(Argumento de película del Oeste)
PRIMERA PARTE
En el vasto territorio de California, donde el viajero encuentra cantidades prodigiosas de polvo, existe un rancho verdaderamente nutritivo.
Es el rancho denominado Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno. Se halla orientado a Poniente y tiene una gran puerta para entrar y salir.
Ese rancho pertenece a David Pickman, hombre corpulento que en su juventud hizo todo lo posible por ser barítono, sin conseguir llegar en su carrera más que a los alrededores de Jersey City, donde cayó rendido de cansancio. Como David Pickman, firme en su idea, recorría los caminos entonando, mejor dicho, desentonando romanzas milanesas, y como, además, carecía de cédula personal, al ser detenido por la Policía fue calificado de «indocumentado vociferante», y con esa clasificación entró en la cárcel, donde permaneció treinta años, indudablemente molesto.
Fue al salir de la cárcel —porque estando en la cárcel le había resultado imposible— cuando Pickman se trasladó al pequeño poblado de Newgrey, en Arizona; y como en realidad no se llevaba bien con los habitantes del poblado, puso rancho aparte.
Así nació Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno, propiedad rural muy famosa en toda América.
David Pickman vivía con su hija Patsy, tan linda muchacha como buena mecanógrafa, y ambos eran felices montando a caballo, numerando reses y cazando langostas a lazo.
Al anochecer, padre e hija solían sentarse a la puerta del rancho y contemplaban el horizonte crepuscular; por las mañanas contemplaban el amanecer, y a continuación disparaban sus revólveres.
Eran felices.
SEGUNDA PARTE
Un día, a orillas del Red-River, se detuvieron ochenta caballos por falta de gasolina. Los ochenta se hallaban en el interior de un «Buick» y de él saltó pronto al suelo, torciéndose un pie al saltar, el sheriff Richard.
Padre e hija vieron al sheriff con gran alegría y dispararon sus revólveres.
Richard le explicó rápidamente que el repugnante y mal afeitado bandido Edgar Wallace, conocido por «Carne de Búfalo», merodeaba cual hiena por los alrededores del rancho.
David Pickman y su hija, al conocer la noticia, dispararon sus revólveres.
Pero unas nuevas palabras del sheriff los levantaron en vilo. De aquellas palabras se deducía que «Carne de Búfalo» había jurado delante de una imagen de San Luis del Senegal que iba a preparar un golpe de mano contra Pickman y que le robaría las mil y pico cabezas de ganado vacuno que daban nombre al rancho.
La idea de que «Carne de Búfalo» iba a decapitarle mil y pico de vacas, desconcertó a David.
Entonces disparó su revólver.
TERCERA PARTE
La dulce Patsy Pickman estaba enamorada hasta el sostén (color malva).
¿Quién era él? ¿Quién era el objeto de su pasión, eminentemente sajona?
Retrocedamos un mes para explicarlo.
Una tarde de primavera volvía Patsy del poblado, adonde iba diariamente a tomar aceite de castor, y su caballo se desbocó como un abrigo mal cortado.
Patsy pidió auxilio y disparó su revólver.
Y de pronto, oportunamente, cuando el ágil cuerpo de Patsy iba a caer en las aguas del Red-River, un joven salió de entre las ramas de un grupo de árboles genealógicos y se lanzó en su socorro; cogióla de sus largos cabellos, dio un vigoroso tirón y le evitó una muerte cierta.
Patsy disparó su revólver y se desmayó.
A la media hora y treinta minutos volvía en sí y se sintió dulcemente abrazada por el joven, que tenía en sus manos los largos cabellos arrancados involuntariamente a Patsy.
—¡Oh! —gimió la muchacha—. ¡Gracias, gracias! ¡Me ha salvado usted la vida y además me ha dejado el pelo a lo garçon…! ¡Gracias!
—¿Me ama usted? —indagó él.
—Con toda el alma.
Después de lo cual se besaron con ternura y dispararon sus revólveres.
CUARTA PARTE
Desde entonces, Patsy no había vuelto a ver a su salvador.
El anunciado ataque de los bandidos, capitaneados por «Carne de Búfalo», hizo lo contrario que las mujeres hermosas. Queremos decir que no se hizo esperar.
Cierta noche, un nutrido grupo de malhechores rodeó la estancia.
David Pickman se decidió a vender cara su vida y pidió por ella 2.000 dólares. Los malhechores le ofrecieron 1.300. Discutieron. No lograron ponerse de acuerdo y, al fin, unos y otros dispararon sus revólveres. (Esta vez, apuntándose a la cabeza).
