domingo, 23 de diciembre de 2018

La Fregeneda en la literatura y en la historia (3)

- III -
ASÍ pensando y discutiendo, a veces riñendo y regalándose el uno al otro palabras un poco fuertes; haciendo luego las paces para prometerse amistad invariable, dieron nuestros dos amigos la vuelta del Retiro, y cuando tornaban a Madrid por la calle de Alcalá, vieron que discurría de arriba abajo mucha gente, y que contraviniendo las disposiciones de la policía francesa, en todas partes se formaban grupos. Pedíanse las personas unas a otras las noticias arrebatándoselas de la boca y comentándolas para soltarlas luego desfiguradas. Cuál aseguraba saber mucho, cuál ignorándolo todo se hacía repetir hasta tres veces la misma noticia. Todos los madrileños parecían sorprendidos, y los más, alegres.
Al punto pararon mientes Monsalud y Bragas en aquella estupenda novedad de los corrillos y de la animación que se repetía, a pesar del gobierno, siempre que llegaban noticias de alguna batalla. Deseosos de conocer la verdad de lo que ocurría, husmearon en varios grupos, mas no viendo caras conocidas en ninguno de ellos, no se atrevieron a meter su cucharada y se contentaron con algunas palabras sueltas. Pero hacia las Baronesas, creyó Bragas oír la voz de D. Gil Carrascosa, abate antaño, y por entonces covachuelista en la misma covachuela del covachuelo mancebo. Acercáronse y vieron que el licenciado Lobo venía a su encuentro, juntamente con D. Mauro Requejo y el Sr. D. Bartolomé Canencia. Fundiéronse todos en el grupo, a punto que Carrascosa decía:
—Mañana salen de Madrid los franceses. Parece que ahora va de veras, señores patriotas, y que no volverán más. El Rey José está muy apretado y no puede pasar, según dicen, de la línea del Ebro. Aquí no quedará un solo francés, ni un solo jurado, ni un solo polizonte, ni un solo jacobino. Respira, ¡oh patria!
—La verdad —dijo D. Lino Paniagua, que también era de los presentes— es que Wellington se ha movido.
—Y como también se ha movido el cuarto ejército que manda Castaños… Parece que quieren cerrar a los franceses el paso de Burgos y Vitoria.
—¡Admirable plan! —exclamó Lobo—. ¡Cerrar el paso!, nada más claro. El cuarto ejército estaba en todas partes como perejil mal sembrado. Castaños en Extremadura con una división, Porlier y Losada en Galicia con otra, Morillo en Asturias, Mina en Vizcaya. Lord Wellington que desde Fregeneda ponía su lente en todo, les ha mandado adelantarse. Uno viene por aquí, otro por allá, con tan admirable concierto y arte como las piezas de un reloj que ordenadamente van caminando sin estorbarse una a otra. El francés que con la cholla cargada de vapores viníferos, se duerme en Valladolid, en Segovia, en Madrid y en Zaragoza, no ve el nublado, hasta que le cae encima. Se asusta, llama a Farfulla I en su ayuda, pero Farfulla I después de la campaña de Rusia no está para fiestas, y héteme al rey José en campaña. Él había dicho como los castellanos: «Vino puro y ajo crudo, hacen al hombre agudo…» pero en buena se ha metido… ¡Grandes batallas se preparan! Todo esto, amigos míos, lo barruntaba yo; se necesita no tener un solo grano de sal en la mollera para comprender que hallándose el lord en Fregeneda, Longa y Mina en el Norte, Morillo en Asturias, y Carlos España en el Bierzo, pues… yo lo veo claro como el agua.
—Y yo turbio como el cieno —dijo Canencia, con filosófico desdén—. ¡Una batalla más! Rousseau ha dicho que las verdaderas batallas son las que ganan la sabiduría contra la ignorancia de la corrompida humanidad.
No tardó en pasar el padre Salmón, que con el padre Ximénez de Azofra y el marqués de Porreño, regresaba a su convento, y pegándose al grupo hizo varias preguntas.
—Eso ya lo sabíamos… que se va toda la canalla mañana temprano… ¿Pero y de los ejércitos, qué se dice?
—A mí se me figura —dijo con gravedad el marqués de Porreño— se me figura… es idea mía… puede que me equivoque, pero juraría…
—¿Qué?
—Que el lord se ha movido.
—Eso no tiene duda —repuso Lobo dignándose repetir el plan de campaña con que poco antes había demostrado su perspicacia estratégica.
Y al poco rato partieron en distintas direcciones. Acompañaron al señor marqués los dos reverendos, y recibidos por la interesante familia de este, Salmón exclamó:
—¡Gran bomba, señores! El lord se ha movido.
—¡Y mañana salen de aquí todos los franceses!
—¡Benditos sean los designios de la divina Providencia! —dijo la hermana del marqués.
—¡Wellington se ha movido! —repitió el mercenario, mirando a diestra y siniestra por ver si se vislumbraban en el horizonte lejanos signos de soconusco—, y juntamente con Mina y Morillo viene sobre Madrid.
—¡Jesús! ¡Sobre Madrid!
—Así lo han dicho. Parece que da la vuelta por el Duero, que está como Vd. sabe en Tordesillas. Y como Castaños pasa de Extremadura a Asturias, con el sétimo cuerpo, digo, con el octavo o con el duodécimo… en junto unos cuatrocientos mil hombres.
Poco después la hija del marqués de Porreño iba a casa de Sanahúja, donde ya sabían la noticia, gracias a don Lino Paniagua, y decía:
—Lo menos setecientos mil hombres dicen que trae Vellinton.
Conviene advertir que casi todos los españoles pronunciaban el nombre del general inglés como acabamos de escribirlo. Algunos lo modificaban diciendo Velliztón, acentuando la última sílaba, lo mismo que decían Stapletón Cotón; pero esto no hace al caso, y siga nuestro cuento. El conde de Rumblar, que a la sazón hallábase en casa de Sanahúja, partió como un rayo, y en la Puerta del Sol topó con José Marchena, a quien dijo que José iba sobre Fregeneda y que el duque de Ciudad Rodrigo estaba en Valladolid… Poco después D. Narciso Pluma, que esto oyera y otras muchas estupendas cosas que había oído poco antes, las revolvió todas, haciendo la más chistosa ensalada que puede imaginarse, y entró en casa de Porreño, donde sostuvo que se estaba dando una batalla junto al Duero entre D. Pablo Morillo con doce mil hombres, y el rey José con setecientos mil…
Repitámoslo, sí. ¡Entonces no había periódicos!

Benito Pérez Galdós
El equipaje del rey José
Episodios nacionales: Serie II - 01

El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles —guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares— a lo largo del agitado siglo XIX.
EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ define irónicamente el botín que las tropas francesas abandonaron en su retirada de la Península ante el empuje de las guerrillas y el ejército mandado por Wellington, principalmente tras la batalla de Vitoria, uno de los últimos episodios de la Guerra de la Independencia. Un nuevo personaje, Salvador Monsalud, toma el relevo de Gabriel de Araceli a la hora de vertebrar novelescamente la narración de los sucesos históricos en esta «Segunda serie». Primer episodio de la segunda serie de los Episodios Nacionales.

La Fregeneda en la literatura y la historia (2)

Españoles y portugueses, todos se habían preparado bien para la siguiente campaña, y cuando don Juan de Austria se movió de Badajoz (6 de mayo, 1663), llevaba doce mil peones, seis mil quinientos caballos, diez y ocho cañones, tres morteros, y tres mil carros cargados de municiones y de víveres. El rey de Portugal había nombrado general de las tropas de Alentejo a don Sancho Manuel, ya conde de Peñaflor. Las tropas que tenía a sus órdenes, contando la infantería inglesa que había llegado, eran muy poco inferiores en número a las castellanas. El primer triunfo del ejército español en esta expedición fue la rendición de la importante ciudad de Ébora, a lo cual contribuyeron no poco las disidencias entre los jefes portugueses, que la intervención del conde de Vimioso no alcanzó a componer. Después de esto un cuerpo de españoles se apoderó de Alcázar de Sal, poco distante de Setubal. De tal modo asustaron estas noticias en Lisboa, que las gentes andaban despavoridas por las calles, y por un momento temieron que se perdiera todo el reino, porque no quedaba plaza fuerte que pudiera detener al enemigo hasta la capital. El susto se convirtió luego en furor, y cargando el pueblo la culpa de aquellas desgracias a los nuevos ministros, acometió y saqueó las casas de algunos, teniendo ellos que esconderse. Aplacado el tumulto, expidióse orden al conde de Peñaflor para que diera la batalla al ejército castellano.
Levantó con esto el de Peñaflor su campo, pasó el Odegebe, y llegando hasta media legua de Ébora formó en batalla. El río dividía los dos ejércitos, y Schomberg había elegido tan hábilmente las posiciones y colocado tan ordenadamente en ellas a los portugueses, que viendo don Juan no serle fácil atacar con ventaja, determinó retirarse a Badajoz, dejando guarnecida a Ébora. Seguíanle los portugueses sin perderle de vista; don Juan esquivaba la batalla, temeroso de perder con ella lo ganado; deseábanla Peñaflor y los suyos, al mismo tiempo que la temían también, y ambos ejércitos se respetaban. Por último presentóla el portugués al llegar los nuestros a Amegial, sin que don Juan pudiera ya excusarla. Faltaba solo una hora para ponerse el sol, cuando comenzó formalmente el combate, siendo los primeros a atacar los portugueses. Peleóse de una y otra parte con valor, y hasta con ferocidad, convencidos unos y otros de que pendía de aquella batalla la salvación o la sumisión de Portugal, y el éxito de una lucha que contaba ya tantos años. La noche separó a los combatientes, y hasta la mañana del siguiente día no se supo quién había sufrido más pérdida (8 de junio, 1663).
Por desgracia, si la de los portugueses había sido grande, pues se supone que no bajó de cinco mil hombres, se vio que la de los castellanos había sido mayor y más lamentable. A ocho mil se hace subir la de los muertos y prisioneros, asombrosa cifra atendida la poca duración de la batalla, entre ellos no pocos generales, coroneles, grandes y títulos, contándose en ellos el marqués de Liche, hijo del famoso don Luis de Haro: perdiéronse ocho cañones, un mortero, multitud de estandartes, y hasta dos mil carros de municiones. Debieron los portugueses principalmente su triunfo a la infantería inglesa. Don Juan de Austria peleó con más valor que inteligencia y fortuna; expuso muchas veces su cuerpo y su vida, y habiéndole muerto dos caballos, entró por los enemigos a pie con su pica en la mano, combatiendo largo rato contra muchos de ellos. Ya que no se condujo como buen general, portóse al menos como buen soldado. Llamóse esta la batalla de Amegial, del Canal la nombran otros, y otros menos propiamente de Estremoz, por haber sido no lejos de esta ciudad.
Desde Badajoz escribió don Juan de Austria al rey dándole noticia de aquel desgraciado suceso, al cual siguió la entrega de Ébora y la pérdida de Villaflor; y para que nada faltara, en la plaza de Arronches, ya que el mariscal de Schomberg no pudo tomarla, se incendió el almacén de la pólvora, e hizo saltar más de dos mil castellanos. En la provincia de Entre-Duero-y-Miño se perdió Castel-Lindoso, que había ganado el año anterior el arzobispo de Santiago; y en la de Beyra solo hubo de notable una acción que sostuvo gloriosamente el duque de Osuna contra muy superiores fuerzas portuguesas cerca de Valdemula (30 de diciembre, 1663), con lo que se puso término a la campaña de este año.
Natural era que se envalentonaran los portugueses con el triunfo de Amegial. Así fue que al año siguiente se atrevió el conde de Marialva a penetrar en territorio español, a poner sitio a Valencia de Alcántara, que no tenía más fortificación que un viejo y flaco muro, si bien se hallaba en ella de gobernador y la defendía con tres bravos regimientos el valeroso don Juan de Ayala Mejía. No se podía exigir más de lo que este jefe y su gente hicieron: la defensa costó mucho y admiró no poco a sus enemigos, y cuando se entregó la plaza (junio, 1664), no era posible llevar más adelante la resistencia. Por dos veces había intentado socorrerla don Diego Correa con cinco mil caballos; ninguna pudo; y don Juan de Austria, aún cuando fue avisado del peligro, no se apresuró a llevarle socorro. No se tomó este año desquite de lo de Valencia de Alcántara; al contrario, fueron abandonadas por los nuestros Arronches y Codiceyra, y el resto de la campaña en el Alentejo se redujo a las antiguas correrías. Tampoco hubo acontecimiento notable en las provincias de Tras-os-Montes y de Entre-Duero y Miño.
Lo que hubo en la de Beyra, donde operaba el duque de Osuna, fue bochornoso para nuestras armas. Aquel magnate había tenido un encuentro feliz con los portugueses que mandaba Hurtado de Mendoza: más luego sitiando a Castel-Rodrigo, y abierta ya brecha en la plaza, ni él, ni sus maestres de campo, ni los capitanes pudieron conseguir de los soldados que entraran por la brecha: amenazas y ruegos todo fue inútil: aquella gente, sacada de improviso de los talleres y de las casas de labranza, se asustaba del ruido de las granadas y de los mosquetes, y no fue posible hacerles dar un paso adelante. Y no fue lo peor este insigne acto de cobardía, sino que acometido después de la retirada por Jacobo Magalhaes que a socorrer aquella plaza había salido de la de Almeida, aunque eran los portugueses menos en número, apoderóse tal espanto de los nuestros, que parecía faltarles tiempo para arrojar las armas y huir, abandonando artillería y bagajes, mas no lo hicieron tan de prisa que no fueran apresados unos, acuchillados otros por la caballería portuguesa: entre los primeros lo fue el teniente general de nuestra caballería don Antonio de Isassi; entre los segundos se contó a don Juan Girón, hijo del mismo duque de Osuna, que para honra suya y de su ilustre estirpe fue de los que murieron peleando. Su padre con la poca gente que pudo recoger se retiró desesperado a Ciudad-Rodrigo. Magalhaes después de este triunfo entró en España con tres mil hombres, tomó y saqueó las villas de Cerralbo y Fregeneda, y consternados con esto nuestros soldados iban abandonando los pequeños fuertes que guarnecían en la frontera.
Produjeron los reveses de estas campañas la separación delos dos más ilustres generales, don Juan de Austria y el duque de Osuna. Al primero se le admitió la renuncia que hizo del mando y se le permitió retirarse a Consuegra. Quejábase don Juan de que no se le suministraban ni municiones, ni víveres, ni dinero, ni recurso alguno para hacer la guerra, y atribuíalo, no sin algún fundamento, a malas artes de la reina doña Mariana, que le miró siempre de mal ojo y no quería que el hijo bastardo de su marido tuviera la gloria de recuperar el Portugal. Al de Osuna no solo se le separó, sino que se le redujo a prisión y se le condenó a cien mil ducados de multa, como en castigo de las contribuciones que exigía a los pueblos para mantener su ejército; como si no enviándole dinero, hubiera podido sostener de otro modo aquella, hambrienta e indisciplinada gente. Al fin el de Osuna justificó su conducta, y consiguió ser absuelto. De este modo la persecución de los dos duques de Osuna, padre e hijo, ambos excelentes capitanes y distinguidos servidores de su rey y de su patria, señalaron el principio y el fin del reinado de Felipe IV.

