domingo, 1 de abril de 2018

La “residencia” de milady Dedlock es inmensamente lúgubre.

La primera descripción de Chesney Wold y de su dueña, lady Dedlock, es un pasaje de puro genio: «Las aguas se han desbordado en Lincolnshire. Un arco del puente, en el parque, ha sido socavado y arrastrado. El terreno bajo adyacente, en media milla de extensión, es un río estancado, con árboles melancólicos por islas, y una superficie acribillada durante todo el día por la lluvia. La “residencia” de milady Dedlock es inmensamente lúgubre. El tiempo, desde hace muchos días y noches, viene siendo tan húmedo que los árboles parecen empapados, y los tajos y golpes del hacha del leñador no producen chasquido ni crujido cuando los hace caer. Los ciervos, calados, dejan tremedales por donde pasan. El disparo del rifle pierde violencia en el aire húmedo, y el humo que produce asciende como una nubecilla indolente hacia las verdes alturas del bosque que sirven de fondo a la lluvia que cae. La perspectiva desde las ventanas de milady Dedlock es ora una vista en color plomizo, ora una vista en tinta china. Los jarrones de la terraza de piedra, en primer término, van recogiendo la lluvia todo el día; y durante la noche, las pesadas gotas caen, ploc, ploc, ploc, en ese pavimento de anchas losas llamado, desde los viejos tiempos, Paseo del Fantasma. Los domingos, la pequeña iglesia del parque se ve mohosa; el púlpito de roble rezuma un sudor frío; y en general, se siente el olor y el sabor de los antiguos Dedlock yaciendo en sus tumbas. En el incipiente crepúsculo, milady Dedlock (que no tiene hijos), mira desde su tocador la vivienda de uno de los guardas, observa el resplandor de un fuego en los cristales romboidales de la ventana, el humo que se eleva de la chimenea, y a un niño que sale corriendo a la lluvia, seguido de una mujer, al encuentro de la figura reluciente y enfundada de un hombre que traspone la verja. Milady Dedlock, de mal humor, dice que se siente “mortalmente aburrida”». Esta lluvia de Chesney Wold es el equivalente campestre de la niebla de Londres; y el hijo del guarda forma parte del tema de los niños.
Hay también una imagen admirable de un pueblecito soleado, soñoliento, donde el señor Boythorn se encuentra con Esther y sus compañeros: «Avanzada la tarde, llegamos al pueblo del mercado donde debíamos apearnos del carruaje: un pueblecito deprimente, con un campanario, una plaza y una calle intensamente soleada, y un estanque con un viejo caballo refrescándose las patas, y unos cuantos hombres adormilados, tumbados o de pie, en las pequeñas zonas de sombra. Más allá del susurro de las hojas y de las ondulaciones del maíz, a lo largo de la carretera, parecía el pueblecito más quieto, más caliente, más inmóvil que Inglaterra haya sido capaz de producir».

Charles Dickens
(1812-1870)
Casa desolada (1852-1853)

EN
Curso de literatura europea
Vladimir Nabokov




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