La lucha duró dos días.
El sheriff no pudo acudir a poner paz, porque le estaban haciendo un traje.
El rumor de los disparos que se cruzaban entre ambos bandos se oía perfectamente en Nueva York. Pero en Nueva York está siempre todo el mundo tan ocupado, que nadie reparó en aquello, que sucedía a 3.500 millas.
David Pickman notaba, aterrado, que se le acababan las fuerzas y los cartuchos; sin embargo, continuaba disparando, ayudado por su hija, que le cargaba la carabina y le cepillaba el sombrero.
De improviso un hombre mandó hacer alto el fuego y se colocó a la puerta del rancho, gritando:
—¡David Pickman y su hija están bajo mi protección!
Aquel hombre era el hijo de «Carne de Búfalo».
Y el hijo de «Carne de Búfalo» no era otro que el joven a quien amaba Patsy.
Tres minutos más tarde se casaban.
Al año tenían un hijo y disparaban sus revólveres alegremente.
Desde entonces en el rancho reina la felicidad. «Carne de Búfalo» trabaja ahora para su nieto, y todo el ganado que roba en sus correrías lo mete en el rancho de Pickman.
Hace poco cambiaron el nombre de la posesión, bautizándola así: «Las dieciocho mil cabezas de ganado vacuno».
Con este motivo hubo grandes fiestas en la estancia.
Y todos sus habitantes dispararon sus revólveres.
Enrique Jardiel Poncela
El libro del convaleciente
Inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios
«El libro del convaleciente» es una muestra variadísima de las múltiples dotes literarias que han hecho de Enrique Jardiel Poncela el autor de literatura de humor por excelencia en español y uno de los más traducidos.
Una línea uniforme nos lleva por todas las páginas de este libro: la humorística, con todas sus facetas y en todas sus formas. Inyecciones de alegría es el subtítulo de esta obra, y, en efecto, su lectura lleva al ánimo la tonicidad, el alivio y el aliento placenteros, que son frutos de la alegría.
El autor declara que ha querido poner un rayo de luz en las horas grises, melancólicas, de enfermos y convalecientes, pero ya se comprende, querido lector, que tal beneficio no puede quedar limitado a éstos.
PRIMERA PARTE
En el vasto territorio de California, donde el viajero encuentra cantidades prodigiosas de polvo, existe un rancho verdaderamente nutritivo.
Es el rancho denominado Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno. Se halla orientado a Poniente y tiene una gran puerta para entrar y salir.
Ese rancho pertenece a David Pickman, hombre corpulento que en su juventud hizo todo lo posible por ser barítono, sin conseguir llegar en su carrera más que a los alrededores de Jersey City, donde cayó rendido de cansancio. Como David Pickman, firme en su idea, recorría los caminos entonando, mejor dicho, desentonando romanzas milanesas, y como, además, carecía de cédula personal, al ser detenido por la Policía fue calificado de «indocumentado vociferante», y con esa clasificación entró en la cárcel, donde permaneció treinta años, indudablemente molesto.
Fue al salir de la cárcel —porque estando en la cárcel le había resultado imposible— cuando Pickman se trasladó al pequeño poblado de Newgrey, en Arizona; y como en realidad no se llevaba bien con los habitantes del poblado, puso rancho aparte.
Así nació Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno, propiedad rural muy famosa en toda América.
David Pickman vivía con su hija Patsy, tan linda muchacha como buena mecanógrafa, y ambos eran felices montando a caballo, numerando reses y cazando langostas a lazo.
Al anochecer, padre e hija solían sentarse a la puerta del rancho y contemplaban el horizonte crepuscular; por las mañanas contemplaban el amanecer, y a continuación disparaban sus revólveres.
Eran felices.
SEGUNDA PARTE
Un día, a orillas del Red-River, se detuvieron ochenta caballos por falta de gasolina. Los ochenta se hallaban en el interior de un «Buick» y de él saltó pronto al suelo, torciéndose un pie al saltar, el sheriff Richard.
Padre e hija vieron al sheriff con gran alegría y dispararon sus revólveres.
Richard le explicó rápidamente que el repugnante y mal afeitado bandido Edgar Wallace, conocido por «Carne de Búfalo», merodeaba cual hiena por los alrededores del rancho.
David Pickman y su hija, al conocer la noticia, dispararon sus revólveres.
