jueves, 21 de junio de 2018

«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo»

«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo». «¿Y qué es eso?». «Otra reminiscencia. Un viejo personaje que no pasó de imaginado, del cual jamás escribí una sola línea, pero que ahora reaparece. Pertenecía a una novela que no pasó de proyecto: quizás ni a eso haya llegado. Se llamaría La isla, la reina y la tarasca, y el lugar de la acción era la isla de Mazaricos, una especie de peñón basáltico perdido en el mar del Occidente, del que emergía como un cetáceo aboyado. La imagen de la isla la tomé de una revista geográfica, donde venía fotografiada a todo color: como un pedazo de madera… Pero será mejor que la veamos». Lénutchka pegó un salto inesperado y quedó en pie sobre la alfombra. «¡Oh, sí, claro, por supuesto! ¡Hace ya mucho tiempo que no viajamos!». «No de pie: está lejos y podrías fatigarte. Yo, por mi parte, no me siento capaz de hacer un camino tan largo. Siéntate a mi lado». Yo estaba en el sofá donde ella se había tendido con la cabeza en mi regazo, como llevo dicho. Se acomodó a mi lado. Me sonrió. «Te dejo fumar otra vez». Le di las gracias con un beso. «Lo más cómodo será arribar a la isla por el aire. Si seguimos al sol llegaremos allá con el crepúsculo». «En la isla, ¿tendremos dónde dormir?». «Por supuesto. Y digo lo de seguir al sol porque él nos marcará la ruta. En esa dirección, precisamente, está la isla». Lénutchka estiró los brazos. «Me apetece colgarme de la luz, pero me da temor de que los rayos sean demasiado sutiles y me dejen caer». «Las palabras no pesan», le respondí, y, por quitarle el temor, me instalé en un haz luminoso que me alejó rápidamente. «¡Espérame!», gritó ella, riendo: cuando volví la vista, me seguía ya, saltando de un rayo en otro y pronto estuvo a mi lado: íbamos como niños en caballos de tiovivo, nos alejábamos y nos juntábamos, subíamos y bajábamos como en un tobogán, todo con risas. Pasaban, debajo, los valles ya en sombra y las cimas todavía iluminadas; en el haz de algún río rojeaba el sol y en la mar aún lejana: Villasanta quedaba envuelta en la niebla de la tarde, difuminada, como esas ciudades que se ven en el desierto. Al llegar a la costa le señalé a Lénutchka un puertecillo. «Eso es Muxía. Todas las semanas viene el barco de Mazaricos, que tripulan dos hombres, el patrón y el maquinista. Llevan juntos treinta años y no se han hablado jamás». «Uno será franquista y el otro republicano». «No. Uno es de los que siempre se ven de frente y, el otro, de los que se ven de perfil». Le expliqué entonces que en Mazaricos no había más que una ciudad, y que sus habitantes se dividían en esos dos bandos, que más parecían razas. Los que se ven de frente viven en la parte diestra del pueblo; los otros, en la siniestra. En medio de las dos partes, encima mismo del puerto, está el casino, al que sólo pueden entrar los hombres. «Eso parece, me dijo, un poblado de bororos». «En ellos me inspiré para inventarlo». Quedaba atrás la costa y el sol amenazaba con meterse en una franja de nubes negras que bordeaba el horizonte: combadas, como de tormenta, con los bordes dorados. Nos quedaríamos sin vehículo, si se tragaban al sol; pero éste, como es sabido, va más despacio al ponerse, de modo que nos dio tiempo a alcanzar la vista de Mazaricos, que apareció en la raya remota, alargada y achaparrada como el lomo de un pez gigante, aunque, más de cerca, vimos que más tiraba a redonda, que sus acantilados se recortaban en bahías y caletas, y que la superficie era llana y sin árboles, como barrida por el viento. Las luces que empezaban a encenderse nos orientaron acerca de la situación exacta de la ciudad: vista desde la altura semejaba un anfiteatro con casitas escalonadas alrededor de una dársena curvada: había en ella barcas y barquichuelos, y personas en el muelle, paseando. Cuando el sol se había casi ocultado, resbalamos de nuestros rayos y quedamos junto a la entrada del pueblo. «Es tarde para que veamos al Dragón Feo», dije a Lénutchka; «a estas horas, la gruta en que se esconde estará oscura, y aunque él preferiría que no le viésemos, porque su fealdad le hace tímido y recatado, y siempre cuesta trabajo sacarle de su escondrijo submarino, no quiero que te pierdas el espectáculo de la gruta al amanecer, que es bellísimo». Lénutchka se había sentado en una piedra pulida por el viento y la lluvia. «También lo es este paisaje, tan desnudo y tan duro». Venía por el camino, tocando en su flauta pánica una tonada enrevesada y arcaica, un viejo pastor de cabras, al que vimos siempre de perfil; pasó por nuestro lado y nos saludó en lengua vernácula, que Lénutchka no entendía. Le pregunté al hombre si hallaríamos, a aquellas horas, hospedaje; nos respondió que en el pueblo había un hotel, pero que no se recordaba que jamás hubiera llegado a él huésped alguno. «Los hombres nos han abandonado hace ya siglos, o quizás nos hayan olvidado. Cuando trae el barco algún pasajero es uno de nosotros, que regresa de la emigración o que viene simplemente a visitar a la familia, pero que tiene siempre casa propia. El hotel, sin embargo, se mantiene limpio y dispuesto para cuando la reina llegue». Y señaló a Lénutchka: «¿No lo será esta dama?». Traduje a Lénutchka lo que el cabrero había dicho. «Respóndele que no. ¡Qué disparate! Si fuese reina, si lo fuese sólo por unas horas, no me recibirían después en mi país». El cabrero meditó unos instantes. «Pues todo el mundo creerá que es ella, porque responde a la descripción que nuestros padres nos han hecho, y a ellos los abuelos, y así hacia atrás no se sabe cuántos siglos». «¿Recuerda el nombre?». «La reina, nada más que la reina». Le pregunté la dirección del hospedaje: me respondió que estaba junto al muelle, en la mitad siniestra, pero que su jardín pertenecía a la diestra. Le di las gracias y se marchó con su música y sus cabras, armando cierto alboroto de esquilones; y cuando se hubo alejado, razoné de la siguiente manera con Lénutchka: «Si ahora bajamos al pueblo y buscamos el hotel, resultará inevitable que nos metamos en la novela a la que esta isla pertenece. A mí no me importa hacerlo si es que a ti te apetece, ya que, para lo nuestro, lo mismo da una novela que otra. Pero será inevitable que te tomen por la reina y que hagas ese papel. De modo que decide». Lénutchka lo pensó un rato. «No es que no me tiente», me respondió, «porque esos hombres de frente y esos hombres de perfil deben de ser fascinantes, pero no olvides que soy una muchacha soviética educada en el marxismo-leninismo más ortodoxo, y que hacer el papel de reina me da cierta dentera; además, mi gusto literario es bastante clásico, y las bifurcaciones acaban por aburrirme. Este viaje que venimos haciendo pertenece a nuestra novela, y, si las cosas marchan acabaremos por llevarnos al Dragón Feo a Villasanta de la Estrella, ya lo verás, de suerte que, de un modo bastante tenue, nos mantenemos dentro del tema. Pasar a otro nos hace correr el riesgo de abandonar lo empezado, y son ya muchos esbozos los que te han quedado a medias. Por lo demás, confieso que no me disgustaría saludar a la dueña del hotel, donde, además, hallaremos lechos cómodos y un poco de comida». «Traje conmigo algo», y señalé el zurrón que en aquel momento acababa de inventar y de colgarme al hombro; «hay de esos pastelillos de caviar que te gustan». «¿Caviar del Guadalquivir?». «Del Volga, garantizado». Tendió las manos. «¡Dámelos en seguida, te lo ruego!». Le pasé la fiambrera donde venían, y vi cómo se los comía con infantil voracidad. Mientras lo hacía, inventé una guitarra que dejé a sus pies; porque Lénutchka, después de haber comido los pasteles de caviar, se sentía nostálgica y cantaba canciones de su tierra en que hablaba de ríos, de bosques y de estepas, y también de amor. Era el comienzo de la noche, y sólo veía su sombra, y ella la mía. Empezó a cantar. Mientras lo hacía, levanté a su alrededor una cabaña capaz de resistir el viento de la noche, con hogar encendido y lecho de pieles de foca y de oso blanco, y la piedra en que Lénutchka cantaba quedó precisamente junto a la puerta, de modo que las llamas del hogar le alumbraban, a ráfagas, la cara. Ya le había oído otras veces aquella balada de Boris Godunov, con letra y música antiguas: las venturas y desdichas del zar violento y las trapacerías del supuesto Dmitri: me gustaba la voz de violoncello con que Lénutchka cantaba, y, para oírla mejor, me senté cerca de ella, en la esquina del lecho. Al terminar, le había caído el cabello encima de la cara, y le resbaló la balalaika hasta caer al suelo con un sonido discordante. «Tengo frío», me dijo, y yo la cogí en brazos y la acosté bajo la piel del oso. «Me acuerdo de mis amigos, y de aquel bar en que nos reuníamos al salir de la universidad. Venía con nosotros, casi siempre, el profesor Levinka, que estaba enamorado de mí. Solía cantar también la balada de Boris: de él la aprendí. Y la pequeña Katia, y Vladimir, su novio, que se habrán casado ya, y yo no he asistido a la boda…». Me sentí responsable de haberla arrebatado a aquel mundo, que era el suyo, donde los hombres y las mujeres eran de carne y hueso, y no meras palabras. «Si quieres…», insinué; pero ella me echó el brazo por la cintura y me atrajo. «No, no, bien sabes que no. Pero, a veces, los recuerdo, y pienso si serán felices. Levinka, no, por supuesto, pero se consolará atacando con furia a los formalistas, que han muerto todos». Cerró los ojos; su brazo se aflojó poco a poco. Se lo tapé también y la dejé dormir. Fuera, corría por la llanura un viento alborotado y algunas gotas gruesas golpeaban el tejado de bálago. Me acomodé frente a las llamas, y pensé que le gustaría, al despertar, escuchar de mis labios la continuación de la novela. ¿A quién seguir? ¿A don Procopio, a Pablo, al bibliotecario, al arzobispo? Las llamas se empeñaban en formar las imágenes de dos muchachos jóvenes. ¡El Diablo me las trajo, olvidadas como estaban! Marujita y Conchita, «Las Marujitas», la hija de mi patrona en mis años de estudiante, y una amiga que también vivía allí. Les llamaban de mote «Las telefonistas», por su oficio. Marujita era muy guapa; Conchita, no tanto, y tiraba a gorda, pero, a la capa de su amiga, también la cortejaban Tenían fama de putas, las criaturitas, y por lo que supe de ellas, la merecían. Se me fundió el recuerdo con el de otra pareja, éstas hermanas, que andaban a la caza de estudiantes novatos, y eran de mírame y no me toques, pero acabaron preñadas, decían que de un catedrático, pero no llegó a saberse a ciencia cierta, porque fueron a parir a la montaña y no se les volvió a ver por la ciudad. Unas y otras coincidieron en formar una tercera pareja, la imaginaria, que se llamó en seguida de «Las Pepuchas», y eran las hijas del bonzo, Pepucha y Juanucha, con estos diminutivos que algunos pedantes corregían a la rusa, Péputchka y Juánutchka, o al menos se me ocurrió así. Las había tenido su madre, según lo convenido, después de quedar sola, y preguntado el bonzo cierta vez si no le avergonzaba que hubieran salido zorras, él respondió filosóficamente: «Cuando nacieron, su madre andaba con don Fulano, de modo que allá ellas». No sé si es una respuesta digna de la elevación moral del bonzo, pero hay que tener en cuenta que, por muy alta que fuera, también a veces descendía al santo suelo, y se apasionaba, por ejemplo, por las quinielas, a las que no jugaba, sin embargo. Me decidí, pues, a continuar la historia por aquel camino, o sea, desde el punto de vista de Las Pepuchas, o más bien de una de ellas, ya que para lo que se me iba ocurriendo la otra me estorbaba. Lénutchka dormía, y decía a veces oscuras palabras rusas, que llegaban a mí como un susurro de eñes. La contemplé largamente, antes de ponerme a trabajar, y lo hice después silencioso y a mano, contra mi costumbre, no fuera a despertarla el tecleo de la máquina. Y esto es lo que me salió aquella noche:

Gonzalo Torrente Ballester
Fragmentos de Apocalipsis


En «Fragmentos de Apocalipsis», Gonzalo Torrente Ballester nos ofrece una visión crítica, mordaz y esperpéntica de la vida y de los habitantes de Villasanta de la Estrella, ciudad que puede verse como un trasunto de la capital jacobea, a la que en 1948 había dedicado «Compostela y su ángel». Guiado por una concepción exigente y culta de la novela, el escritor, convertido en protagonista, lleva a cabo, siempre desde su conciencia creadora, una profunda reflexión sobre las posibles formas en que puede componer su obra. La alternancia de lo real y de lo mágico, el humor, la fina ironía y el erotismo desenfadado provocan un placer intelectual que no merma la diversión y el entretenimiento.

domingo, 17 de junio de 2018

que se encontraron cuando ambos estaban en el ocaso


La habitación de Merry carecía de ventana, tan solo encima de la puerta que daba al oscuro pasillo había un estrecho tragaluz. Aquello era un urinario de seis metros de longitud cuyas paredes de yeso que se desmoronaba él deseó destrozar con los puños en cuanto entró en la casa y percibió su olor. El pasillo conducía directamente a la calle a través de una puerta que no tenía ni cerradura ni picaporte ni vidrio en el doble marco. En ningún lugar de la habitación se veía un grifo o un radiador. El Sueco no podía imaginar cómo era el lavabo ni dónde estaba, y se preguntó si el pasillo haría las veces de lavabo, tanto para ella como para los vagabundos que se desviaban de la carretera o llegaban allí desde la calle Mulberry. Habría vívido mejor, muchísimo mejor, de haber sido una de las vacas de Dawn, en el cobertizo donde reunían al ganado cuando hacía muy mal tiempo, con la proximidad de sus cuerpos para calentarse y los ásperos pelajes que les crecían en invierno, y la madre de Merry, incluso cuando había cellisca, incluso en un gélido día de invierno, se levantaba antes de las seis para llevarles las balas de heno que constituían su alimento. El ganado, se decía el Sueco, no era en absoluto desdichado en aquel refugio de invierno, y pensaba en aquellos dos animales a los que llamaban «derelictos», el Conde, el gigante solitario de Dawn, y la vieja yegua Sally, cada uno de ellos con una edad que en años humanos sería de setenta o setenta y cinco, que se encontraron cuando ambos estaban en el ocaso y se hicieron inseparables, uno andaba y el otro le seguía, y hacían juntos todas las cosas que los mantendrían en buena forma y felices. Era fascinante observar sus hábitos y la vida maravillosa que llevaban. Al recordar que cuando hacía sol se tendían en el prado para calentarse el pellejo, el Sueco pensó que ojalá su hija se hubiera convertido en un animal.
No tan solo que Merry viviera en aquel cuchitril como una paria, no tan solo que fuese una fugitiva acusada de asesinato y buscada por la policía, sino también que él y Dawn fuesen la causa de todo ello rebasaba la comprensión del Sueco. ¿Cómo era posible que sus inocentes flaquezas hubieran dado como resultado aquel ser humano? Si nada de aquello hubiera sucedido, si se hubiera quedado en casa, terminado los estudios en la escuela media e ido a la universidad habría habido problemas, por supuesto, grandes problemas. La muchacha fue precoz en su rebelión y habría habido problemas incluso sin una guerra en Vietnam. Podría haberse revolcado durante largo tiempo en los placeres de la resistencia y el desafío de descubrir lo desenfrenada que podía ser. Pero habría estado en casa. En casa pierdes un poco el control y no pasa nada. No experimentas el placer del placer sin adulterar, no llegas al extremo en que pierdes un poco el control con tanta frecuencia que finalmente, como es tan estimulante, decides descontrolarte a base de bien. En casa no tienes ocasión de sumirte en semejante miseria. En casa no puedes vivir con un desorden y una falta de contención absolutos. En casa existe esa enorme discrepancia entre la manera en que ella imagina que es el mundo y la manera en que el mundo es para ella. Pues bien, ya no existe esa disonancia para trastornar su equilibrio. Aquí están sus fantasías rimrockianas, y la culminación es espantosa.
El tiempo había configurado trágicamente el desastre de los Levov…, no habían pasado suficiente tiempo con ella. Cuando estaba bajo su tutela, cuando vivían juntos, podrían haberse relacionado más. De haber tenido un contacto continuo con su hija, los aspectos equivocados, los errores de juicio que cometían ambas partes, de alguna manera, por medio de ese contacto regular y paciente, se corrigen cada vez mejor, hasta que por fin, poco a poco, día tras día, se llega a una solución, se experimentan las satisfacciones ordinarias de la paciencia paterna recompensada, de las cosas que se alcanzan con dificultad…, pero aquello… ¿qué solución tenía aquello? ¿Podría llevar allí a Dawn para que viera a su hija, Dawn con su nueva cara tensa y brillante y Merry sentada con las piernas cruzadas en el jergón, vestida con una sudadera andrajosa y unos pantalones deformes, calzada con chanclos de plástico negro, pacientemente sosegada tras el velo nauseabundo? Qué anchos tenía los hombros, como los suyos. Pero de aquellos hombros no colgaba nada. La persona que estaba sentada ante él no era una hija, una mujer o una muchacha. Lo que veía, enfundado en unas ropas de espantapájaros, flaco como un espantapájaros, era el símbolo de vida rural más sucinto, una imitación burlona de un ser humano, un parecido tan escaso con un Levov que solo podría haber engañado a un pájaro. ¿Podía llevar allí a Dawn? Viajar con ella por la carretera McCarter, desviarse y entrar en aquella calle, los almacenes, los cascotes, la basura, los desechos…, para que Dawn viera y oliera la habitación, tocara sus paredes, y no digamos el cuerpo sin lavar, el cabello brutalmente cortado y sucio…
Se arrodilló para leer las fichas colocadas de la misma manera que las veneradas fotos de revista de Audrey Hepburn fijadas sobre su cama de Old Rimrock.
Renuncio a matar a toda clase de seres vivos, tanto si son sutiles como voluminosos, tanto si se mueven como si carecen de movimiento.
Renuncio a todas las corrupciones de la falsedad verbal surgidas de la cólera, la codicia, el temor o el júbilo. Renuncio a tomar cuanto no me sea dado, tanto si es en un pueblo como en una ciudad o un bosque, tanto si es poco o mucho, pequeño o grande, tanto si se trata de seres vivos como de objetos inertes.
Renuncio a todos los placeres sexuales, ya sea con dioses, hombres o animales.
Renuncio a todas las ataduras, pocas o muchas, pequeñas o grandes, con seres vivos u objetos inertes. No formaré tales ataduras ni seré la causa de que otros las formen ni consentiré que lo hagan.