Modesto Lafuente
Historia General de España - XII

Esta monumental obra se publicó en 25 volúmenes entre 1850 y 1866, año en que muere su autor, Modesto Lafuente. Fue continuada por Juan Valera con la colaboración de Andrés Borrego y Antonio Pirala.
El duodécimo volumen (edición de 1889) abarca desde el año 1643 (caída del conde-duque de Olivares) al 1703 (principio de la guerra de sucesión).
Hechos y personajes importantes en este periodo fueron: Las paz de Westfalia, la insurrección de Nápoles, guerras con Francia, Inglaterra y Portugal, la paz los Pirineos, la triple alianza, el padre Nithard, Don Juan de Austria, Valenzuela, el duque de Medinaceli, el conde de Oropesa, …

La Fregeneda en la literatura y la historia (1)

—Esto ya es Asturias —dijo.
—Huele a humedad.
—Sí, Asturias es muy húmeda.
Bajo su mirada se extendía un valle poco profundo, solitario y en sombras aún. Las estribaciones de los montes que lo flanqueaban lo cortaban desde ambos lados alternativamente, como las decoraciones de un teatro, dándole formas angulosas o retorcidas, obligando a describir innumerables meandros al arroyo que en su fondo discurría.
—Ahora no se ve nada —reanudaron la marcha—; cuando volvamos estará mejor, si es de día.
En el lejano horizonte, más allá de las pequeñas lomas envueltas en penumbra, se alzaba una cadena de montañas, erizada de agudas cumbres, de igual altura, teñidas de una franja roja y amarillenta.
—¿Estamos cerca?
—Es allí —extendió el brazo como si con la uña del índice fuera a tocar el extremo opuesto del valle, y guió su cabalgadura de modo que lo bordeara.
—¿No sería mejor bajar?
—Abajo todo está encharcado. Además, por allí la subida es muy mala.
Con la nueva luz, el médico pudo contemplar al otro a su gusto. Vestía mono del ejército, chaqueta de pana y abarcas; parecía clavado en el aparejo; las sacudidas del caballo no le afectaban lo más mínimo.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí?
—¿Eh? —Se volvió; le miraba desde unos ojos fruncidos sobre la cara negra, surcada por dos profundas arrugas a ambos lados de la boca.
—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
Los ojos castaños se movieron bajo la piel seca.
—Desde mayo. Todos los años venimos por mayo y nos vamos allá por San Miguel.
—¿Venís muchos?
—Entre todos los puertos seremos unos ocho o diez. Nos repartimos de dos en dos porque como siempre hay que andar bajando al pueblo, uno se tiene que quedar con las borregas.
—Tú eres extremeño, ¿no?
—No, señor; de junto a la Fregeneda.
—Eso está por Salamanca.
—Sí, señor; de la provincia de Salamanca.
—Mejor tierra que esta…
—¡Quite allá! ¿Dónde se va a comparar?
—Tú bajas mucho al pueblo.
—Es que los otros no saben amasar.
—¿Haces tú el pan para todos?
—Sí, pan blanco. Nosotros traemos la harina. Cuando el señorito ajusta los puertos, nos da la harina para el verano.
—¿Y el dinero?
—El dinero, a la vuelta.
—¿Con quién ajusta los puertos?
—Con los presidentes. Diez o doce mil reales y dos borregas.
—Y ¿para quién son las borregas?
—Para el pueblo, ¿para quién van a ser? Si está aquí para Nuestra Señora ya verá a los tíos hacer la chanfaina.
La ladera opuesta del valle apareció partida en dos por la niebla que fluía, cruzándolo, a sus pies.
—Ya levanta —dijo el otro, mostrándosela, cada vez más transparente, disuelta en el aire, alzándose en mechones dispersos cada vez que un golpe de viento la sacudía.
Abajo, los prados solitarios brotados de hierba corta, de un color verde acerado, aparecían cercados por restos de paredes.
—¿De quién son estos prados?
—Del pueblo.
—¿No los siegan?
—En los años escasos. Entra mal la guadaña ahí. Las vacas no la comen.
—¿Y quién hizo esas paredes?
—¿Qué paredes? ¿Las cercas? Son muy antiguas, hace mucho de eso.
Más arriba de las cercas surgía el pardo fluir del monte bajo, manchado por las quemas cenicientas que los pastores provocan para dar paso al ganado. Piornos retorcidos, rojizos y pelados; retamas, y en los cauces donde el agua se detiene, bosques de helechos, entre lávanas de cascajo.
Envuelto en la niebla apareció el chozo.
—Ya estamos.
Dos perros enormes, amarillos, de cabeza cuadrada, corrieron desde los corrales a su encuentro ladrando sordamente, pero los caballos, al parecer acostumbrados a ello, siguieron su paso sin apresurarse. Las ovejas se agitaron en el corral alzando las cabezas sobre las cercas para ver llegar a los dos jinetes. Fueron bajando, y a medida que se acercaban pudo el médico ver con toda claridad la pared circular de piedra caliza y pizarra tras la que el enfermo reposaba, bajo un techo cónico de ramas de abedul y retama. Sin saber por qué, le volvió a asaltar el recuerdo de sus antiguos compañeros. Hubiera querido en aquel momento saber qué género de vida habrían encontrado. ¿Dónde estarían?, ¿qué clase de destino les estaría reservado? Los caballos emprendieron un trote ligero al pisar terreno llano, en tanto los perros seguían aullando.
—¿Eres tú, Vidal? —preguntó una voz dentro del chozo.
¿Qué sería de ellos? ¿Habrían conseguido colocarse, según pretendían? Durante los últimos años bien se habían movido, halagando, trabajando el terreno de firme. Un sentimiento de disgusto hacia sí mismo le embargó. ¿Qué tenía él que reprocharles? Quizá los otros valían más que él; de todos modos, sus intrigas, su deseo de una vida mejor que les compensase de su trabajo carecía de importancia, no debía atañerle. ¿Qué culpa tenían de que él hubiera deseado ejercer allí?, ¿de sus tres horas a caballo? Manolo había dicho, refiriéndose a don Julián: «A ése tenían que traerle los enfermos aquí; si no, no se movía como no le mandaran el coche».

