En las horas sombrías que preceden a la falsa alborada, el Pontífice León comenzó a mover la cabeza a un lado y a otro sobre la almohada, y a murmurar nerviosamente. Tenía la garganta espesa de mucosidad, y el ceño pegajoso a causa de la transpiración de la noche. La enfermera nocturna le acomodó mejor en la cama, le pasó una esponja sobre la cara y le humedeció con agua los labios. Él respondió somnoliento.
—Gracias. Lamento molestarla. He tenido una pesadilla.
—Ya pasó. Cierre los ojos y vuelva a dormir.
Durante un momento breve y confuso tuvo la tentación de relatarle el sueño, pero no se atrevió. Se había elevado como una luna nueva desde los lugares más oscuros de su recuerdo infantil; y ese mismo sueño proyectaba una luz implacable sobre un hueco oculto de su conciencia adulta.
En la escuela había un niño, mayor y más corpulento, que le molestaba constantemente. Un día él se enfrentó a su torturador y le preguntó por qué hacía cosas tan crueles. La respuesta aún resonaba en su memoria: «Porque tú me ocultas la luz; estás quitándome el sol». Y entonces preguntó cómo era posible que, puesto que era mucho más pequeño y menor, pudiera hacer tal cosa. A lo cual el prepotente respondió: «Incluso un hongo produce una sombra. Si la sombra cae sobre mi bota, yo destruyo el hongo».
Fue una lección cruel pero duradera acerca de las aplicaciones del poder. Un hombre que se ponía frente al sol se convertía en una sombra oscura, anónima y amenazadora. Sin embargo, la sombra estaba rodeada por la luz, como una aureola o la corona de un eclipse. Y entonces, el hombre-sombra asumía el numen de una persona sagrada. Desafiarle era sacrilegio, un crimen condenable.
Así, durante las últimas horas que precedieron al momento en que le administraron drogas y le llevaron a la sala de operaciones, Ludovico Gadda, León XIV, Vicario de Cristo, Supremo Pastor de la Iglesia Universal, comprendió cómo, al aprender del prepotente, se había infiltrado él mismo en la tiranía.
—Gracias. Lamento molestarla. He tenido una pesadilla.
—Ya pasó. Cierre los ojos y vuelva a dormir.
Durante un momento breve y confuso tuvo la tentación de relatarle el sueño, pero no se atrevió. Se había elevado como una luna nueva desde los lugares más oscuros de su recuerdo infantil; y ese mismo sueño proyectaba una luz implacable sobre un hueco oculto de su conciencia adulta.
En la escuela había un niño, mayor y más corpulento, que le molestaba constantemente. Un día él se enfrentó a su torturador y le preguntó por qué hacía cosas tan crueles. La respuesta aún resonaba en su memoria: «Porque tú me ocultas la luz; estás quitándome el sol». Y entonces preguntó cómo era posible que, puesto que era mucho más pequeño y menor, pudiera hacer tal cosa. A lo cual el prepotente respondió: «Incluso un hongo produce una sombra. Si la sombra cae sobre mi bota, yo destruyo el hongo».
Fue una lección cruel pero duradera acerca de las aplicaciones del poder. Un hombre que se ponía frente al sol se convertía en una sombra oscura, anónima y amenazadora. Sin embargo, la sombra estaba rodeada por la luz, como una aureola o la corona de un eclipse. Y entonces, el hombre-sombra asumía el numen de una persona sagrada. Desafiarle era sacrilegio, un crimen condenable.
Así, durante las últimas horas que precedieron al momento en que le administraron drogas y le llevaron a la sala de operaciones, Ludovico Gadda, León XIV, Vicario de Cristo, Supremo Pastor de la Iglesia Universal, comprendió cómo, al aprender del prepotente, se había infiltrado él mismo en la tiranía.
Morris West
Lázaro
Tetralogía del Vaticano
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