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sábado, 9 de junio de 2018

Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora».

¡Qué cambiado estaba Broadway! Había caído una auténtica nevada que había formado montañas azuladas como en pleno campo, brillantes cual si albergasen piedras preciosas. De las cornisas y los aleros de los tejados colgaban carámbanos. Las máquinas apartaban la nieve y la apilaban en montones que luego eran cargados en camiones mediante grandes palas. El sol, de corona blanquecina y centro deslumbrante, ya se encontraba en su cénit; desde los blancos tejados se elevaba hacia él el humo de los edificios, como si fueran altares desde los cuales se le ofrecieran sacrificios. El aire pulsaba y se estremecía. Los automóviles ya no rugían al circular, sino que resonaban como trompetas con sordina. A lo lejos, el río Hudson fluía bajo una capa de hielo resplandeciente, pulido como un espejo, salpicado de oro y fuego.
Sobre la elevada ribera de Nueva Jersey, la luminosidad crepuscular bañaba el cielo de «¡Eh, inútil! ¿Estás ciego o qué?».
Aún brillaba el sol, pero no tardó en caer un atardecer invernal. En las entradas de los hoteles se encendieron los focos que iluminaban las palmeras y las flores como si formaran parte de un decorado teatral. Aquí y allá se veía una palmera inclinada, víctima del más reciente huracán, apuntalada con tablones. De la playa volvían los últimos bañistas —mujeres vestidas con albornoces y sandalias—, al tiempo que de los hoteles salían los primeros trasnochadores. Mujeres con capas de visón y chales de pieles. Todo se entremezclaba: día y noche, verano e invierno, sofisticación y desnudez. En su ocaso, el sol encendía las nubes, proyectando un brillo rosado sobre el mar y llenando las ventanas de oro fino y púrpura. A lo lejos, en el horizonte, navegaba un barco blanco. En el cielo crepuscular apareció un avión, rugiendo y reflejando destellos de luz. El olor de los naranjos se fundía con el de la gasolina. El anochecer traía un aire paradisíaco y lleno de fantasías, una calma tropical, una sensación festiva en el curso de lo cotidiano. Grein se sintió dominado por una nostalgia primaveral. «¡Ojalá tuviéramos un momento de reposo! ¡Ojalá los poderes que acongojan al hombre y lo atenazan cedieran por un instante y supiera disfrutar de las ofrendas de Dios, hacer nuestro examen de conciencia, elevar nuestros decaídos espíritus! Porque todos los pecados proceden de la falta de fe en los poderes superiores, del temor al mañana, del deseo de arañar algo de este mundo antes de que sea demasiado tarde».
El automóvil se detuvo cerca del hotel donde Grein y Anna se habían hospedado y él descendió.
—Recogeré las cosas en cinco minutos.
—No se apure, joven —contestó la señora Gombiner. Al parecer, el aire puro del ocaso la había dejado en un estado de ánimo más afable.
No habían transcurrido tres minutos cuando Grein regresó.
—Anna, el señor Abrams se niega a entregarme tus joyas de la caja fuerte. Tendrás que entrar tú misma.
—¿Le has enseñado el resguardo?
—Se lo he enseñado todo.
—¿Quién está en el vestíbulo? ¿Todas esas cotillas?
—La verdad es que no me he fijado.
—¿Por qué le da tanto miedo entrar, señora Grein? —intervino la señora Gombiner. Si este hotel es demasiado ruidoso y no le dejan dormir, está usted en su derecho de irse cuando le venga en gana siempre que pague el tiempo que haya alquilado la habitación. Venga, yo entraré con usted, señora Grein, y le soltaré cuatro cosas bien dichas.
—Se lo ruego, señora Gombiner, quédese sentada en el coche. ¡No quiero escándalos!
—Bueno, si tiene miedo, qué se le va a hacer. En Estados Unidos no hay por qué temerle a nadie. Éste es un país libre. Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora». Si se porta como un descarado, no hay más que denunciarle para que el juez lo mande a la cárcel. Seguís teniendo mentalidad de inmigrante.
—¡Florence, no te metas donde no te llaman!
—¡Tú cierra el pico!