Jesús Fernández Santos
Los bravos

La acción de Los bravos se sitúa en un pueblecito leonés en la frontera de Asturias, un pueblo de doce vecinos —esto es, unas sesenta personas— al que llega un joven médico. En el pueblo se trabaja muy duro y los beneficios son escasos. Se malvive del pastoreo, de la pesca furtiva, de conducir un auto desvencijado, de regir una taberna. Y sobre las gentes, omnipresente, está don Prudencio, el rico de la aldea, el cacique viejo y egoísta, al que el joven médico se enfrentará quitándole a Socorro, su criada y amante. Pero vencer a un cacique no suele bastar para liberar a una comunidad…
Exploración de los violentos condicionantes de la España rural de la posguerra y análisis del desamparo y el esfuerzo de unos hombres que, más allá de remedios provisionales o represalias inútiles, muestran una sobria y extraña dignidad.
Los bravos es una novela que se lee con placer insólito. El estilo plástico y objetivo de Fernández Santos, su sabiduría escénica y la construcción cinematográfica de la historia a base de secuencias y de escenas rapidísimas, hacen de este libro una obra profundamente innovadora, de definitivas repercusiones en nuestra narrativa.

jueves, 21 de junio de 2018

«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo»

«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo». «¿Y qué es eso?». «Otra reminiscencia. Un viejo personaje que no pasó de imaginado, del cual jamás escribí una sola línea, pero que ahora reaparece. Pertenecía a una novela que no pasó de proyecto: quizás ni a eso haya llegado. Se llamaría La isla, la reina y la tarasca, y el lugar de la acción era la isla de Mazaricos, una especie de peñón basáltico perdido en el mar del Occidente, del que emergía como un cetáceo aboyado. La imagen de la isla la tomé de una revista geográfica, donde venía fotografiada a todo color: como un pedazo de madera… Pero será mejor que la veamos». Lénutchka pegó un salto inesperado y quedó en pie sobre la alfombra. «¡Oh, sí, claro, por supuesto! ¡Hace ya mucho tiempo que no viajamos!». «No de pie: está lejos y podrías fatigarte. Yo, por mi parte, no me siento capaz de hacer un camino tan largo. Siéntate a mi lado». Yo estaba en el sofá donde ella se había tendido con la cabeza en mi regazo, como llevo dicho. Se acomodó a mi lado. Me sonrió. «Te dejo fumar otra vez». Le di las gracias con un beso. «Lo más cómodo será arribar a la isla por el aire. Si seguimos al sol llegaremos allá con el crepúsculo». «En la isla, ¿tendremos dónde dormir?». «Por supuesto. Y digo lo de seguir al sol porque él nos marcará la ruta. En esa dirección, precisamente, está la isla». Lénutchka estiró los brazos. «Me apetece colgarme de la luz, pero me da temor de que los rayos sean demasiado sutiles y me dejen caer». «Las palabras no pesan», le respondí, y, por quitarle el temor, me instalé en un haz luminoso que me alejó rápidamente. «¡Espérame!», gritó ella, riendo: cuando volví la vista, me seguía ya, saltando de un rayo en otro y pronto estuvo a mi lado: íbamos como niños en caballos de tiovivo, nos alejábamos y nos juntábamos, subíamos y bajábamos como en un tobogán, todo con risas. Pasaban, debajo, los valles ya en sombra y las cimas todavía iluminadas; en el haz de algún río rojeaba el sol y en la mar aún lejana: Villasanta quedaba envuelta en la niebla de la tarde, difuminada, como esas ciudades que se ven en el desierto. Al llegar a la costa le señalé a Lénutchka un puertecillo. «Eso es Muxía. Todas las semanas viene el barco de Mazaricos, que tripulan dos hombres, el patrón y el maquinista. Llevan juntos treinta años y no se han hablado jamás». «Uno será franquista y el otro republicano». «No. Uno es de los que siempre se ven de frente y, el otro, de los que se ven de perfil». Le expliqué entonces que en Mazaricos no había más que una ciudad, y que sus habitantes se dividían en esos dos bandos, que más parecían razas. Los que se ven de frente viven en la parte diestra del pueblo; los otros, en la siniestra. En medio de las dos partes, encima mismo del puerto, está el casino, al que sólo pueden entrar los hombres. «Eso parece, me dijo, un poblado de bororos». «En ellos me inspiré para inventarlo». Quedaba atrás la costa y el sol amenazaba con meterse en una franja de nubes negras que bordeaba el horizonte: combadas, como de tormenta, con los bordes dorados. Nos quedaríamos sin vehículo, si se tragaban al sol; pero éste, como es sabido, va más despacio al ponerse, de modo que nos dio tiempo a alcanzar la vista de Mazaricos, que apareció en la raya remota, alargada y achaparrada como el lomo de un pez gigante, aunque, más de cerca, vimos que más tiraba a redonda, que sus acantilados se recortaban en bahías y caletas, y que la superficie era llana y sin árboles, como barrida por el viento. Las luces que empezaban a encenderse nos orientaron acerca de la situación exacta de la ciudad: vista desde la altura semejaba un anfiteatro con casitas escalonadas alrededor de una dársena curvada: había en ella barcas y barquichuelos, y personas en el muelle, paseando. Cuando el sol se había casi ocultado, resbalamos de nuestros rayos y quedamos junto a la entrada del pueblo. «Es tarde para que veamos al Dragón Feo», dije a Lénutchka; «a estas horas, la gruta en que se esconde estará oscura, y aunque él preferiría que no le viésemos, porque su fealdad le hace tímido y recatado, y siempre cuesta trabajo sacarle de su escondrijo submarino, no quiero que te pierdas el espectáculo de la gruta al amanecer, que es bellísimo». Lénutchka se había sentado en una piedra pulida por el viento y la lluvia. «También lo es este paisaje, tan desnudo y tan duro». Venía por el camino, tocando en su flauta pánica una tonada enrevesada y arcaica, un viejo pastor de cabras, al que vimos siempre de perfil; pasó por nuestro lado y nos saludó en lengua vernácula, que Lénutchka no entendía. Le pregunté al hombre si hallaríamos, a aquellas horas, hospedaje; nos respondió que en el pueblo había un hotel, pero que no se recordaba que jamás hubiera llegado a él huésped alguno. «Los hombres nos han abandonado hace ya siglos, o quizás nos hayan olvidado. Cuando trae el barco algún pasajero es uno de nosotros, que regresa de la emigración o que viene simplemente a visitar a la familia, pero que tiene siempre casa propia. El hotel, sin embargo, se mantiene limpio y dispuesto para cuando la reina llegue». Y señaló a Lénutchka: «¿No lo será esta dama?». Traduje a Lénutchka lo que el cabrero había dicho. «Respóndele que no. ¡Qué disparate! Si fuese reina, si lo fuese sólo por unas horas, no me recibirían después en mi país». El cabrero meditó unos instantes. «Pues todo el mundo creerá que es ella, porque responde a la descripción que nuestros padres nos han hecho, y a ellos los abuelos, y así hacia atrás no se sabe cuántos siglos». «¿Recuerda el nombre?». «La reina, nada más que la reina». Le pregunté la dirección del hospedaje: me respondió que estaba junto al muelle, en la mitad siniestra, pero que su jardín pertenecía a la diestra. Le di las gracias y se marchó con su música y sus cabras, armando cierto alboroto de esquilones; y cuando se hubo alejado, razoné de la siguiente manera con Lénutchka: «Si ahora bajamos al pueblo y buscamos el hotel, resultará inevitable que nos metamos en la novela a la que esta isla pertenece. A mí no me importa hacerlo si es que a ti te apetece, ya que, para lo nuestro, lo mismo da una novela que otra. Pero será inevitable que te tomen por la reina y que hagas ese papel. De modo que decide». Lénutchka lo pensó un rato. «No es que no me tiente», me respondió, «porque esos hombres de frente y esos hombres de perfil deben de ser fascinantes, pero no olvides que soy una muchacha soviética educada en el marxismo-leninismo más ortodoxo, y que hacer el papel de reina me da cierta dentera; además, mi gusto literario es bastante clásico, y las bifurcaciones acaban por aburrirme. Este viaje que venimos haciendo pertenece a nuestra novela, y, si las cosas marchan acabaremos por llevarnos al Dragón Feo a Villasanta de la Estrella, ya lo verás, de suerte que, de un modo bastante tenue, nos mantenemos dentro del tema. Pasar a otro nos hace correr el riesgo de abandonar lo empezado, y son ya muchos esbozos los que te han quedado a medias. Por lo demás, confieso que no me disgustaría saludar a la dueña del hotel, donde, además, hallaremos lechos cómodos y un poco de comida». «Traje conmigo algo», y señalé el zurrón que en aquel momento acababa de inventar y de colgarme al hombro; «hay de esos pastelillos de caviar que te gustan». «¿Caviar del Guadalquivir?». «Del Volga, garantizado». Tendió las manos. «¡Dámelos en seguida, te lo ruego!». Le pasé la fiambrera donde venían, y vi cómo se los comía con infantil voracidad. Mientras lo hacía, inventé una guitarra que dejé a sus pies; porque Lénutchka, después de haber comido los pasteles de caviar, se sentía nostálgica y cantaba canciones de su tierra en que hablaba de ríos, de bosques y de estepas, y también de amor. Era el comienzo de la noche, y sólo veía su sombra, y ella la mía. Empezó a cantar. Mientras lo hacía, levanté a su alrededor una cabaña capaz de resistir el viento de la noche, con hogar encendido y lecho de pieles de foca y de oso blanco, y la piedra en que Lénutchka cantaba quedó precisamente junto a la puerta, de modo que las llamas del hogar le alumbraban, a ráfagas, la cara. Ya le había oído otras veces aquella balada de Boris Godunov, con letra y música antiguas: las venturas y desdichas del zar violento y las trapacerías del supuesto Dmitri: me gustaba la voz de violoncello con que Lénutchka cantaba, y, para oírla mejor, me senté cerca de ella, en la esquina del lecho. Al terminar, le había caído el cabello encima de la cara, y le resbaló la balalaika hasta caer al suelo con un sonido discordante. «Tengo frío», me dijo, y yo la cogí en brazos y la acosté bajo la piel del oso. «Me acuerdo de mis amigos, y de aquel bar en que nos reuníamos al salir de la universidad. Venía con nosotros, casi siempre, el profesor Levinka, que estaba enamorado de mí. Solía cantar también la balada de Boris: de él la aprendí. Y la pequeña Katia, y Vladimir, su novio, que se habrán casado ya, y yo no he asistido a la boda…». Me sentí responsable de haberla arrebatado a aquel mundo, que era el suyo, donde los hombres y las mujeres eran de carne y hueso, y no meras palabras. «Si quieres…», insinué; pero ella me echó el brazo por la cintura y me atrajo. «No, no, bien sabes que no. Pero, a veces, los recuerdo, y pienso si serán felices. Levinka, no, por supuesto, pero se consolará atacando con furia a los formalistas, que han muerto todos». Cerró los ojos; su brazo se aflojó poco a poco. Se lo tapé también y la dejé dormir. Fuera, corría por la llanura un viento alborotado y algunas gotas gruesas golpeaban el tejado de bálago. Me acomodé frente a las llamas, y pensé que le gustaría, al despertar, escuchar de mis labios la continuación de la novela. ¿A quién seguir? ¿A don Procopio, a Pablo, al bibliotecario, al arzobispo? Las llamas se empeñaban en formar las imágenes de dos muchachos jóvenes. ¡El Diablo me las trajo, olvidadas como estaban! Marujita y Conchita, «Las Marujitas», la hija de mi patrona en mis años de estudiante, y una amiga que también vivía allí. Les llamaban de mote «Las telefonistas», por su oficio. Marujita era muy guapa; Conchita, no tanto, y tiraba a gorda, pero, a la capa de su amiga, también la cortejaban Tenían fama de putas, las criaturitas, y por lo que supe de ellas, la merecían. Se me fundió el recuerdo con el de otra pareja, éstas hermanas, que andaban a la caza de estudiantes novatos, y eran de mírame y no me toques, pero acabaron preñadas, decían que de un catedrático, pero no llegó a saberse a ciencia cierta, porque fueron a parir a la montaña y no se les volvió a ver por la ciudad. Unas y otras coincidieron en formar una tercera pareja, la imaginaria, que se llamó en seguida de «Las Pepuchas», y eran las hijas del bonzo, Pepucha y Juanucha, con estos diminutivos que algunos pedantes corregían a la rusa, Péputchka y Juánutchka, o al menos se me ocurrió así. Las había tenido su madre, según lo convenido, después de quedar sola, y preguntado el bonzo cierta vez si no le avergonzaba que hubieran salido zorras, él respondió filosóficamente: «Cuando nacieron, su madre andaba con don Fulano, de modo que allá ellas». No sé si es una respuesta digna de la elevación moral del bonzo, pero hay que tener en cuenta que, por muy alta que fuera, también a veces descendía al santo suelo, y se apasionaba, por ejemplo, por las quinielas, a las que no jugaba, sin embargo. Me decidí, pues, a continuar la historia por aquel camino, o sea, desde el punto de vista de Las Pepuchas, o más bien de una de ellas, ya que para lo que se me iba ocurriendo la otra me estorbaba. Lénutchka dormía, y decía a veces oscuras palabras rusas, que llegaban a mí como un susurro de eñes. La contemplé largamente, antes de ponerme a trabajar, y lo hice después silencioso y a mano, contra mi costumbre, no fuera a despertarla el tecleo de la máquina. Y esto es lo que me salió aquella noche:

