Plinio sujetó las manos del Chavico con sus esposas antiguas y descomunales.
La mozona parecía dormir con una respiración tranquila. Ya no sudaba.
Salieron los cuatro a las eras que rodeaban el cuartillejo. El cielo estaba sonrosado y transparente. En un punto del horizonte, como arrancado del mismo borde de la llanura, asomaba un poquito de sol… Las sombras de los hombres y las casas, largas y alámbricas, se perdían no se sabía dónde. Un aire sutil, recién filtrado, oreaba el rostro.
Los tres hombres y la mujer caminaban un poco deslumbrados por la alborada. Avanzaban como figuras confusas, entre grises y rosas intensos; disminuidos, pálidos y encogidos bajo la grandeza del amanecer.
Al pasar junto al cuartillejo de la Langosta, la Marrana se apartó del grupo sin decir nada y llamó en el ventanuco.
Plinio comprendió y detuvo la marcha suya y de sus acompañantes. Aguardaron, y al cabo de unos minutos se asomó una moza despeinada, que apenas podía abrir los ojos a la luz.
—¿Qué pasa?
Oyó la respuesta sin enterarse, al parecer. La presencia del guardia y del Chavico esposado atrajo toda su atención. Los miraba ahora con la boca abierta y los ojos desmesurados.
—Ahí está la de Alcázar, que le ha dado un patatús —dijo la Marrana—; se queda sola porque nosotros nos vamos a la cárcel.
La del ventanuco no respondía, no reaccionó. Seguía mirando embobada al guardia y al Chavico, que parecía aterrado con la resaca.
—Vamos —ordenó Plinio.
Cuando habían andado unos pasos, la moza del ventanuco rompió a hablar:
—Le pasan solos esos ataques… Ya vendrá cuando despierte… ¿Le habéis dado los dos duros?
—Para duros estamos —rezongó la Marrana.
—¿Que si le habéis dado los dos duros?
Para cruzar el canal, don Lotario y Plinio volvieron a descalzarse pacientemente. Los presos pasaron indiferentes a pie calzado.
Plinio pidió a don Lotario que antes de ir al Ayuntamiento se llegase a la calle de San Lorenzo.
Iban por las claras calles de la prima mañana, entre las mujeres que barrían las puertas, al son estrepitoso del Ford.
La Marrana iba delante con don Lotario. Plinio detrás, con el Chavico esposado. La Marrana, que montaba por primera vez en auto, mostraba cierto solivianto.
La mozona parecía dormir con una respiración tranquila. Ya no sudaba.
Salieron los cuatro a las eras que rodeaban el cuartillejo. El cielo estaba sonrosado y transparente. En un punto del horizonte, como arrancado del mismo borde de la llanura, asomaba un poquito de sol… Las sombras de los hombres y las casas, largas y alámbricas, se perdían no se sabía dónde. Un aire sutil, recién filtrado, oreaba el rostro.
Los tres hombres y la mujer caminaban un poco deslumbrados por la alborada. Avanzaban como figuras confusas, entre grises y rosas intensos; disminuidos, pálidos y encogidos bajo la grandeza del amanecer.
Al pasar junto al cuartillejo de la Langosta, la Marrana se apartó del grupo sin decir nada y llamó en el ventanuco.
Plinio comprendió y detuvo la marcha suya y de sus acompañantes. Aguardaron, y al cabo de unos minutos se asomó una moza despeinada, que apenas podía abrir los ojos a la luz.
—¿Qué pasa?
Oyó la respuesta sin enterarse, al parecer. La presencia del guardia y del Chavico esposado atrajo toda su atención. Los miraba ahora con la boca abierta y los ojos desmesurados.
—Ahí está la de Alcázar, que le ha dado un patatús —dijo la Marrana—; se queda sola porque nosotros nos vamos a la cárcel.
La del ventanuco no respondía, no reaccionó. Seguía mirando embobada al guardia y al Chavico, que parecía aterrado con la resaca.
—Vamos —ordenó Plinio.
Cuando habían andado unos pasos, la moza del ventanuco rompió a hablar:
—Le pasan solos esos ataques… Ya vendrá cuando despierte… ¿Le habéis dado los dos duros?
—Para duros estamos —rezongó la Marrana.
—¿Que si le habéis dado los dos duros?
Para cruzar el canal, don Lotario y Plinio volvieron a descalzarse pacientemente. Los presos pasaron indiferentes a pie calzado.
Plinio pidió a don Lotario que antes de ir al Ayuntamiento se llegase a la calle de San Lorenzo.
Iban por las claras calles de la prima mañana, entre las mujeres que barrían las puertas, al son estrepitoso del Ford.
La Marrana iba delante con don Lotario. Plinio detrás, con el Chavico esposado. La Marrana, que montaba por primera vez en auto, mostraba cierto solivianto.
Francisco García Pavón
Los carros vacíos
Plinio
Los carros vacíos
Plinio
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