Isaac Bashevis Singer
Sombras sobre el Hudson


En Nueva York, un grupo de judíos polacos huidos del nazismo se reúne periódicamente en casa del próspero Boris Makaver. Algunos apenas han superado la experiencia de la guerra; otros, más jóvenes, perciben un futuro esperanzador en un país en el que echar raíces. Los defensores del comunismo discuten con los partidarios del capitalismo, mientras que las opiniones divergen con respecto a si conservar las antiguas tradiciones o adoptar nuevos modelos de conducta.
El Nobel de Literatura I. B. Singer muestra una galería de personajes -místicos, pragmáticos, filósofos, comerciantes, individuos histriónicos y aprovechados, seres más generosos y comprensivos- y entrelaza sus vidas en esta obra rica en matices y observaciones sobre la condición humana.


martes, 5 de junio de 2018

A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda


La joven llevaba más de un año en Inglaterra pero todavía no se había acostumbrado a algunas satisfacciones y, por ese motivo, seguía disfrutándolas; una de ellas era lo cómodo, lo accesible del campo. Tanto dentro como fuera de las verjas, todo parecía un parque: todo tenía un intenso aire de «finca». El mismo nombre de Plash, raro y antiguo, seguía sorprendiéndola y tampoco era indiferente al hecho de que el lugar fuera una «casa de viuda»: el pequeño retiro de paredes de ladrillo cubiertas de hiedra en que se había refugiado la anciana señora Berrington cuando, al morir el padre, su hijo se hizo cargo de la finca. A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda en el ocaso de sus días, cuando más honores y abundancia merecía; pero la condena de aquel error se olvidaba cuando tantas consecuencias suyas parecían buenas (si se pasaba por alto la humedad), como acababa sucediendo, tarde o temprano, con la mayoría de sus juicios desfavorables sobre las instituciones inglesas. En aquel país, las iniquidades de un modo u otro resultaban pintorescas; y aparecían «casas de viuda» en las novelas, sobre todo las que describían a las clases altas, que había devorado al final de su infancia. Por lo general, la iniquidad no impedía que esos retiros estuvieran ocupados por damas con recuerdos maravillosos y voces raras, a las que los reveses de la fortuna no habían privado de una cantidad considerable de favorecedores encajes hereditarios. De repente, Laura se detuvo en el parque, a medio camino, presa de un dolor —una punzada moral— que casi la dejó sin aliento; contempló los claros neblinosos y las preciosas y viejas hayas (ahora le eran tan familiares y queridas como si fuera su dueña); en su apagada desnudez de diciembre, éstas parecían conocer todas las inquietudes y hacían que Laura adquiriera conciencia de todos los cambios. Un año antes no sabía nada y ahora lo sabía casi todo; y lo peor de su conocimiento (o, por lo menos, lo peor de los temores que éste había engendrado en ella) le había llegado en aquel hermoso lugar, donde todo estaba tan lleno de paz y pureza, de un aire de feliz sumisión a una ley inmemorial. El lugar era el mismo, pero sus ojos eran distintos; cosas tan malas y tristes habían visto en tan breve tiempo. Sí, el tiempo era breve y todo era raro. Laura Wing se sentía demasiado inquieta para suspirar siquiera y, mientras andaba, su paso fue haciéndose más liviano, como si anduviera de puntillas.
En Plash, la casa parecía brillar en el aire húmedo, el tono de las moteadas paredes de ladrillo y el césped, limitado pero perfecto, parecían obra de un artista del pincel. lady Davenant se encontraba en el salón, en una silla baja al lado de una de las ventanas, leyendo el segundo volumen de una novela. La sala tenía el mismo chintz almidonado, ramos de flores por todos los lugares posibles, el papel pintado de acuerdo con el mal gusto imperante unos años antes, conservado para no gastar más dinero, cubierto casi todo por dibujos de aficionado y grabados de categoría, con finos marcos dorados y grandes passe-partouts. La sala tenía el aire luminoso, duradero y sociable que Laura Wing apreciaba en tantos objetos ingleses: el aspecto de estar pensada para la vida cotidiana, para mucho tiempo, para un uso sumamente convencional. Pero más que nunca, aquel día resultaba inapropiado que aquella sala, con sus telas de chintz y sus poetas británicos, sus alfombras gastadas y su arte doméstico —con un aspecto tan poco ampuloso y tan sincero—, estuviera relacionada con vidas que no iban bien. Por supuesto, aunque la relación fuera indirecta y la vida desencaminada no fuera la de la anciana señora Berrington ni tampoco la de lady Davenant. Si Selina y el comportamiento de Selina no eran una implicación de aquel interior, de la misma manera que el interior no era una explicación del comportamiento de Selina, era porque ella venía de tan lejos, porque era un elemento totalmente extraño. Sin embargo, era allí donde había encontrado la ocasión y todas las influencias que tanto la habían cambiado (su hermana tenía la teoría de que se había metamorfoseado, que cuando era joven parecía haber nacido para la inocencia), si no en Plash, por lo menos en Mellows, porque, al fin y al cabo, los dos lugares tenían mucho en común y había salas de la casa grande que se parecían notablemente al salón de la señora Berrington.