Philip Roth
Pastoral americana
Trilogía americana
Seymour Levov, modelo a seguir por todos los muchachos judíos de New Jersey, gran atleta y mejor hijo, sólido heredero de la fábrica de guantes que su padre levantó desde la nada, ha rebasado la mitad del siglo XX sin conflictos que puedan estropear su dorada Arcadia, una vida placentera que comparte con su mujer Dawn, ex Miss New Jersey, y con su hija Meredith. Y es en este preciso momento, con su vida convertida en un eterno día de Acción de Gracias en el que todo el mundo come lo mismo, se comporta de la misma manera y carece de religión, cuando el Sueco Levov verá derrumbarse estrepitosamente todo lo que le rodea. Pastoral americana es un relato lúcido que pone en tela de juicio los valores de la sociedad norteamericana y su capacidad de permanencia durante el conflicto final de los felices sesenta, con la intervención estadounidense en la guerra de Vietnam como telón de fondo. En la actual literatura norteamericana está Philip Roth y, después, todos los demás. Chicago Tribune.

martes, 12 de junio de 2018

Salvo el crepúsculo

Salvo el crepúsculo

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.

BASHÔ

Julio Cortázar
Salvo el crepúsculo

«Salvo el crepúsculo», último libro publicado en vida por Cortázar, es una memorable antología personal de poemas del gran escritor argentino. Claro que, tratándose de Cortázar, no puede esperarse una tranquila sucesión de versos escritos en distintas épocas y situaciones. Multifacético, el contenido de este libro se despliega como un collage inagotable. Su autor homenajea a los poetas y a la poesía, avanza y retrocede en el tiempo, deja hablar a esos deliciosos charlatanes de Calac y Polanco, se entrega al tango y al jazz, a la pintura y al amor, a París y a Buenos Aires, a la ingenuidad y a la melancolía. Una colección de gustos, de recuerdos y opiniones exquisitas. El diario implícito e inestimable de un artista extraordinario.

lunes, 11 de junio de 2018

Aun así, por lo leído, puedo deciros de este segundo tan buenas o mejores cosas de las que se han dicho del primero.

El conde, que no quería sino agradar a unos huéspedes tan importantes, aprovechó las circunstancias para rogarles que se quedaran en su casa el tiempo preciso, en tanto se reponía el paquidermo, y aunque en un principio pensaron partirse ellos y dejar con el elefante al naire y a los lacayos y ayudantes que precisaran, era tal el amor que sentía la duquesa por el animal, que no quería separarse de él, tratándolo con mayor mimo que si fuese la más cumplida y solícita de sus doncellas.
—Podéis quedaros por ahora con el libro, porque estaremos algunos días más aquí —otorgó la duquesa luego, cuando se tropezó con Sansón, y quiso saber si ya lo había leído entero y qué le parecía.
—Entero no sé cómo podría leerlo yo ni nadie en una sola noche —apuntó el siempre zumbón bachiller—, como no fuera en sueños, pero creo que si me dais dos días más, podré devolverlo comido y digerido. Aun así, por lo leído, puedo deciros de este segundo tan buenas o mejores cosas de las que se han dicho del primero.
Volvió Sansón a su torre, con el ruego de que nadie viniera a molestarle, como no fuese el conde, su señor.
Pero no precisó éste de ninguno de los servicios de su secretario en esos días, y pudo llegar al final del libro, que remató con lágrimas en los ojos, tanto porque con el acabóse se le terminaba el gozo de leerlo, como porque en ese crepúsculo desgarrador se narraba la muerte del caballero.
Necesitado de encontrar a un compañero con quien comunicar todo lo que había leído, se fue Sansón Carrasco a casa de Sancho Panza, y se lo llevó por ahí, a las afueras del pueblo, a pasear y a dejar que el aire puro y libre le ventilase la cabeza después de haberla tenido durante tres noches enfrascada en la crónica de don Quijote.
—Ningún libro se ha escrito como éste ni más humano, Sancho, y a Cide Hamete y a Cervantes debemos todos nosotros el quedar para la posteridad mucho mejor pintados de lo que somos, lo cual dice bien de su generoso pulso para idealizar las líneas de nuestro retrato. No hay en todo el libro ni una palabra que no haya salido del tintero de la piedad o que no la haya dictado la misericordia, y las cosas y nosotros mismos estamos esquiciados tan a lo vivo que es como si anduviéramos libres por entre sus páginas, y entráramos y saliéramos de ellas como de nuestras casas. Y si es cierto que las locuras de nuestro amigo mueven a risa todavía hoy, a mi han dejado ya de hacerme gracia, porque veo lo mucho que incomprendimos a don Quijote los que más decíamos comprenderle, porque sus locuras, siéndolo en la forma, nunca lo fueron en el fondo. Y sí, ahora me doy cuenta de qué equivocado andaba yo queriendo traerlo a casa, con la excusa de apartarlo de las burlas y los agravios que se le hacían en el ejercicio que él llevaba de deshacerlos en otros. ¡Qué necio fui, queriéndolo reducir a mi cordura! ¡El loco fui yo y todos cuantos creen que los libros son cosa diferente de la vida, que se leen y se olvidan! Para él cada libro fue un sol o una luna, que le daban o le quitaban luz, y yo le dejé a oscuras para siempre. ¡Yo sí que fui tonto, por pensar que las burlas menoscaban el honor de nadie, cuando suele ser lo contrario, que quien se burla de alguien suele quedar en esa burla a la postre peor que el burlado! Mi propósito, al querer vencer a don Quijote, fue, como quien dice, humano. El de don Quijote, al querer vencer a los gigantes, sobrehumano y propio de un héroe. Yo me fingí caballero andante, y en eso anduve como impostor. Don Quijote no necesitó fingir con nadie, porque lo que era, lo fue siempre a conciencia, sin engaño.
Y por mucho que lo escarnecieran, apalearan y burlaran, y en el libro se ve, jamás le alcanzaron el corazón, que obraba tan rectamente humillando al soberbio y ensalzando al humilde, que es la única enseña que ha de seguir un hombre de bien, y no al revés, como suele hacerse: decir viva quien vence.

