jueves, 31 de mayo de 2018

de un hombre que voluntariamente lucía patillas y escribía poemas acerca de crepúsculos

—No. Hizo un par de comentarios incisivos a propósito de Cheesewright, con los que estuve completamente de acuerdo, y salió en dirección al huerto. Y yo también me fui, andando, como bien puede imaginar, en el aire. Detesto la moderna tendencia a utilizar términos de jerga, pero no me avergüenza confesar que iba exclamando para mis adentros «¡Yuppi!» Discúlpeme, Wooster, pero ahora debo dejarlo. No puedo quedarme quieto.
Y con estas palabras salió dando cabriolas como un potrillo, dejándome que afrontara a solas la nueva situación.
La afronté con una meditabunda sensación de peligro. Y si ustedes se preguntan «Pero ¿por qué, Wooster? ¿Acaso la situación no es inofensiva? ¿Qué importa si el casamiento de Cheesewright y la chica ha sido cancelado, desde el momento en que tenemos aquí a Percy Gorringe, anhelante y preparado para asumir la carga del hombre blanco?», yo les contesto. «Ah, pero ustedes no han visto a Percy Gorringe». Quiero decir que no me imaginaba a Florence, por despechada que estuviera, aceptando las atenciones de un hombre que voluntariamente lucía patillas y escribía poemas acerca de crepúsculos. Me parecía mucho más probable que, viéndose nuevamente en libertad, se volviera una vez más hacia lo ya conocido y experimentado, a saber, el pobre Bertram. Era lo que había hecho antes, y estas cosas tienden a convertirse en hábito.
Por más que me esforzaba, no lograba imaginar qué podía haber causado esta repentina espantada por parte de Stilton. La cosa carecía de sentido. La última vez que lo vi, recordarán, mostraba todas las señales características de una persona para quien el amor ha tejido sus sedosos lazos. Todas y cada una de las palabras que había pronunciado en nuestra charla de despedida lo indicaban a las claras, más allá de cualquier duda o especulación. Después de todo, caramba, uno no va diciendo a las personas que les romperá la espalda en cuatro sitios si se les ocurre merodear en torno del objeto adorado a no ser que uno experimente algo más que un encaprichamiento pasajero por la muchacha en cuestión.
Pero entonces, ¿qué había ocurrido para que se oscureciera la lámpara del amor y todas esas cosas?

P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6


Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Mi precio es demasiado elevado, pero supongo que usted me lo agradecería lo mismo si…

La chica pelirroja no le pedía nunca ningún consejo. Por otra parte, aceptaba sus visitas sin protesta y no apartaba jamás la vista de él. Averiguó que en aquella casa las comidas eran irregulares y caprichosas. Consistían principalmente en té, embutidos y galletas, como había sospechado desde el principio. Para empezar, las dos muchachas hacían sus compras en el mercado una vez a la semana, pero vivían con la ayuda de una asistenta, tan inciertamente como los cuervos jóvenes. Maisie gastaba la mayor parte de sus ingresos en modelos, y la otra chica gozaba de herramientas tan refinadas como bastos eran sus trabajos.
Armado con la experiencia tan costosamente adquirida en los muelles de Londres, Dick advirtió a Maisie que, a la larga, el régimen de semihambre implicaba la paralización de la facultad de trabajar, lo que era muchísimo peor que la muerte. Maisie hizo caso a la advertencia y prestó mayor atención a lo que comía y bebía. Cuando le volvía a inquietar su malestar, como le ocurría generalmente en los largos crepúsculos de invierno, el recuerdo de ese pequeño acto de autoridad doméstica, y de cómo, sin más armas que una escobilla, pudo sobreponerse a la recalcitrante chimenea de la sala, escocía a Dick como un latigazo.
Llegó a creer que este recuerdo sería el máximo de sus sufrimientos, hasta que un domingo la muchacha pelirroja anunció que iba a hacer un estudio de la cabeza de Dick, si quería tener la bondad de estarse quieto y —como una concesión a última hora— mirar a Maisie. Él se avino a posar, porque no podía hacer otra cosa, y por espacio de media hora meditó sobre todas las personas que en el pasado había utilizado él para fines profesionales. Se acordó más distintamente de Binat…, de que Binat había sido artista y hablaba de degradación.
El resultado fue un mero boceto, monocromo, hecho con amarga ironía, de una cabeza, pero dejaba ver la muda espera, la esclavización sin esperanza de un hombre.
—Lo compro —dijo Dick prontamente—, ¡al precio que usted pida!
—Mi precio es demasiado elevado, pero supongo que usted me lo agradecería lo mismo si…
El boceto, húmedo aún, salió de las manos de la autora y cayó sobre las cenizas de la estufa que había en el estudio. Cuando lo cogió, se había emborronado irremediablemente.

Rudyard Kipling
La luz que se apaga

martes, 29 de mayo de 2018

Ahí estaban los inicios tardíos de él, y su juventud malgastada

Después de que ella se marchara, de todos modos, el día en que acudió con Basil Dashwood, y aún más en una ocasión posterior, cuando él volvió a su labor después de acompañarla hasta el carruaje, la última oportunidad, por ese año, en que la vio… después de que ella se marchara, decíamos, se le ocurrió a Nick, pensando en la rauda apoteosis de ella, que había poderosas diferencias dentro de la famosa vida artística. Miriam ya se hallaba en el esplendor de una gloria que además no era probablemente sino una pálida chispita en comparación con la llamarada que se avecinaba; y mientras cerraba la puerta tras despedirla y cogía su paleta para limpiarla frotando con un trapo sucio, la pequeña habitación en que su propia batalla había de ser librada a efectos prácticos le pareció desconsoladamente fría y gris y mísera. Estaba solitaria, y sin embargo poblaba de sombras hostiles (así de espesas las vio él juntándose en los crepúsculos invernales venideros) las condiciones en comparación más sórdidas, las más prolongadas esperas, las menos inmediatas y menos personales satisfacciones. Ahí estaban los inicios tardíos de él, y su juventud malgastada, los errores que aún tendrían descendencia a imagen y semejanza, la reclusión sedentaria, el crudo anonimato, las explicaciones pobres, lo ridículo que ya preveía que sería pedirle a la gente que aguardara, y que aguardara aún más, y que volviera a aguardar, antes de poder ofrecerles una realización de esperanzas que, al menos al sentir de ellos, resultaría una decepción. Resultare lo que resultare, a él le importaba lo bastante como para sentir que su pertinacia podría ser objeto de comparaciones incluso con una fuerza productora como la de Miriam. Después de todo, en su estudio desnudo, la más consoladora de entre las tenues presencias, la que se mostraba más amistosa con él cuando se sentaba allí y que lo convertía en el lugar adecuado por más inadecuado que fuera, era la sensación de que era con la esencia de su labor con lo que él se había comprometido. Tal era asimismo el caso de Miriam, pero la diferencia, de la cual le mostraba ella haberse dado cuenta también, estribaba en el número de cosas que ella recibía como añadidura.
Me apresuro a añadir que nuestro joven tenía ratos en que no le parecía que la referida exquisita substancialidad requiriera en absoluto, para poseer un atractivo completo, de ninguna añadidura, juzgando que en su propio resplandor ya era un compendio de todas las posibles añadiduras y justificaciones. Ya he relatado que las grandes pinacotecas —la National Gallery y el British Museum— eran para él en ocasiones más bien una serie de superficies muertas; pero la pintura que he intentado hacer de él habrá sido fallida si no logra intimar que había otros días en que, mientras se paseaba por su interior, recogía a izquierda y a derecha perfectos ramilletes de restablecimientos de confianza. Inmerso como estaba en trabajar dentro de las corrientes contemporáneas, que le hablaban con un millar de voces, juzgaba preferible, durante largos períodos, no frecuentar a los antiguos maestros, cuyas condiciones tan distintas habían sido (posteriormente llegaría a decidir que no tenía gran importancia, especialmente si uno no servía); pero muy bien podía apartarse esporádicamente de este precepto, podía eventualmente sentir deseos en concreto de echarle un vistazo a uno de los grandes retratos del pasado. Éstas eran las obras que resultaban más inspiradoras, en el sentido de que eran las cosas que, mientras que generaciones, mientras que mundos enteros habían aparecido y desaparecido, daban más la sensación de perdurar y de dar testimonio. Mientras estaba de pie ante ellas, a veces la perfección de su supervivencia lo impresionaba hasta el punto de considerarla la elocuencia suprema, la razón que incluía a todas las demás, gracias al lenguaje del arte, el más rico y universal. Imperios e idearios y conquistas habían brotado sin cesar en el mundo y grandezas de toda suerte habían despuntado y se habían extinguido; pero la hermosura de los grandes retratos no había conocido en modo alguno la muerte o la desfiguración, y las eras no habían sino perfumado su lozanía. Los mismos rostros, las mismas figuras posaban la mirada sobre diferentes siglos, dueñas de muchos conocimientos que el siglo no poseía, y cuando unían sus fuerzas formaban el hilo indestructible en que se ensartaban las perlas de la Historia.

