Decía que nos
quedamos en la choza de la cañada y que al Pepe todo se le iba en cavilar como
si aquello fuera vale para hoy, mañana ya veremos.
Él era un hombre y
yo una criatura, pero más parecía que yo cuidaba de él, que no él de mí. Es
verdad que me hacía leer y escribir, que tenía cuenta de si me lavaba o si
tenía piojos, pero todo lo que llevábamos al ventorrillo de Miguel salía de mí.
Yo ponía lazos y perchas, yo correteaba los pollos de pájaro perdiz para
venderlos para reclamo y siempre estaba con inventos de buscarme una luz de
mineral y una red para hacer la zarampaña, o amontonando lajas para hacer
lanchas y alambre para trampas. Con la oscuridad de la mañanita salía de casa y
volvía después del lubricán, con dos pájaros metidos debajo de la blusa, un
conejillo, quince o veinte zorzales.
También perdía
mucho el tiempo en juegos que nada daban, como poner cepos a los gandanos y
melones y arrimarme a la laguna con un tirabalas de goma para pegarle un
cantazo a las gallaretas.
El Pepe tiraba muy
bien con la escopeta, pero era una lástima porque no llevaba la caza en el
cuerpo y, para él, saltar un vallado con tablillas era una purga.
Los conejos
entonces nos los pagaban a peseta y, un día con otro, juntábamos un par de
duros más bien escasos. Pero al calentar el verano empezaron a desmontar las
motillas de la Casa del Fraile pegándoles fuego y luego metieron el arado y
dieron algunos jornales por quitar piedra.
El Pepe, con tal de
no ir de caza, allí estuvo quitando chinos y haciendo con ellos montones que se
los llevaron después la gente de la carretera.
El mundo de Juan
Lobón
Luis Berenguer, 1967
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