Andrés Trapiello
Al morir don Quijote


Hace cuatrocientos años empezó una historia que no ha terminado aún. Es la que se cuenta en este libro. Las vidas, como la literatura, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa e intrincada novela que llamamos vida, donde la realidad y la ficción ni dicen lo que parece ni se resignan a quedarse en sus estrechos márgenes.
La corta existencia caballeresca de don Quijote no terminó un caluroso día de octubre de 1614, como algunos pueden creer. Al contrario. Fue entonces cuando empezó a dar frutos. Primero, en quienes la compartieron, su sobrina, el ama, sus amigos, incluso sus enemigos, y después, hasta llegar a hoy, en quienes como nosotros lo hemos aprendido casi todo en ella. Nadie que haya sentido la llamada de la libertad y la lucha contra la injusticia puede no declararse hijo del famoso hidalgo de la Mancha. Y si don Quijote acometió por loco los molinos de viento, con sus propios molinos de viento hemos de vernos nosotros, sin dejar de estar cuerdos.
Andrés Trapiello nos ofrece la historia de todos aquellos personajes que, en la obra cervantina, se quedaron desarbolados, aunque como nosotros mismos, no renunciaran nunca a ser, pese a su carácter secundario, protagonistas de su propia vida, esto es, de su propia novela.
«Al morir don Quijote» es una novela amena y fascinante que toma como punto de partida el mayor clásico español de todos los tiempos y que está llamada a ser un hito de la literatura contemporánea.

domingo, 10 de junio de 2018

no había tenido en todos los días de su vida un amo como don Quijote ni creía lo podría volver a tener

LLEGÓ LA TARDE, y con ella, de vuelta, Sancho, al que acompañaba Pedro Angulo.
Entre los dos, uno cavando y otro apartando la tierra, uno en un cabo y otro en otro, dejaron lista la sepultura de don Quijote en el pequeño cementerio que se acostaba en uno de los muros de la vieja e imponente iglesia.
Mientras trabajaban le hablaba Sancho a Pedro Angulo y le iba relatando historias y episodios ya famosos de su vida con don Quijote, y lo que a éste debía y lo que de él aprendió, que, según le confesó a su compadre, y no podía mentir allí, al pie mismo de la sepultura que le estaba abriendo, no había tenido en todos los días de su vida un amo como don Quijote ni creía lo podría volver a tener, y que eso en un pobre es cosa muy triste, porque era como saber que se ha llegado al cénit y ya todo va a ser rodar hacia al oscuro crepúsculo viviendo de memorias tristes y de pasadas glorias.
Pedro Angulo se admiraba de oír hablar con tanta discreción a su vecino, pues lo tenía por hombre ameno pero de poco discurso y paniaguado. No se daba cuenta de una cosa, y es que de haber estado sirviendo a don Quijote, a Sancho se le había pegado mucho del buen sentido de su amo, cuando éste lo tenía, e incluso un poco también de sus manías, fantaseos y quimeras, y a don Quijote se le había pegado también un poco de los refranes y la visión de su escudero, y puede decirse incluso que al término de su vida don Quijote soltaba ya casi tantos refranes como Sancho, y lo llamaba «hermano», y más, «compañero del alma», y «ven acá, amigo mío, verdadero y leal como ninguno».
Por eso Sancho hablaba a veces que parecía un teólogo. Y esa manera de hablar de Sancho que admiraba al enterrador, también le fastidiaba. Y verle tan mejorado, porque era de naturaleza algo envidiosa. Llegó a pensar que Sancho quería presumir delante de él, cuando tantas veces habían destripado terrones juntos. También se había corrido por el pueblo que Sancho había traído tanto y tanto dinero esta vez, quilmas repletas de monedas, joyas, perlas y cadenas de oro que no partiría Hércules con su maza, así como escrituras de tierras en Aragón de la ínsula gobernada, y que dejaba en Barcelona media galera con un socio argelino renegado y reconciliado, que dedicaría al corso.
—Pero ¿fue para ti, Sancho, este don Quijote —le preguntó el enterrador con la sonrisa un poco biliosa— bueno porque te aconsejaba y enseñaba, o bueno porque te permitía que asentaras tú mismo la cuantía de tus jornales, como me acabas de decir, y porque, según todo el pueblo, te ha dejado en testamento la hijuela?
—Si me pagó bien, mal o regular, poco o mucho, no entro ni salgo a declararlo, que fueron asuntos nuestros, ni creo que haya que darle tres cuartos al pregonero, pero mejor me aconsejó, cuando tuve necesidad de ello, y ahora te diría que si viviera, sólo por servirle me quedaría a su lado, aunque no pudiera pagarme.

Andrés Trapiello
Al morir don Quijote


Hace cuatrocientos años empezó una historia que no ha terminado aún. Es la que se cuenta en este libro. Las vidas, como la literatura, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa e intrincada novela que llamamos vida, donde la realidad y la ficción ni dicen lo que parece ni se resignan a quedarse en sus estrechos márgenes.
La corta existencia caballeresca de don Quijote no terminó un caluroso día de octubre de 1614, como algunos pueden creer. Al contrario. Fue entonces cuando empezó a dar frutos. Primero, en quienes la compartieron, su sobrina, el ama, sus amigos, incluso sus enemigos, y después, hasta llegar a hoy, en quienes como nosotros lo hemos aprendido casi todo en ella. Nadie que haya sentido la llamada de la libertad y la lucha contra la injusticia puede no declararse hijo del famoso hidalgo de la Mancha. Y si don Quijote acometió por loco los molinos de viento, con sus propios molinos de viento hemos de vernos nosotros, sin dejar de estar cuerdos.
Andrés Trapiello nos ofrece la historia de todos aquellos personajes que, en la obra cervantina, se quedaron desarbolados, aunque como nosotros mismos, no renunciaran nunca a ser, pese a su carácter secundario, protagonistas de su propia vida, esto es, de su propia novela.
«Al morir don Quijote» es una novela amena y fascinante que toma como punto de partida el mayor clásico español de todos los tiempos y que está llamada a ser un hito de la literatura contemporánea.


sábado, 9 de junio de 2018

Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora».

¡Qué cambiado estaba Broadway! Había caído una auténtica nevada que había formado montañas azuladas como en pleno campo, brillantes cual si albergasen piedras preciosas. De las cornisas y los aleros de los tejados colgaban carámbanos. Las máquinas apartaban la nieve y la apilaban en montones que luego eran cargados en camiones mediante grandes palas. El sol, de corona blanquecina y centro deslumbrante, ya se encontraba en su cénit; desde los blancos tejados se elevaba hacia él el humo de los edificios, como si fueran altares desde los cuales se le ofrecieran sacrificios. El aire pulsaba y se estremecía. Los automóviles ya no rugían al circular, sino que resonaban como trompetas con sordina. A lo lejos, el río Hudson fluía bajo una capa de hielo resplandeciente, pulido como un espejo, salpicado de oro y fuego.
Sobre la elevada ribera de Nueva Jersey, la luminosidad crepuscular bañaba el cielo de «¡Eh, inútil! ¿Estás ciego o qué?».
Aún brillaba el sol, pero no tardó en caer un atardecer invernal. En las entradas de los hoteles se encendieron los focos que iluminaban las palmeras y las flores como si formaran parte de un decorado teatral. Aquí y allá se veía una palmera inclinada, víctima del más reciente huracán, apuntalada con tablones. De la playa volvían los últimos bañistas —mujeres vestidas con albornoces y sandalias—, al tiempo que de los hoteles salían los primeros trasnochadores. Mujeres con capas de visón y chales de pieles. Todo se entremezclaba: día y noche, verano e invierno, sofisticación y desnudez. En su ocaso, el sol encendía las nubes, proyectando un brillo rosado sobre el mar y llenando las ventanas de oro fino y púrpura. A lo lejos, en el horizonte, navegaba un barco blanco. En el cielo crepuscular apareció un avión, rugiendo y reflejando destellos de luz. El olor de los naranjos se fundía con el de la gasolina. El anochecer traía un aire paradisíaco y lleno de fantasías, una calma tropical, una sensación festiva en el curso de lo cotidiano. Grein se sintió dominado por una nostalgia primaveral. «¡Ojalá tuviéramos un momento de reposo! ¡Ojalá los poderes que acongojan al hombre y lo atenazan cedieran por un instante y supiera disfrutar de las ofrendas de Dios, hacer nuestro examen de conciencia, elevar nuestros decaídos espíritus! Porque todos los pecados proceden de la falta de fe en los poderes superiores, del temor al mañana, del deseo de arañar algo de este mundo antes de que sea demasiado tarde».
El automóvil se detuvo cerca del hotel donde Grein y Anna se habían hospedado y él descendió.
—Recogeré las cosas en cinco minutos.
—No se apure, joven —contestó la señora Gombiner. Al parecer, el aire puro del ocaso la había dejado en un estado de ánimo más afable.
No habían transcurrido tres minutos cuando Grein regresó.
—Anna, el señor Abrams se niega a entregarme tus joyas de la caja fuerte. Tendrás que entrar tú misma.
—¿Le has enseñado el resguardo?
—Se lo he enseñado todo.
—¿Quién está en el vestíbulo? ¿Todas esas cotillas?
—La verdad es que no me he fijado.
—¿Por qué le da tanto miedo entrar, señora Grein? —intervino la señora Gombiner. Si este hotel es demasiado ruidoso y no le dejan dormir, está usted en su derecho de irse cuando le venga en gana siempre que pague el tiempo que haya alquilado la habitación. Venga, yo entraré con usted, señora Grein, y le soltaré cuatro cosas bien dichas.
—Se lo ruego, señora Gombiner, quédese sentada en el coche. ¡No quiero escándalos!
—Bueno, si tiene miedo, qué se le va a hacer. En Estados Unidos no hay por qué temerle a nadie. Éste es un país libre. Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora». Si se porta como un descarado, no hay más que denunciarle para que el juez lo mande a la cárcel. Seguís teniendo mentalidad de inmigrante.
—¡Florence, no te metas donde no te llaman!
—¡Tú cierra el pico!

