domingo, 23 de diciembre de 2018

La Fregeneda en la literatura y en la historia (3)

- III -
ASÍ pensando y discutiendo, a veces riñendo y regalándose el uno al otro palabras un poco fuertes; haciendo luego las paces para prometerse amistad invariable, dieron nuestros dos amigos la vuelta del Retiro, y cuando tornaban a Madrid por la calle de Alcalá, vieron que discurría de arriba abajo mucha gente, y que contraviniendo las disposiciones de la policía francesa, en todas partes se formaban grupos. Pedíanse las personas unas a otras las noticias arrebatándoselas de la boca y comentándolas para soltarlas luego desfiguradas. Cuál aseguraba saber mucho, cuál ignorándolo todo se hacía repetir hasta tres veces la misma noticia. Todos los madrileños parecían sorprendidos, y los más, alegres.
Al punto pararon mientes Monsalud y Bragas en aquella estupenda novedad de los corrillos y de la animación que se repetía, a pesar del gobierno, siempre que llegaban noticias de alguna batalla. Deseosos de conocer la verdad de lo que ocurría, husmearon en varios grupos, mas no viendo caras conocidas en ninguno de ellos, no se atrevieron a meter su cucharada y se contentaron con algunas palabras sueltas. Pero hacia las Baronesas, creyó Bragas oír la voz de D. Gil Carrascosa, abate antaño, y por entonces covachuelista en la misma covachuela del covachuelo mancebo. Acercáronse y vieron que el licenciado Lobo venía a su encuentro, juntamente con D. Mauro Requejo y el Sr. D. Bartolomé Canencia. Fundiéronse todos en el grupo, a punto que Carrascosa decía:
—Mañana salen de Madrid los franceses. Parece que ahora va de veras, señores patriotas, y que no volverán más. El Rey José está muy apretado y no puede pasar, según dicen, de la línea del Ebro. Aquí no quedará un solo francés, ni un solo jurado, ni un solo polizonte, ni un solo jacobino. Respira, ¡oh patria!
—La verdad —dijo D. Lino Paniagua, que también era de los presentes— es que Wellington se ha movido.
—Y como también se ha movido el cuarto ejército que manda Castaños… Parece que quieren cerrar a los franceses el paso de Burgos y Vitoria.
—¡Admirable plan! —exclamó Lobo—. ¡Cerrar el paso!, nada más claro. El cuarto ejército estaba en todas partes como perejil mal sembrado. Castaños en Extremadura con una división, Porlier y Losada en Galicia con otra, Morillo en Asturias, Mina en Vizcaya. Lord Wellington que desde Fregeneda ponía su lente en todo, les ha mandado adelantarse. Uno viene por aquí, otro por allá, con tan admirable concierto y arte como las piezas de un reloj que ordenadamente van caminando sin estorbarse una a otra. El francés que con la cholla cargada de vapores viníferos, se duerme en Valladolid, en Segovia, en Madrid y en Zaragoza, no ve el nublado, hasta que le cae encima. Se asusta, llama a Farfulla I en su ayuda, pero Farfulla I después de la campaña de Rusia no está para fiestas, y héteme al rey José en campaña. Él había dicho como los castellanos: «Vino puro y ajo crudo, hacen al hombre agudo…» pero en buena se ha metido… ¡Grandes batallas se preparan! Todo esto, amigos míos, lo barruntaba yo; se necesita no tener un solo grano de sal en la mollera para comprender que hallándose el lord en Fregeneda, Longa y Mina en el Norte, Morillo en Asturias, y Carlos España en el Bierzo, pues… yo lo veo claro como el agua.
