En un punto del horizonte, como arrancado del mismo borde de la llanura, asomaba un poquito de sol… Las sombras de los hombres y las casas, largas y alámbricas, se perdían no se sabía dónde. Un aire sutil, recién filtrado, oreaba el rostro.
Los tres hombres y la mujer caminaban un poco deslumbrados por la alborada. Avanzaban como figuras confusas, entre grises y rosas intensos; disminuidos, pálidos y encogidos bajo la grandeza del amanecer.
Al pasar junto al cuartillejo de la Langosta, la Marrana se apartó del grupo sin decir nada y llamó en el ventanuco.
Plinio comprendió y detuvo la marcha suya y de sus acompañantes. Aguardaron, y al cabo de unos minutos se asomó una moza despeinada, que apenas podía abrir los ojos a la luz.
—¿Qué pasa?
Oyó la respuesta sin enterarse, al parecer. La presencia del guardia y del Chavico esposado atrajo toda su atención. Los miraba ahora con la boca abierta y los ojos desmesurados.
—Ahí está la de Alcázar, que le ha dado un patatús —dijo la Marrana—; se queda sola porque nosotros nos vamos a la cárcel.
La del ventanuco no respondía, no reaccionó. Seguía mirando embobada al guardia y al Chavico, que parecía aterrado con la resaca.
—Vamos —ordenó Plinio.
Cuando habían andado unos pasos, la moza del ventanuco rompió a hablar:
—Le pasan solos esos ataques… Ya vendrá cuando despierte… ¿Le habéis dado los dos duros?
—Para duros estamos —rezongó la Marrana.
—¿Que si le habéis dado los dos duros?
Para cruzar el canal, don Lotario y Plinio volvieron a descalzarse pacientemente. Los presos pasaron indiferentes a pie calzado.
Plinio pidió a don Lotario que antes de ir al Ayuntamiento se llegase a la calle de San Lorenzo.
Iban por las claras calles de la prima mañana, entre las mujeres que barrían las puertas, al son estrepitoso del Ford.
La Marrana iba delante con don Lotario. Plinio detrás, con el Chavico esposado. La Marrana, que montaba por primera vez en auto, mostraba cierto solivianto.
 
Francisco García Pavón
Los carros vacíos
Plinio


domingo, 22 de abril de 2018

al aprender del prepotente, se había infiltrado él mismo en la tiranía

En las horas sombrías que preceden a la falsa alborada, el Pontífice León comenzó a mover la cabeza a un lado y a otro sobre la almohada, y a murmurar nerviosamente. Tenía la garganta espesa de mucosidad, y el ceño pegajoso a causa de la transpiración de la noche. La enfermera nocturna le acomodó mejor en la cama, le pasó una esponja sobre la cara y le humedeció con agua los labios. Él respondió somnoliento.
—Gracias. Lamento molestarla. He tenido una pesadilla.
—Ya pasó. Cierre los ojos y vuelva a dormir.
Durante un momento breve y confuso tuvo la tentación de relatarle el sueño, pero no se atrevió. Se había elevado como una luna nueva desde los lugares más oscuros de su recuerdo infantil; y ese mismo sueño proyectaba una luz implacable sobre un hueco oculto de su conciencia adulta.
En la escuela había un niño, mayor y más corpulento, que le molestaba constantemente. Un día él se enfrentó a su torturador y le preguntó por qué hacía cosas tan crueles. La respuesta aún resonaba en su memoria: «Porque tú me ocultas la luz; estás quitándome el sol». Y entonces preguntó cómo era posible que, puesto que era mucho más pequeño y menor, pudiera hacer tal cosa. A lo cual el prepotente respondió: «Incluso un hongo produce una sombra. Si la sombra cae sobre mi bota, yo destruyo el hongo».
Fue una lección cruel pero duradera acerca de las aplicaciones del poder. Un hombre que se ponía frente al sol se convertía en una sombra oscura, anónima y amenazadora. Sin embargo, la sombra estaba rodeada por la luz, como una aureola o la corona de un eclipse. Y entonces, el hombre-sombra asumía el numen de una persona sagrada. Desafiarle era sacrilegio, un crimen condenable.
Así, durante las últimas horas que precedieron al momento en que le administraron drogas y le llevaron a la sala de operaciones, Ludovico Gadda, León XIV, Vicario de Cristo, Supremo Pastor de la Iglesia Universal, comprendió cómo, al aprender del prepotente, se había infiltrado él mismo en la tiranía.