Isaac Bashevis Singer
Sombras sobre el Hudson


En Nueva York, un grupo de judíos polacos huidos del nazismo se reúne periódicamente en casa del próspero Boris Makaver. Algunos apenas han superado la experiencia de la guerra; otros, más jóvenes, perciben un futuro esperanzador en un país en el que echar raíces. Los defensores del comunismo discuten con los partidarios del capitalismo, mientras que las opiniones divergen con respecto a si conservar las antiguas tradiciones o adoptar nuevos modelos de conducta.
El Nobel de Literatura I. B. Singer muestra una galería de personajes -místicos, pragmáticos, filósofos, comerciantes, individuos histriónicos y aprovechados, seres más generosos y comprensivos- y entrelaza sus vidas en esta obra rica en matices y observaciones sobre la condición humana.


viernes, 8 de junio de 2018

—Hoy comienza nuestra luna de miel.

¡Qué cambiado estaba Broadway! Había caído una auténtica nevada que había formado montañas azuladas como en pleno campo, brillantes cual si albergasen piedras preciosas. De las cornisas y los aleros de los tejados colgaban carámbanos. Las máquinas apartaban la nieve y la apilaban en montones que luego eran cargados en camiones mediante grandes palas. El sol, de corona blanquecina y centro deslumbrante, ya se encontraba en su cénit; desde los blancos tejados se elevaba hacia él el humo de los edificios, como si fueran altares desde los cuales se le ofrecieran sacrificios. El aire pulsaba y se estremecía. Los automóviles ya no rugían al circular, sino que resonaban como trompetas con sordina. A lo lejos, el río Hudson fluía bajo una capa de hielo resplandeciente, pulido como un espejo, salpicado de oro y fuego.
Sobre la elevada ribera de Nueva Jersey, la luminosidad crepuscular bañaba el cielo de azul. Una fábrica de muros acristalados reflejaba la luz hacia la otra orilla: cristalina, traslúcida, pura, brillando en la neblina cual fugaz espejismo en un desierto imaginario…
Un empleado del hotel les facilitó una cuña de madera sobre la que apoyar la rueda. El coche arrancó bruscamente y empezó a avanzar. Grein ya no distinguía entre su pie izquierdo y el derecho, ni entre el acelerador y el freno. Anna se arrimó a él como había hecho la noche anterior y las rodillas de los dos se tocaron. «¡Cuidado, no vaya a matarla yo de tanta dicha!», se advirtió a sí mismo. Había pensado en dirigirse al norte, hacia la Universidad de Columbia; en cambio rodaba en dirección al centro. Al pasar por delante del edificio de Boris Makaver, el semáforo cambió a rojo y Grein lanzó una mirada al patio, con la sensación del criminal que regresa al lugar del crimen. El jardincillo estaba cubierto de blancura y la nieve formaba gruesas almohadas. Los postes de las vallas estaban tocados con gorritos blancos y de los árboles colgaban trozos de nieve en lugar de frutos. En cualquier momento podía aparecer Boris o Reytze. Un descaro infantil se apoderó de Grein: Dios había abandonado el mundo y éste se hallaba dominado por la idolatría…
El coche atravesó Lincoln Square y continuó su marcha por Broadway. Mas aquello ya no era Broadway, sino una avenida de las antiguas ciudades paganas: Roma, Atenas, o incluso Cartago… Los ídolos poseían sus templos y sus sacerdotes. Las imágenes observaban desde los carteles ocultos a medias por la nieve: seres sanguinarios, asesinos, mujerzuelas desnudas. Delante de un teatro, una multitud de jovencitas se apelotonaba a empujones y codazos para esperar a su ídolo. En una vitrina, un hombre, todo él vestido de blanco y con una chistera igualmente blanca, asaba trozos de carne sobre rojas ascuas de carbón. En otro escaparate, enormes langostas se retorcían sobre bloques de hielo. A través de una puerta abierta estallaba una verdadera cacofonía de gritos lujuriosos y lamentos torturados. Por un muro trepaban figuras menudas ocupadas en pintar la imagen de una hembra colosal, cuyas piernas se alzaban hasta la cuarta planta del edificio. Junto a las puertas, un sacerdote hacía señales a los transeúntes invitándoles a entrar. El aire apestaba a humo y fritanga, a carnaval y fuego.
Grein no encontró estacionamiento. Quiso adelantarse para ocupar un hueco, pero un joven de cara rubicunda, con el blondo pelo tan erizado que recordaba un puerco espín, hizo sonar el claxon con fuerza y empezó a soltar improperios. Grein enfiló hacia un estacionamiento vigilado. Anna se agarraba a su brazo.
—Hoy comienza nuestra luna de miel.

Isaac Bashevis Singer
Sombras sobre el Hudson


En Nueva York, un grupo de judíos polacos huidos del nazismo se reúne periódicamente en casa del próspero Boris Makaver. Algunos apenas han superado la experiencia de la guerra; otros, más jóvenes, perciben un futuro esperanzador en un país en el que echar raíces. Los defensores del comunismo discuten con los partidarios del capitalismo, mientras que las opiniones divergen con respecto a si conservar las antiguas tradiciones o adoptar nuevos modelos de conducta.
El Nobel de Literatura I. B. Singer muestra una galería de personajes -místicos, pragmáticos, filósofos, comerciantes, individuos histriónicos y aprovechados, seres más generosos y comprensivos- y entrelaza sus vidas en esta obra rica en matices y observaciones sobre la condición humana.


jueves, 7 de junio de 2018

donde un azul pálido aparecía entre los velos sutiles de las nubes de un gris azul

Era terriblemente difícil la liberación de los lazos que le retenían y que intentaban mantenerle en el suelo, pero el empuje que había tomado era más fuerte. Hans Castorp se apoyó en un codo, tendió enérgicamente las rodillas, tiró, se apoyó y se puso en pie. Pisoteó las nieves con sus plantas, se golpeó los brazos y sacudió los hombros, lanzando animadas miradas curiosas por todas partes y hacia el cielo, en donde un azul pálido aparecía entre los velos sutiles de las nubes de un gris azul que resbalaba suavemente y que descubrían los delgados cuernos de la luna.
Ligero crepúsculo. ¡Nada de tempestad de nieve! La pared rocosa del otro lado con su espalda erizada de pinos, era visible plenamente y reposaba en paz. La sombra subía hasta media altura y la otra mitad se hallaba delicadamente iluminada de rosa. ¿Qué pasaba, cómo se comportaba, pues, el mundo? ¿Era por la mañana? ¿Había pasado Hans Castorp la noche en la nieve, sin morir de frío, como ocurría siempre, según podía leerse en los libros? Ninguno de sus miembros estaba muerto, ninguno se rompía con un ruido seco, mientras él se debatía, se movía y se esforzaba en reflexionar sobre su situación. Sus orejas, las puntas de sus dedos, los dedos de sus pies estaban entumecidos sin duda, pero nada más, cosa que ya le había ocurrido con frecuencia cuando permanecía tendido en el balcón.
Consiguió sacar el reloj. Andaba. No se había detenido como acostumbraba hacer cuando se olvidaba de darle cuerda. No marcaba todavía las cinco, ni mucho menos. Faltaban aún doce o trece minutos. ¡Sorprendente! ¿Era, pues, posible que no hubiese permanecido aquí, tendido en la nieve, más que diez minutos o un poco más, y que hubiese inventado tantas imágenes alegres y espantosas y tantos pensamientos temerarios, mientras el tumulto hexagonal se disipaba con la misma rapidez con que había llegado? Además, había tenido una gran suerte para hacer posible su regreso, pues por dos veces sus sueños y sus fábulas habían adquirido tal aspecto que le habían sobresaltado, reanimado el cuerpo, primero de espanto, luego de alegría. Parecía que la vida había tenido buenas intenciones para con su hijo mimado y extraviado…
Sea lo que sea, y aunque fuese por la mañana o por la tarde —sin duda alguna era el principio del crepúsculo vespertino— no había nada en las circunstancias ni en el estado personal que pudiese impedir a Hans Castorp regresar al Sanatorio, y esto es lo que hizo.
Con un empuje magnífico, con una especie de vuelo de pájaro, descendió hacia el valle, donde ya brillaban las luces cuando llegó, a pesar de que los restos de una claridad conservada por la nieve hubiese bastado plenamente. Descendió por el Brehmenbühl, a lo largo del Mattenwald, y llegó a las cinco y media a Dorf, dejando los esquíes en la tienda y descansando en la celda del desván de Settembrini, al que dio cuenta de la tempestad de nieve por la que se había dejado sorprender.