Henry James
Lo más selecto
Cuentos y nouvelles


lunes, 4 de junio de 2018

—No necesitan el dinero —dijo—; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

—Me debes dos francos de anoche —fue su saludo jadeante.
Le hablé evasivamente de la situación en Portugal, donde al parecer se fermentaban más conflictos. Pero Laploshka me escuchó con la abstracción de una víbora sorda y pronto volvió al tema de los dos francos.
—Me temo que quedaré debiéndotelos —le dije, con tanta ligereza como brutalidad—. No tengo ni un centavo.
Y añadí, falsamente:
—Me marcho por seis meses, si no más.
Laploshka no dijo nada, pero sus ojos se abultaron un poco y sus mejillas adquirieron los abigarrados colores de un mapa etnográfico de la península balcánica. Ese mismo día, al ocaso, falleció. «Ataque al corazón», dictaminó el doctor. Pero yo, que estaba más al tanto, supe que había muerto de aflicción.
Surgió el problema de qué hacer con sus dos francos. Una cosa era haber matado a Laploshka; pero haberme quedado con su dinero habría sido muestra de una dureza de sentimiento de la que soy incapaz. La solución usual de dárselo a los pobres de ningún modo se habría acomodado a la presente situación, ya que nada habría afligido más al difunto que semejante malbaratamiento de sus posesiones. Por otra parte, la donación de dos francos a los ricos era una operación que requería cierto tacto. No obstante, una manera fácil para salir de apuros pareció presentarse al domingo siguiente, estando yo apiñado entre la multitud cosmopolita que atestaba la nave lateral de una de las más populares iglesias parisinas. Un bolso de limosnas, para «los pobres de Monsieur le Curé», bregaba por cumplir su tortuoso derrotero a través de la aparentemente impenetrable marejada humana; y un alemán que había frente a mí y que evidentemente no deseaba que el pedido de una contribución le estropeara el disfrute de la sublime música, expresaba en voz alta a un compañero sus críticas sobre la validez de dicha caridad.
—No necesitan el dinero —dijo—; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

Saki
Cuentos de humor negro


¿Han oído ustedes el cuento del niño gitano que muere devorado por una hiena frente a dos damas contrariadas? ¿Y el del señor que conoce tan bien a su esposa que ha pasado dos horas conversando con ella sin percatarse de que estaba muerta? Estos no son chistes; son relatos de historias más bien perversas y llenas de ironía.
Preparémonos a reír un poco con ellas. No será una risa de alegría; será acaso de satisfacción al ver delatadas ciertas crueldades que se alojan en el alma de los hombres. Si algo parece caracterizar a Saki en sus relatos, es el vicio de andar metiéndose en el lugar más íntimo y sagrado de los hombres (al que llamamos corazón), para luego ir vociferando a los cuatro vientos todo lo que solemos ocultar allí, tras su tierna y noble apariencia.
La finura de su estilo nos muestra la crueldad de los personajes (y del autor mismo) arrancándonos una sonrisa, que es la misma risita rubicunda de quien se siente descubierto

miércoles, 23 de mayo de 2018

Pero quizá la maldición tuviese algo que ver con el silencio.