Henry James
La Musa Trágica



lunes, 28 de mayo de 2018

entre cafés y pitos, observaban la laguna

En seguida apareció la gemela con una bata larga y sin el impedimento de los bolsos de plástico y albornoces. Plinio pudo ver que llevaba una alianza.
—Bien, habrá que esperar. Si ha ocurrido lo peor… no tardará en flotar. Hay que estar a la mira.
María, de pronto, al oír aquello, empezó a llorar con gran parpadeo y alteración de pechos.
Durante toda la tarde hubo guardia montada en el ancho contorno de la laguna del Rey. Ya no cabía duda de que Ángela se había ahogado. Plinio y don Lotario, desde que acabaron de comer en casa de Negrillo, sentados en la terraza alta de Entrelagos, entre cafés y pitos, observaban la laguna, los teñidos crepusculares que ya sangraba poniente y las canoas cruzando las aguas. Entre las mesas del merendero, en hamacas o sobre colchonetas, algunos dormitaban, otros se echaban las cartas o escuchaban transistores. Y unas niñas jugaban al corro alrededor de una sombrilla.
Fue ya muy vencida la tarde. El sol caidón tintaba de garnachas las aguas lagunarias, y los montes se copiaban en ellas como ribetes sombríos, cuando un joven que hacía esquí acuático dio la voz de alarma. Sus esquís habían tropezado y arrollado el cuerpo emergente de Ángela. Una canoa llegó rápida donde, desde lejos, señalaban los esquiadores. Rápidamente Plinio y don Lotario zarparon en la de Rafael Negrillo, que estaba a mano por si algo ocurría.
Los de la canoa del esquiador habían atrapado el cuerpo de la ahogada sujetándole por las axilas. Nadie podía imaginarse de dónde habían salido de pronto tantas barcas, canoas y bañistas como rodeaban el cuerpo de la gemela.
El pelo mezclado con ova le cubría la cara, y en la parte de vientre que le dejaba descubierto el bikini se apreciaban mordeduras de los peces. La boca se le había quedado abierta y enseñando mucho los dientes blanquísimos.
Plinio ordenó que cargaran el cuerpo en la canoa de los esquiadores y lo llevasen a Entrelagos.

Francisco García Pavón
El último sábado
Plinio - 10

domingo, 27 de mayo de 2018

Ya que me tomaba por un tonto, resolví seguirle la corriente.

Al caer la tarde, pude cruzar el camino sin tropiezos.
Mi propósito inicial había sido seguir viaje hasta el amanecer, pero el viento fuerte y glacial debilitó en buena parte mi resolución. Atravesé también la ruta septentrional que va de Cork a Limerick, en un punto equidistante de Mallow y Buttevant. A un kilómetro al oeste de Doneraile, aproximadamente, me hallé en una zona boscosa. Protegido parcialmente del viento, sentí la tentación de quedarme a pernoctar allí, pues eran casi las tres de una hórrida madrugada veraniega. En un hueco bien protegido por los árboles encendí la fogata más grande que me atreví a formar. Más allá del resplandor del fuego, solo había tinieblas absolutas. Tal vez la policía o algún granjero curioso, o el demonio en persona estuviesen allí afuera, preparándose para echarme la zarpa. El viento ululaba en la fronda con gritos de alma condenada, y me asaltaba con creciente fuerza el recuerdo de que, dos noches atrás, yo había dado muerte a tres hombres.
Al llegar la aurora, la lluvia arreció una vez más. En ayunas emprendí la marcha hacia el norte, rumbo a las colinas de Ballyhoura. Avanzaba a paso más bien lento, dificultosamente, entre las ciénagas. Pasado ya el mediodía llegué al laberinto de angostas sendas situado al sur de Kilmallock. Sucediera lo que sucediere, estaba resuelto a pedir albergue en alguna granja próxima al camino.
Tiempo atrás, yo había decidido que la mejor manera de viajar por Irlanda era hacerlo disfrazado de buhonero. Ahora lo parecía: empapado, sucio, salpicado de barro, hirsuto y desgreñado. Ahora, el aguacero se había vuelto en mi favor, pues disimulaba en alguna manera mi lamentable aspecto.
Serían cerca de las tres cuando llegué a un lugar apropiado, cerca de una encrucijada.
—¡Ah! —exclamó la granjera—, parece que viene usted rodando por el barro desde Kilfinnane.
—Mi coche sufrió una avería en Ballyhoura. Traté de arreglarlo y me ensucié bastante, como usted ve.
Me llevó a un pequeño dormitorio. La lluvia repiqueteaba incesantemente en los cristales de la ventana.
—¿No tiene algo que ponerse mientras se secan sus ropas?
—He viajado toda la noche, y estoy fatigadísimo. De modo que me vendrá muy bien un descanso hasta la hora de la cena. ¿Cree usted que para entonces se habrá secado mi ropa?
—¡Por todos los santos! Solo por milagro ustedes, los jóvenes, se salvan de las calamidades. Dentro de unos minutos le mandaré a Paddy, para que busque sus cosas.
Ya que me tomaba por un tonto, resolví seguirle la corriente.
—Cuando salí de Dublín, me olvidé