Gonzalo Torrente Ballester
Fragmentos de Apocalipsis


En «Fragmentos de Apocalipsis», Gonzalo Torrente Ballester nos ofrece una visión crítica, mordaz y esperpéntica de la vida y de los habitantes de Villasanta de la Estrella, ciudad que puede verse como un trasunto de la capital jacobea, a la que en 1948 había dedicado «Compostela y su ángel». Guiado por una concepción exigente y culta de la novela, el escritor, convertido en protagonista, lleva a cabo, siempre desde su conciencia creadora, una profunda reflexión sobre las posibles formas en que puede componer su obra. La alternancia de lo real y de lo mágico, el humor, la fina ironía y el erotismo desenfadado provocan un placer intelectual que no merma la diversión y el entretenimiento.

domingo, 17 de junio de 2018

que se encontraron cuando ambos estaban en el ocaso


La habitación de Merry carecía de ventana, tan solo encima de la puerta que daba al oscuro pasillo había un estrecho tragaluz. Aquello era un urinario de seis metros de longitud cuyas paredes de yeso que se desmoronaba él deseó destrozar con los puños en cuanto entró en la casa y percibió su olor. El pasillo conducía directamente a la calle a través de una puerta que no tenía ni cerradura ni picaporte ni vidrio en el doble marco. En ningún lugar de la habitación se veía un grifo o un radiador. El Sueco no podía imaginar cómo era el lavabo ni dónde estaba, y se preguntó si el pasillo haría las veces de lavabo, tanto para ella como para los vagabundos que se desviaban de la carretera o llegaban allí desde la calle Mulberry. Habría vívido mejor, muchísimo mejor, de haber sido una de las vacas de Dawn, en el cobertizo donde reunían al ganado cuando hacía muy mal tiempo, con la proximidad de sus cuerpos para calentarse y los ásperos pelajes que les crecían en invierno, y la madre de Merry, incluso cuando había cellisca, incluso en un gélido día de invierno, se levantaba antes de las seis para llevarles las balas de heno que constituían su alimento. El ganado, se decía el Sueco, no era en absoluto desdichado en aquel refugio de invierno, y pensaba en aquellos dos animales a los que llamaban «derelictos», el Conde, el gigante solitario de Dawn, y la vieja yegua Sally, cada uno de ellos con una edad que en años humanos sería de setenta o setenta y cinco, que se encontraron cuando ambos estaban en el ocaso y se hicieron inseparables, uno andaba y el otro le seguía, y hacían juntos todas las cosas que los mantendrían en buena forma y felices. Era fascinante observar sus hábitos y la vida maravillosa que llevaban. Al recordar que cuando hacía sol se tendían en el prado para calentarse el pellejo, el Sueco pensó que ojalá su hija se hubiera convertido en un animal.
No tan solo que Merry viviera en aquel cuchitril como una paria, no tan solo que fuese una fugitiva acusada de asesinato y buscada por la policía, sino también que él y Dawn fuesen la causa de todo ello rebasaba la comprensión del Sueco. ¿Cómo era posible que sus inocentes flaquezas hubieran dado como resultado aquel ser humano? Si nada de aquello hubiera sucedido, si se hubiera quedado en casa, terminado los estudios en la escuela media e ido a la universidad habría habido problemas, por supuesto, grandes problemas. La muchacha fue precoz en su rebelión y habría habido problemas incluso sin una guerra en Vietnam. Podría haberse revolcado durante largo tiempo en los placeres de la resistencia y el desafío de descubrir lo desenfrenada que podía ser. Pero habría estado en casa. En casa pierdes un poco el control y no pasa nada. No experimentas el placer del placer sin adulterar, no llegas al extremo en que pierdes un poco el control con tanta frecuencia que finalmente, como es tan estimulante, decides descontrolarte a base de bien. En casa no tienes ocasión de sumirte en semejante miseria. En casa no puedes vivir con un desorden y una falta de contención absolutos. En casa existe esa enorme discrepancia entre la manera en que ella imagina que es el mundo y la manera en que el mundo es para ella. Pues bien, ya no existe esa disonancia para trastornar su equilibrio. Aquí están sus fantasías rimrockianas, y la culminación es espantosa.
El tiempo había configurado trágicamente el desastre de los Levov…, no habían pasado suficiente tiempo con ella. Cuando estaba bajo su tutela, cuando vivían juntos, podrían haberse relacionado más. De haber tenido un contacto continuo con su hija, los aspectos equivocados, los errores de juicio que cometían ambas partes, de alguna manera, por medio de ese contacto regular y paciente, se corrigen cada vez mejor, hasta que por fin, poco a poco, día tras día, se llega a una solución, se experimentan las satisfacciones ordinarias de la paciencia paterna recompensada, de las cosas que se alcanzan con dificultad…, pero aquello… ¿qué solución tenía aquello? ¿Podría llevar allí a Dawn para que viera a su hija, Dawn con su nueva cara tensa y brillante y Merry sentada con las piernas cruzadas en el jergón, vestida con una sudadera andrajosa y unos pantalones deformes, calzada con chanclos de plástico negro, pacientemente sosegada tras el velo nauseabundo? Qué anchos tenía los hombros, como los suyos. Pero de aquellos hombros no colgaba nada. La persona que estaba sentada ante él no era una hija, una mujer o una muchacha. Lo que veía, enfundado en unas ropas de espantapájaros, flaco como un espantapájaros, era el símbolo de vida rural más sucinto, una imitación burlona de un ser humano, un parecido tan escaso con un Levov que solo podría haber engañado a un pájaro. ¿Podía llevar allí a Dawn? Viajar con ella por la carretera McCarter, desviarse y entrar en aquella calle, los almacenes, los cascotes, la basura, los desechos…, para que Dawn viera y oliera la habitación, tocara sus paredes, y no digamos el cuerpo sin lavar, el cabello brutalmente cortado y sucio…
Se arrodilló para leer las fichas colocadas de la misma manera que las veneradas fotos de revista de Audrey Hepburn fijadas sobre su cama de Old Rimrock.
Renuncio a matar a toda clase de seres vivos, tanto si son sutiles como voluminosos, tanto si se mueven como si carecen de movimiento.
Renuncio a todas las corrupciones de la falsedad verbal surgidas de la cólera, la codicia, el temor o el júbilo. Renuncio a tomar cuanto no me sea dado, tanto si es en un pueblo como en una ciudad o un bosque, tanto si es poco o mucho, pequeño o grande, tanto si se trata de seres vivos como de objetos inertes.
Renuncio a todos los placeres sexuales, ya sea con dioses, hombres o animales.
Renuncio a todas las ataduras, pocas o muchas, pequeñas o grandes, con seres vivos u objetos inertes. No formaré tales ataduras ni seré la causa de que otros las formen ni consentiré que lo hagan.

Philip Roth
Pastoral americana
Trilogía americana
Seymour Levov, modelo a seguir por todos los muchachos judíos de New Jersey, gran atleta y mejor hijo, sólido heredero de la fábrica de guantes que su padre levantó desde la nada, ha rebasado la mitad del siglo XX sin conflictos que puedan estropear su dorada Arcadia, una vida placentera que comparte con su mujer Dawn, ex Miss New Jersey, y con su hija Meredith. Y es en este preciso momento, con su vida convertida en un eterno día de Acción de Gracias en el que todo el mundo come lo mismo, se comporta de la misma manera y carece de religión, cuando el Sueco Levov verá derrumbarse estrepitosamente todo lo que le rodea. Pastoral americana es un relato lúcido que pone en tela de juicio los valores de la sociedad norteamericana y su capacidad de permanencia durante el conflicto final de los felices sesenta, con la intervención estadounidense en la guerra de Vietnam como telón de fondo. En la actual literatura norteamericana está Philip Roth y, después, todos los demás. Chicago Tribune.

martes, 12 de junio de 2018

Salvo el crepúsculo

Salvo el crepúsculo

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.

BASHÔ

Julio Cortázar
Salvo el crepúsculo

«Salvo el crepúsculo», último libro publicado en vida por Cortázar, es una memorable antología personal de poemas del gran escritor argentino. Claro que, tratándose de Cortázar, no puede esperarse una tranquila sucesión de versos escritos en distintas épocas y situaciones. Multifacético, el contenido de este libro se despliega como un collage inagotable. Su autor homenajea a los poetas y a la poesía, avanza y retrocede en el tiempo, deja hablar a esos deliciosos charlatanes de Calac y Polanco, se entrega al tango y al jazz, a la pintura y al amor, a París y a Buenos Aires, a la ingenuidad y a la melancolía. Una colección de gustos, de recuerdos y opiniones exquisitas. El diario implícito e inestimable de un artista extraordinario.

lunes, 11 de junio de 2018

Aun así, por lo leído, puedo deciros de este segundo tan buenas o mejores cosas de las que se han dicho del primero.

El conde, que no quería sino agradar a unos huéspedes tan importantes, aprovechó las circunstancias para rogarles que se quedaran en su casa el tiempo preciso, en tanto se reponía el paquidermo, y aunque en un principio pensaron partirse ellos y dejar con el elefante al naire y a los lacayos y ayudantes que precisaran, era tal el amor que sentía la duquesa por el animal, que no quería separarse de él, tratándolo con mayor mimo que si fuese la más cumplida y solícita de sus doncellas.
—Podéis quedaros por ahora con el libro, porque estaremos algunos días más aquí —otorgó la duquesa luego, cuando se tropezó con Sansón, y quiso saber si ya lo había leído entero y qué le parecía.
—Entero no sé cómo podría leerlo yo ni nadie en una sola noche —apuntó el siempre zumbón bachiller—, como no fuera en sueños, pero creo que si me dais dos días más, podré devolverlo comido y digerido. Aun así, por lo leído, puedo deciros de este segundo tan buenas o mejores cosas de las que se han dicho del primero.
Volvió Sansón a su torre, con el ruego de que nadie viniera a molestarle, como no fuese el conde, su señor.
Pero no precisó éste de ninguno de los servicios de su secretario en esos días, y pudo llegar al final del libro, que remató con lágrimas en los ojos, tanto porque con el acabóse se le terminaba el gozo de leerlo, como porque en ese crepúsculo desgarrador se narraba la muerte del caballero.
Necesitado de encontrar a un compañero con quien comunicar todo lo que había leído, se fue Sansón Carrasco a casa de Sancho Panza, y se lo llevó por ahí, a las afueras del pueblo, a pasear y a dejar que el aire puro y libre le ventilase la cabeza después de haberla tenido durante tres noches enfrascada en la crónica de don Quijote.
—Ningún libro se ha escrito como éste ni más humano, Sancho, y a Cide Hamete y a Cervantes debemos todos nosotros el quedar para la posteridad mucho mejor pintados de lo que somos, lo cual dice bien de su generoso pulso para idealizar las líneas de nuestro retrato. No hay en todo el libro ni una palabra que no haya salido del tintero de la piedad o que no la haya dictado la misericordia, y las cosas y nosotros mismos estamos esquiciados tan a lo vivo que es como si anduviéramos libres por entre sus páginas, y entráramos y saliéramos de ellas como de nuestras casas. Y si es cierto que las locuras de nuestro amigo mueven a risa todavía hoy, a mi han dejado ya de hacerme gracia, porque veo lo mucho que incomprendimos a don Quijote los que más decíamos comprenderle, porque sus locuras, siéndolo en la forma, nunca lo fueron en el fondo. Y sí, ahora me doy cuenta de qué equivocado andaba yo queriendo traerlo a casa, con la excusa de apartarlo de las burlas y los agravios que se le hacían en el ejercicio que él llevaba de deshacerlos en otros. ¡Qué necio fui, queriéndolo reducir a mi cordura! ¡El loco fui yo y todos cuantos creen que los libros son cosa diferente de la vida, que se leen y se olvidan! Para él cada libro fue un sol o una luna, que le daban o le quitaban luz, y yo le dejé a oscuras para siempre. ¡Yo sí que fui tonto, por pensar que las burlas menoscaban el honor de nadie, cuando suele ser lo contrario, que quien se burla de alguien suele quedar en esa burla a la postre peor que el burlado! Mi propósito, al querer vencer a don Quijote, fue, como quien dice, humano. El de don Quijote, al querer vencer a los gigantes, sobrehumano y propio de un héroe. Yo me fingí caballero andante, y en eso anduve como impostor. Don Quijote no necesitó fingir con nadie, porque lo que era, lo fue siempre a conciencia, sin engaño.
Y por mucho que lo escarnecieran, apalearan y burlaran, y en el libro se ve, jamás le alcanzaron el corazón, que obraba tan rectamente humillando al soberbio y ensalzando al humilde, que es la única enseña que ha de seguir un hombre de bien, y no al revés, como suele hacerse: decir viva quien vence.