Pero quizá la maldición tuviese algo que ver con el silencio. Como solía decir Della, la madre de Leah, los Bellefleur no hablaban de los asuntos que era necesario discutir. Empleaban su tiempo en actividades absurdas, como pescar y cazar y jugar (¡cómo les gustaba jugar a los Bellefleur! Jugar a lo que fuera: naipes, rompecabezas, damas, ajedrez, sus propias variaciones extravagantes de las damas y el ajedrez y otros juegos que se inventaban durante los largos y crudos inviernos de la montaña; y todas las variaciones imaginables del escondite, que organizaban con frenético entusiasmo por todos los rincones laberínticos del castillo, una costumbre temeraria, como se demostró en una ocasión en que uno de los niños corrió a esconderse en algún rincón de la tenebrosa bodega y nunca lo encontraron, después de días de búsqueda desesperada; ni siquiera se encontraron los huesos) con el desenfreno de los niños pequeños que agarran las cosas sólo para arrojarlas acto seguido, como si el tiempo fuera una fuente inconmensurable, inagotable, en lugar de algo más parecido a la bodega del viejo Raphael, famosa en tiempos, pero diezmada rápidamente en los años que siguieron a su muerte y a la decadencia de la fortuna de los Bellefleur. Conversan sobre asuntos intrascendentes, solía decir Della con amargura; ella vivía la mayor parte del tiempo al otro lado del lago, en una casa georgiana de ladrillo rojo en el centro del pueblo Bushkill’s Ferry y, aunque su familia no podía divisar su casa en la distancia, ella sí podía distinguir la de ellos con toda facilidad; de hecho, la vista siempre recaía en la mansión Bellefleur de la colina, no había forma de eludir el castillo, ni siquiera en el ocaso, cuando los rayos lentos e inclinados del sol, rojizos y anaranjados, la iluminaban y el mismo lago comenzaba a hundirse en la misteriosa oscuridad. Hablan sobre cochinillos asados y manzanas acarameladas y el tamaño de la cornamenta de los animales, decía Della, mientras todo se desmorona a su alrededor. En Nochebuena se deslizan por la ladera en trineo y uno de los suyos muere, pero al día siguiente abren los regalos como si nada hubiese ocurrido y jamás hablan del asunto, se niegan a hablar de ello. (Sin embargo, a su esposo, Stanton Pym, que de hecho murió en un accidente de trineo, apenas seis meses después de la boda, y cuando la pobre Della transitaba el cuarto mes de embarazo de Leah, nunca lo habían considerado uno de los suyos: así que tal vez la acusación de Della era injustificada).
Por otro lado, quizá la maldición consistía en la irremediable y apasionada discordia de los Bellefleur en todos los temas. El tío de Germaine, Emmanuel, a quien ella había visto sólo una vez en la vida, y que visitaba el valle muy de vez en cuando y de forma impredecible, ya que decía sentir un violento rechazo por lo que él denominaba «la vida de ciudad» y las «habitaciones excesivamente calurosas» y las «charlas de mujeres», incluía en todos sus mapas de la región el nombre aborigen de la zona —Nautauganaggonautaugaunnagaungawauggataunagauta—, que significaba, en esencia, pues era imposible de traducir literalmente, espacio-donde-tú-remas-para-tu-lado-y-yo-remo-para-el-mío-y-la-muerte-rema-entre-nosotros. Esos ridículos nombres indios, decían las mujeres Bellefleur, ¿por qué no decían directamente lo que querían decir, como nosotros? La veneración de Emmanuel por los indios y por la cultura india del lugar (que apenas podía decirse que existiera desde que los tratados de 1787 desterraron a todos los indios de las montañas y las tierras de labranza fértiles junto al río, y sólo algunos millares vivían en una sola reserva al norte de Paie-des-Sables) era objeto de burla de gran parte de la familia, que no sabía exactamente cómo interpretarla. Cierto es que Emmanuel era «raro»; pero eso no acababa de explicar su afecto por los indios, o por las montañas, a las que profesaba un afecto aún mayor. Era como un resurgimiento de Jedediah, sin duda; y tal vez del mismo Jean-Pierre, que degeneró hasta el extremo de tomar como amante a una india de sangre iroquesa poco antes de morir. (Pero ¿había «estado» Emmanuel alguna vez con una mujer? A sus hermanos, Gideon y Ewan, les encantaba discutir este tema; es más, era uno de los pocos temas que no representaba controversia. Mientras que Gideon estaba convencido de que Emmanuel tenía que haber vivido alguna experiencia sexual, Ewan solía agregar que dicha experiencia podría no haber sido con una mujer necesariamente, lo que les provocaba sonoras carcajadas. Sin embargo, nunca hablaban de su hermano mayor, Raoul, que vivía a ciento sesenta kilómetros hacia el sur, en Kincardine, y cuya vida sexual era muy extraña). Como dijo una vez Emmanuel, los Bellefleur siempre estaban en pie de guerra, tenían el temperamento de los visones y él no quería formar parte de su maldición. (También se decía que el mismo Emmanuel estaba bajo el efecto de una maldición o encantamiento; de modo que, ¿cómo se atrevía a juzgar a los demás?).