—Y yo turbio como el cieno —dijo Canencia, con filosófico desdén—. ¡Una batalla más! Rousseau ha dicho que las verdaderas batallas son las que ganan la sabiduría contra la ignorancia de la corrompida humanidad.
No tardó en pasar el padre Salmón, que con el padre Ximénez de Azofra y el marqués de Porreño, regresaba a su convento, y pegándose al grupo hizo varias preguntas.
—Eso ya lo sabíamos… que se va toda la canalla mañana temprano… ¿Pero y de los ejércitos, qué se dice?
—A mí se me figura —dijo con gravedad el marqués de Porreño— se me figura… es idea mía… puede que me equivoque, pero juraría…
—¿Qué?
—Que el lord se ha movido.
—Eso no tiene duda —repuso Lobo dignándose repetir el plan de campaña con que poco antes había demostrado su perspicacia estratégica.
Y al poco rato partieron en distintas direcciones. Acompañaron al señor marqués los dos reverendos, y recibidos por la interesante familia de este, Salmón exclamó:
—¡Gran bomba, señores! El lord se ha movido.
—¡Y mañana salen de aquí todos los franceses!
—¡Benditos sean los designios de la divina Providencia! —dijo la hermana del marqués.
—¡Wellington se ha movido! —repitió el mercenario, mirando a diestra y siniestra por ver si se vislumbraban en el horizonte lejanos signos de soconusco—, y juntamente con Mina y Morillo viene sobre Madrid.
—¡Jesús! ¡Sobre Madrid!
—Así lo han dicho. Parece que da la vuelta por el Duero, que está como Vd. sabe en Tordesillas. Y como Castaños pasa de Extremadura a Asturias, con el sétimo cuerpo, digo, con el octavo o con el duodécimo… en junto unos cuatrocientos mil hombres.
Poco después la hija del marqués de Porreño iba a casa de Sanahúja, donde ya sabían la noticia, gracias a don Lino Paniagua, y decía:
—Lo menos setecientos mil hombres dicen que trae Vellinton.
Conviene advertir que casi todos los españoles pronunciaban el nombre del general inglés como acabamos de escribirlo. Algunos lo modificaban diciendo Velliztón, acentuando la última sílaba, lo mismo que decían Stapletón Cotón; pero esto no hace al caso, y siga nuestro cuento. El conde de Rumblar, que a la sazón hallábase en casa de Sanahúja, partió como un rayo, y en la Puerta del Sol topó con José Marchena, a quien dijo que José iba sobre Fregeneda y que el duque de Ciudad Rodrigo estaba en Valladolid… Poco después D. Narciso Pluma, que esto oyera y otras muchas estupendas cosas que había oído poco antes, las revolvió todas, haciendo la más chistosa ensalada que puede imaginarse, y entró en casa de Porreño, donde sostuvo que se estaba dando una batalla junto al Duero entre D. Pablo Morillo con doce mil hombres, y el rey José con setecientos mil…
Repitámoslo, sí. ¡Entonces no había periódicos!