Andrés Trapiello
Al morir don Quijote


Hace cuatrocientos años empezó una historia que no ha terminado aún. Es la que se cuenta en este libro. Las vidas, como la literatura, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa e intrincada novela que llamamos vida, donde la realidad y la ficción ni dicen lo que parece ni se resignan a quedarse en sus estrechos márgenes.
La corta existencia caballeresca de don Quijote no terminó un caluroso día de octubre de 1614, como algunos pueden creer. Al contrario. Fue entonces cuando empezó a dar frutos. Primero, en quienes la compartieron, su sobrina, el ama, sus amigos, incluso sus enemigos, y después, hasta llegar a hoy, en quienes como nosotros lo hemos aprendido casi todo en ella. Nadie que haya sentido la llamada de la libertad y la lucha contra la injusticia puede no declararse hijo del famoso hidalgo de la Mancha. Y si don Quijote acometió por loco los molinos de viento, con sus propios molinos de viento hemos de vernos nosotros, sin dejar de estar cuerdos.
Andrés Trapiello nos ofrece la historia de todos aquellos personajes que, en la obra cervantina, se quedaron desarbolados, aunque como nosotros mismos, no renunciaran nunca a ser, pese a su carácter secundario, protagonistas de su propia vida, esto es, de su propia novela.
«Al morir don Quijote» es una novela amena y fascinante que toma como punto de partida el mayor clásico español de todos los tiempos y que está llamada a ser un hito de la literatura contemporánea.

domingo, 10 de junio de 2018

no había tenido en todos los días de su vida un amo como don Quijote ni creía lo podría volver a tener

LLEGÓ LA TARDE, y con ella, de vuelta, Sancho, al que acompañaba Pedro Angulo.
Entre los dos, uno cavando y otro apartando la tierra, uno en un cabo y otro en otro, dejaron lista la sepultura de don Quijote en el pequeño cementerio que se acostaba en uno de los muros de la vieja e imponente iglesia.
Mientras trabajaban le hablaba Sancho a Pedro Angulo y le iba relatando historias y episodios ya famosos de su vida con don Quijote, y lo que a éste debía y lo que de él aprendió, que, según le confesó a su compadre, y no podía mentir allí, al pie mismo de la sepultura que le estaba abriendo, no había tenido en todos los días de su vida un amo como don Quijote ni creía lo podría volver a tener, y que eso en un pobre es cosa muy triste, porque era como saber que se ha llegado al cénit y ya todo va a ser rodar hacia al oscuro crepúsculo viviendo de memorias tristes y de pasadas glorias.
Pedro Angulo se admiraba de oír hablar con tanta discreción a su vecino, pues lo tenía por hombre ameno pero de poco discurso y paniaguado. No se daba cuenta de una cosa, y es que de haber estado sirviendo a don Quijote, a Sancho se le había pegado mucho del buen sentido de su amo, cuando éste lo tenía, e incluso un poco también de sus manías, fantaseos y quimeras, y a don Quijote se le había pegado también un poco de los refranes y la visión de su escudero, y puede decirse incluso que al término de su vida don Quijote soltaba ya casi tantos refranes como Sancho, y lo llamaba «hermano», y más, «compañero del alma», y «ven acá, amigo mío, verdadero y leal como ninguno».
Por eso Sancho hablaba a veces que parecía un teólogo. Y esa manera de hablar de Sancho que admiraba al enterrador, también le fastidiaba. Y verle tan mejorado, porque era de naturaleza algo envidiosa. Llegó a pensar que Sancho quería presumir delante de él, cuando tantas veces habían destripado terrones juntos. También se había corrido por el pueblo que Sancho había traído tanto y tanto dinero esta vez, quilmas repletas de monedas, joyas, perlas y cadenas de oro que no partiría Hércules con su maza, así como escrituras de tierras en Aragón de la ínsula gobernada, y que dejaba en Barcelona media galera con un socio argelino renegado y reconciliado, que dedicaría al corso.
—Pero ¿fue para ti, Sancho, este don Quijote —le preguntó el enterrador con la sonrisa un poco biliosa— bueno porque te aconsejaba y enseñaba, o bueno porque te permitía que asentaras tú mismo la cuantía de tus jornales, como me acabas de decir, y porque, según todo el pueblo, te ha dejado en testamento la hijuela?
—Si me pagó bien, mal o regular, poco o mucho, no entro ni salgo a declararlo, que fueron asuntos nuestros, ni creo que haya que darle tres cuartos al pregonero, pero mejor me aconsejó, cuando tuve necesidad de ello, y ahora te diría que si viviera, sólo por servirle me quedaría a su lado, aunque no pudiera pagarme.

Andrés Trapiello
Al morir don Quijote


Hace cuatrocientos años empezó una historia que no ha terminado aún. Es la que se cuenta en este libro. Las vidas, como la literatura, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa e intrincada novela que llamamos vida, donde la realidad y la ficción ni dicen lo que parece ni se resignan a quedarse en sus estrechos márgenes.
La corta existencia caballeresca de don Quijote no terminó un caluroso día de octubre de 1614, como algunos pueden creer. Al contrario. Fue entonces cuando empezó a dar frutos. Primero, en quienes la compartieron, su sobrina, el ama, sus amigos, incluso sus enemigos, y después, hasta llegar a hoy, en quienes como nosotros lo hemos aprendido casi todo en ella. Nadie que haya sentido la llamada de la libertad y la lucha contra la injusticia puede no declararse hijo del famoso hidalgo de la Mancha. Y si don Quijote acometió por loco los molinos de viento, con sus propios molinos de viento hemos de vernos nosotros, sin dejar de estar cuerdos.
Andrés Trapiello nos ofrece la historia de todos aquellos personajes que, en la obra cervantina, se quedaron desarbolados, aunque como nosotros mismos, no renunciaran nunca a ser, pese a su carácter secundario, protagonistas de su propia vida, esto es, de su propia novela.
«Al morir don Quijote» es una novela amena y fascinante que toma como punto de partida el mayor clásico español de todos los tiempos y que está llamada a ser un hito de la literatura contemporánea.


sábado, 9 de junio de 2018

Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora».

¡Qué cambiado estaba Broadway! Había caído una auténtica nevada que había formado montañas azuladas como en pleno campo, brillantes cual si albergasen piedras preciosas. De las cornisas y los aleros de los tejados colgaban carámbanos. Las máquinas apartaban la nieve y la apilaban en montones que luego eran cargados en camiones mediante grandes palas. El sol, de corona blanquecina y centro deslumbrante, ya se encontraba en su cénit; desde los blancos tejados se elevaba hacia él el humo de los edificios, como si fueran altares desde los cuales se le ofrecieran sacrificios. El aire pulsaba y se estremecía. Los automóviles ya no rugían al circular, sino que resonaban como trompetas con sordina. A lo lejos, el río Hudson fluía bajo una capa de hielo resplandeciente, pulido como un espejo, salpicado de oro y fuego.
Sobre la elevada ribera de Nueva Jersey, la luminosidad crepuscular bañaba el cielo de «¡Eh, inútil! ¿Estás ciego o qué?».
Aún brillaba el sol, pero no tardó en caer un atardecer invernal. En las entradas de los hoteles se encendieron los focos que iluminaban las palmeras y las flores como si formaran parte de un decorado teatral. Aquí y allá se veía una palmera inclinada, víctima del más reciente huracán, apuntalada con tablones. De la playa volvían los últimos bañistas —mujeres vestidas con albornoces y sandalias—, al tiempo que de los hoteles salían los primeros trasnochadores. Mujeres con capas de visón y chales de pieles. Todo se entremezclaba: día y noche, verano e invierno, sofisticación y desnudez. En su ocaso, el sol encendía las nubes, proyectando un brillo rosado sobre el mar y llenando las ventanas de oro fino y púrpura. A lo lejos, en el horizonte, navegaba un barco blanco. En el cielo crepuscular apareció un avión, rugiendo y reflejando destellos de luz. El olor de los naranjos se fundía con el de la gasolina. El anochecer traía un aire paradisíaco y lleno de fantasías, una calma tropical, una sensación festiva en el curso de lo cotidiano. Grein se sintió dominado por una nostalgia primaveral. «¡Ojalá tuviéramos un momento de reposo! ¡Ojalá los poderes que acongojan al hombre y lo atenazan cedieran por un instante y supiera disfrutar de las ofrendas de Dios, hacer nuestro examen de conciencia, elevar nuestros decaídos espíritus! Porque todos los pecados proceden de la falta de fe en los poderes superiores, del temor al mañana, del deseo de arañar algo de este mundo antes de que sea demasiado tarde».
El automóvil se detuvo cerca del hotel donde Grein y Anna se habían hospedado y él descendió.
—Recogeré las cosas en cinco minutos.
—No se apure, joven —contestó la señora Gombiner. Al parecer, el aire puro del ocaso la había dejado en un estado de ánimo más afable.
No habían transcurrido tres minutos cuando Grein regresó.
—Anna, el señor Abrams se niega a entregarme tus joyas de la caja fuerte. Tendrás que entrar tú misma.
—¿Le has enseñado el resguardo?
—Se lo he enseñado todo.
—¿Quién está en el vestíbulo? ¿Todas esas cotillas?
—La verdad es que no me he fijado.
—¿Por qué le da tanto miedo entrar, señora Grein? —intervino la señora Gombiner. Si este hotel es demasiado ruidoso y no le dejan dormir, está usted en su derecho de irse cuando le venga en gana siempre que pague el tiempo que haya alquilado la habitación. Venga, yo entraré con usted, señora Grein, y le soltaré cuatro cosas bien dichas.
—Se lo ruego, señora Gombiner, quédese sentada en el coche. ¡No quiero escándalos!
—Bueno, si tiene miedo, qué se le va a hacer. En Estados Unidos no hay por qué temerle a nadie. Éste es un país libre. Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora». Si se porta como un descarado, no hay más que denunciarle para que el juez lo mande a la cárcel. Seguís teniendo mentalidad de inmigrante.
—¡Florence, no te metas donde no te llaman!
—¡Tú cierra el pico!

