Hacia el amanecer, cuando, por puro agotamiento, empezábamos ya a conciliar un sueño irregular a pesar de los ruidos, las crías de pardela descubrieron una nueva virtud de la tienda. A ambos lados, la lona formaba una pendiente de lo más apetecible. Las crías subían volando una tras otra a la cresta de la tienda y, a continuación, se dejaban caer por los lados, haciendo sus garras un ruido similar a como si desgarrasen percal sobre el lienzo, mientras que sus hermanas, posadas en círculo alrededor suyo, emitían gritos de admiración que sonaban algo así como «Caau, cuuRR, CUURR» y «Uuuh, Cuurr, Cuurr». Tras reflexionar detenidamente, llegué a la conclusión de que era la peor noche que había pasado en mi vida.
A la mañana siguiente, justo antes de despuntar el sol, nos despertamos después de una pequeña cabezada y echamos una mirada al exterior de la tienda, de la que salimos para darnos un chapuzón con paso vacilante y dando traspiés, para lo que hubimos de pasar entre las hordas de pardelas que aún se hallaban graznando fuera de sus madrigueras. El cielo tenía un color rosa, naranja y verde, y en él podían verse un puñado de oscuras nubes dispersas sin orden ni concierto a lo largo del horizonte. El mar, de un intenso azul cobalto, estaba en calma. Por encima de mi cabeza, las hojas de las palmeras susurraban con un sonido similar a una lluvia espectral, proyectándose sus oscuras sombras contra el cielo. Descansando entre ellas, en una postura relajada de espaldas, se veía una frágil luna en forma de hoz, blanca como un rabijunco. El cielo estaba salpicado con las siluetas de las pardelas, que volaban y cantaban formando un coro de alborada, y por doquier se veían las crías de oscura piel arrastrándose por entre las plantas de tabaco y escabullándose en el interior de sus madrigueras.
Gerald Durrell
Murciélagos dorados y palomas rosas
A la mañana siguiente, justo antes de despuntar el sol, nos despertamos después de una pequeña cabezada y echamos una mirada al exterior de la tienda, de la que salimos para darnos un chapuzón con paso vacilante y dando traspiés, para lo que hubimos de pasar entre las hordas de pardelas que aún se hallaban graznando fuera de sus madrigueras. El cielo tenía un color rosa, naranja y verde, y en él podían verse un puñado de oscuras nubes dispersas sin orden ni concierto a lo largo del horizonte. El mar, de un intenso azul cobalto, estaba en calma. Por encima de mi cabeza, las hojas de las palmeras susurraban con un sonido similar a una lluvia espectral, proyectándose sus oscuras sombras contra el cielo. Descansando entre ellas, en una postura relajada de espaldas, se veía una frágil luna en forma de hoz, blanca como un rabijunco. El cielo estaba salpicado con las siluetas de las pardelas, que volaban y cantaban formando un coro de alborada, y por doquier se veían las crías de oscura piel arrastrándose por entre las plantas de tabaco y escabullándose en el interior de sus madrigueras.
Gerald Durrell
Murciélagos dorados y palomas rosas