Pero unas nuevas palabras del sheriff los levantaron en vilo. De aquellas palabras se deducía que «Carne de Búfalo» había jurado delante de una imagen de San Luis del Senegal que iba a preparar un golpe de mano contra Pickman y que le robaría las mil y pico cabezas de ganado vacuno que daban nombre al rancho.
La idea de que «Carne de Búfalo» iba a decapitarle mil y pico de vacas, desconcertó a David.
Entonces disparó su revólver.
TERCERA PARTE
La dulce Patsy Pickman estaba enamorada hasta el sostén (color malva).
¿Quién era él? ¿Quién era el objeto de su pasión, eminentemente sajona?
Retrocedamos un mes para explicarlo.
Una tarde de primavera volvía Patsy del poblado, adonde iba diariamente a tomar aceite de castor, y su caballo se desbocó como un abrigo mal cortado.
Patsy pidió auxilio y disparó su revólver.
Y de pronto, oportunamente, cuando el ágil cuerpo de Patsy iba a caer en las aguas del Red-River, un joven salió de entre las ramas de un grupo de árboles genealógicos y se lanzó en su socorro; cogióla de sus largos cabellos, dio un vigoroso tirón y le evitó una muerte cierta.
Patsy disparó su revólver y se desmayó.
A la media hora y treinta minutos volvía en sí y se sintió dulcemente abrazada por el joven, que tenía en sus manos los largos cabellos arrancados involuntariamente a Patsy.
—¡Oh! —gimió la muchacha—. ¡Gracias, gracias! ¡Me ha salvado usted la vida y además me ha dejado el pelo a lo garçon…! ¡Gracias!
—¿Me ama usted? —indagó él.
—Con toda el alma.
Después de lo cual se besaron con ternura y dispararon sus revólveres.
CUARTA PARTE
Desde entonces, Patsy no había vuelto a ver a su salvador.
El anunciado ataque de los bandidos, capitaneados por «Carne de Búfalo», hizo lo contrario que las mujeres hermosas. Queremos decir que no se hizo esperar.
Cierta noche, un nutrido grupo de malhechores rodeó la estancia.
David Pickman se decidió a vender cara su vida y pidió por ella 2.000 dólares. Los malhechores le ofrecieron 1.300. Discutieron. No lograron ponerse de acuerdo y, al fin, unos y otros dispararon sus revólveres. (Esta vez, apuntándose a la cabeza).
La lucha duró dos días.
El sheriff no pudo acudir a poner paz, porque le estaban haciendo un traje.
El rumor de los disparos que se cruzaban entre ambos bandos se oía perfectamente en Nueva York. Pero en Nueva York está siempre todo el mundo tan ocupado, que nadie reparó en aquello, que sucedía a 3.500 millas.
David Pickman notaba, aterrado, que se le acababan las fuerzas y los cartuchos; sin embargo, continuaba disparando, ayudado por su hija, que le cargaba la carabina y le cepillaba el sombrero.
De improviso un hombre mandó hacer alto el fuego y se colocó a la puerta del rancho, gritando:
—¡David Pickman y su hija están bajo mi protección!
Aquel hombre era el hijo de «Carne de Búfalo».
Y el hijo de «Carne de Búfalo» no era otro que el joven a quien amaba Patsy.
Tres minutos más tarde se casaban.
Al año tenían un hijo y disparaban sus revólveres alegremente.
Desde entonces en el rancho reina la felicidad. «Carne de Búfalo» trabaja ahora para su nieto, y todo el ganado que roba en sus correrías lo mete en el rancho de Pickman.
Hace poco cambiaron el nombre de la posesión, bautizándola así: «Las dieciocho mil cabezas de ganado vacuno».
Con este motivo hubo grandes fiestas en la estancia.
Y todos sus habitantes dispararon sus revólveres.
Enrique Jardiel Poncela
El libro del convaleciente
Inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios
«El libro del convaleciente» es una muestra variadísima de las múltiples dotes literarias que han hecho de Enrique Jardiel Poncela el autor de literatura de humor por excelencia en español y uno de los más traducidos.
Una línea uniforme nos lleva por todas las páginas de este libro: la humorística, con todas sus facetas y en todas sus formas. Inyecciones de alegría es el subtítulo de esta obra, y, en efecto, su lectura lleva al ánimo la tonicidad, el alivio y el aliento placenteros, que son frutos de la alegría.
El autor declara que ha querido poner un rayo de luz en las horas grises, melancólicas, de enfermos y convalecientes, pero ya se comprende, querido lector, que tal beneficio no puede quedar limitado a éstos.