Thomas Mann
La montaña mágica


«La montaña mágica» (Der Zauberberg, en el original alemán) es una novela de Thomas Mann que se publicó en 1924. Es considerada la novela más importante de su autor y un clásico de la literatura en lengua alemana del siglo XX que ha sido traducido a numerosos idiomas.
Thomas Mann comenzó a escribir la novela en 1912, a raíz de una visita a su esposa en el Sanatorio Wald de Davos en el que se encontraba internada. La concibió inicialmente como una novela corta, pero el proyecto fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en una obra mucho más extensa.
La obra narra la estancia de su protagonista principal, el joven Hans Castorp, en un sanatorio de los Alpes suizos al que inicialmente había llegado únicamente como visitante.
La obra ha sido calificada de novela filosófica, porque, aunque se ajusta al molde genérico de la novela de aprendizaje, introduce reflexiones sobre los temas más variados, tanto a cargo del narrador como de los personajes (especialmente Naphta y Settembrini, los encargados de la educación del protagonista). Entre estos temas ocupa un lugar preponderante el del «tiempo», hasta el punto de que el propio autor la calificó de «novela del tiempo», pero también se dedican muchas páginas a discutir sobre la enfermedad, la muerte, la estética, la política, etc.



miércoles, 6 de junio de 2018

Satán hace proposiciones improcedentes

Satán hace proposiciones improcedentes
Luego perdió la conciencia.
Según su reloj eran las tres y media cuando le despertó una conversación que tenía lugar detrás de la mampara de cristal. El doctor Krokovski, que a aquella hora hacía su ronda sin la compañía del médico jefe, hablaba en ruso con el matrimonio mal educado. Se informaba, al parecer, del estado del marido y hacía que le enseñasen el gráfico de la temperatura. Luego continuó su visita sin pasar por el balcón, pues evitó el compartimiento de Hans Castorp rodeando el corredor y entró en el cuarto de Joachim por la puerta de la habitación.
Hans Castorp se sintió un poco molesto por la actitud del doctor Krokovski, a pesar de que no deseaba en modo alguno tener una entrevista con él. Sin duda estaba bien de salud y no se le tenía en cuenta, pues había llegado a la conclusión de que entre aquella gente quien tenía el honor de estar sano no ofrecía el menor interés, lo cual irritaba al joven Castorp.
El doctor Krokovski estuvo dos o tres minutos con Joachim y continuó su visita a lo largo del balcón. Hans Castorp oyó que su primo le decía que ya podía levantarse y prepararse para la merienda.
—Está bien —respondió.
Se levantó, pero sentía un ligero mareo por haber permanecido tanto tiempo echado y el sueño había caldeado de nuevo su rostro, a pesar de que temblaba de frío, tal vez por no haberse abrigado suficientemente.
Se lavó la cara y las manos, se peinó, ordenó sus ropas y se encontró con Joachim en el corredor.
—¿Has oído a ese señor Albin? —preguntó mientras bajaban juntos por la escalera.
—Naturalmente —dijo Joachim—. Es preciso someter a ese individuo sin disciplina. Turba nuestro reposo vespertino con sus charlas y excita a las señoras hasta el punto de retrasar su curación durante semanas. Es una grave insubordinación. ¿Pero quién va a denunciarlo? Por otra parte, sus estupideces son muy bien recibidas, pues sirven de distracción.
—¿Crees posible —preguntó Hans Castorp— que hable en serio y que se meta una bala en la cabeza?
—Dios mío, eso no es imposible —contestó Joachim—. Aquí ocurren estas cosas. Dos meses antes de mi llegada un estudiante que estaba aquí desde hacía mucho tiempo se ahorcó en el bosque, allá abajo, al otro lado, después de un reconocimiento general. Cuando llegué todavía se hablaba del asunto.
Hans Castorp bostezó con nerviosismo.
—Creo que no me encuentro muy bien entre vosotros. Es posible que no pueda quedarme, que me vea obligado a marcharme. ¿Te molestaría?
—¿Marcharte? ¿Qué te pasa? —exclamó Joachim—. No digas tonterías. ¡Si acabas de llegar! ¿Cómo puedes juzgar por una primera impresión?
—¡Dios mío! Ni siquiera ha pasado el primer día. Tengo la impresión de que estoy aquí desde hace tiempo, desde hace mucho tiempo…

Thomas Mann
La montaña mágica


«La montaña mágica» (Der Zauberberg, en el original alemán) es una novela de Thomas Mann que se publicó en 1924. Es considerada la novela más importante de su autor y un clásico de la literatura en lengua alemana del siglo XX que ha sido traducido a numerosos idiomas.
Thomas Mann comenzó a escribir la novela en 1912, a raíz de una visita a su esposa en el Sanatorio Wald de Davos en el que se encontraba internada. La concibió inicialmente como una novela corta, pero el proyecto fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en una obra mucho más extensa.
La obra narra la estancia de su protagonista principal, el joven Hans Castorp, en un sanatorio de los Alpes suizos al que inicialmente había llegado únicamente como visitante.
La obra ha sido calificada de novela filosófica, porque, aunque se ajusta al molde genérico de la novela de aprendizaje, introduce reflexiones sobre los temas más variados, tanto a cargo del narrador como de los personajes (especialmente Naphta y Settembrini, los encargados de la educación del protagonista). Entre estos temas ocupa un lugar preponderante el del «tiempo», hasta el punto de que el propio autor la calificó de «novela del tiempo», pero también se dedican muchas páginas a discutir sobre la enfermedad, la muerte, la estética, la política, etc.


