» Atravesé
varios pueblos mendigando, porque entonces sentía hambre y sed; me las apañaba
como podía para responder cuando me preguntaban. Así llevaba caminando unos
cuatro días cuando di con un pequeño sendero que me apartaba cada vez más del
camino principal. Las rocas que había a mi alrededor adquirieron entonces otra
forma, mucho más extraña. Eran peñascos, tan amontonados unos sobre otros que
parecía como si el primer golpe de viento fuera a descolocarlos todos. No sabía
si debía continuar. Por la noche siempre había dormido en el bosque, pues
justamente estábamos en la estación más hermosa del año, o en retiradas cabañas
de pastores; pero allí no encontraba refugio humano ninguno y tampoco podía
suponer que encontraría uno en aquel agreste lugar: las rocas se volvían cada
vez más terribles, a menudo tenía que caminar al borde de vertiginosos
precipicios y, al final, el camino incluso llegó a desaparecer bajo mis pies.
Estaba completamente desconsolada, lloraba y gritaba, y mi voz resonaba en los
valles rocosos de forma espantosa. Entonces se hizo de noche y busqué un lugar
con musgo para descansar en él. No podía dormir; en medio de la noche oía los
sonidos más extraños: primero me parecían animales salvajes, luego el viento
que gemía entre las rocas, luego aves desconocidas. Recé y no me dormí hasta
casi el amanecer.
»Me desperté
cuando la luz del día me daba ya en pleno rostro. Delante de mí había un
empinado risco; trepé por él con la esperanza de descubrir desde allí la salida
de aquel agreste lugar y divisar quizá casas o gentes. Pero cuando me hallé
arriba todo lo que alcanzaba la vista, igual que a mi alrededor, estaba
cubierto de un halo de niebla: el día era gris y turbio, y mis ojos no pudieron
descubrir un árbol, una pradera, ni siquiera un arbusto, a excepción de algunos
matorrales aislados que, solitarios y tristes, habían salido por entre las
estrechas grietas de las rocas. No puedo describir el anhelo tan grande que
sentí por ver, aunque fuera a una sola persona, incluso si después me hubiera
dado miedo. Sentí asimismo un hambre atroz, me senté en el suelo y decidí
morir. No obstante, pasado un tiempo, las ganas de vivir acabaron venciendo, me
rehíce y pasé todo el día caminando entre lágrimas, entre suspiros
entrecortados; al final ya ni siquiera me sentía a mí misma, estaba cansada y
agotada, apenas deseaba seguir viviendo y, sin embargo, temía la muerte.
Cuentos
fantásticos.
Der
blonde Eckbert; Der Runenberg; Die Elfen
Ludwig
Tieck, 1812
Traducción:
Isabel Hernández
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