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domingo, 3 de junio de 2018

«CARNE DE BÚFALO», EL TERROR DEL RANCHO

(Argumento de película del Oeste)
PRIMERA PARTE
En el vasto territorio de California, donde el viajero encuentra cantidades prodigiosas de polvo, existe un rancho verdaderamente nutritivo.
Es el rancho denominado Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno. Se halla orientado a Poniente y tiene una gran puerta para entrar y salir.
Ese rancho pertenece a David Pickman, hombre corpulento que en su juventud hizo todo lo posible por ser barítono, sin conseguir llegar en su carrera más que a los alrededores de Jersey City, donde cayó rendido de cansancio. Como David Pickman, firme en su idea, recorría los caminos entonando, mejor dicho, desentonando romanzas milanesas, y como, además, carecía de cédula personal, al ser detenido por la Policía fue calificado de «indocumentado vociferante», y con esa clasificación entró en la cárcel, donde permaneció treinta años, indudablemente molesto.
Fue al salir de la cárcel —porque estando en la cárcel le había resultado imposible— cuando Pickman se trasladó al pequeño poblado de Newgrey, en Arizona; y como en realidad no se llevaba bien con los habitantes del poblado, puso rancho aparte.
Así nació Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno, propiedad rural muy famosa en toda América.
David Pickman vivía con su hija Patsy, tan linda muchacha como buena mecanógrafa, y ambos eran felices montando a caballo, numerando reses y cazando langostas a lazo.
Al anochecer, padre e hija solían sentarse a la puerta del rancho y contemplaban el horizonte crepuscular; por las mañanas contemplaban el amanecer, y a continuación disparaban sus revólveres.
Eran felices.

SEGUNDA PARTE
Un día, a orillas del Red-River, se detuvieron ochenta caballos por falta de gasolina. Los ochenta se hallaban en el interior de un «Buick» y de él saltó pronto al suelo, torciéndose un pie al saltar, el sheriff Richard.
Padre e hija vieron al sheriff con gran alegría y dispararon sus revólveres.
Richard le explicó rápidamente que el repugnante y mal afeitado bandido Edgar Wallace, conocido por «Carne de Búfalo», merodeaba cual hiena por los alrededores del rancho.
David Pickman y su hija, al conocer la noticia, dispararon sus revólveres.
Pero unas nuevas palabras del sheriff los levantaron en vilo. De aquellas palabras se deducía que «Carne de Búfalo» había jurado delante de una imagen de San Luis del Senegal que iba a preparar un golpe de mano contra Pickman y que le robaría las mil y pico cabezas de ganado vacuno que daban nombre al rancho.
La idea de que «Carne de Búfalo» iba a decapitarle mil y pico de vacas, desconcertó a David.
Entonces disparó su revólver.
TERCERA PARTE
La dulce Patsy Pickman estaba enamorada hasta el sostén (color malva).