Fred Hoyle & Geoffrey Hoyle
El enigma de Ossian


Los diversos gobiernos del mundo se muestran alarmados y desconcertados ante el insólito crecimiento tecnológico e industrial que la Corporación Industrial del Eire, la CIE, está consiguiendo en el sur de Irlanda, en la zona de Kerry, lugar donde según la leyenda el bardo Ossian habría hecho su famosa cabalgada. La CIE domina completamente la política y la sociedad irlandesa, y ha impuesto un gobierno de corte autoritario. Existe el temor de que ese dominio podría extenderse a todo el mundo de la mano de la enorme superioridad tecnológica de la Corporación. Todas las tentativas de infiltrarse en la CIE para descubrir las razones de su inusual desarrollo han fracasado. Thomas Sherwood, un joven matemático recién licenciado, es enviado a investigar.

sábado, 26 de mayo de 2018

Salmo 110

1 Palabra del Señor a mi señor: «Siéntate a mi derecha, hasta que yo ponga a tus enemigos por estrado de tus pies».
2 Desde Sión el Señor extenderá tu cetro real, para que domines a todos tus enemigos.
3 En el día de tu victoria tu ejército se te entregará por completo, sobre los montes santos. Al despertar la aurora, tu juventud se fortalecerá con el rocío.
4 El Señor lo ha prometido, y no va a cambiar de parecer: «Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec».
5 El Señor está a tu derecha. En el día de su ira, derrotará reyes,
6 dictará sentencia entre las naciones, y causará una gran mortandad al doblegar a los poderosos de otras naciones.
7 En el camino, beberás agua de un arroyo, y con eso recobrarás las fuerzas.
Dios cuida de su pueblo
Aleluya

Del libro de las Salmos
David y otros 

Biblia Reina-Valera Contemporánea

viernes, 25 de mayo de 2018

PERO CUANDO LLEGÓ LA 288.ª NOCHE

Ella dijo:
«… Si la rama se balancea, ¡qué armonioso no será el canto de los pájaros que en ella anidan!»
Entonces acabó de entrar el joven en la sala. Realmente, era lo más bello posible, é iba vestido con tres túnicas superpuestas y de distintos colores: la primera, completamente blanca; la segunda, roja; la tercera, negra.
Cuando Abu-Nowas le vió vestido de blanco, sintió crepitar en su espíritu el fuego de la inspiración, é improvisó estos versos en honor suyo:
¡Se mostró vestido con un lino de blancura lechosa, y sus ojos languidecían bajo sus párpados azules, y las rosas tiernas de sus mejillas bendecían á Quien hubo de crearlas!
Y le dije: «¿Por qué pasas sin mirarme, cuando consientes que caiga en tus manos como la víctima bajo el arma del sacrificador?»
Me contestó: «Déjate de discursos y mira en silencio la obra del Creador: blanco es mi cuerpo y blanca mi túnica; blanco es mi rostro y blanco mi destino; ¡es blanco sobre blanco, y blanco sobre blanco!»
Al oír el joven estos versos, sonrió y se despojó de su túnica blanca para aparecer todo de rojo. Á su vista, sintió Abu-Nowas poseerle por completo la emoción poética, y acto seguido improvisó estos otros versos:
¡Se mostró vestido con una túnica roja como su proceder cruel!
Y exclamé, sorprendido: «¿Cómo, siendo de una blancura lunar, puedes aparecer con esas dos mejillas que se dirían enrojecidas por la sangre de nuestros corazones, y vestido con una túnica robada á las anémonas?»
Me contestó: «La aurora me había prestado antes su vestidura; pero ahora es el mismo sol quien me hizo el regalo de sus llamas: de llama son mis ojos y rojo mi traje; de llama son mis labios y rojo el vino que los colorea; ¡es rojo sobre rojo, y rojo sobre rojo!»
Al oír estos versos, el pequeño arrojó con un gesto su túnica roja y apareció vestido con la túnica negra que llevaba directamente sobre la piel, y acusaba con precisión el talle ceñido por un cinturón de seda. Y Abu-Nowas, al verlo, llegó al límite de la exaltación, ó improvisó estos otros versos en honor suyo:
¡Se mostró vestido con una túnica negra como la noche, y no se dignó siquiera dirigirme una mirada! Y le dije: «¿No ves que mis enemigos y quienes me envidian se alegran del abandono en que me tienes?
»¡Ah! Ya lo comprendo: negras son tus vestiduras y negra tu cabellera; negros son tus ojos y negro mi destino; ¡es negro sobre negro, y negro sobre negro!»
Cuando el enviado del califa vió al joven y escuchó estos versos, disculpó de todo corazón á Abu-Nowas, y volvió al instante á palacio, donde puso al califa en autos acerca de la aventura acaecida á Abu-Nowas, y le explicó que el poeta habíase constituido en rehén en la taberna por no poder pagar la suma prometida al hermoso mancebo.
Entonces, el califa, divertido á la vez que irritado, entregó al eunuco la suma necesaria para el rescate del rehén, y le ordenó que fuese á sacarle de allí en seguida, para llevarle, de grado ó por fuerza, á su presencia.
Se apresuró el eunuco á ejecutar la orden, y no tardó en volver sosteniendo con dificultad al poeta, que se tambaleaba por haber bebido demasiado. Y el califa le apostrofó con una voz que trató de hacer furiosa; luego, al ver que Abu-Nowas se echaba á reír, se acercó á él, le cogió de la mano, y en su compañía se encaminó hacia el pabellón donde se encontraba la esclava.
Cuando Abu-Nowas vió sentada en la cama y vestida toda de raso azul, y con el rostro cubierto por un ligero velo de seda azul, á aquella joven de grandes ojos negros que le sonreían en la faz, le pasó la embriaguez, pero en cambio sintióse inflamado de entusiasmo, y de pronto improvisó esta estrofa en honor suyo:
¡Di á la bella del velo azul que la suplico se compadezca de alguien que arde en deseo de su hermosura! Dile: «¡Te conjuro por la blancura de tu linda tez, que no igualan ni la tierna rosa ni el jazmín, te conjuro por tu sonrisa, que hace palidecer las perlas y los rubíes, á que me dirijas una mirada en la cual no pueda yo leer la huella de las calumnias que acerca de mí inventaron quienes me envidian!»
Cuando hubo concluido su improvisación Abu-Nowas, la esclava; presentó una bandeja con bebidas al califa, quien, para divertirse, invitó al poeta á que se bebiese él solo todo el vino de la copa. Abu-Nowas accedió á ello gustoso, y no tardó en sentir de nuevo en su corazón los efectos del licor enervante. En aquel momento se le ocurrió al califa, levantarse súbito, á fin de asustar á Abu-Nowas, y espada en mano precipitóse sobre él como para cortarle la cabeza.
Al ver aquello, Abu-Nowas, aterrado, echó á correr por la sala dando grandes gritos; y el califa le perseguía por todos los rincones, pinchándole con la punta de la espada. Por último le dijo: «¡Ahora vuelve á tu sitio á beber otro trago todavía!» Y al mismo tiempo hizo una seña á la joven para que escondiese la copa, lo cual cumplió inmediatamente ella ocultándola con su vestido. Pero, á pesar de su embriaguez, lo advirtió Abu-Nowas, é improvisó esta estrofa:
¡Cuán extraña aventura es mi aventura! ¡Una cándida joven se transforma en ladrona y me arrebata la copa para esconderla bajo su traje, en cierto sitio donde querría verme escondido yo! ¡Se trata de un lugar que no nombro por respeto al califa!
Al oír estos versos, se echó á reír el califa, y dijo á Abu-Nowas en broma: «¡Por Alah! Desde ahora quiero designarte para un alto empleo. ¡En lo sucesivo serás titulado jefe de los alcahuetes de Bagdad!» Chanceándose, respondió al instante Abu-Nowas: «¡En ese caso, ¡oh Comendador de los Creyentes! me pongo á tus órdenes, rogándote me digas en seguida si necesitas de mis alcahueterías!»
Á estas palabras, montó el califa en una cólera terrible, y gritó al eunuco que llamase inmediatamente á Massrur el portaalfanje, ejecutor de su justicia. Y algunos instantes después llegó Massrur, y el califa le ordenó que despojase de su ropa á Abu-Nowas…
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Anónimo
El libro de las mil noches y una noche. Tomo VIII


jueves, 24 de mayo de 2018

así os saludan, señora, ... los pájaros como a Aurora, las trompetas como a Palas, y las flores como a Flora;

(ESCENA V)
(Sale por una parte Astolfo con acompañamiento de soldados, y por otra Estrella con damas. Suena música.)
 