Joyce Carol Oates
Bellefleur

Entre el «realismo mágico» y la «novela gótica», Joyce Carol Oates compone una apasionante saga familiar que, en sus palabras, sería la «más difícil y cautivadora que he escrito».
El rico y notable clan de los Bellfleur vive en una enorme mansión en medio de una montañosa región a orillas del mítico Lago Noir. Poseen vastos terrenos, negocios rentables, dan empleo a sus vecinos e influyen en el gobierno. Un prolífico y excéntrico grupo que congrega a varios millonarios, un asesino en serie, un buscador espiritual que sube a las montañas para encontrar a Dios, un noctámbulo adinerado que muere por el rasguño de un pollo, una bebé, Germaine —la heroína de la novela—, y sus padres, Leah y Gideon son algunos de los personajes que pueblan ésta, una de las obras maestras de la aclamada autora.

viernes, 18 de mayo de 2018

la tarde era un tiempo indeciso, desazonante para él

La tarde se deslizaba suavemente a través de la estepa, en el vivac de los hombres. La tarde no agradaba a Gudú, prefería la mañana, la noche o el ocaso, porque la tarde era un tiempo indeciso, desazonante para él. Gudú se encerró en su tienda con orden de que nadie le importunara. Sólo pidió un espejo: uno de aquellos bruñidos metales a los que su madre era tan aficionada. Se contempló en él largamente, y en su brillante superficie únicamente vio reflejado el rostro de un hombre: ni Rey ni mendigo ni noble ni plebeyo. Un hombre, y nada más. Y nada menos. Entonces, se repitió una y otra vez, como para grabarlo bien en su mente, que la Reina Urdska también era una mujer, y sólo una mujer.
Con este pensamiento se acostó, como si así le fuera más fácil derribar las torres del miedo, atravesar los túneles de cuanto ignoraba, hollar los confines de cierto país —país o quimera— que tanto deseara. Antes de que el sueño le venciera, le asaltó una duda: tal vez lo verdaderamente desconocido no lo componían tierras, ni lenguas, ni costumbres, sino simplemente la naturaleza humana, hombres y mujeres que alentaban incluso en su más inmediata cercanía. «Pero no es misión mía entenderles, sino dominarles», fue su último pensamiento antes de dormirse.
Una mariposa blanca tembló sobre su sueño. Era una de esas frágiles, tímidas, casi impalpables criaturas que mueren al amanecer.
En los radiantes días que sucedieron a aquella noche, sus temores y dudas, mejor o peor aventados, crecieron. Gudú conocía bien —o así lo creía— la táctica esteparia: ataque en masa, nubes de flechas, gritos estridentes y amenazadores. Y apenas se producía el choque entre ambas fuerzas, los esteparios retrocedían, veloces, y se dispersaban. Se hacía casi imposible la persecución, cuando aparecían de nuevo, como brotando de la tierra, y atacaban una y otra, y otra vez, hasta vencer o desaparecer de nuevo como por arte de magia. Sabía esas cosas y las tenía como enseñanzas muy valiosas. Sin embargo, persistía en su mente una zozobra, una misteriosa voz que brotaba de su instinto y le advertía que precisamente ahora, cuando se hallaba al borde de conseguir cuanto sus antepasados habían intentado y no logrado, las lecciones y experiencias aprendidas no servían para mucho o para nada. Debía enfrentarse a algo diferente a cuanto conociera, oyera o aprendiera.