martes, 5 de junio de 2018

A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda


La joven llevaba más de un año en Inglaterra pero todavía no se había acostumbrado a algunas satisfacciones y, por ese motivo, seguía disfrutándolas; una de ellas era lo cómodo, lo accesible del campo. Tanto dentro como fuera de las verjas, todo parecía un parque: todo tenía un intenso aire de «finca». El mismo nombre de Plash, raro y antiguo, seguía sorprendiéndola y tampoco era indiferente al hecho de que el lugar fuera una «casa de viuda»: el pequeño retiro de paredes de ladrillo cubiertas de hiedra en que se había refugiado la anciana señora Berrington cuando, al morir el padre, su hijo se hizo cargo de la finca. A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda en el ocaso de sus días, cuando más honores y abundancia merecía; pero la condena de aquel error se olvidaba cuando tantas consecuencias suyas parecían buenas (si se pasaba por alto la humedad), como acababa sucediendo, tarde o temprano, con la mayoría de sus juicios desfavorables sobre las instituciones inglesas. En aquel país, las iniquidades de un modo u otro resultaban pintorescas; y aparecían «casas de viuda» en las novelas, sobre todo las que describían a las clases altas, que había devorado al final de su infancia. Por lo general, la iniquidad no impedía que esos retiros estuvieran ocupados por damas con recuerdos maravillosos y voces raras, a las que los reveses de la fortuna no habían privado de una cantidad considerable de favorecedores encajes hereditarios. De repente, Laura se detuvo en el parque, a medio camino, presa de un dolor —una punzada moral— que casi la dejó sin aliento; contempló los claros neblinosos y las preciosas y viejas hayas (ahora le eran tan familiares y queridas como si fuera su dueña); en su apagada desnudez de diciembre, éstas parecían conocer todas las inquietudes y hacían que Laura adquiriera conciencia de todos los cambios. Un año antes no sabía nada y ahora lo sabía casi todo; y lo peor de su conocimiento (o, por lo menos, lo peor de los temores que éste había engendrado en ella) le había llegado en aquel hermoso lugar, donde todo estaba tan lleno de paz y pureza, de un aire de feliz sumisión a una ley inmemorial. El lugar era el mismo, pero sus ojos eran distintos; cosas tan malas y tristes habían visto en tan breve tiempo. Sí, el tiempo era breve y todo era raro. Laura Wing se sentía demasiado inquieta para suspirar siquiera y, mientras andaba, su paso fue haciéndose más liviano, como si anduviera de puntillas.
En Plash, la casa parecía brillar en el aire húmedo, el tono de las moteadas paredes de ladrillo y el césped, limitado pero perfecto, parecían obra de un artista del pincel. lady Davenant se encontraba en el salón, en una silla baja al lado de una de las ventanas, leyendo el segundo volumen de una novela. La sala tenía el mismo chintz almidonado, ramos de flores por todos los lugares posibles, el papel pintado de acuerdo con el mal gusto imperante unos años antes, conservado para no gastar más dinero, cubierto casi todo por dibujos de aficionado y grabados de categoría, con finos marcos dorados y grandes passe-partouts. La sala tenía el aire luminoso, duradero y sociable que Laura Wing apreciaba en tantos objetos ingleses: el aspecto de estar pensada para la vida cotidiana, para mucho tiempo, para un uso sumamente convencional. Pero más que nunca, aquel día resultaba inapropiado que aquella sala, con sus telas de chintz y sus poetas británicos, sus alfombras gastadas y su arte doméstico —con un aspecto tan poco ampuloso y tan sincero—, estuviera relacionada con vidas que no iban bien. Por supuesto, aunque la relación fuera indirecta y la vida desencaminada no fuera la de la anciana señora Berrington ni tampoco la de lady Davenant. Si Selina y el comportamiento de Selina no eran una implicación de aquel interior, de la misma manera que el interior no era una explicación del comportamiento de Selina, era porque ella venía de tan lejos, porque era un elemento totalmente extraño. Sin embargo, era allí donde había encontrado la ocasión y todas las influencias que tanto la habían cambiado (su hermana tenía la teoría de que se había metamorfoseado, que cuando era joven parecía haber nacido para la inocencia), si no en Plash, por lo menos en Mellows, porque, al fin y al cabo, los dos lugares tenían mucho en común y había salas de la casa grande que se parecían notablemente al salón de la señora Berrington.

Henry James
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Cuentos y nouvelles


lunes, 4 de junio de 2018

—No necesitan el dinero —dijo—; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

—Me debes dos francos de anoche —fue su saludo jadeante.
Le hablé evasivamente de la situación en Portugal, donde al parecer se fermentaban más conflictos. Pero Laploshka me escuchó con la abstracción de una víbora sorda y pronto volvió al tema de los dos francos.
—Me temo que quedaré debiéndotelos —le dije, con tanta ligereza como brutalidad—. No tengo ni un centavo.
Y añadí, falsamente:
—Me marcho por seis meses, si no más.
Laploshka no dijo nada, pero sus ojos se abultaron un poco y sus mejillas adquirieron los abigarrados colores de un mapa etnográfico de la península balcánica. Ese mismo día, al ocaso, falleció. «Ataque al corazón», dictaminó el doctor. Pero yo, que estaba más al tanto, supe que había muerto de aflicción.
Surgió el problema de qué hacer con sus dos francos. Una cosa era haber matado a Laploshka; pero haberme quedado con su dinero habría sido muestra de una dureza de sentimiento de la que soy incapaz. La solución usual de dárselo a los pobres de ningún modo se habría acomodado a la presente situación, ya que nada habría afligido más al difunto que semejante malbaratamiento de sus posesiones. Por otra parte, la donación de dos francos a los ricos era una operación que requería cierto tacto. No obstante, una manera fácil para salir de apuros pareció presentarse al domingo siguiente, estando yo apiñado entre la multitud cosmopolita que atestaba la nave lateral de una de las más populares iglesias parisinas. Un bolso de limosnas, para «los pobres de Monsieur le Curé», bregaba por cumplir su tortuoso derrotero a través de la aparentemente impenetrable marejada humana; y un alemán que había frente a mí y que evidentemente no deseaba que el pedido de una contribución le estropeara el disfrute de la sublime música, expresaba en voz alta a un compañero sus críticas sobre la validez de dicha caridad.
—No necesitan el dinero —dijo—; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

Saki
Cuentos de humor negro


¿Han oído ustedes el cuento del niño gitano que muere devorado por una hiena frente a dos damas contrariadas? ¿Y el del señor que conoce tan bien a su esposa que ha pasado dos horas conversando con ella sin percatarse de que estaba muerta? Estos no son chistes; son relatos de historias más bien perversas y llenas de ironía.
Preparémonos a reír un poco con ellas. No será una risa de alegría; será acaso de satisfacción al ver delatadas ciertas crueldades que se alojan en el alma de los hombres. Si algo parece caracterizar a Saki en sus relatos, es el vicio de andar metiéndose en el lugar más íntimo y sagrado de los hombres (al que llamamos corazón), para luego ir vociferando a los cuatro vientos todo lo que solemos ocultar allí, tras su tierna y noble apariencia.
La finura de su estilo nos muestra la crueldad de los personajes (y del autor mismo) arrancándonos una sonrisa, que es la misma risita rubicunda de quien se siente descubierto

domingo, 3 de junio de 2018

«CARNE DE BÚFALO», EL TERROR DEL RANCHO

(Argumento de película del Oeste)
PRIMERA PARTE
En el vasto territorio de California, donde el viajero encuentra cantidades prodigiosas de polvo, existe un rancho verdaderamente nutritivo.
Es el rancho denominado Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno. Se halla orientado a Poniente y tiene una gran puerta para entrar y salir.
Ese rancho pertenece a David Pickman, hombre corpulento que en su juventud hizo todo lo posible por ser barítono, sin conseguir llegar en su carrera más que a los alrededores de Jersey City, donde cayó rendido de cansancio. Como David Pickman, firme en su idea, recorría los caminos entonando, mejor dicho, desentonando romanzas milanesas, y como, además, carecía de cédula personal, al ser detenido por la Policía fue calificado de «indocumentado vociferante», y con esa clasificación entró en la cárcel, donde permaneció treinta años, indudablemente molesto.
Fue al salir de la cárcel —porque estando en la cárcel le había resultado imposible— cuando Pickman se trasladó al pequeño poblado de Newgrey, en Arizona; y como en realidad no se llevaba bien con los habitantes del poblado, puso rancho aparte.
Así nació Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno, propiedad rural muy famosa en toda América.
David Pickman vivía con su hija Patsy, tan linda muchacha como buena mecanógrafa, y ambos eran felices montando a caballo, numerando reses y cazando langostas a lazo.
Al anochecer, padre e hija solían sentarse a la puerta del rancho y contemplaban el horizonte crepuscular; por las mañanas contemplaban el amanecer, y a continuación disparaban sus revólveres.
Eran felices.