¿Quién era él? ¿Quién era el objeto de su pasión, eminentemente sajona?
Retrocedamos un mes para explicarlo.
Una tarde de primavera volvía Patsy del poblado, adonde iba diariamente a tomar aceite de castor, y su caballo se desbocó como un abrigo mal cortado.
Patsy pidió auxilio y disparó su revólver.
Y de pronto, oportunamente, cuando el ágil cuerpo de Patsy iba a caer en las aguas del Red-River, un joven salió de entre las ramas de un grupo de árboles genealógicos y se lanzó en su socorro; cogióla de sus largos cabellos, dio un vigoroso tirón y le evitó una muerte cierta.
Patsy disparó su revólver y se desmayó.
A la media hora y treinta minutos volvía en sí y se sintió dulcemente abrazada por el joven, que tenía en sus manos los largos cabellos arrancados involuntariamente a Patsy.
—¡Oh! —gimió la muchacha—. ¡Gracias, gracias! ¡Me ha salvado usted la vida y además me ha dejado el pelo a lo garçon…! ¡Gracias!
—¿Me ama usted? —indagó él.
—Con toda el alma.
Después de lo cual se besaron con ternura y dispararon sus revólveres.
CUARTA PARTE
Desde entonces, Patsy no había vuelto a ver a su salvador.
El anunciado ataque de los bandidos, capitaneados por «Carne de Búfalo», hizo lo contrario que las mujeres hermosas. Queremos decir que no se hizo esperar.
Cierta noche, un nutrido grupo de malhechores rodeó la estancia.
David Pickman se decidió a vender cara su vida y pidió por ella 2.000 dólares. Los malhechores le ofrecieron 1.300. Discutieron. No lograron ponerse de acuerdo y, al fin, unos y otros dispararon sus revólveres. (Esta vez, apuntándose a la cabeza).
La lucha duró dos días.
El sheriff no pudo acudir a poner paz, porque le estaban haciendo un traje.
El rumor de los disparos que se cruzaban entre ambos bandos se oía perfectamente en Nueva York. Pero en Nueva York está siempre todo el mundo tan ocupado, que nadie reparó en aquello, que sucedía a 3.500 millas.
David Pickman notaba, aterrado, que se le acababan las fuerzas y los cartuchos; sin embargo, continuaba disparando, ayudado por su hija, que le cargaba la carabina y le cepillaba el sombrero.
De improviso un hombre mandó hacer alto el fuego y se colocó a la puerta del rancho, gritando:
—¡David Pickman y su hija están bajo mi protección!
Aquel hombre era el hijo de «Carne de Búfalo».
Y el hijo de «Carne de Búfalo» no era otro que el joven a quien amaba Patsy.
Tres minutos más tarde se casaban.
Al año tenían un hijo y disparaban sus revólveres alegremente.
Desde entonces en el rancho reina la felicidad. «Carne de Búfalo» trabaja ahora para su nieto, y todo el ganado que roba en sus correrías lo mete en el rancho de Pickman.
Hace poco cambiaron el nombre de la posesión, bautizándola así: «Las dieciocho mil cabezas de ganado vacuno».
Con este motivo hubo grandes fiestas en la estancia.
Y todos sus habitantes dispararon sus revólveres.