Ana María Matute
Olvidado rey Gudú


Ambientada en la Edad Media, Olvidado Rey Gudú tiene un gran componente de fabulación y fantasía, y narra el nacimiento y expansión del reino de Olar, en cuyo intrigante devenir intervendrán la astucia de una niña sureña, la magia de un viejo hechicero y las reglas del juego de una criatura del subsuelo.

martes, 1 de mayo de 2018

Con la receta para hacer «Soledades» en un día, y es probada

AGUJA DE NAVEGAR CULTOS
Con la receta para hacer «Soledades» en un día, y es probada. Con la ropería de viejo de anocheceres y amaneceres y la platería de las facciones para remendar romances desarrapados
Receta
Quien quisiere ser culto en solo un día,
la jeri (aprenderá) gonza siguiente:
fulgores, arrogar, joven, presiente,
candor, construye, métrica armonía;
poco, mucho, si no, purpuracía,
neutralidad, conculca, erige, mente,
pulsa, ostenta, librar, adolescente,
señas, traslada, pira, frustra, harpía;
cede, impide, cisuras, petulante,
palestra, liba, meta, argento, alterna,
si bien, disuelve, émulo, canoro.
Use mucho de líquido y de errante,
su poco de noturno y de caverna,
anden listos livor, adunco y poro;
que ya toda Castilla,
con sola esta cartilla,
se abrasa de poetas babilones
escribiendo sonetos confusiones
y en la Mancha, pastores y gañanes,
atestados de ajos las barrigas,
hacen ya cultedades como migas.

Ejemplo hermafrodito romancelatín

Yace cláusula de perlas
si no rima de clavel,
dinasta de la belleza
que ya cataclismo fue,
un tugurio de piropos,
ojeriza de Zalé,
poca porción que secresta
corusca favila al bien,
pórtico donde rubrica
al múrice tirio el ver
tutelar padrón del alma,
aura genitiva en él.

Y después que el aprendiz de culto se ha dado por vencido y dicho que es la piedra filosofal, o el fénix, o la aurora, o el pelícano, o la carantamaula, es un romance a la boca de una mujer en toda cultedad.
Esto es más fácil que pedir prestado, pues siendo todo lo que escriben los cultos tales (no los finos), anocheceres y amaneceres, con irse a la ropería de los soles se hallan auroras hechas, que les vienen como nacidas a cualquier mañanita, con sus nácares y ostros, leche y grana, y empañado el día en mantillas de oro; cunas rosadas y llorares de perlas y de aljófar las flores salvas, búcaros las hierbas que bebe el sol, que chupa o que las lame. Anocheceres: lutos de sombras y bayetas de la noche, cadáver de oro y tumbas del ocaso en ataúd de fuego, exequias de la luz y despabilos; capuces turquesados y Argos de oro; mundo viudo, huérfanas estrellas; triforme diosa, carros del silencio, soñolienta deidad émula a Febo.
En la platería de los cultos hay hechos cristales fugitivos para arroyos, y montes de cristal para las espumas, y campos de zafir para los mares, y margen de esmeraldas para los praditos. Para las facciones de las mujeres hay gargantas de plata bruñida, y trenzas de oro para cabellos, y labios de coral y de rubíes para jetas y hocicos, y alientos de ámbar (como pomos) para resuellos, y manos de marfil para garras, pechos de diamantes para pechos, y estrellas coruscantes para ojos, y infinito nácar para mejillas. Aunque los poetas hortelanos todo esto lo hacen verduras, atestando los labios de claveles, las mejillas de rosas y azucenas, el aliento de jazmines. Otros poetas hay Charquías, que todo lo hacen de nieve y de hielo, y están nevando de día y de noche, y escriben una mujer puerto, que no se puede pasar sin trineo y sin gabán y bota: manos, frente, cuello y pecho y brazos, todo es perpetua ventisca y un Moncayo.
Con esto, y con gastar mucho Calepino sin qué ni para qué, serás culto, y lo que escribieres oculto, y lo que hablares lo hablarás a bulto. Y Dios tenga en el cielo el castellano, y le perdone. Y Lope de Vega a los clarísimos nos tenga de su verso,
Mientras por preservar nuestros Pegasos
del mal olor de culta jerigonza
quemamos por pastillas Garcilasos.