Isaac Bashevis Singer
Sombras sobre el Hudson


En Nueva York, un grupo de judíos polacos huidos del nazismo se reúne periódicamente en casa del próspero Boris Makaver. Algunos apenas han superado la experiencia de la guerra; otros, más jóvenes, perciben un futuro esperanzador en un país en el que echar raíces. Los defensores del comunismo discuten con los partidarios del capitalismo, mientras que las opiniones divergen con respecto a si conservar las antiguas tradiciones o adoptar nuevos modelos de conducta.
El Nobel de Literatura I. B. Singer muestra una galería de personajes -místicos, pragmáticos, filósofos, comerciantes, individuos histriónicos y aprovechados, seres más generosos y comprensivos- y entrelaza sus vidas en esta obra rica en matices y observaciones sobre la condición humana.


viernes, 8 de junio de 2018

—Hoy comienza nuestra luna de miel.

¡Qué cambiado estaba Broadway! Había caído una auténtica nevada que había formado montañas azuladas como en pleno campo, brillantes cual si albergasen piedras preciosas. De las cornisas y los aleros de los tejados colgaban carámbanos. Las máquinas apartaban la nieve y la apilaban en montones que luego eran cargados en camiones mediante grandes palas. El sol, de corona blanquecina y centro deslumbrante, ya se encontraba en su cénit; desde los blancos tejados se elevaba hacia él el humo de los edificios, como si fueran altares desde los cuales se le ofrecieran sacrificios. El aire pulsaba y se estremecía. Los automóviles ya no rugían al circular, sino que resonaban como trompetas con sordina. A lo lejos, el río Hudson fluía bajo una capa de hielo resplandeciente, pulido como un espejo, salpicado de oro y fuego.
Sobre la elevada ribera de Nueva Jersey, la luminosidad crepuscular bañaba el cielo de azul. Una fábrica de muros acristalados reflejaba la luz hacia la otra orilla: cristalina, traslúcida, pura, brillando en la neblina cual fugaz espejismo en un desierto imaginario…
Un empleado del hotel les facilitó una cuña de madera sobre la que apoyar la rueda. El coche arrancó bruscamente y empezó a avanzar. Grein ya no distinguía entre su pie izquierdo y el derecho, ni entre el acelerador y el freno. Anna se arrimó a él como había hecho la noche anterior y las rodillas de los dos se tocaron. «¡Cuidado, no vaya a matarla yo de tanta dicha!», se advirtió a sí mismo. Había pensado en dirigirse al norte, hacia la Universidad de Columbia; en cambio rodaba en dirección al centro. Al pasar por delante del edificio de Boris Makaver, el semáforo cambió a rojo y Grein lanzó una mirada al patio, con la sensación del criminal que regresa al lugar del crimen. El jardincillo estaba cubierto de blancura y la nieve formaba gruesas almohadas. Los postes de las vallas estaban tocados con gorritos blancos y de los árboles colgaban trozos de nieve en lugar de frutos. En cualquier momento podía aparecer Boris o Reytze. Un descaro infantil se apoderó de Grein: Dios había abandonado el mundo y éste se hallaba dominado por la idolatría…
El coche atravesó Lincoln Square y continuó su marcha por Broadway. Mas aquello ya no era Broadway, sino una avenida de las antiguas ciudades paganas: Roma, Atenas, o incluso Cartago… Los ídolos poseían sus templos y sus sacerdotes. Las imágenes observaban desde los carteles ocultos a medias por la nieve: seres sanguinarios, asesinos, mujerzuelas desnudas. Delante de un teatro, una multitud de jovencitas se apelotonaba a empujones y codazos para esperar a su ídolo. En una vitrina, un hombre, todo él vestido de blanco y con una chistera igualmente blanca, asaba trozos de carne sobre rojas ascuas de carbón. En otro escaparate, enormes langostas se retorcían sobre bloques de hielo. A través de una puerta abierta estallaba una verdadera cacofonía de gritos lujuriosos y lamentos torturados. Por un muro trepaban figuras menudas ocupadas en pintar la imagen de una hembra colosal, cuyas piernas se alzaban hasta la cuarta planta del edificio. Junto a las puertas, un sacerdote hacía señales a los transeúntes invitándoles a entrar. El aire apestaba a humo y fritanga, a carnaval y fuego.
Grein no encontró estacionamiento. Quiso adelantarse para ocupar un hueco, pero un joven de cara rubicunda, con el blondo pelo tan erizado que recordaba un puerco espín, hizo sonar el claxon con fuerza y empezó a soltar improperios. Grein enfiló hacia un estacionamiento vigilado. Anna se agarraba a su brazo.
—Hoy comienza nuestra luna de miel.

Isaac Bashevis Singer
Sombras sobre el Hudson


En Nueva York, un grupo de judíos polacos huidos del nazismo se reúne periódicamente en casa del próspero Boris Makaver. Algunos apenas han superado la experiencia de la guerra; otros, más jóvenes, perciben un futuro esperanzador en un país en el que echar raíces. Los defensores del comunismo discuten con los partidarios del capitalismo, mientras que las opiniones divergen con respecto a si conservar las antiguas tradiciones o adoptar nuevos modelos de conducta.
El Nobel de Literatura I. B. Singer muestra una galería de personajes -místicos, pragmáticos, filósofos, comerciantes, individuos histriónicos y aprovechados, seres más generosos y comprensivos- y entrelaza sus vidas en esta obra rica en matices y observaciones sobre la condición humana.


jueves, 7 de junio de 2018

donde un azul pálido aparecía entre los velos sutiles de las nubes de un gris azul

Era terriblemente difícil la liberación de los lazos que le retenían y que intentaban mantenerle en el suelo, pero el empuje que había tomado era más fuerte. Hans Castorp se apoyó en un codo, tendió enérgicamente las rodillas, tiró, se apoyó y se puso en pie. Pisoteó las nieves con sus plantas, se golpeó los brazos y sacudió los hombros, lanzando animadas miradas curiosas por todas partes y hacia el cielo, en donde un azul pálido aparecía entre los velos sutiles de las nubes de un gris azul que resbalaba suavemente y que descubrían los delgados cuernos de la luna.
Ligero crepúsculo. ¡Nada de tempestad de nieve! La pared rocosa del otro lado con su espalda erizada de pinos, era visible plenamente y reposaba en paz. La sombra subía hasta media altura y la otra mitad se hallaba delicadamente iluminada de rosa. ¿Qué pasaba, cómo se comportaba, pues, el mundo? ¿Era por la mañana? ¿Había pasado Hans Castorp la noche en la nieve, sin morir de frío, como ocurría siempre, según podía leerse en los libros? Ninguno de sus miembros estaba muerto, ninguno se rompía con un ruido seco, mientras él se debatía, se movía y se esforzaba en reflexionar sobre su situación. Sus orejas, las puntas de sus dedos, los dedos de sus pies estaban entumecidos sin duda, pero nada más, cosa que ya le había ocurrido con frecuencia cuando permanecía tendido en el balcón.
Consiguió sacar el reloj. Andaba. No se había detenido como acostumbraba hacer cuando se olvidaba de darle cuerda. No marcaba todavía las cinco, ni mucho menos. Faltaban aún doce o trece minutos. ¡Sorprendente! ¿Era, pues, posible que no hubiese permanecido aquí, tendido en la nieve, más que diez minutos o un poco más, y que hubiese inventado tantas imágenes alegres y espantosas y tantos pensamientos temerarios, mientras el tumulto hexagonal se disipaba con la misma rapidez con que había llegado? Además, había tenido una gran suerte para hacer posible su regreso, pues por dos veces sus sueños y sus fábulas habían adquirido tal aspecto que le habían sobresaltado, reanimado el cuerpo, primero de espanto, luego de alegría. Parecía que la vida había tenido buenas intenciones para con su hijo mimado y extraviado…
Sea lo que sea, y aunque fuese por la mañana o por la tarde —sin duda alguna era el principio del crepúsculo vespertino— no había nada en las circunstancias ni en el estado personal que pudiese impedir a Hans Castorp regresar al Sanatorio, y esto es lo que hizo.
Con un empuje magnífico, con una especie de vuelo de pájaro, descendió hacia el valle, donde ya brillaban las luces cuando llegó, a pesar de que los restos de una claridad conservada por la nieve hubiese bastado plenamente. Descendió por el Brehmenbühl, a lo largo del Mattenwald, y llegó a las cinco y media a Dorf, dejando los esquíes en la tienda y descansando en la celda del desván de Settembrini, al que dio cuenta de la tempestad de nieve por la que se había dejado sorprender.

Thomas Mann
La montaña mágica


«La montaña mágica» (Der Zauberberg, en el original alemán) es una novela de Thomas Mann que se publicó en 1924. Es considerada la novela más importante de su autor y un clásico de la literatura en lengua alemana del siglo XX que ha sido traducido a numerosos idiomas.
Thomas Mann comenzó a escribir la novela en 1912, a raíz de una visita a su esposa en el Sanatorio Wald de Davos en el que se encontraba internada. La concibió inicialmente como una novela corta, pero el proyecto fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en una obra mucho más extensa.
La obra narra la estancia de su protagonista principal, el joven Hans Castorp, en un sanatorio de los Alpes suizos al que inicialmente había llegado únicamente como visitante.
La obra ha sido calificada de novela filosófica, porque, aunque se ajusta al molde genérico de la novela de aprendizaje, introduce reflexiones sobre los temas más variados, tanto a cargo del narrador como de los personajes (especialmente Naphta y Settembrini, los encargados de la educación del protagonista). Entre estos temas ocupa un lugar preponderante el del «tiempo», hasta el punto de que el propio autor la calificó de «novela del tiempo», pero también se dedican muchas páginas a discutir sobre la enfermedad, la muerte, la estética, la política, etc.



miércoles, 6 de junio de 2018

Satán hace proposiciones improcedentes

Satán hace proposiciones improcedentes
Luego perdió la conciencia.
Según su reloj eran las tres y media cuando le despertó una conversación que tenía lugar detrás de la mampara de cristal. El doctor Krokovski, que a aquella hora hacía su ronda sin la compañía del médico jefe, hablaba en ruso con el matrimonio mal educado. Se informaba, al parecer, del estado del marido y hacía que le enseñasen el gráfico de la temperatura. Luego continuó su visita sin pasar por el balcón, pues evitó el compartimiento de Hans Castorp rodeando el corredor y entró en el cuarto de Joachim por la puerta de la habitación.
Hans Castorp se sintió un poco molesto por la actitud del doctor Krokovski, a pesar de que no deseaba en modo alguno tener una entrevista con él. Sin duda estaba bien de salud y no se le tenía en cuenta, pues había llegado a la conclusión de que entre aquella gente quien tenía el honor de estar sano no ofrecía el menor interés, lo cual irritaba al joven Castorp.
El doctor Krokovski estuvo dos o tres minutos con Joachim y continuó su visita a lo largo del balcón. Hans Castorp oyó que su primo le decía que ya podía levantarse y prepararse para la merienda.
—Está bien —respondió.
Se levantó, pero sentía un ligero mareo por haber permanecido tanto tiempo echado y el sueño había caldeado de nuevo su rostro, a pesar de que temblaba de frío, tal vez por no haberse abrigado suficientemente.
Se lavó la cara y las manos, se peinó, ordenó sus ropas y se encontró con Joachim en el corredor.
—¿Has oído a ese señor Albin? —preguntó mientras bajaban juntos por la escalera.
—Naturalmente —dijo Joachim—. Es preciso someter a ese individuo sin disciplina. Turba nuestro reposo vespertino con sus charlas y excita a las señoras hasta el punto de retrasar su curación durante semanas. Es una grave insubordinación. ¿Pero quién va a denunciarlo? Por otra parte, sus estupideces son muy bien recibidas, pues sirven de distracción.
—¿Crees posible —preguntó Hans Castorp— que hable en serio y que se meta una bala en la cabeza?
—Dios mío, eso no es imposible —contestó Joachim—. Aquí ocurren estas cosas. Dos meses antes de mi llegada un estudiante que estaba aquí desde hacía mucho tiempo se ahorcó en el bosque, allá abajo, al otro lado, después de un reconocimiento general. Cuando llegué todavía se hablaba del asunto.
Hans Castorp bostezó con nerviosismo.
—Creo que no me encuentro muy bien entre vosotros. Es posible que no pueda quedarme, que me vea obligado a marcharme. ¿Te molestaría?
—¿Marcharte? ¿Qué te pasa? —exclamó Joachim—. No digas tonterías. ¡Si acabas de llegar! ¿Cómo puedes juzgar por una primera impresión?
—¡Dios mío! Ni siquiera ha pasado el primer día. Tengo la impresión de que estoy aquí desde hace tiempo, desde hace mucho tiempo…