SEGUNDA PARTE
Un día, a orillas del Red-River, se detuvieron ochenta caballos por falta de gasolina. Los ochenta se hallaban en el interior de un «Buick» y de él saltó pronto al suelo, torciéndose un pie al saltar, el sheriff Richard.
Padre e hija vieron al sheriff con gran alegría y dispararon sus revólveres.
Richard le explicó rápidamente que el repugnante y mal afeitado bandido Edgar Wallace, conocido por «Carne de Búfalo», merodeaba cual hiena por los alrededores del rancho.
David Pickman y su hija, al conocer la noticia, dispararon sus revólveres.
Pero unas nuevas palabras del sheriff los levantaron en vilo. De aquellas palabras se deducía que «Carne de Búfalo» había jurado delante de una imagen de San Luis del Senegal que iba a preparar un golpe de mano contra Pickman y que le robaría las mil y pico cabezas de ganado vacuno que daban nombre al rancho.
La idea de que «Carne de Búfalo» iba a decapitarle mil y pico de vacas, desconcertó a David.
Entonces disparó su revólver.
TERCERA PARTE
La dulce Patsy Pickman estaba enamorada hasta el sostén (color malva).
¿Quién era él? ¿Quién era el objeto de su pasión, eminentemente sajona?
Retrocedamos un mes para explicarlo.
Una tarde de primavera volvía Patsy del poblado, adonde iba diariamente a tomar aceite de castor, y su caballo se desbocó como un abrigo mal cortado.
Patsy pidió auxilio y disparó su revólver.
Y de pronto, oportunamente, cuando el ágil cuerpo de Patsy iba a caer en las aguas del Red-River, un joven salió de entre las ramas de un grupo de árboles genealógicos y se lanzó en su socorro; cogióla de sus largos cabellos, dio un vigoroso tirón y le evitó una muerte cierta.
Patsy disparó su revólver y se desmayó.
A la media hora y treinta minutos volvía en sí y se sintió dulcemente abrazada por el joven, que tenía en sus manos los largos cabellos arrancados involuntariamente a Patsy.
—¡Oh! —gimió la muchacha—. ¡Gracias, gracias! ¡Me ha salvado usted la vida y además me ha dejado el pelo a lo garçon…! ¡Gracias!
—¿Me ama usted? —indagó él.
—Con toda el alma.
Después de lo cual se besaron con ternura y dispararon sus revólveres.
CUARTA PARTE
Desde entonces, Patsy no había vuelto a ver a su salvador.
El anunciado ataque de los bandidos, capitaneados por «Carne de Búfalo», hizo lo contrario que las mujeres hermosas. Queremos decir que no se hizo esperar.
Cierta noche, un nutrido grupo de malhechores rodeó la estancia.
David Pickman se decidió a vender cara su vida y pidió por ella 2.000 dólares. Los malhechores le ofrecieron 1.300. Discutieron. No lograron ponerse de acuerdo y, al fin, unos y otros dispararon sus revólveres. (Esta vez, apuntándose a la cabeza).
La lucha duró dos días.
El sheriff no pudo acudir a poner paz, porque le estaban haciendo un traje.
El rumor de los disparos que se cruzaban entre ambos bandos se oía perfectamente en Nueva York. Pero en Nueva York está siempre todo el mundo tan ocupado, que nadie reparó en aquello, que sucedía a 3.500 millas.
David Pickman notaba, aterrado, que se le acababan las fuerzas y los cartuchos; sin embargo, continuaba disparando, ayudado por su hija, que le cargaba la carabina y le cepillaba el sombrero.
De improviso un hombre mandó hacer alto el fuego y se colocó a la puerta del rancho, gritando:
—¡David Pickman y su hija están bajo mi protección!
Aquel hombre era el hijo de «Carne de Búfalo».
Y el hijo de «Carne de Búfalo» no era otro que el joven a quien amaba Patsy.
Tres minutos más tarde se casaban.
Al año tenían un hijo y disparaban sus revólveres alegremente.
Desde entonces en el rancho reina la felicidad. «Carne de Búfalo» trabaja ahora para su nieto, y todo el ganado que roba en sus correrías lo mete en el rancho de Pickman.
Hace poco cambiaron el nombre de la posesión, bautizándola así: «Las dieciocho mil cabezas de ganado vacuno».
Con este motivo hubo grandes fiestas en la estancia.
Y todos sus habitantes dispararon sus revólveres.

Enrique Jardiel Poncela
El libro del convaleciente
Inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios


«El libro del convaleciente» es una muestra variadísima de las múltiples dotes literarias que han hecho de Enrique Jardiel Poncela el autor de literatura de humor por excelencia en español y uno de los más traducidos.
Una línea uniforme nos lleva por todas las páginas de este libro: la humorística, con todas sus facetas y en todas sus formas. Inyecciones de alegría es el subtítulo de esta obra, y, en efecto, su lectura lleva al ánimo la tonicidad, el alivio y el aliento placenteros, que son frutos de la alegría.
El autor declara que ha querido poner un rayo de luz en las horas grises, melancólicas, de enfermos y convalecientes, pero ya se comprende, querido lector, que tal beneficio no puede quedar limitado a éstos.

viernes, 1 de junio de 2018

¡No quiero huevos! ¡No siga diciéndome que coma cosas!

Bien, si tenía intención de abordar el tema de su estómago dolorido, yo estaba dispuesto a prestar un oído atento, pero de inmediato pasó a otra cuestión.
—¿Está usted casado? —quiso saber.
Esbocé una mueca fugaz y contesté que, de hecho, todavía no estaba casado.
—Ni lo estará nunca, si tiene una pizca de sentido —prosiguió, y por unos instantes caviló sombríamente ante su taza de té—. ¿Sabe que le ocurre a uno cuando se casa? Se convierte en un mandado. No puede decir que su alma sea suya. Uno se convierte en un simple número en el hogar.
Debo decir que me sorprendió un poco hallar tan confidencial a quien era, después de todo, un mero desconocido, pero lo atribuí a la dispepsia. Sin duda los dolores punzantes le habían privado del frío raciocinio.
—Tome un huevo —respondí, como para darle a entender que mi corazón estaba de su parte.
Se puso verde y ejecutó una difícil contorsión.
—¡No quiero huevos! ¡No siga diciéndome que coma cosas! ¿Cree usted que puedo mirar los huevos, de la manera en que me encuentro? Es toda esta infernal cocina francesa. No hay digestión que la resista. ¡El matrimonio! —exclamó, regresando al tema de antes—. No me hable de matrimonios. Se casa uno y, antes de darse cuenta, está cargado de hijastros que se dejan patillas y rehuyen toda clase de trabajo honrado. Lo único que hacen es escribir poemas sobre crepúsculos. ¡Bah!
Soy bastante perspicaz, y en este punto tuve la inspiración de que era tal vez posible que estuviera aludiendo indirectamente a su hijastro Percy. Pero antes de que pudiera confirmar tales sospechas, el comedor empezó a llenarse. Más o menos hacia las nueve y veinte, como era entonces la hora, suele verse desfilar a los habitantes de las mansiones rurales en dirección a la comida. Entró tía Dahlia y cogió un huevo frito. Entró la señora Trotter y cogió una salchicha. Entraron Percy y Florence y cogieron respectivamente una loncha de jamón y un pescado. Como no vi indicios de tío Tom, supuse que estaría desayunando en la cama. Tal es su costumbre cuando tiene invitados, pues rara vez se encuentra con ánimos para hacerles frente hasta haberse fortificado un poco para la severa prueba.
Los presentes habían agachado la cabeza y doblado los codos, y estaban atareados vaciando sus platos, cuando apareció Seppings con los periódicos de la mañana, y la conversación, que en ningún momento había sido arrolladora, decayó por completo. Fue, por consiguiente, un grupo silencioso el que recibió al recién llegado, un hombre como de dos metros diez de estatura y rostro anguloso y recio, ligeramente enmostachado hacia el centro. Hacía algún tiempo que no veía a Roderick Spode, pero no tuve la menor dificultad para reconocerlo. Era uno de esos pájaros de aspecto característico, los cuales, una vez vistos, jamás se olvidan.
Estaba un poco pálido, pensé, como si recientemente hubiese sufrido un ataque de vértigo y se hubiera golpeado la cabeza contra el suelo. Dijo «Buenas días» con lo que para él era una voz bastante débil, y tía Dahlia apartó la mirada de su Daily Mirror.
—¡Caramba, lord Sidcup! —exclamó—. No esperaba que se sintiera usted con fuerzas para bajar a desayunar. ¿Seguro que no es una imprudencia? ¿Se encuentra mejor esta mañana?
—Considerablemente mejor, gracias —respondió valerosamente—. La hinchazón se ha reducido en cierta medida.
—Me alegro mucho. Eso son las compresas frías. Siempre resultan muy eficaces. Lord Sidcup —explicó tía Dahlia— sufrió una mala caída ayer por la tarde. Creemos que debió de ser un ataque repentino de vértigo. Todo se volvió negro, ¿no fue así, lord Sidcup?
Éste asintió con una inclinación de cabeza, y resultó de todo punto evidente que un instante después se arrepentía de haberlo hecho, pues contrajo las facciones como a veces las he contraído yo tras balancear irreflexivamente la calabaza después de una prominente noche de juerga en Los Zánganos.
—Sí —respondió—. Fue de lo más extraordinario. Me encontraba de pie, sintiéndome perfectamente bien… mejor que nunca, en realidad… cuando fue como si algo duro me hubiera golpeado la cabeza, y ya no recuerdo más hasta que recobré la conciencia en mi habitación, donde usted me arreglaba la almohada y su mayordomo me preparaba una bebida refrescante.
—Así es la vida —comentó tía Dahlia en tono grave—. Sí, señor, así mismo es la vida. Como digo a menudo, hoy estamos y mañana no estamos…

P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6


Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.

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