jueves, 5 de abril de 2018

La poesía tiene que aprender mucho de Colón


Después de varios envíos la revista se atuvo a la denominación más exacta de A Páramo del Sil, y al subtítulo más declarativo de Revista de los Maquis de la Literatura, hecha y dedicada al Señor Ángel González. Y el señor Ángel González, a veces Angelaz y a veces Odalisca, porque siempre tuvo la virtud de atraer nombres extraños sobre su destino, era un guerrillero melancólico, aficionado a los crepúsculos, a los jardines con rosas y a los paisajes heridos, gracias a la lectura de la Segunda antolojía poética de Juan Ramón Jiménez. Combatía el hastío y el miedo a la muerte con la imaginación de una naturaleza triste, matizada, con grandes álamos al borde del río, y no le costaba trabajo situarla en los alrededores de un Páramo del Sil desconocido todavía para él. Cuando su hermana Maruja leía en voz alta algunos poemas, ¡Oh dulzura de oro! ¡Campo verde, corazón con esquilas, humo en calma!, Ángel se sentía vivir en el mismo paisaje, pertenecer al mismo mundo, compartir los mismos sentimientos de pesadumbre. Estaba afortunadamente poseído por Juan Ramón Jiménez, su primera gran influencia. Los paseos que no podía disfrutar por culpa del reposo, los campos que no contemplaba, las siluetas que se quedaban al otro lado de la ventana, las nostalgias que no sabía explicarse entraban por sus ojos y sus venas cada vez que se encerraba en las páginas de la Segunda antolojía. Y ya está hablando el jazmín / con tu alma… / y ya mis hojas / están de plata, a la luz / de la luna melancólica.
—A ti, Juan Ramón te está volviendo un cursi —le dijo Paco Ignacio, interrumpiendo la lectura del poema.
—Eres un bruto, no sabes lo que estás diciendo.
—Claro que lo sé, no me gustan ni los poetas oficiales que cantan los himnos de la Victoria, ni los decadentes que pisan crepúsculos. La poesía tiene que aprender mucho de Colón.
—¿Pero no quedamos en que el materialista era yo? —preguntó Manolo, muerto de risa.
—Colón, el único que hace buena literatura es Colón.
Manolo, Benigno, Amaro y Paco Ignacio habían reunido el dinero necesario para pasar la Nochebuena en Páramo del Sil. El alcalde los alojó en casa del cura, que acababa de morir hacía una semana, y pudieron comprobar la calidad de la alimentación rural en los tiempos del hambre, con el monte y los corrales al alcance de la mano, gracias a las costumbres adquiridas por el ama en su trato con la iglesia. Llegó a hacerles un flan de doce huevos.
—¿Siempre se come así? No me extraña que te estés curando.
—Creo que eran costumbres del cura… Pero no puedo deciros cómo vive la gente aquí, es la primera vez que salgo.

Mañana no será lo que Dios quiera de Luis García Montero, 2009

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