ASTOLFO Bien al ver los excelentes
rayos, que fueron cometas,
mezclan salvas diferentes
las cajas y las trompetas,
los pájaros y las fuentes;
siendo con música igual,
y con maravilla suma,
a tu vista celestial,
unos, clarines de pluma,
y otras, aves de metal;
y así os saludan, señora,
como a su reina las balas,
los pájaros como a Aurora,
las trompetas como a Palas,
y las flores como a Flora;
porque sois, burlando el día
que ya la noche destierra,
Aurora en el alegría,
Flora en paz, Palas en guerra,
y reina en el alma mía.
ESTRELLA Si la voz se ha de medir
con las acciones humanas,
mal habéis hecho en decir
finezas tan cortesanas,
donde os pueda desmentir
todo ese marcial trofeo
con quien ya atrevida lucho;
pues no dicen, según creo,
las lisonjas que os escucho,
con los rigores que veo.
Y advertid que es baja acción,
que sólo a una fiera toca,
madre de engaño y traición,
el halagar con la boca
y matar con la intención.
ASTOLFO Muy mal informada estáis,
Estrella, pues que la fe
de mis finezas dudáis,
y os suplico que me oigáis
la causa, a ver si la sé.
Falleció Eustorgio tercero,
rey de Polonia, quedó
Basilio por heredero,
y dos hijas, de quien yo
y vos nacimos. No quiero
cansar con lo que no tiene
lugar aquí. Clorilene,
vuestra madre y mi señora,
que en mejor imperio agora
dosel de luceros tiene,
fue la mayor, de quien vos
sois hija. Fue la segunda,
madre y tía de los dos,
la gallarda Recisunda,
que guarde mil años Dios.
Casó en Moscovia, de quien
nací yo. Volver agora
al otro principio es bien.
Basilio, que ya, señora,
se rinde al común desdén
del tiempo, más inclinado
a los estudios que dado
a mujeres, enviudó
sin hijos; y vos y yo
aspiramos a este estado.
Vos alegáis que habéis sido
hija de hermana mayor;
yo, que varón he nacido,
y aunque de hermana menor,
os debo ser preferido.
Vuestra intención y la mía
a nuestro tío contamos.
Él respondió que quería
componernos, y aplazamos
este puesto y este día.
Con esta intención salí
de Moscovia y de su tierra;
con ésta llegué hasta aquí,
en vez de haceros yo guerra,
a que me la hagáis a mí.
¡Oh quiera Amor, sabio dios,
que el vulgo, astrólogo cierto,
hoy lo sea con los dos,
y que pare este concierto
en que seáis reina vos,
pero reina en mi albedrío,
dándoos, para más honor,
su corona nuestro tío,
sus triunfos vuestro valor,
y su imperio el amor mío!
ESTRELLA A tan cortés bizarría
menos mi pecho no muestra,
pues la imperial monarquía,
para sólo hacerla vuestra,
me holgara que fuese mía;
aunque no está satisfecho
mi amor de que sois ingrato
si en cuanto decís, sospecho
que os desmiente ese retrato
que está pendiente del pecho.
ASTOLFO Satisfaceros intento
con él… Mas lugar no da
tanto sonoro instrumento,
que avisa que sale ya
el Rey con su parlamento.

Pedro Calderón de la Barca
La vida es sueño
Penguin Clásicos



miércoles, 23 de mayo de 2018

Mamá y María están preocupadas por mí. Carlota no.