Del Libro de todas las cosas y otras muchas más

Francisco de Quevedo, Prosa satírica, Penguin Clásicos

Escritor de profundo aliento senequista, Quevedo es particularmente conocido por sus obras satíricas, que en su época le granjearon la cuota de fama que el respeto de sus textos más serios no le otorgó. Henchidos de un sarcasmo a veces desengañado, como correspondía a su carácter, desfilan por sus textos todas las miserias y necedades de esa parte del género humano que pudo conocer, impregnadas siempre de la agudeza, mordacidad y extraordinaria riqueza lingüística del autor.
Lo demuestra Quevedo: el humor, la sonrisa y hasta la carcajada residen a veces en los matices. Por esta razón, Ignacio Arellano, catedrático de la Universidad de Navarra, ha preparado una edición profusamente anotada, atenta a los detalles que dan la clave para la comprensión de las sátiras. Asimismo, incluye un estudio introductorio y unas actividades finales que complementan la lectura.

lunes, 30 de abril de 2018

ME pesas como un fardo, primavera.

ME pesas como un fardo, primavera.
No tengo fuerzas para alzar de nuevo
la antorcha de mi risa y de mi engaño
contra tus hojas nuevas.
Ya no es tarde ni es noche.
En la plaza los pájaros se persiguen, antiguos.
En la plaza se encienden los faroles.
Me pesas, primavera.
Henchidos de tu zumo,
los niños se han perdido de la tierra.
Buscan aquel palacio de ahora mismo,
apagado de pronto en el ocaso,
apagado al final de sus veredas.
Antigua tarde. Pájaros antiguos.
Bajo un cielo cuajado de lunares
se encienden los faroles
y se pierden los niños.
Me tumbo bocabajo,
no tengo fuerzas para alzar de nuevo
la antorcha de mi risa y de mi engaño;
primavera de luz inabarcable,
me pesas como un fardo.

Carmen Martín Gaite
Después de todo
Poesía a rachas

domingo, 29 de abril de 2018

11
Todo se penetra. La lectura de los clásicos, que no distinguen los ocasos, me ha vuelto inteligibles muchos ocasos, en todos sus colores. Hay una relación entre la competencia sintáctica, por la que se distinguen los valores de los seres, de los sonidos y de las formas, y la capacidad de comprender cuándo el azul del cielo es realmente verde, y qué parte del amarillo existe en el verde azul del cielo.
En el fondo es lo mismo: la capacidad de distinguir y de sutilizar. Sin sintaxis no hay emoción duradera. La inmortalidad es una función de los gramáticos.

Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

Traducción, organización, introducción y notas: Ángel Crespo

jueves, 19 de abril de 2018

en cierto palacio de Lisboa, un rey que tache su nombre

Tal vez la codicia haya cargado demasiado los barcos; lo cierto es que uno de ellos, y precisamente el que manda Francisco Serrão, da contra un escollo, y solamente las vidas humanas se salvan del naufragio. Van errantes por la playa desconocida, y cuando ya los amenazaba un ocaso que hubiera sido el de sus penas, Serrão consigue, con un golpe de astucia, apoderarse de un barco de piratas, en el cual hacen rumbo de nuevo a Amboina. Con la misma afabilidad que cuando habían abordado, como grandes señores recibe el jefe a los que acuden ahora a refugiarse en sus playas y les brinda acogimiento con la más perfecta generosidad. Con tal amor, veneración y magnificencia fueron recibidos y hospedados, que les parecía, en medio de su dicha y gratitud, un caso increíble.
Parece que el más elemental deber militar dictaría al capitán Francisco Serrão, no bien repuestos los ánimos, la inmediata partida en una de las barcazas que continuamente se dirigen a Malaca, a fin de entrevistarse con su almirante, y después, ya de vuelta a Portugal, poner enseguida sus armas a disposición del rey, al cual le atan los vínculos del juramento y del sueldo que de él recibe.
Pero el país paradisíaco, el clima cálido y balsámico corroen pérfidamente en Francisco Serrão el sentimiento de la disciplina militar. Y, de pronto, le resulta del todo indiferente que haya dondequiera, a muchas millas, en cierto palacio de Lisboa, un rey que tache su nombre, refunfuñando, de la lista de capitanes o pensionados. Está convencido de que bastante ha hecho por amor a Portugal y de que ha expuesto su piel por la patria con frecuencia. Hora sería de que él, Francisco Serrão, pudiera por fin empezar a vivir, sin más ansias ni incomodidades, la vida de ese Francisco Serrão, con la misma plenitud que gozan de la suya todos los pobladores desnudos y, sin cuidado de aquellas benditas islas. Que los otros marineros y capitanes continúen enhorabuena arando el mar y comprando con sangre y sudor la pimienta y la canela para unos trujamanes forasteros; que vayan corriendo riesgos y batallas como unos bobos leales, sólo para que la Alfanda de Lisboa pueda atesorar más tributos en sus arcas. Él, personalmente, Francisco Serrão, de ahora en adelante ex capitán de la flota portuguesa, ya está saciado de guerras y de aventura y de negocio de especias. Sin más ceremonia, el valiente capitán renuncia al mundo heroico y pasa al mundo idílico, dispuesto a vivir en lo sucesivo de incógnito, al modo primitivo y magníficamente perezoso de aquella amable gentecilla. Tampoco le da mucho trabajo el alto honor de gran visir con que el rey de Ternate le distingue: sólo una vez, en una guerrilla que sostiene su señor, es llamado a ejercer de consejero militar y se lo recompensan, dándole posesión de una casa con sus esclavos y servidores, a más de una esposa bonita y morena, de la cual cosecha dos o tres niños de un color moreno claro.