Morris West
Lázaro
Tetralogía del Vaticano


sábado, 21 de abril de 2018

el Hombre se levantó y la Creación terminó

Pero todos nosotros estamos turbados de angustia, Excelencia Reverendísima, y sin que nadie nos pueda sacar de dudas; que quizás doña Isabel de los Ríos, si viviera y que solamente el padre Duval, que está muy anciano y achacoso, nos ha dado un poco de luz y consuelo y se lo escribimos a Vuestra Excelencia para que nos comunique su parecer y tranquilidad.
Y esta turbación la tenemos por lo acaecido aquella noche de la muerte de don Pablo, cuando la doña Tomasa de Arellano hurgaba en los baúles, pupitres, anaqueles y bujetas, que fue donde encontramos esta relación, que le enviamos. Y debajo de esta relación, en la misma arqueta de raso rojo, había un rosario que fue de doña Isabel y unos pendientes también de ella, de oro y un diamante grueso en cada uno, que le regaló don Pablo cuando se casaron, y un cilicio y disciplinas bien usadas y un crucifijo de madera de ébano todo él. Y en el fondo de la arqueta o bujeta de perfumes, forrada de raso rojo, un papel de puño y letra de dicho don Pablo en el que declaraba que sólo creía en la materia y en un Dios Criador, pero no en la inmortalidad del alma, ni en otra alguna cosa; y que creía en la ciencia y en la ilustración y en la religión del hombre. Que él había leído, en unos sabios hebreos, un cuento sobre la creación de Adán que la parecía mucha verdad en lo que simbolizaba y que este cuento era que Dios creó el cuerpo de Adán antes que el mundo y que la misma luz y que, cuando iba a insuflarle el alma y la vida, se detuvo porque se dijo para sí: «Si dejo que el Hombre viva y se levante inmediatamente puede pretender más tarde que ha compartido mi tarea. ¡Debe seguir como una masa inerte hasta que yo la haya terminado!» Y que, al anochecer del sexto día de la creación, los ángeles preguntaron: «Señor del Universo, ¿por qué no has creado todavía al hombre?», y Dios les contestó: «El Hombre está creado y sólo le falta vida». Y que entonces Dios infundió vida a la arcilla y el Hombre se levantó y la Creación terminó. Y que a don Pablo le parecía que esto era mucha verdad y que como si el Hombre hubiese quedado resentido de Dios y le quisiese demostrar, ahora, que él haría mejor el mundo con la ciencia y la ilustración y que creía que este cuento significaba que un día el Hombre iba a matar con esa ciencia al Dios de las religiones positivas o hacerse él Dios y que este día estaba llegando. Y que ésta era su creencia y que, si otra cosa dijere en enfermedad o peligro de muerte, que lo diría por miedo o sin control de su inteligencia, pero que era esto lo que creía.
Y que cuando leyó este papel la doña Tomasa de Arellano, que estábamos comentando la edificación y santidad de la muerte de don Pablo, nos quedamos corridos e inquietos. Y al obispo de Jaén que preguntó que qué leíamos le dijimos que nada, que una oración. Y, a la mañana siguiente, fuimos a ver al padre Duval, que vino para los funerales y se lo leímos y se echó a llorar y dijo con rabia:
—¡El idiota! ¡Y, sin embargo, era cristiano...!
Y que tanto había podido el Voltaire. Y nos hemos quedado sobrecogidos y sin saber qué decisión ni partido tomar, y que, cuando celebramos las misas por el ánima de don Pablo nos entran escalofríos recordando el papel y pensando si la sangre redentora de Cristo se derramaría en balde para don Pablo a causa de Voltaire y de otros muchos libros perversos.

    JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO
    El sambenito

   


viernes, 20 de abril de 2018

no haré nada que me ligue voluntariamente al mal


—No —dijo—, no quiero nada que venga de sus manos; si estuviera muriéndome de sed, y fuera su mano quien acercara una jarra a mis labios, tendría el valor de rechazarla. Puede que sea excesivamente crédulo, pero no haré nada que me ligue voluntariamente al mal.
—No tengo nada en contra de un arrepentimiento en el lecho de muerte —hizo notar el visitante.
—¡Porque no cree usted en su eficacia! —exclamó Markheim.
—No diría yo eso —respondió el otro—, en realidad miro estas cosas desde otra perspectiva, y cuando la vida llega a su fin, mi interés decae. El hombre en cuestión ha vivido sirviéndome, extendiendo el odio disfrazado de religión, o sembrando cizaña en los trigales, como hace usted, a lo largo de una vida caracterizada por la debilidad frente a los deseos. Cuando el fin se acerca, sólo puede hacerme un servicio más: arrepentirse, morir sonriendo, aumentando así la confianza y la esperanza de los más tímidos entre mis seguidores. No soy un amo demasiado severo. Haga la prueba. Acepte mi ayuda. Disfrute de la vida como lo ha hecho hasta ahora; disfrute con mayor amplitud, ponga los codos sobre la mesa; y cuando empiece a anochecer y se cierren las cortinas, le digo, para su tranquilidad, que hasta le resultará fácil llegar a un acuerdo con su conciencia y hacer las paces con Dios. Regreso ahora mismo de estar junto al lecho de muerte de un hombre así; y la habitación estaba llena de personas sinceramente apesadumbradas escuchando sus últimas palabras: y cuando le he mirado a la cara, una cara que reaccionaba contra la compasión con la dureza del pedernal, he encontrado en ella una sonrisa de esperanza.
—Entonces, ¿me cree usted una criatura como ésas? —preguntó Markheim—. ¿Cree usted que no tengo aspiraciones más generosas que pecar y pecar y pecar, para, en el último instante, colarme de rondón en el cielo? Mi corazón se rebela ante semejante idea. ¿Es ésa toda la experiencia que tiene usted de la humanidad? ¿O es que, como me sorprende usted con las manos en la masa, se imagina tanta bajeza? ¿O es que el asesinato es un crimen tan impío que seca por completo la fuente misma del bien?

