Después de varios
envíos la revista se atuvo a la denominación más exacta de A
Páramo del Sil, y al subtítulo más declarativo de Revista
de los Maquis de la Literatura, hecha y dedicada al Señor Ángel González.
Y el señor Ángel González, a veces Angelaz y a veces Odalisca, porque siempre
tuvo la virtud de atraer nombres extraños sobre su destino, era un guerrillero
melancólico, aficionado a los crepúsculos, a los jardines
con rosas y a los paisajes heridos, gracias a la lectura de la Segunda antolojía poética de Juan Ramón Jiménez. Combatía el
hastío y el miedo a la muerte con la imaginación de una naturaleza triste,
matizada, con grandes álamos al borde del río, y no le costaba trabajo situarla
en los alrededores de un Páramo del Sil desconocido todavía para él. Cuando su
hermana Maruja leía en voz alta algunos poemas, ¡Oh dulzura de oro! ¡Campo
verde, corazón con esquilas, humo en calma!, Ángel se sentía vivir en el mismo
paisaje, pertenecer al mismo mundo, compartir los mismos sentimientos de
pesadumbre. Estaba afortunadamente poseído por Juan Ramón Jiménez, su primera
gran influencia. Los paseos que no podía disfrutar por culpa del reposo, los
campos que no contemplaba, las siluetas que se quedaban al otro lado de la
ventana, las nostalgias que no sabía explicarse entraban por sus ojos y sus
venas cada vez que se encerraba en las páginas de la Segunda
antolojía. Y ya está hablando el jazmín / con tu alma… / y ya mis hojas
/ están de plata, a la luz / de la luna melancólica.
—A ti, Juan Ramón
te está volviendo un cursi —le dijo Paco Ignacio, interrumpiendo la lectura del
poema.
—Eres un bruto, no
sabes lo que estás diciendo.
—Claro que lo sé,
no me gustan ni los poetas oficiales que cantan los himnos de la Victoria, ni
los decadentes que pisan crepúsculos. La poesía tiene
que aprender mucho de Colón.
—¿Pero no quedamos
en que el materialista era yo? —preguntó Manolo, muerto de risa.
—Colón, el único
que hace buena literatura es Colón.
Manolo, Benigno,
Amaro y Paco Ignacio habían reunido el dinero necesario para pasar la
Nochebuena en Páramo del Sil. El alcalde los alojó en casa del cura, que
acababa de morir hacía una semana, y pudieron comprobar la calidad de la
alimentación rural en los tiempos del hambre, con el monte y los corrales al
alcance de la mano, gracias a las costumbres adquiridas por el ama en su trato
con la iglesia. Llegó a hacerles un flan de doce huevos.
—¿Siempre se come
así? No me extraña que te estés curando.
—Creo que eran
costumbres del cura… Pero no puedo deciros cómo vive la gente aquí, es la
primera vez que salgo.
Mañana no será
lo que Dios quiera de Luis García Montero, 2009
No hay comentarios:
Publicar un comentario