23 de mayo
Mamá y María están preocupadas por mí. Carlota no. Carlota ya tiene bastante con lo que tiene: el niño, Fernando. Mamá y María están preocupadas por mí porque piensan que en cualquier momento me puedo volver a escapar. Noto su preocupación en los gestos, las miradas, el tono de voz. Me tratan con esa delicadeza que se suele reservar a los enfermos. Nunca me hacen reproches ni preguntas indiscretas. Sólo de vez en cuando, pero muy de vez en cuando, se les escapa algo así como: ¿Y qué tal vas de novios? Seguro que hay algún chico que… A mamá y a María no les he hablado de Robert. Las quiero demasiado para eso, y lo que con Ramón es una fantasía inocente con ellas no pasaría de ser una vulgar mentira. Mamá y María nunca supieron por qué me fui de casa. Tampoco por qué volví. ¿Qué concepto tendrán de mí? Una estudiante desastrosa, una desequilibrada que hace las cosas sin motivo, una inadaptada de la que no puede esperarse nada bueno… Lo que me extraña es que todavía no hayan hablado de llevarme, como a algunos chicos de la academia, a un psicólogo o un consejero familiar.
Ahora me acuerdo de lo que he soñado esta noche. Estaba en casa, aunque la casa no parecía la misma. Abría una puerta y entraba en una habitación, una habitación parecida al ropero pero algo más grande. De la barra de la que cuelgan las perchas con la ropa colgaban personas, bastantes personas. Colgaban como si fueran trajes, con los brazos separados del tronco, la chaqueta un poco desencajada y el gancho de la percha asomando a la altura de la nuca, y sonreían. Sonreían como si les hiciera gracia haber sido descubiertos. Entre aquellas personas recuerdo sólo a papá y a Ramón, y también recuerdo que me decía a mí misma: No puede ser. Uno de los dos está muerto y el otro vivo. Sí, pero ¿cuál es el muerto y cuál el vivo?
Lo que no esperaba es que fuera a ocurrir lo que ocurrió. Llegué un martes al apartamento, y con todo lo que entonces vi habría podido hacer una de esas listas que tanto me gustaban. Junto a la puerta, una encima de otra, había dos grandes maletas, y sobre ellas un paraguas, una cámara fotográfica, una carpeta azul, una agenda abierta por la página del calendario, un cartón de Lark. En la minúscula cocina había un queso de bola sin empezar, dos latas abiertas y una cerrada, una hogaza de pan, una botella de vino, un plato con mondas de naranja y restos de comida, un paquete de servilletas de papel, un bote de Nescafé, un periódico. Una de las butacas había sido cambiada de sitio, y sobre ella había un montón de camisas plegadas, dos cajas de zapatos, una gorra de cazador. En una esquina, entre la otra butaca y la cortina, había una pila de libros, una máquina de escribir dentro de su estuche, un álbum de fotos. En otra, un galán de noche con una camisa, una americana, tres corbatas, dos pares de gemelos. En una mesilla un cenicero atestado de colillas. Sentado en la cama, en el lado de la otra mesilla, estaba Ramón. Iba a preguntar qué significaba todo eso pero no dije nada. En esa mesilla había un bolígrafo, una cartera de piel, unas llaves, un reloj de pulsera.
Ramón dijo: Hace tres días que vivo aquí. Me senté en la cama, lejos de él. Tu mujer se ha enterado, dije. Se lo he dicho yo, dijo. ¿Qué le has dicho? Que había otra y no quería seguir con ella. Escondí la cara entre las manos. Ramón se arrodilló delante de mí y me abrazó las piernas. Ahora podremos vernos siempre que queramos, dijo, ahora podremos ser felices. Yo estaba asustada. El futuro, ese futuro que para mí no existía, se me había plantado allí mismo, delante de mí. No te pongas así, suplicó, ¿por qué te pones así? Yo pensaba que jamás se atrevería a separarse de Clara. No me toques, por favor, dije, y Ramón se apartó desconcertado. Estuvimos unos minutos en silencio, y él dijo: Se trata de Robert, ¿verdad? Asentí con la cabeza, muy levemente. Ramón se volvió hacia la pared e hizo ademán de pegar un puñetazo. Luego se agarró el puño con la otra mano y apoyó la frente en los nudillos. ¡Lo sabía!, exclamó, ¡lo supe desde el primer momento! Hablaba como para sí, y estaba enfadado, pero más enfadado consigo mismo que conmigo: ¿Y por qué si lo sabía no hice nada?, ¿por qué quise creer que no haciendo nada se te acabaría pasando? De vez en cuando se volvía hacia mí y me decía: Si me hubiera separado entonces, ¿habría sido distinto? Dime. ¿Habría sido distinto si no hubiera tardado tanto en dar este paso? Yo no decía nada porque cómo decirle que era precisamente ese paso el que no tenía que haber dado. ¡No puede ser!, ¡no puede ser!, repetía, y volvía a pegarse con el puño en la palma de la mano. Se pegaba tan fuerte que temí que pudiera llegar a hacerse daño. Pero él seguía pegándose y pegándose, y ni siquiera parecía notarlo.
Después sí se enfadó conmigo. Me gritó: ¿Te das cuenta de que has estado jugando conmigo? ¿Por qué disfrutabas poniéndome celoso? ¡Tenías que haberme dejado antes, haberte ido con Robert! ¿Por qué no lo hiciste? ¿Para no hacerme daño? Si lo hiciste por eso, te equivocaste. ¡Por no hacerme daño has acabado destrozándome la vida! Pero supongo que no te importa, ¿verdad? ¿Qué os importan los demás a las chicas de tu edad? Siguió gritando durante un rato. Me llamó egoísta. Dijo que era una niñata vanidosa y egoísta. Luego se apoyó en la pared y hundió la cabeza en el pecho. En el silencio del apartamento su rabia fue poco a poco disolviéndose en sí misma y convirtiéndose en melancolía. Dijo: ¿Y qué hago yo ahora con todos mis sueños? Dime. ¿Qué hago con mis sueños?
El resto de la tarde lo pasamos sentados en la cama. Me pidió permiso para cogerme de la mano. Me acuerdo de la primera vez que te vi, cruzando aquella calle…, dijo. Me acuerdo también de las horas que pasé en el coche esperando a que salieras de tu casa…, dijo. Ahora todos esos recuerdos le parecían a la vez tristes y hermosos. Hacía tanto tiempo que no sentía lo que sentí, lo que siento por ti, dijo. Cogió el reloj de la mesilla y le echó un vistazo. Estaba guapo Ramón, con esa mirada brillante y esa barba de dos días. ¿No tienes nada que decir?, me preguntó con una dulzura inesperada, y yo negué con la cabeza.
Dijo: ¿Sabes de qué me estoy acordando ahora? De Javier, mi hijo pequeño. De sus últimos días. Estaba ya muy mal, demacrado: una carita que era toda ojos, unos ojos grandes, sorprendidos, que miraban a su alrededor sin acabar de entender. Me acuerdo de sus últimos días y de lo mucho que sufrí entonces. Y, sin embargo, en medio de ese sufrimiento había un resto de alegría, como un rescoldo que se resistía a apagarse. Javier se estaba muriendo, le quedaba muy poco tiempo, pero todavía estaba conmigo y con su madre, todavía del lado de la vida. Poco después sería peor porque se habría pasado al otro lado y ya ni siquiera estaría. En este momento me ocurre algo parecido. Dentro de poco saldrás por esa puerta y quién sabe si nos volveremos a ver. Pero ahora estás aquí, conmigo, y todavía me considero feliz porque tengo esos minutos que faltan, que es mejor que no tener nada.
Volvió a coger el reloj y ya no lo soltó. Lo miraba de vez en cuando, como calculando los instantes que aún le quedaban de esa mortecina felicidad última. Adiós, Paloma, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, se despidió cuando me levanté para marcharme. Te seguiré queriendo, añadió con una voz que era casi un sollozo.

Ignacio Martínez de Pisón
El tiempo de las mujeres

Pero quizá la maldición tuviese algo que ver con el silencio.

