—No —dijo—, no quiero nada que venga de sus manos; si
estuviera muriéndome de sed, y fuera su mano quien acercara una jarra a mis
labios, tendría el valor de rechazarla. Puede que sea excesivamente crédulo,
pero no haré nada que me ligue voluntariamente al mal.
—No tengo nada en contra de un arrepentimiento en el lecho de
muerte —hizo notar el visitante.
—¡Porque no cree usted en su eficacia! —exclamó Markheim.
—No diría yo eso —respondió el otro—, en realidad miro estas
cosas desde otra perspectiva, y cuando la vida llega a su fin, mi interés
decae. El hombre en cuestión ha vivido sirviéndome, extendiendo el odio
disfrazado de religión, o sembrando cizaña en los trigales, como hace usted, a
lo largo de una vida caracterizada por la debilidad frente a los deseos. Cuando
el fin se acerca, sólo puede hacerme un servicio más: arrepentirse, morir
sonriendo, aumentando así la confianza y la esperanza de los más tímidos entre
mis seguidores. No soy un amo demasiado severo. Haga la prueba. Acepte mi
ayuda. Disfrute de la vida como lo ha hecho hasta ahora; disfrute con mayor
amplitud, ponga los codos sobre la mesa; y cuando empiece a anochecer y se cierren las cortinas, le digo, para su tranquilidad, que hasta le
resultará fácil llegar a un acuerdo con su conciencia y hacer las paces con
Dios. Regreso ahora mismo de estar junto al lecho de muerte de un hombre así; y
la habitación estaba llena de personas sinceramente apesadumbradas escuchando
sus últimas palabras: y cuando le he mirado a la cara, una cara que reaccionaba
contra la compasión con la dureza del pedernal, he encontrado en ella una
sonrisa de esperanza.
—Entonces, ¿me cree usted una criatura como ésas? —preguntó
Markheim—. ¿Cree usted que no tengo aspiraciones más generosas que pecar y
pecar y pecar, para, en el último instante, colarme de rondón en el cielo? Mi
corazón se rebela ante semejante idea. ¿Es ésa toda la experiencia que tiene
usted de la humanidad? ¿O es que, como me sorprende usted con las manos en la masa,
se imagina tanta bajeza? ¿O es que el asesinato es un crimen tan impío que seca
por completo la fuente misma del bien?
Robert
Louis Stevenson
La
isla de las voces
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