sábado, 14 de abril de 2018

pues justamente estábamos en la estación más hermosa del año

» Atravesé varios pueblos mendigando, porque entonces sentía hambre y sed; me las apañaba como podía para responder cuando me preguntaban. Así llevaba caminando unos cuatro días cuando di con un pequeño sendero que me apartaba cada vez más del camino principal. Las rocas que había a mi alrededor adquirieron entonces otra forma, mucho más extraña. Eran peñascos, tan amontonados unos sobre otros que parecía como si el primer golpe de viento fuera a descolocarlos todos. No sabía si debía continuar. Por la noche siempre había dormido en el bosque, pues justamente estábamos en la estación más hermosa del año, o en retiradas cabañas de pastores; pero allí no encontraba refugio humano ninguno y tampoco podía suponer que encontraría uno en aquel agreste lugar: las rocas se volvían cada vez más terribles, a menudo tenía que caminar al borde de vertiginosos precipicios y, al final, el camino incluso llegó a desaparecer bajo mis pies. Estaba completamente desconsolada, lloraba y gritaba, y mi voz resonaba en los valles rocosos de forma espantosa. Entonces se hizo de noche y busqué un lugar con musgo para descansar en él. No podía dormir; en medio de la noche oía los sonidos más extraños: primero me parecían animales salvajes, luego el viento que gemía entre las rocas, luego aves desconocidas. Recé y no me dormí hasta casi el amanecer.
»Me desperté cuando la luz del día me daba ya en pleno rostro. Delante de mí había un empinado risco; trepé por él con la esperanza de descubrir desde allí la salida de aquel agreste lugar y divisar quizá casas o gentes. Pero cuando me hallé arriba todo lo que alcanzaba la vista, igual que a mi alrededor, estaba cubierto de un halo de niebla: el día era gris y turbio, y mis ojos no pudieron descubrir un árbol, una pradera, ni siquiera un arbusto, a excepción de algunos matorrales aislados que, solitarios y tristes, habían salido por entre las estrechas grietas de las rocas. No puedo describir el anhelo tan grande que sentí por ver, aunque fuera a una sola persona, incluso si después me hubiera dado miedo. Sentí asimismo un hambre atroz, me senté en el suelo y decidí morir. No obstante, pasado un tiempo, las ganas de vivir acabaron venciendo, me rehíce y pasé todo el día caminando entre lágrimas, entre suspiros entrecortados; al final ya ni siquiera me sentía a mí misma, estaba cansada y agotada, apenas deseaba seguir viviendo y, sin embargo, temía la muerte.

Cuentos fantásticos.
Der blonde Eckbert; Der Runenberg; Die Elfen
Ludwig Tieck, 1812
Traducción: Isabel Hernández



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