Pero quizá la maldición tuviese algo que ver con el silencio. Como solía decir Della, la madre de Leah, los Bellefleur no hablaban de los asuntos que era necesario discutir. Empleaban su tiempo en actividades absurdas, como pescar y cazar y jugar (¡cómo les gustaba jugar a los Bellefleur! Jugar a lo que fuera: naipes, rompecabezas, damas, ajedrez, sus propias variaciones extravagantes de las damas y el ajedrez y otros juegos que se inventaban durante los largos y crudos inviernos de la montaña; y todas las variaciones imaginables del escondite, que organizaban con frenético entusiasmo por todos los rincones laberínticos del castillo, una costumbre temeraria, como se demostró en una ocasión en que uno de los niños corrió a esconderse en algún rincón de la tenebrosa bodega y nunca lo encontraron, después de días de búsqueda desesperada; ni siquiera se encontraron los huesos) con el desenfreno de los niños pequeños que agarran las cosas sólo para arrojarlas acto seguido, como si el tiempo fuera una fuente inconmensurable, inagotable, en lugar de algo más parecido a la bodega del viejo Raphael, famosa en tiempos, pero diezmada rápidamente en los años que siguieron a su muerte y a la decadencia de la fortuna de los Bellefleur. Conversan sobre asuntos intrascendentes, solía decir Della con amargura; ella vivía la mayor parte del tiempo al otro lado del lago, en una casa georgiana de ladrillo rojo en el centro del pueblo Bushkill’s Ferry y, aunque su familia no podía divisar su casa en la distancia, ella sí podía distinguir la de ellos con toda facilidad; de hecho, la vista siempre recaía en la mansión Bellefleur de la colina, no había forma de eludir el castillo, ni siquiera en el ocaso, cuando los rayos lentos e inclinados del sol, rojizos y anaranjados, la iluminaban y el mismo lago comenzaba a hundirse en la misteriosa oscuridad. Hablan sobre cochinillos asados y manzanas acarameladas y el tamaño de la cornamenta de los animales, decía Della, mientras todo se desmorona a su alrededor. En Nochebuena se deslizan por la ladera en trineo y uno de los suyos muere, pero al día siguiente abren los regalos como si nada hubiese ocurrido y jamás hablan del asunto, se niegan a hablar de ello. (Sin embargo, a su esposo, Stanton Pym, que de hecho murió en un accidente de trineo, apenas seis meses después de la boda, y cuando la pobre Della transitaba el cuarto mes de embarazo de Leah, nunca lo habían considerado uno de los suyos: así que tal vez la acusación de Della era injustificada).
Por otro lado, quizá la maldición consistía en la irremediable y apasionada discordia de los Bellefleur en todos los temas. El tío de Germaine, Emmanuel, a quien ella había visto sólo una vez en la vida, y que visitaba el valle muy de vez en cuando y de forma impredecible, ya que decía sentir un violento rechazo por lo que él denominaba «la vida de ciudad» y las «habitaciones excesivamente calurosas» y las «charlas de mujeres», incluía en todos sus mapas de la región el nombre aborigen de la zona —Nautauganaggonautaugaunnagaungawauggataunagauta—, que significaba, en esencia, pues era imposible de traducir literalmente, espacio-donde-tú-remas-para-tu-lado-y-yo-remo-para-el-mío-y-la-muerte-rema-entre-nosotros. Esos ridículos nombres indios, decían las mujeres Bellefleur, ¿por qué no decían directamente lo que querían decir, como nosotros? La veneración de Emmanuel por los indios y por la cultura india del lugar (que apenas podía decirse que existiera desde que los tratados de 1787 desterraron a todos los indios de las montañas y las tierras de labranza fértiles junto al río, y sólo algunos millares vivían en una sola reserva al norte de Paie-des-Sables) era objeto de burla de gran parte de la familia, que no sabía exactamente cómo interpretarla. Cierto es que Emmanuel era «raro»; pero eso no acababa de explicar su afecto por los indios, o por las montañas, a las que profesaba un afecto aún mayor. Era como un resurgimiento de Jedediah, sin duda; y tal vez del mismo Jean-Pierre, que degeneró hasta el extremo de tomar como amante a una india de sangre iroquesa poco antes de morir. (Pero ¿había «estado» Emmanuel alguna vez con una mujer? A sus hermanos, Gideon y Ewan, les encantaba discutir este tema; es más, era uno de los pocos temas que no representaba controversia. Mientras que Gideon estaba convencido de que Emmanuel tenía que haber vivido alguna experiencia sexual, Ewan solía agregar que dicha experiencia podría no haber sido con una mujer necesariamente, lo que les provocaba sonoras carcajadas. Sin embargo, nunca hablaban de su hermano mayor, Raoul, que vivía a ciento sesenta kilómetros hacia el sur, en Kincardine, y cuya vida sexual era muy extraña). Como dijo una vez Emmanuel, los Bellefleur siempre estaban en pie de guerra, tenían el temperamento de los visones y él no quería formar parte de su maldición. (También se decía que el mismo Emmanuel estaba bajo el efecto de una maldición o encantamiento; de modo que, ¿cómo se atrevía a juzgar a los demás?).

Joyce Carol Oates
Bellefleur

Entre el «realismo mágico» y la «novela gótica», Joyce Carol Oates compone una apasionante saga familiar que, en sus palabras, sería la «más difícil y cautivadora que he escrito».
El rico y notable clan de los Bellfleur vive en una enorme mansión en medio de una montañosa región a orillas del mítico Lago Noir. Poseen vastos terrenos, negocios rentables, dan empleo a sus vecinos e influyen en el gobierno. Un prolífico y excéntrico grupo que congrega a varios millonarios, un asesino en serie, un buscador espiritual que sube a las montañas para encontrar a Dios, un noctámbulo adinerado que muere por el rasguño de un pollo, una bebé, Germaine —la heroína de la novela—, y sus padres, Leah y Gideon son algunos de los personajes que pueblan ésta, una de las obras maestras de la aclamada autora.

martes, 22 de mayo de 2018

LUBRICÁN

LUBRICÁN
¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano…
J. R. J.
 
Con el silencio de los arrozales
el violín de las nubes desfondadas
deshilacha en festones el azul
y el día tiene un ojo de campana,
un vuelo de campana desprendida
ante el son de tu cuerpo entreverado
de nubes y de azul y de molduras
doradas y tu vientre candeal
es el sol que las nubes no propagan
y las difunde: el cielo del tambor,
más suave que este sexo que me hiñe
para hacerme saber que existo aún,
no como figurilla de cinabrio,
o guerrero de bronce o arlequín
muerto en el ajedrez crepuscular,
mas como el gato de las siete colas,
fosfórico en los mástiles de fuego,
y así la profecía de los pámpanos
nos dice el vendimiar de tu desnudo,
idéntico a la tierra del maná,
a las espaldas de la alfarería,
cuando en el torno dice la vasija
el color de tu cuerpo ya horneado
y, muy despacio, sobreviviré
como en tus ojos muere un gris de perla
que es lumbre del crepúsculo, no luz
que irradia de tus pechos cosechados,
no ramilletería de gladiolos
en verso de Rimbaud, no el yatagán
del tiempo califal de Scherezade,
porque tú cuentas una historia sólo,
una noche no más en pleno día,
la claridad de espigas de tu cuerpo,
el tiempo de tu boca y de tus ojos,
las antorchas del aire enmascarado,
el tiempo del amor en ignición.

7-VIII-2005
Pere Gimferrer
Amor en Vilo

lunes, 21 de mayo de 2018

Ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.