Enrique Jardiel Poncela
El libro del convaleciente
Inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios


«El libro del convaleciente» es una muestra variadísima de las múltiples dotes literarias que han hecho de Enrique Jardiel Poncela el autor de literatura de humor por excelencia en español y uno de los más traducidos.
Una línea uniforme nos lleva por todas las páginas de este libro: la humorística, con todas sus facetas y en todas sus formas. Inyecciones de alegría es el subtítulo de esta obra, y, en efecto, su lectura lleva al ánimo la tonicidad, el alivio y el aliento placenteros, que son frutos de la alegría.
El autor declara que ha querido poner un rayo de luz en las horas grises, melancólicas, de enfermos y convalecientes, pero ya se comprende, querido lector, que tal beneficio no puede quedar limitado a éstos.

lunes, 7 de mayo de 2018

LOS mirlos que dormían en las higueras y cerezos de la huerta del tío Goro estallaron en un trino formidable al despuntar la aurora.

Demetria
LOS mirlos que dormían en las higueras y cerezos de la huerta del tío Goro estallaron en un trino formidable al despuntar la aurora. Demetria abrió los ojos y una sonrisa divina se esparció por su rostro. Se puso velozmente de rodillas sobre la cama y juntando las manos dijo su oración matinal. Ciñó luego con prisa las enaguas, se echó un pañolito sobre el pecho y abrió el corredor emparrado. La luz tibia y rosada del amanecer penetró en la estancia. La brisa fresca de la montaña coloreó las mejillas de la doncella. Desde aquel corredor emparrado se descubría más de la mitad del valle de Laviana. Allá abajo, en el ángulo que forma el Nalón con su pequeño confluente, Entralgo rodeado de pomaradas. Enfrente, del lado de allá del río, un grupo mayor de casas blancas: la capital. Río arriba los Barreros, Peña-Corvera; río abajo Iguanzo, Puente de Arco. Y derramados por las faldas de las colinas algunos pequeños caseríos sepultados entre bosquetes de castaños y avellanos. El gran río cristalino herido por los rayos de la aurora parecía una franja de plata. Los maizales que bordan sus orillas salían del sueño de la noche esperezándose blandamente al soplo de la brisa. El tenue, blanco vapor, que los cubría se perdía en la claridad del aire. Un rayo de sol vivo, refulgente, hirió la cabeza de la Peña-Mea tiñéndola de color naranja. Una nubecilla arrebolada, nadando por el cielo azul, vino á besarla y después de darle largo y prolongado beso siguió más alegre su marcha. Los pámpanos de la parra, sacudidos por la brisa, azotaron suavemente el rostro de Demetria. Un mirlo de corazón osado saltó de la higuera más próxima á la baranda del corredor, miró descaradamente á la niña ladeando repetidas veces la cabeza, tuvo manifiestas intenciones de dar un picotazo en sus mejillas pensando con razón que eran más frescas y más dulces que la cereza que acababa de comerse. ¡Pero Demetria le clavó una mirada tan severa! Su pequeño corazón se encogió de susto, y avergonzado volvió á ocultarse entre el follaje.
La luz crecía por momentos. Á los trinos aflautados de los mirlos respondía el grito estridente de los gallos. En el establo mugieron las vacas. Allá lejos, entre la espesura de las pomaradas, ladraron los perros guardianes. Las sombras corrían perseguidas por las faldas de los montes á guarecerse en el fondo oscuro de las cañadas. El ambiente adquiría una trasparencia radiosa. El paisaje se iba tiñendo lentamente de un verde claro sobre el cual se destacaban las masas oscuras de los castaños. De la montaña venía un aire vivo; el fresco aliento de los bosques que pasaba por las sienes de la niña refrescándolas. Del valle subía olor de heno recién segado, aroma de flores y frutas maduras.
De pronto un rayo de sol cayó sobre la punta más alta del cerezo plantado delante de la casa de la tía Basilisa; volteó un momento sobre las hojas y saltó á otra rama más baja dejando tras sí una estela de esmeralda. Otro salto más y se plantó en la higuera más próxima á la casa del tío Goro. Dentro de ella se agitó gozosamente como una llama feliz que aspira á curiosearlo todo. ¡Zas!, otro salto, y al alero del tejado. Después, con precauciones, solapadamente, descendió por el ramaje de la parra y oculto detrás de los pámpanos contempló algún tiempo el rostro peregrino de Demetria. ¡Es claro, le apeteció besarlo! Lo mismo le había pasado al mirlo. Pero más animoso que éste, después de corta vacilación, se dejó caer de golpe sobre lo que más le agradaba: sobre los ojos. Cerrólos la hermosa y sonrió de nuevo dejándose acariciar por él con suave condescendencia. Al cabo hizo un gracioso mohín de impaciencia y se retiró al interior.

Armando Palacio Valdés
La aldea perdida
Novela-poema de costumbres campesinas


domingo, 6 de mayo de 2018

—Porque —contestó el ratón— ésta es una gran aventura, y ningún peligro me parece tan grande como el de saber, a mi regreso a Narnia, que dejé un misterio tras de mí por culpa del miedo.