Stefan Zweig
Magallanes
El hombre y su gesta


domingo, 8 de abril de 2018

Hacía más de tres noches que no se había quitado su jubón de piel de búfalo

Fue en el atardecer de un día de Siria cuando Ricardo se acostó enfermo, lo cual le contrarió tanto en su espíritu, como la enfermedad repugnaba a su cuerpo. Sus grandes ojos azules, que habitualmente brillaban con singular viveza, aumentada ahora por la fiebre y la impaciencia mental, despedían entre los largos y enmarañados mechones de cabellos rubios, miradas tan fulgurantes y enérgicas que parecían en verdad los últimos resplandores de un ocaso atravesando las nubes de una tempestad que se avecina, pero dorados aún por los rayos del sol. Sus facciones varoniles delataban los progresos de la devoradora enfermedad, y su barba, crecida y descuidada, le cubría los labios y el mentón. La inquietud con que se revolvía de un lado a otro en la cama, con las ropas revueltas, que a veces se quitaba de encima rabiosamente; el desorden del mismo lecho y sus inquietos ademanes demostraban a simple vista la energía y la impetuosa impaciencia de un estado de espíritu, cuya esfera de acción natural la constituían los más activos ejercicios.
Al lado del lecho se encontraba Thomas de Vaux, que por su cara, su actitud y sus ademanes, contrastaba todo cuanto pueda imaginarse con el monarca enfermo. Su estatura era casi gigantesca, y su cabellera habría podido parecer, por su abundancia, la de Sansón, pero después de haber pasado este héroe israelita por las tijeras de los filisteos, porque la de De Vaux tenía cortados los cabellos de tal manera que pudiesen caber dentro del casco. El brillo de sus grandes ojos, de color de avellana, tenía la luz de una mañana de otoño, y sólo se turbaban momentáneamente cuando alguna que otra vez eran atraídos por las vehementes señales de agitación e inquietud de Ricardo. Su cara, tan robusta como el resto de su persona, debía haber sido bella antes de quedar desfigurada por las heridas; su labio superior, siguiendo la moda de los normandos, estaba cubierto de un espeso bigote, tan largo que se le juntaba con la cabellera, ambos de un castaño obscuro, moteado por algunas canas. Su cuerpo parecía hecho a propósito para desafiar la fatiga y el clima, porque era ancho de espaldas, liso de caderas, largo de brazos, de pecho elevado y piernas muy fuertes. Hacía más de tres noches que no se había quitado su jubón de piel de búfalo, que tenía pintada la cruz en la espalda, y durante aquel tiempo sólo se había permitido el momentáneo descanso de que puede disfrutar la persona que vela a un monarca enfermo. Este barón raras veces cambiaba de actitud, excepto para administrar a Ricardo la medicina o el alimento, que ninguno de los demás asistentes, menos afortunados, podía convencer al impaciente monarca de que tomara; y en la forma bondadosa, aunque ruda, con que desempeñaba una misión que contrastaba tan extrañamente con sus costumbres y maneras de solitario y de soldado, se veía algo que emocionaba.

The Talisman
El talismán
Walter Scott, 1825

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