Robert Louis Stevenson
La isla de las voces

jueves, 19 de abril de 2018

en cierto palacio de Lisboa, un rey que tache su nombre

Tal vez la codicia haya cargado demasiado los barcos; lo cierto es que uno de ellos, y precisamente el que manda Francisco Serrão, da contra un escollo, y solamente las vidas humanas se salvan del naufragio. Van errantes por la playa desconocida, y cuando ya los amenazaba un ocaso que hubiera sido el de sus penas, Serrão consigue, con un golpe de astucia, apoderarse de un barco de piratas, en el cual hacen rumbo de nuevo a Amboina. Con la misma afabilidad que cuando habían abordado, como grandes señores recibe el jefe a los que acuden ahora a refugiarse en sus playas y les brinda acogimiento con la más perfecta generosidad. Con tal amor, veneración y magnificencia fueron recibidos y hospedados, que les parecía, en medio de su dicha y gratitud, un caso increíble.
Parece que el más elemental deber militar dictaría al capitán Francisco Serrão, no bien repuestos los ánimos, la inmediata partida en una de las barcazas que continuamente se dirigen a Malaca, a fin de entrevistarse con su almirante, y después, ya de vuelta a Portugal, poner enseguida sus armas a disposición del rey, al cual le atan los vínculos del juramento y del sueldo que de él recibe.
Pero el país paradisíaco, el clima cálido y balsámico corroen pérfidamente en Francisco Serrão el sentimiento de la disciplina militar. Y, de pronto, le resulta del todo indiferente que haya dondequiera, a muchas millas, en cierto palacio de Lisboa, un rey que tache su nombre, refunfuñando, de la lista de capitanes o pensionados. Está convencido de que bastante ha hecho por amor a Portugal y de que ha expuesto su piel por la patria con frecuencia. Hora sería de que él, Francisco Serrão, pudiera por fin empezar a vivir, sin más ansias ni incomodidades, la vida de ese Francisco Serrão, con la misma plenitud que gozan de la suya todos los pobladores desnudos y, sin cuidado de aquellas benditas islas. Que los otros marineros y capitanes continúen enhorabuena arando el mar y comprando con sangre y sudor la pimienta y la canela para unos trujamanes forasteros; que vayan corriendo riesgos y batallas como unos bobos leales, sólo para que la Alfanda de Lisboa pueda atesorar más tributos en sus arcas. Él, personalmente, Francisco Serrão, de ahora en adelante ex capitán de la flota portuguesa, ya está saciado de guerras y de aventura y de negocio de especias. Sin más ceremonia, el valiente capitán renuncia al mundo heroico y pasa al mundo idílico, dispuesto a vivir en lo sucesivo de incógnito, al modo primitivo y magníficamente perezoso de aquella amable gentecilla. Tampoco le da mucho trabajo el alto honor de gran visir con que el rey de Ternate le distingue: sólo una vez, en una guerrilla que sostiene su señor, es llamado a ejercer de consejero militar y se lo recompensan, dándole posesión de una casa con sus esclavos y servidores, a más de una esposa bonita y morena, de la cual cosecha dos o tres niños de un color moreno claro.

Stefan Zweig
Magallanes
El hombre y su gesta


miércoles, 18 de abril de 2018

Papagayos, ruiseñores, que cantáis al alborada,

MELIBEA.-
Cuanto dices, amiga Lucrecia, se me representa delante. Todo me parece que lo veo con mis ojos. Procede, que a muy buen son lo dices y ayudarte he yo.
LUCRECIA, MELIBEA.
Dulces árboles sombrosos,
humilláos cuando veáis
aquellos ojos graciosos
del que tanto deseáis.
Estrellas que relumbráis,
norte y lucero del día,
¿por qué no le despertáis,
si duerme mi alegría?
MELIBEA.-
Óyeme, tú, por mi vida, que yo quiero cantar sola.
Papagayos, ruiseñores,
que cantáis al alborada,
llevad nueva a mis amores,
como espero aquí asentada.
La media noche es pasada,
y no viene.
sabedme si hay otra amada
que lo detiene.
CALISTO.-
Vencido me tiene el dulzor de tu suave canto; no puedo más sufrir tu penado esperar. ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Cuál mujer podía haber nacida que deprivase tu gran merecimiento? ¡Oh salteada melodía! ¡Oh gozoso rato! ¡Oh corazón mío! ¿Y cómo no pudiste más tiempo sufrir sin interrumpir tu gozo y cumplir el deseo de entrambos?
MELIBEA.-
¡Oh sabrosa traición! ¡Oh dulce sobresalto! ¿Es mi señor de mi alma? ¿Es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estabas, luciente sol? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Había rato que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar palabras sin seso al aire con mi ronca voz de cisne? Todo se goza este huerto con tu venida. Mira la luna cuán clara se nos muestra, mira las nubes cómo huyen. Oye la corriente agua de esta fontecica, ¡cuánto más suave murmullo su río lleva por entre las frescas hierbas! Escucha los altos cipreses, ¡cómo se dan paz unos ramos con otros por intercesión de un templadico viento que los menea! Mira sus quietas sombras, ¡cuán oscuras están y aparejadas para encubrir nuestro deleite! Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tórnaste loca de placer? Déjale, no me le despedaces, no le trabajes sus miembros con tus pesados abrazos. Déjame gozar lo que es mío, no me ocupes mi placer.

Tragicomedia de Calisto y Melibea
Fernando De Rojas


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