—Hablad —dije.
Nada más. No aludí al motivo de la convocatoria; no señalé un orden de intervenciones; no le concedí a nadie la palabra. Todos sabíamos qué hacíamos allí. Y ellos, mucho más que yo, sabían lo que se morían por decirme. Después de una vacilación, supongo que fingida, en que se consultaron unos a otros con un apagado murmullo, se levantó uno, al que creí identificar como alguien con un puesto importante en el mercado de la ciudad, quizá el zabazoque mismo, pero no recordé de momento su nombre. Comenzó a perorar. Supuse que iba a perorar durante mucho tiempo. Vi cómo el atardecer abría sus alas despacio entre la Sabica y el Albayzín. «Quizá no me queden tantos atardeceres en la Alhambra como para desperdiciar uno en algo presupuesto.» Mi madre, con una túnica ocre, se hallaba a mi derecha. «El Chorrut.» El que había comenzado a hablar se llamaba Mohamed Ibn Halimet el Chorrut. Quizá fuese cadí; no estaba seguro; no importaba. Con el pulgar derecho me acaricié los dedos de la mano izquierda. Respiré hondo, o suspiré quizá. Busqué con los ojos a Farax; estaba pendiente de mí. No cambió de expresión, como si, pese a que nuestras miradas se encontraron, no hubiera notado que lo miraba. Consentí que mis ojos lo dejasen. Amainaba la luz del patio. En el interior nos envolvía un delicado lubricán: ¿se iba la luz, o, sin irse, accedía a compartir el salón con la penumbra, que brotaba desde los rincones? Prendieron los hacheros. La luz del día iba a hacer frente a la del fuego. La primera, suave y carnal, ganó al principio; luego se rindió a la otra, menos uniforme y menos cambiante a la vez, a la vez temblorosa y estática. «Ya será visible, en el cielo de Dios, sobre este cielo del artesonado, encima del centro exacto de la torre, más alta que todo, convergiendo en ella los vericuetos de todas las simetrías, amiga o enemiga según el que la mire, ya será visible, orientadora y desdeñosa, la estrella Polar.»
—Ellos —el orador persistía— viven en las mismas condiciones en que podrían vivir aunque el cerco durase años. Sus soldados son innumerables. Han levantado como por arte de magia la ciudad que vemos desde la nuestra: con muros, con defensas inasequibles, con calles rectas y lisas, con hospitales, con establos. Tienen mercados donde abundan los alimentos, las ropas finas y las de abrigo; no carecen de cuanto Granada, en sus mejores tiempos, disfrutaba; celebran fiestas y organizan torneos; acuden sus damas a distraerlos y animarlos desde las poblaciones más o menos vecinas; están instalados, por tanto, en la seguridad y en la esperanza.
—Da la impresión de que has estado allí —le interrumpí.
Él enrojeció, o pensé yo que enrojecía.
—No es necesario ir. Por desdicha, se ve desde nuestras murallas —continuó—. Y, además de lo dicho —subrayaba—, tienen en su poder a unos cuantos mancebos, hijos nuestros, que fueron el precio de tu libertad. En cambio, nuestro pueblo, famélico y desmoralizado, ve cómo sus adversarios se satisfacen con aguardar, al pie del árbol, la caída del fruto que no ha de tardar en madurarse. Igual que el niño que tiene un pájaro atado de una pata se portan con nosotros. ¿Nos sentiremos libres porque podamos reunirnos hoy aquí? ¿Nos juzgaremos libres porque no nos juzguemos aún esclavos; porque se nos permita alzar un poco el vuelo, sólo un poco, lo que la cuerda dé de sí, lo que al niño se le antoje? —Pensé en mi hijo, en mis hijos—. Quién sabe si, aburrido un día o harto, nos pinchará los ojos con un alfiler, o nos estrangulará con una sola mano.
—Sí, todo eso es posible —murmuré—. Los niños son crueles, quizá también los pájaros. Todo depende del tamaño de sus enemigos.
—No hay posibilidad de resistir. Con los abastecimientos de los silos y de los almacenes, en cuanto desaparezcan bajo la nieve los caminos, no contamos ni para dos meses; para cincuenta días como máximo. Ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.

Antonio Gala
El manuscrito carmesí
Premio Planeta 1990


En los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil —el último sultán— da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica llamada a la derrota.
Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos, una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo.
La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la reconquista —con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias— sacude como un viento destructor la crónica, cuyo lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar —desprovisto, pero sereno— su último refugio.
La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy.

domingo, 20 de mayo de 2018

En la Glorieta cogía el tranvía azul y amarillo con jardinera que iba a la Malvarrosa.

Eran ya las tardes almibaradas, los crepúsculos llenos de murciélagos, las noches con el flexo abierto sobre los apuntes de Derecho, la tentación de la piscina de Las Arenas en la playa, las excursiones al monte Garbí con las universitarias de Acción Católica que llevaban muslitos de pollo envueltos en papel de plata y faldas de flores y sus pantorrillas arañadas por las aliagas y el espliego. Yo no creía en Dios, pero lo necesitaba todavía. Desde la terraza de la residencia, próximo ya el verano, durante los exámenes se veían fuegos artificiales de noche en los pueblos de la huerta. Sonaban los grillos. Tumbados boca arriba cantábamos a dúo: sola, sola se queda Fonseca y también soto il ponte, soto il ponte di Rialto y yo tocaba con la armónica otras canciones de enamorados que me inflamaban los labios y el corazón bajo las estrellas empastadas.
En la Glorieta cogía el tranvía azul y amarillo con jardinera que iba a la Malvarrosa. Primero seguía junto al pretil del río, después enfilaba la avenida del puerto. Me apeaba en la parada frente al merendero de la Marcelina, al lado del establecimiento de baños Las Arenas que tenía forma de Partenón de escayola pintado de azulete. Allí había una piscina en forma de ele con un gran solario para hombres y mujeres separado por una tapia. En el trampolín de tres niveles se establecía una competición de musculaturas y posturitas de jóvenes con el bañador de cordoncillo y las chicas que llevaban traje de baño con hombreras miraban la exhibición bajo aquella luz de la Malvarrosa que estallaba en la vertical de todos los cráneos. Allí celebré las bodas con mi inocencia, según Camus. Los primeros días de ejercicios en el solario me abrasaba la piel y de noche mientras preparaba los exámenes se me ponía la espalda en carne viva. De madrugada bajaba al comedor y me llevaba a la habitación la aceitera y con ella me embadurnaba con aceite de oliva todo el cuerpo a modo de bálsamo de urgencia y untado de esta forma como un griego leía un librito de tapas rojas, Verano, de Camus, donde estaba mi nueva profesión de fe, que era Nupcias en Tipasa. Por primera vez tenía la percepción del libertinaje de la naturaleza que era todo el mar extendido al pie del trampolín.

Manuel Vicent
Tranvía a la Malvarrosa


En la Valencia todavía campesina y huertana de los años cincuenta, en la que se producen hechos tan sonados como el crimen de la envenenadora o el garrote vil al esquizofrénico que asesinó y cubrió de flores a una niña, el protagonista atraviesa la adolescencia sobre un fondo de boleros en un viaje heroico para encontrarse a sí mismo… Un viaje en pos de la conciencia y la madurez que se realiza en un tranvía hacia la playa de la Malvarrosa…
Una maravillosa novela sobre el fin de la inocencia y el despertar a la edad adulta. Su novela más leída



sábado, 19 de mayo de 2018

El ángel bueno


Un año, ya dormido,
alguien que no esperaba
se paró en mi ventana.
—¡Levántate! Y mis ojos
vieron plumas y espadas.
Atrás, montes y mares,
nubes, picos y alas,
los ocasos, las albas.
−¡Mírala ahí! Su sueño,
pendiente de la nada.
—¡Oh anhelo, fijo mármol,
fija luz, fijas aguas
movibles de mi alma!
Alguien dijo: ¡Levántate!
Y me encontré en tu estancia.