Thomas Mann
La montaña mágica


«La montaña mágica» (Der Zauberberg, en el original alemán) es una novela de Thomas Mann que se publicó en 1924. Es considerada la novela más importante de su autor y un clásico de la literatura en lengua alemana del siglo XX que ha sido traducido a numerosos idiomas.
Thomas Mann comenzó a escribir la novela en 1912, a raíz de una visita a su esposa en el Sanatorio Wald de Davos en el que se encontraba internada. La concibió inicialmente como una novela corta, pero el proyecto fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en una obra mucho más extensa.
La obra narra la estancia de su protagonista principal, el joven Hans Castorp, en un sanatorio de los Alpes suizos al que inicialmente había llegado únicamente como visitante.
La obra ha sido calificada de novela filosófica, porque, aunque se ajusta al molde genérico de la novela de aprendizaje, introduce reflexiones sobre los temas más variados, tanto a cargo del narrador como de los personajes (especialmente Naphta y Settembrini, los encargados de la educación del protagonista). Entre estos temas ocupa un lugar preponderante el del «tiempo», hasta el punto de que el propio autor la calificó de «novela del tiempo», pero también se dedican muchas páginas a discutir sobre la enfermedad, la muerte, la estética, la política, etc.


martes, 5 de junio de 2018

A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda


La joven llevaba más de un año en Inglaterra pero todavía no se había acostumbrado a algunas satisfacciones y, por ese motivo, seguía disfrutándolas; una de ellas era lo cómodo, lo accesible del campo. Tanto dentro como fuera de las verjas, todo parecía un parque: todo tenía un intenso aire de «finca». El mismo nombre de Plash, raro y antiguo, seguía sorprendiéndola y tampoco era indiferente al hecho de que el lugar fuera una «casa de viuda»: el pequeño retiro de paredes de ladrillo cubiertas de hiedra en que se había refugiado la anciana señora Berrington cuando, al morir el padre, su hijo se hizo cargo de la finca. A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda en el ocaso de sus días, cuando más honores y abundancia merecía; pero la condena de aquel error se olvidaba cuando tantas consecuencias suyas parecían buenas (si se pasaba por alto la humedad), como acababa sucediendo, tarde o temprano, con la mayoría de sus juicios desfavorables sobre las instituciones inglesas. En aquel país, las iniquidades de un modo u otro resultaban pintorescas; y aparecían «casas de viuda» en las novelas, sobre todo las que describían a las clases altas, que había devorado al final de su infancia. Por lo general, la iniquidad no impedía que esos retiros estuvieran ocupados por damas con recuerdos maravillosos y voces raras, a las que los reveses de la fortuna no habían privado de una cantidad considerable de favorecedores encajes hereditarios. De repente, Laura se detuvo en el parque, a medio camino, presa de un dolor —una punzada moral— que casi la dejó sin aliento; contempló los claros neblinosos y las preciosas y viejas hayas (ahora le eran tan familiares y queridas como si fuera su dueña); en su apagada desnudez de diciembre, éstas parecían conocer todas las inquietudes y hacían que Laura adquiriera conciencia de todos los cambios. Un año antes no sabía nada y ahora lo sabía casi todo; y lo peor de su conocimiento (o, por lo menos, lo peor de los temores que éste había engendrado en ella) le había llegado en aquel hermoso lugar, donde todo estaba tan lleno de paz y pureza, de un aire de feliz sumisión a una ley inmemorial. El lugar era el mismo, pero sus ojos eran distintos; cosas tan malas y tristes habían visto en tan breve tiempo. Sí, el tiempo era breve y todo era raro. Laura Wing se sentía demasiado inquieta para suspirar siquiera y, mientras andaba, su paso fue haciéndose más liviano, como si anduviera de puntillas.
En Plash, la casa parecía brillar en el aire húmedo, el tono de las moteadas paredes de ladrillo y el césped, limitado pero perfecto, parecían obra de un artista del pincel. lady Davenant se encontraba en el salón, en una silla baja al lado de una de las ventanas, leyendo el segundo volumen de una novela. La sala tenía el mismo chintz almidonado, ramos de flores por todos los lugares posibles, el papel pintado de acuerdo con el mal gusto imperante unos años antes, conservado para no gastar más dinero, cubierto casi todo por dibujos de aficionado y grabados de categoría, con finos marcos dorados y grandes passe-partouts. La sala tenía el aire luminoso, duradero y sociable que Laura Wing apreciaba en tantos objetos ingleses: el aspecto de estar pensada para la vida cotidiana, para mucho tiempo, para un uso sumamente convencional. Pero más que nunca, aquel día resultaba inapropiado que aquella sala, con sus telas de chintz y sus poetas británicos, sus alfombras gastadas y su arte doméstico —con un aspecto tan poco ampuloso y tan sincero—, estuviera relacionada con vidas que no iban bien. Por supuesto, aunque la relación fuera indirecta y la vida desencaminada no fuera la de la anciana señora Berrington ni tampoco la de lady Davenant. Si Selina y el comportamiento de Selina no eran una implicación de aquel interior, de la misma manera que el interior no era una explicación del comportamiento de Selina, era porque ella venía de tan lejos, porque era un elemento totalmente extraño. Sin embargo, era allí donde había encontrado la ocasión y todas las influencias que tanto la habían cambiado (su hermana tenía la teoría de que se había metamorfoseado, que cuando era joven parecía haber nacido para la inocencia), si no en Plash, por lo menos en Mellows, porque, al fin y al cabo, los dos lugares tenían mucho en común y había salas de la casa grande que se parecían notablemente al salón de la señora Berrington.

Henry James
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Cuentos y nouvelles


lunes, 4 de junio de 2018

—No necesitan el dinero —dijo—; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

—Me debes dos francos de anoche —fue su saludo jadeante.
Le hablé evasivamente de la situación en Portugal, donde al parecer se fermentaban más conflictos. Pero Laploshka me escuchó con la abstracción de una víbora sorda y pronto volvió al tema de los dos francos.
—Me temo que quedaré debiéndotelos —le dije, con tanta ligereza como brutalidad—. No tengo ni un centavo.
Y añadí, falsamente:
—Me marcho por seis meses, si no más.
Laploshka no dijo nada, pero sus ojos se abultaron un poco y sus mejillas adquirieron los abigarrados colores de un mapa etnográfico de la península balcánica. Ese mismo día, al ocaso, falleció. «Ataque al corazón», dictaminó el doctor. Pero yo, que estaba más al tanto, supe que había muerto de aflicción.
Surgió el problema de qué hacer con sus dos francos. Una cosa era haber matado a Laploshka; pero haberme quedado con su dinero habría sido muestra de una dureza de sentimiento de la que soy incapaz. La solución usual de dárselo a los pobres de ningún modo se habría acomodado a la presente situación, ya que nada habría afligido más al difunto que semejante malbaratamiento de sus posesiones. Por otra parte, la donación de dos francos a los ricos era una operación que requería cierto tacto. No obstante, una manera fácil para salir de apuros pareció presentarse al domingo siguiente, estando yo apiñado entre la multitud cosmopolita que atestaba la nave lateral de una de las más populares iglesias parisinas. Un bolso de limosnas, para «los pobres de Monsieur le Curé», bregaba por cumplir su tortuoso derrotero a través de la aparentemente impenetrable marejada humana; y un alemán que había frente a mí y que evidentemente no deseaba que el pedido de una contribución le estropeara el disfrute de la sublime música, expresaba en voz alta a un compañero sus críticas sobre la validez de dicha caridad.
—No necesitan el dinero —dijo—; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

Saki
Cuentos de humor negro


¿Han oído ustedes el cuento del niño gitano que muere devorado por una hiena frente a dos damas contrariadas? ¿Y el del señor que conoce tan bien a su esposa que ha pasado dos horas conversando con ella sin percatarse de que estaba muerta? Estos no son chistes; son relatos de historias más bien perversas y llenas de ironía.
Preparémonos a reír un poco con ellas. No será una risa de alegría; será acaso de satisfacción al ver delatadas ciertas crueldades que se alojan en el alma de los hombres. Si algo parece caracterizar a Saki en sus relatos, es el vicio de andar metiéndose en el lugar más íntimo y sagrado de los hombres (al que llamamos corazón), para luego ir vociferando a los cuatro vientos todo lo que solemos ocultar allí, tras su tierna y noble apariencia.
La finura de su estilo nos muestra la crueldad de los personajes (y del autor mismo) arrancándonos una sonrisa, que es la misma risita rubicunda de quien se siente descubierto

domingo, 3 de junio de 2018

«CARNE DE BÚFALO», EL TERROR DEL RANCHO

(Argumento de película del Oeste)
PRIMERA PARTE
En el vasto territorio de California, donde el viajero encuentra cantidades prodigiosas de polvo, existe un rancho verdaderamente nutritivo.
Es el rancho denominado Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno. Se halla orientado a Poniente y tiene una gran puerta para entrar y salir.
Ese rancho pertenece a David Pickman, hombre corpulento que en su juventud hizo todo lo posible por ser barítono, sin conseguir llegar en su carrera más que a los alrededores de Jersey City, donde cayó rendido de cansancio. Como David Pickman, firme en su idea, recorría los caminos entonando, mejor dicho, desentonando romanzas milanesas, y como, además, carecía de cédula personal, al ser detenido por la Policía fue calificado de «indocumentado vociferante», y con esa clasificación entró en la cárcel, donde permaneció treinta años, indudablemente molesto.
Fue al salir de la cárcel —porque estando en la cárcel le había resultado imposible— cuando Pickman se trasladó al pequeño poblado de Newgrey, en Arizona; y como en realidad no se llevaba bien con los habitantes del poblado, puso rancho aparte.
Así nació Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno, propiedad rural muy famosa en toda América.
David Pickman vivía con su hija Patsy, tan linda muchacha como buena mecanógrafa, y ambos eran felices montando a caballo, numerando reses y cazando langostas a lazo.
Al anochecer, padre e hija solían sentarse a la puerta del rancho y contemplaban el horizonte crepuscular; por las mañanas contemplaban el amanecer, y a continuación disparaban sus revólveres.
Eran felices.