—Si me disculpan Sus Majestades —intervino Rhince—, ¿por qué no empezamos a comer mientras lo discuten? No se ve una cena como ésta todos los días.
—¡Ni se te ocurra! —exclamó Caspian.
—Tiene razón, tiene razón —dijeron varios de los marineros—. Hay demasiada magia por aquí. Cuanto antes regresemos a bordo, mejor.
—Podéis estar seguros —dijo Reepicheep— de que fue por comer estos alimentos por lo que los tres lores se sumieron en este sueño de siete años.
—No los tocaría ni para salvar mi vida —declaró Drinian.
—Oscurece con una rapidez extraordinaria —observó Rynelf.
—Regresemos al barco, regresemos al barco —mascullaron los hombres entre dientes.
—Realmente pienso que tienen razón —dijo Edmund—. Podemos decidir qué hacer con los tres durmientes mañana. No nos atrevemos a probar la comida y no existe ningún motivo para que nos quedemos a pasar la noche aquí. Todo el lugar huele a magia y a peligro.
—Comparto totalmente la opinión del rey Edmund —declaró Reepicheep— en lo que concierne a la tripulación del barco en general. Pero yo, por mi parte, me sentaré a esta mesa hasta el amanecer.
—¿Por qué diantre? —dijo Eustace.
—Porque —contestó el ratón— ésta es una gran aventura, y ningún peligro me parece tan grande como el de saber, a mi regreso a Narnia, que dejé un misterio tras de mí por culpa del miedo.
—Me quedaré contigo, Reep —anunció Edmund.
—También yo —dijo Caspian.
—Y yo —declaró Lucy.
Y a continuación Eustace también se ofreció como voluntario, lo que fue un gran acto de valentía por su parte, ya que no haber leído jamás sobre tales cosas ni haber oído hablar de ellas hasta que se unió al Viajero del Alba empeoraba más las cosas para él que para los demás.
—Imploro a Su Majestad… —empezó Drinian.
—No, milord —dijo Caspian—. Vuestro lugar está en el barco, y habéis tenido todo un día de trabajo mientras que nosotros hemos estado ociosos.
Se produjo una larga discusión al respecto, pero finalmente Caspian se salió con la suya. Mientras la tripulación partía hacia la playa en medio de la creciente oscuridad ninguno de los cinco vigilantes, excepto tal vez Reepicheep, pudo evitar sentir un helado nudo en el estómago.

C. S. Lewis
La travesía del Viajero del Alba
Las crónicas de Narnia - 3


Un viaje al auténtico fin del mundo, donde múltiples profecías se verán cumplidas… Un rey y unos inesperados compañeros de viaje emprenden una travesía que los llevará más allá de toda tierra conocida. A medida que navegan por mares que no aparecen en los mapas, descubren que su misión es más arriesgada de lo que habían imaginado y que el fin del mundo es, en realidad, el umbral de una tierra incógnita.

sábado, 5 de mayo de 2018

Luego el viejo firmó un papel en el que se comprometía a no probar más alcohol

Cuando salió, el juez nuevo dijo que haría un hombre de él. Se lo llevó a su casa y le vistió de pies a cabeza y le invitó a desayunar, a comer y a cenar con su familia y le trataron como si fuera el hijo pródigo, como quien dice.
Después de cenar, el juez le habló de la sobriedad y de esas cosas hasta que el viejo rompió a llorar y dijo que había sido un imbécil y un perdis toda su vida, pero que ahora se enmendaría y sería hombre de quien nadie pudiera avergonzarse, y confiaba que el juez le ayudaría y no le miraría con desprecio.
El juez dijo que de buena gana le daría un abrazo por esas palabras, y lloró él y su mujer volvió a llorar. Papá dijo que había sido un hombre incomprendido y el juez contestó que le creía. El viejo dijo que el que está caído lo que quiere es comprensión, y el juez le dio la razón, de modo que volvieron a llorar. Y cuando llegó la hora de irse a la cama, el viejo se levantó, extendió la mano y dijo:
—Mírenla, caballeros y señoras, cójanla, estréchenla. Ahí está la mano que era la mano de un cerdo; pero ya no lo es. Es la mano de un hombre que ha comenzado una nueva vida y que morirá antes que desdecirse. Fíjense bien en mis palabras. No olviden que las he dicho. Ahora es una mano limpia. Estréchenla; sin el menor reparo.
Y uno tras otro se la estrecharon todos y lloraron. La mujer del juez le besó. Luego el viejo firmó un papel en el que se comprometía a no probar más alcohol, mejor dicho, hizo su señal, porque no sabía firmar. El juez dijo que aquel era el momento más sagrado de la historia o algo parecido.
Después metieron al viejo en un cuarto muy bonito, que era el reservado para huéspedes, y, por la noche, tuvo mucha sed y saltó al tejado del porche, se deslizó por un puntal y fue a cambiar la chaqueta nueva por un jarro de whisky. Luego subió otra vez a su cuarto y se dio una fiesta y, al amanecer, volvió a salir, más borracho que una cuba, y se cayó del porche y se rompió el brazo izquierdo por dos sitios y estaba casi helado de frío cuando le encontraron después de salir el sol. Y cuando fueron a echar una ojeada al cuarto de las visitas, tuvieron que hacer sondeos antes de poder navegarlo.
El juez quedó apesadumbrado. Dijo que tal vez se pudiera conseguir hacer cambiar al viejo a tiro limpio, pero que no conocía ningún otro procedimiento.