Rafael Alberti
Sobre los ángeles

viernes, 18 de mayo de 2018

la tarde era un tiempo indeciso, desazonante para él

La tarde se deslizaba suavemente a través de la estepa, en el vivac de los hombres. La tarde no agradaba a Gudú, prefería la mañana, la noche o el ocaso, porque la tarde era un tiempo indeciso, desazonante para él. Gudú se encerró en su tienda con orden de que nadie le importunara. Sólo pidió un espejo: uno de aquellos bruñidos metales a los que su madre era tan aficionada. Se contempló en él largamente, y en su brillante superficie únicamente vio reflejado el rostro de un hombre: ni Rey ni mendigo ni noble ni plebeyo. Un hombre, y nada más. Y nada menos. Entonces, se repitió una y otra vez, como para grabarlo bien en su mente, que la Reina Urdska también era una mujer, y sólo una mujer.
Con este pensamiento se acostó, como si así le fuera más fácil derribar las torres del miedo, atravesar los túneles de cuanto ignoraba, hollar los confines de cierto país —país o quimera— que tanto deseara. Antes de que el sueño le venciera, le asaltó una duda: tal vez lo verdaderamente desconocido no lo componían tierras, ni lenguas, ni costumbres, sino simplemente la naturaleza humana, hombres y mujeres que alentaban incluso en su más inmediata cercanía. «Pero no es misión mía entenderles, sino dominarles», fue su último pensamiento antes de dormirse.
Una mariposa blanca tembló sobre su sueño. Era una de esas frágiles, tímidas, casi impalpables criaturas que mueren al amanecer.
En los radiantes días que sucedieron a aquella noche, sus temores y dudas, mejor o peor aventados, crecieron. Gudú conocía bien —o así lo creía— la táctica esteparia: ataque en masa, nubes de flechas, gritos estridentes y amenazadores. Y apenas se producía el choque entre ambas fuerzas, los esteparios retrocedían, veloces, y se dispersaban. Se hacía casi imposible la persecución, cuando aparecían de nuevo, como brotando de la tierra, y atacaban una y otra, y otra vez, hasta vencer o desaparecer de nuevo como por arte de magia. Sabía esas cosas y las tenía como enseñanzas muy valiosas. Sin embargo, persistía en su mente una zozobra, una misteriosa voz que brotaba de su instinto y le advertía que precisamente ahora, cuando se hallaba al borde de conseguir cuanto sus antepasados habían intentado y no logrado, las lecciones y experiencias aprendidas no servían para mucho o para nada. Debía enfrentarse a algo diferente a cuanto conociera, oyera o aprendiera.

Ana María Matute
Olvidado rey Gudú


Ambientada en la Edad Media, Olvidado Rey Gudú tiene un gran componente de fabulación y fantasía, y narra el nacimiento y expansión del reino de Olar, en cuyo intrigante devenir intervendrán la astucia de una niña sureña, la magia de un viejo hechicero y las reglas del juego de una criatura del subsuelo.

jueves, 17 de mayo de 2018

Yo no pude encontrar uno de mis zapatos. Algún perro hambriento se lo habría llevado.

Los de segunda nos acomodamos entre los escombros para dormir.
Hacía calor. Extendimos el pequeño equipaje y nos acostamos sobre una manta que sacó Damiana de su atado. Cerca de nosotros, detrás de un trozo de pared, se tendió la pareja de recién casados.
La noche cayó de golpe sobre el pueblo.
A mí me parecía oler todavía la pólvora pegada a los yuyos, a los ladrillos, a la tierra. Del otro lado del pedazo de tapia seguían los arrumacos y besuqueos. De tanto en tanto la oía quejarse a ella despacito, como si el otro le hiciera daño jugando. También oía sus risas. Por eso no pude dormir pronto.
En otra parte, la voz temblona de un viejo, posiblemente alguno del pueblo, relataba interminablemente a un pasajero detalles de la catástrofe.
Al caer en el primer sueño vi el relámpago y el trueno de la explosión. Veía correr a muchos hombres sin cabeza por la zanja, cubiertos de sangre, con las ropas en llamas. Me desperté y me encontré junto a Damiana, muy apretado a ella. Volví a sentir el hambre que se me hizo insoportable cuando noté que Damiana estaba tratando de dar de mamar de nuevo al crío.
Procuré retomar el sueño, pero lo más que conseguía era una especie de excitada modorra que me hacía confundir todas las cosas. Damiana estaba quieta ahora, durmiendo tal vez. Cuando me di cuenta, me encontré buscando con la boca el húmedo pezón. Probé la goma dulzona de la leche. Pero ahora de verdad. La probé de a poco primero, apretando apenas los labios, con miedo de que Damiana sacara de mi boca esa tuna redonda y blandita que salía de su cuerpo. Pero ella no se movió. Tampoco a nosotros podían vernos. Nadie se iba a burlar de mí que mamaba en la oscuridad como un crío de meses. No sé por qué se me vino de nuevo en ese momento el recuerdo de la Lágrima González. No quería pensar en ella. Entonces chupé con fuerza, ayudándome con las manos, hasta que el seno quedó vacío y Damiana se volvió de costado con un pequeño suspiro.
Yo me dormí sin soñar más nada.
10
Las pitadas de un tren en maniobra nos despertaron al alba para el trasbordo. Sombras rosadas se movían ya rápidamente por los bordes del tolondrón para subir a los vagones que estaban del otro lado.
Yo no pude encontrar uno de mis zapatos. Algún perro hambriento se lo habría llevado. Así que sólo tuve que guerrear con mis pies la mitad de lo que me había costado empaquetarlos la mañana anterior.
Damiana seguía buscando entre los yuyos, con el crío en brazos. Pero el tren apuraba. Nos fuimos corriendo entre los montones de tosca y pedregullo, yo detrás con mi maletín y la burujaca de Damiana.
Con un pie descalzo iba tocando la tierra de la desgracia.
11
De aquel viaje, de aquel cruce en el alba sobre la revuela salamanca, de todo lo que hasta allí había sucedido, nada recuerdo tan bien como la llegada a Asunción.
El gentío se apretujaba en las pilastras del grosor de un hombre. Damiana, mareada, se me agarraba del brazo.
Nos costó salir a los corredores. Allí, los pilares eran todavía más gruesos y más altos. En grupos de cuatro sostenían los arcos mordidos por los cañonazos. Sobre el techo de la inmensa estación blanca, festoneado como un encaje, había un jardín. El olor de los jazmines, más penetrante que el humo, nos cayó en la cara.
Vimos las casas altas, las calles empedradas, los carruajes tirados por caballos, los tranvías cuarteados por yuntas de mulitas de un solo color, que avanzaban entre los gritos de los mayorales.
Enfrente había una plaza llena de árboles. De trecho en trecho, algunas canillas de riego escupían chorritos de agua. Dejé a Damiana en la balaustrada y me metí corriendo entre los canteros. Lleno de sed, me agaché a beber junto a una de las canillas. En ese momento, boca abajo contra el cielo, entreví algo inesperado que me hizo atragantar el chorrito. En un rincón, entre plantas, una mujer alta y blanca, de pie sobre una escalinata, comía pájaros sin moverse. Bajaban y se metían ellos mismos chillando alegremente en la boca rota. Se me antojó sentir al chasquido de los huesitos.

Augusto Roa Bastos
Hijo de hombre


A través de la voz vertebradora de Miguel Vera, la novela Hijo de hombre despliega ante el lector las vivencias de una serie de personajes que sufren, aman, anhelan la libertad y se muestran solidarios durante el difícil y violento período de la historia de Paraguay que se inicia con la independencia del país y que tiene su punto final en la Guerra del Chaco, conflicto en el que Augusto Roa Bastos participó entre 1932 y 1935, y a causa del cual aborrecía toda expresión de violencia. La quintaesencia de Roa Bastos, un consumado autor de cuentos, se encuentra en Hijo de hombre, una obra fundacional que, aunque está concebida como una novela, fundamenta su estructura en nueve historias distintas que se desarrollan a lo largo de tres generaciones, separadas en el tiempo, pero a la vez interconectadas entre sí.
Con esta narración, el autor paraguayo se erigió por primera vez en portavoz de su país y de sus gentes para defender su condición humana, su religión, sus lenguas y su cultura popular.
«Con procedimientos distintos a los del historiador o cronista, Roa Bastos ha trazado un inmenso fresco de la intrahistoria de su patria, gracias al conjunto total de su peculiar literatura».
TRINIDAD BARRERA LÓPEZ

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