SEGUNDA PARTE
Un día, a orillas del Red-River, se detuvieron ochenta caballos por falta de gasolina. Los ochenta se hallaban en el interior de un «Buick» y de él saltó pronto al suelo, torciéndose un pie al saltar, el sheriff Richard.
Padre e hija vieron al sheriff con gran alegría y dispararon sus revólveres.
Richard le explicó rápidamente que el repugnante y mal afeitado bandido Edgar Wallace, conocido por «Carne de Búfalo», merodeaba cual hiena por los alrededores del rancho.
David Pickman y su hija, al conocer la noticia, dispararon sus revólveres.
Pero unas nuevas palabras del sheriff los levantaron en vilo. De aquellas palabras se deducía que «Carne de Búfalo» había jurado delante de una imagen de San Luis del Senegal que iba a preparar un golpe de mano contra Pickman y que le robaría las mil y pico cabezas de ganado vacuno que daban nombre al rancho.
La idea de que «Carne de Búfalo» iba a decapitarle mil y pico de vacas, desconcertó a David.
Entonces disparó su revólver.
TERCERA PARTE
La dulce Patsy Pickman estaba enamorada hasta el sostén (color malva).
¿Quién era él? ¿Quién era el objeto de su pasión, eminentemente sajona?
Retrocedamos un mes para explicarlo.
Una tarde de primavera volvía Patsy del poblado, adonde iba diariamente a tomar aceite de castor, y su caballo se desbocó como un abrigo mal cortado.
Patsy pidió auxilio y disparó su revólver.
Y de pronto, oportunamente, cuando el ágil cuerpo de Patsy iba a caer en las aguas del Red-River, un joven salió de entre las ramas de un grupo de árboles genealógicos y se lanzó en su socorro; cogióla de sus largos cabellos, dio un vigoroso tirón y le evitó una muerte cierta.
Patsy disparó su revólver y se desmayó.
A la media hora y treinta minutos volvía en sí y se sintió dulcemente abrazada por el joven, que tenía en sus manos los largos cabellos arrancados involuntariamente a Patsy.
—¡Oh! —gimió la muchacha—. ¡Gracias, gracias! ¡Me ha salvado usted la vida y además me ha dejado el pelo a lo garçon…! ¡Gracias!
—¿Me ama usted? —indagó él.
—Con toda el alma.
Después de lo cual se besaron con ternura y dispararon sus revólveres.
CUARTA PARTE
Desde entonces, Patsy no había vuelto a ver a su salvador.
El anunciado ataque de los bandidos, capitaneados por «Carne de Búfalo», hizo lo contrario que las mujeres hermosas. Queremos decir que no se hizo esperar.
Cierta noche, un nutrido grupo de malhechores rodeó la estancia.
David Pickman se decidió a vender cara su vida y pidió por ella 2.000 dólares. Los malhechores le ofrecieron 1.300. Discutieron. No lograron ponerse de acuerdo y, al fin, unos y otros dispararon sus revólveres. (Esta vez, apuntándose a la cabeza).
La lucha duró dos días.
El sheriff no pudo acudir a poner paz, porque le estaban haciendo un traje.
El rumor de los disparos que se cruzaban entre ambos bandos se oía perfectamente en Nueva York. Pero en Nueva York está siempre todo el mundo tan ocupado, que nadie reparó en aquello, que sucedía a 3.500 millas.
David Pickman notaba, aterrado, que se le acababan las fuerzas y los cartuchos; sin embargo, continuaba disparando, ayudado por su hija, que le cargaba la carabina y le cepillaba el sombrero.
De improviso un hombre mandó hacer alto el fuego y se colocó a la puerta del rancho, gritando:
—¡David Pickman y su hija están bajo mi protección!
Aquel hombre era el hijo de «Carne de Búfalo».
Y el hijo de «Carne de Búfalo» no era otro que el joven a quien amaba Patsy.
Tres minutos más tarde se casaban.
Al año tenían un hijo y disparaban sus revólveres alegremente.
Desde entonces en el rancho reina la felicidad. «Carne de Búfalo» trabaja ahora para su nieto, y todo el ganado que roba en sus correrías lo mete en el rancho de Pickman.
Hace poco cambiaron el nombre de la posesión, bautizándola así: «Las dieciocho mil cabezas de ganado vacuno».
Con este motivo hubo grandes fiestas en la estancia.
Y todos sus habitantes dispararon sus revólveres.

Enrique Jardiel Poncela
El libro del convaleciente
Inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios


«El libro del convaleciente» es una muestra variadísima de las múltiples dotes literarias que han hecho de Enrique Jardiel Poncela el autor de literatura de humor por excelencia en español y uno de los más traducidos.
Una línea uniforme nos lleva por todas las páginas de este libro: la humorística, con todas sus facetas y en todas sus formas. Inyecciones de alegría es el subtítulo de esta obra, y, en efecto, su lectura lleva al ánimo la tonicidad, el alivio y el aliento placenteros, que son frutos de la alegría.
El autor declara que ha querido poner un rayo de luz en las horas grises, melancólicas, de enfermos y convalecientes, pero ya se comprende, querido lector, que tal beneficio no puede quedar limitado a éstos.

viernes, 1 de junio de 2018

¡No quiero huevos! ¡No siga diciéndome que coma cosas!

Bien, si tenía intención de abordar el tema de su estómago dolorido, yo estaba dispuesto a prestar un oído atento, pero de inmediato pasó a otra cuestión.
—¿Está usted casado? —quiso saber.
Esbocé una mueca fugaz y contesté que, de hecho, todavía no estaba casado.
—Ni lo estará nunca, si tiene una pizca de sentido —prosiguió, y por unos instantes caviló sombríamente ante su taza de té—. ¿Sabe que le ocurre a uno cuando se casa? Se convierte en un mandado. No puede decir que su alma sea suya. Uno se convierte en un simple número en el hogar.
Debo decir que me sorprendió un poco hallar tan confidencial a quien era, después de todo, un mero desconocido, pero lo atribuí a la dispepsia. Sin duda los dolores punzantes le habían privado del frío raciocinio.
—Tome un huevo —respondí, como para darle a entender que mi corazón estaba de su parte.
Se puso verde y ejecutó una difícil contorsión.
—¡No quiero huevos! ¡No siga diciéndome que coma cosas! ¿Cree usted que puedo mirar los huevos, de la manera en que me encuentro? Es toda esta infernal cocina francesa. No hay digestión que la resista. ¡El matrimonio! —exclamó, regresando al tema de antes—. No me hable de matrimonios. Se casa uno y, antes de darse cuenta, está cargado de hijastros que se dejan patillas y rehuyen toda clase de trabajo honrado. Lo único que hacen es escribir poemas sobre crepúsculos. ¡Bah!
Soy bastante perspicaz, y en este punto tuve la inspiración de que era tal vez posible que estuviera aludiendo indirectamente a su hijastro Percy. Pero antes de que pudiera confirmar tales sospechas, el comedor empezó a llenarse. Más o menos hacia las nueve y veinte, como era entonces la hora, suele verse desfilar a los habitantes de las mansiones rurales en dirección a la comida. Entró tía Dahlia y cogió un huevo frito. Entró la señora Trotter y cogió una salchicha. Entraron Percy y Florence y cogieron respectivamente una loncha de jamón y un pescado. Como no vi indicios de tío Tom, supuse que estaría desayunando en la cama. Tal es su costumbre cuando tiene invitados, pues rara vez se encuentra con ánimos para hacerles frente hasta haberse fortificado un poco para la severa prueba.
Los presentes habían agachado la cabeza y doblado los codos, y estaban atareados vaciando sus platos, cuando apareció Seppings con los periódicos de la mañana, y la conversación, que en ningún momento había sido arrolladora, decayó por completo. Fue, por consiguiente, un grupo silencioso el que recibió al recién llegado, un hombre como de dos metros diez de estatura y rostro anguloso y recio, ligeramente enmostachado hacia el centro. Hacía algún tiempo que no veía a Roderick Spode, pero no tuve la menor dificultad para reconocerlo. Era uno de esos pájaros de aspecto característico, los cuales, una vez vistos, jamás se olvidan.
Estaba un poco pálido, pensé, como si recientemente hubiese sufrido un ataque de vértigo y se hubiera golpeado la cabeza contra el suelo. Dijo «Buenas días» con lo que para él era una voz bastante débil, y tía Dahlia apartó la mirada de su Daily Mirror.
—¡Caramba, lord Sidcup! —exclamó—. No esperaba que se sintiera usted con fuerzas para bajar a desayunar. ¿Seguro que no es una imprudencia? ¿Se encuentra mejor esta mañana?
—Considerablemente mejor, gracias —respondió valerosamente—. La hinchazón se ha reducido en cierta medida.
—Me alegro mucho. Eso son las compresas frías. Siempre resultan muy eficaces. Lord Sidcup —explicó tía Dahlia— sufrió una mala caída ayer por la tarde. Creemos que debió de ser un ataque repentino de vértigo. Todo se volvió negro, ¿no fue así, lord Sidcup?
Éste asintió con una inclinación de cabeza, y resultó de todo punto evidente que un instante después se arrepentía de haberlo hecho, pues contrajo las facciones como a veces las he contraído yo tras balancear irreflexivamente la calabaza después de una prominente noche de juerga en Los Zánganos.
—Sí —respondió—. Fue de lo más extraordinario. Me encontraba de pie, sintiéndome perfectamente bien… mejor que nunca, en realidad… cuando fue como si algo duro me hubiera golpeado la cabeza, y ya no recuerdo más hasta que recobré la conciencia en mi habitación, donde usted me arreglaba la almohada y su mayordomo me preparaba una bebida refrescante.
—Así es la vida —comentó tía Dahlia en tono grave—. Sí, señor, así mismo es la vida. Como digo a menudo, hoy estamos y mañana no estamos…

P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6


Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.

jueves, 31 de mayo de 2018

de un hombre que voluntariamente lucía patillas y escribía poemas acerca de crepúsculos

—No. Hizo un par de comentarios incisivos a propósito de Cheesewright, con los que estuve completamente de acuerdo, y salió en dirección al huerto. Y yo también me fui, andando, como bien puede imaginar, en el aire. Detesto la moderna tendencia a utilizar términos de jerga, pero no me avergüenza confesar que iba exclamando para mis adentros «¡Yuppi!» Discúlpeme, Wooster, pero ahora debo dejarlo. No puedo quedarme quieto.
Y con estas palabras salió dando cabriolas como un potrillo, dejándome que afrontara a solas la nueva situación.
La afronté con una meditabunda sensación de peligro. Y si ustedes se preguntan «Pero ¿por qué, Wooster? ¿Acaso la situación no es inofensiva? ¿Qué importa si el casamiento de Cheesewright y la chica ha sido cancelado, desde el momento en que tenemos aquí a Percy Gorringe, anhelante y preparado para asumir la carga del hombre blanco?», yo les contesto. «Ah, pero ustedes no han visto a Percy Gorringe». Quiero decir que no me imaginaba a Florence, por despechada que estuviera, aceptando las atenciones de un hombre que voluntariamente lucía patillas y escribía poemas acerca de crepúsculos. Me parecía mucho más probable que, viéndose nuevamente en libertad, se volviera una vez más hacia lo ya conocido y experimentado, a saber, el pobre Bertram. Era lo que había hecho antes, y estas cosas tienden a convertirse en hábito.
Por más que me esforzaba, no lograba imaginar qué podía haber causado esta repentina espantada por parte de Stilton. La cosa carecía de sentido. La última vez que lo vi, recordarán, mostraba todas las señales características de una persona para quien el amor ha tejido sus sedosos lazos. Todas y cada una de las palabras que había pronunciado en nuestra charla de despedida lo indicaban a las claras, más allá de cualquier duda o especulación. Después de todo, caramba, uno no va diciendo a las personas que les romperá la espalda en cuatro sitios si se les ocurre merodear en torno del objeto adorado a no ser que uno experimente algo más que un encaprichamiento pasajero por la muchacha en cuestión.
Pero entonces, ¿qué había ocurrido para que se oscureciera la lámpara del amor y todas esas cosas?

P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6


Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.

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