Mark Twain
Las aventuras de Huckleberry Finn
Penguin Clásicos


Criticada y elogiada por igual, esta novela no solo constituye la culminación de la narrativa de Mark Twain, sino también el clásico por excelencia de la literatura estadounidense. Mark Twain, con su irónico sentido del humor y su prosa ágil y precisa, nos lleva por el Mississippi de la mano del inolvidable Huck Finn y su fiel amigo Jim, quien huye de la esclavitud. Novela sobre el racismo, la violencia, la amistad y la libertad en unos años turbulentos, Las aventuras de Huckleberry Finn es una lectura imprescindible a cualquier edad.
La presente edición, en una traducción de José A. de Larrinaga, incluye el «Episodio de la balsa», un pasaje que Mark Twain decidió excluir persuadido por el editor de la primera publicación. Completa el volumen una esclarecedora introducción de R. Kent Rasmussen, uno de los máximos expertos en la obra de Twain.
Roberto Bolaño dijo sobre Las aventuras de Huckleberry Finn…
«Sobrevivir. Esa es una de las magias que el lector encuentra en esta novela. Capacidad para sobrevivir».

viernes, 4 de mayo de 2018

Y dijo que si un hombre tenía una colmena y ese hombre se moría, había que decírselo a las abejas antes de la salida del sol

»Me pasé todo el día tumbado allí debajo de las virutas. Tenía hambre, pero no miedo, porque sabía que mi amita y la viuda se marcharían a una reunión religiosa que se celebraba al aire libre inmediatamente después del desayuno y que estarían fuera todo el día. Y ellas sabían que yo tenía la costumbre de salir con el ganado al amanecer, conque no esperarían verme por allí y no me echarían de menos hasta después de anochecer. Los demás criados no me echarían de menos porque, en cuanto las viejas se hubieran marchado, se largarían de fiesta.
»Bueno, pues tan pronto anocheció seguí por el camino del río y caminé dos millas o más hasta donde no hubiera ninguna casa. Ya había pensado lo que iba a hacer. Si intentaba fugarme a pie, los perros me seguirían la pista; si robaba una canoa para cruzar el río, echarían en falta la canoa y sabrían poco más o menos dónde habría desembarcado en la otra orilla y dónde buscar mi pista. Así pues, me dije: “Una balsa es lo que yo necesito, eso no deja rastro”.
»Finalmente vi una luz que doblaba la curva, de modo que me metí en el agua y empujé un tronco delante, nadando hasta más de la mitad del río. Me estuve entre la madera que flotaba a la deriva, agaché la cabeza y nadé contra la corriente hasta que llegó la balsa. Entonces nadé hacia la popa y me agarré. Se ocultó la luna y durante un rato hubo bastante oscuridad. Me subí a la balsa y me eché encima de las tablas. Los tripulantes se agrupaban todos en el centro, donde estaba la luz. El río iba de crecida y había una buena corriente; así, calculé que a las cuatro de la mañana estaría a veinticinco millas río abajo y que entonces me echaría al agua, antes de que amaneciera, nadaría hasta tierra y me internaría por el lado de Illinois.
»Pero no tuve ni un tanto así de suerte. Cuando casi habíamos llegado a la isla, un hombre empezó a acercarse a popa con la linterna. Comprendí que no debía esperar más y me tiré al río y nadé hacia la isla. Bueno, pues me había parecido que podría subir a tierra casi en cualquier lado; pero no pude: la ribera era demasiado escarpada. Antes de encontrar un sitio bueno llegué casi al otro extremo de la isla. Me metí en el bosque y decidí no andar más con balsas mientras movieran tanto la linterna. En la gorra tenía la pipa, una pastilla de tabaco y unas cerillas, y no se habían mojado; por ese lado estaba bien.
—¿De modo que no has comido ni carne ni pan durante todo este tiempo? ¿Por qué no pescaste tortugas?
—¿Cómo quieres que las pescara? ¡Como si fuese fácil acercarse a ellas y agarrarlas! ¿Y cómo puede uno golpearlas con una piedra? ¿Cómo iba uno a hacer eso de noche? Y durante el día no iba a asomarme yo a la orilla.
—Es verdad. Has tenido que permanecer siempre en los bosques. ¿Les oíste disparar el cañón?
—Sí. Sabía que te buscaban. Les vi pasar por aquí; los miré por entre la maleza.
Aparecieron unos pajaritos que volaban cerca y luego se posaban, repitiendo después la misma operación. Jim dijo que eso quería decir que iba a llover. Dijo que era señal de ello cuando los pollos pequeños volaban así, y así suponía que quería decir lo mismo cuando lo hacían pájaros pequeños.
Yo quería coger unos cuantos, pero Jim no me dejó. Dijo que eso era la muerte. Dijo que su padre había estado muy enfermo una vez, y alguien cogió un pájaro, y su abuela dijo que su padre moriría, y murió.
Y Jim dijo que no debían contarse las cosas que iban a guisarse para comer, porque eso traía mala suerte. Igual ocurriría al sacudir un mantel después de la puesta del sol. Y dijo que si un hombre tenía una colmena y ese hombre se moría, había que decírselo a las abejas antes de la salida del sol de la mañana siguiente, porque, si no, todas las abejas se debilitarían, dejarían de trabajar y acabarían muriéndose.
Jim dijo que las abejas no picaban a los idiotas; pero no le creí porque yo las he probado la mar de veces y no me han querido picar nunca.

Mark Twain
Las aventuras de Huckleberry Finn
Penguin Clásicos


Criticada y elogiada por igual, esta novela no solo constituye la culminación de la narrativa de Mark Twain, sino también el clásico por excelencia de la literatura estadounidense. Mark Twain, con su irónico sentido del humor y su prosa ágil y precisa, nos lleva por el Mississippi de la mano del inolvidable Huck Finn y su fiel amigo Jim, quien huye de la esclavitud. Novela sobre el racismo, la violencia, la amistad y la libertad en unos años turbulentos, Las aventuras de Huckleberry Finn es una lectura imprescindible a cualquier edad.
La presente edición, en una traducción de José A. de Larrinaga, incluye el «Episodio de la balsa», un pasaje que Mark Twain decidió excluir persuadido por el editor de la primera publicación. Completa el volumen una esclarecedora introducción de R. Kent Rasmussen, uno de los máximos expertos en la obra de Twain.
Roberto Bolaño dijo sobre Las aventuras de Huckleberry Finn…
«Sobrevivir. Esa es una de las magias que el lector encuentra en esta novela. Capacidad para sobrevivir».



miércoles, 25 de abril de 2018

las crías de pardela descubrieron una nueva virtud de la tienda

Hacia el amanecer, cuando, por puro agotamiento, empezábamos ya a conciliar un sueño irregular a pesar de los ruidos, las crías de pardela descubrieron una nueva virtud de la tienda. A ambos lados, la lona formaba una pendiente de lo más apetecible. Las crías subían volando una tras otra a la cresta de la tienda y, a continuación, se dejaban caer por los lados, haciendo sus garras un ruido similar a como si desgarrasen percal sobre el lienzo, mientras que sus hermanas, posadas en círculo alrededor suyo, emitían gritos de admiración que sonaban algo así como «Caau, cuuRR, CUURR» y «Uuuh, Cuurr, Cuurr». Tras reflexionar detenidamente, llegué a la conclusión de que era la peor noche que había pasado en mi vida.
A la mañana siguiente, justo antes de despuntar el sol, nos despertamos después de una pequeña cabezada y echamos una mirada al exterior de la tienda, de la que salimos para darnos un chapuzón con paso vacilante y dando traspiés, para lo que hubimos de pasar entre las hordas de pardelas que aún se hallaban graznando fuera de sus madrigueras. El cielo tenía un color rosa, naranja y verde, y en él podían verse un puñado de oscuras nubes dispersas sin orden ni concierto a lo largo del horizonte. El mar, de un intenso azul cobalto, estaba en calma. Por encima de mi cabeza, las hojas de las palmeras susurraban con un sonido similar a una lluvia espectral, proyectándose sus oscuras sombras contra el cielo. Descansando entre ellas, en una postura relajada de espaldas, se veía una frágil luna en forma de hoz, blanca como un rabijunco. El cielo estaba salpicado con las siluetas de las pardelas, que volaban y cantaban formando un coro de alborada, y por doquier se veían las crías de oscura piel arrastrándose por entre las plantas de tabaco y escabullándose en el interior de sus madrigueras.

Gerald Durrell
Murciélagos dorados y palomas rosas


sábado, 14 de abril de 2018

pues justamente estábamos en la estación más hermosa del año

» Atravesé varios pueblos mendigando, porque entonces sentía hambre y sed; me las apañaba como podía para responder cuando me preguntaban. Así llevaba caminando unos cuatro días cuando di con un pequeño sendero que me apartaba cada vez más del camino principal. Las rocas que había a mi alrededor adquirieron entonces otra forma, mucho más extraña. Eran peñascos, tan amontonados unos sobre otros que parecía como si el primer golpe de viento fuera a descolocarlos todos. No sabía si debía continuar. Por la noche siempre había dormido en el bosque, pues justamente estábamos en la estación más hermosa del año, o en retiradas cabañas de pastores; pero allí no encontraba refugio humano ninguno y tampoco podía suponer que encontraría uno en aquel agreste lugar: las rocas se volvían cada vez más terribles, a menudo tenía que caminar al borde de vertiginosos precipicios y, al final, el camino incluso llegó a desaparecer bajo mis pies. Estaba completamente desconsolada, lloraba y gritaba, y mi voz resonaba en los valles rocosos de forma espantosa. Entonces se hizo de noche y busqué un lugar con musgo para descansar en él. No podía dormir; en medio de la noche oía los sonidos más extraños: primero me parecían animales salvajes, luego el viento que gemía entre las rocas, luego aves desconocidas. Recé y no me dormí hasta casi el amanecer.
»Me desperté cuando la luz del día me daba ya en pleno rostro. Delante de mí había un empinado risco; trepé por él con la esperanza de descubrir desde allí la salida de aquel agreste lugar y divisar quizá casas o gentes. Pero cuando me hallé arriba todo lo que alcanzaba la vista, igual que a mi alrededor, estaba cubierto de un halo de niebla: el día era gris y turbio, y mis ojos no pudieron descubrir un árbol, una pradera, ni siquiera un arbusto, a excepción de algunos matorrales aislados que, solitarios y tristes, habían salido por entre las estrechas grietas de las rocas. No puedo describir el anhelo tan grande que sentí por ver, aunque fuera a una sola persona, incluso si después me hubiera dado miedo. Sentí asimismo un hambre atroz, me senté en el suelo y decidí morir. No obstante, pasado un tiempo, las ganas de vivir acabaron venciendo, me rehíce y pasé todo el día caminando entre lágrimas, entre suspiros entrecortados; al final ya ni siquiera me sentía a mí misma, estaba cansada y agotada, apenas deseaba seguir viviendo y, sin embargo, temía la muerte.

Cuentos fantásticos.
Der blonde Eckbert; Der Runenberg; Die Elfen
Ludwig Tieck, 1812
Traducción: Isabel Hernández



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