Benito Pérez Galdós
El equipaje del rey José
Episodios nacionales: Serie II - 01

El gran friso narrativo de los Episodios Nacionales sirvió de vehículo a Benito Pérez Galdós (1843-1920) para recrear en él, novelescamente engarzada, la totalidad de la compleja vida de los españoles —guerras, política, vida cotidiana, reacciones populares— a lo largo del agitado siglo XIX.
EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ define irónicamente el botín que las tropas francesas abandonaron en su retirada de la Península ante el empuje de las guerrillas y el ejército mandado por Wellington, principalmente tras la batalla de Vitoria, uno de los últimos episodios de la Guerra de la Independencia. Un nuevo personaje, Salvador Monsalud, toma el relevo de Gabriel de Araceli a la hora de vertebrar novelescamente la narración de los sucesos históricos en esta «Segunda serie». Primer episodio de la segunda serie de los Episodios Nacionales.

La Fregeneda en la literatura y la historia (2)

Españoles y portugueses, todos se habían preparado bien para la siguiente campaña, y cuando don Juan de Austria se movió de Badajoz (6 de mayo, 1663), llevaba doce mil peones, seis mil quinientos caballos, diez y ocho cañones, tres morteros, y tres mil carros cargados de municiones y de víveres. El rey de Portugal había nombrado general de las tropas de Alentejo a don Sancho Manuel, ya conde de Peñaflor. Las tropas que tenía a sus órdenes, contando la infantería inglesa que había llegado, eran muy poco inferiores en número a las castellanas. El primer triunfo del ejército español en esta expedición fue la rendición de la importante ciudad de Ébora, a lo cual contribuyeron no poco las disidencias entre los jefes portugueses, que la intervención del conde de Vimioso no alcanzó a componer. Después de esto un cuerpo de españoles se apoderó de Alcázar de Sal, poco distante de Setubal. De tal modo asustaron estas noticias en Lisboa, que las gentes andaban despavoridas por las calles, y por un momento temieron que se perdiera todo el reino, porque no quedaba plaza fuerte que pudiera detener al enemigo hasta la capital. El susto se convirtió luego en furor, y cargando el pueblo la culpa de aquellas desgracias a los nuevos ministros, acometió y saqueó las casas de algunos, teniendo ellos que esconderse. Aplacado el tumulto, expidióse orden al conde de Peñaflor para que diera la batalla al ejército castellano.
Levantó con esto el de Peñaflor su campo, pasó el Odegebe, y llegando hasta media legua de Ébora formó en batalla. El río dividía los dos ejércitos, y Schomberg había elegido tan hábilmente las posiciones y colocado tan ordenadamente en ellas a los portugueses, que viendo don Juan no serle fácil atacar con ventaja, determinó retirarse a Badajoz, dejando guarnecida a Ébora. Seguíanle los portugueses sin perderle de vista; don Juan esquivaba la batalla, temeroso de perder con ella lo ganado; deseábanla Peñaflor y los suyos, al mismo tiempo que la temían también, y ambos ejércitos se respetaban. Por último presentóla el portugués al llegar los nuestros a Amegial, sin que don Juan pudiera ya excusarla. Faltaba solo una hora para ponerse el sol, cuando comenzó formalmente el combate, siendo los primeros a atacar los portugueses. Peleóse de una y otra parte con valor, y hasta con ferocidad, convencidos unos y otros de que pendía de aquella batalla la salvación o la sumisión de Portugal, y el éxito de una lucha que contaba ya tantos años. La noche separó a los combatientes, y hasta la mañana del siguiente día no se supo quién había sufrido más pérdida (8 de junio, 1663).
Por desgracia, si la de los portugueses había sido grande, pues se supone que no bajó de cinco mil hombres, se vio que la de los castellanos había sido mayor y más lamentable. A ocho mil se hace subir la de los muertos y prisioneros, asombrosa cifra atendida la poca duración de la batalla, entre ellos no pocos generales, coroneles, grandes y títulos, contándose en ellos el marqués de Liche, hijo del famoso don Luis de Haro: perdiéronse ocho cañones, un mortero, multitud de estandartes, y hasta dos mil carros de municiones. Debieron los portugueses principalmente su triunfo a la infantería inglesa. Don Juan de Austria peleó con más valor que inteligencia y fortuna; expuso muchas veces su cuerpo y su vida, y habiéndole muerto dos caballos, entró por los enemigos a pie con su pica en la mano, combatiendo largo rato contra muchos de ellos. Ya que no se condujo como buen general, portóse al menos como buen soldado. Llamóse esta la batalla de Amegial, del Canal la nombran otros, y otros menos propiamente de Estremoz, por haber sido no lejos de esta ciudad.
Desde Badajoz escribió don Juan de Austria al rey dándole noticia de aquel desgraciado suceso, al cual siguió la entrega de Ébora y la pérdida de Villaflor; y para que nada faltara, en la plaza de Arronches, ya que el mariscal de Schomberg no pudo tomarla, se incendió el almacén de la pólvora, e hizo saltar más de dos mil castellanos. En la provincia de Entre-Duero-y-Miño se perdió Castel-Lindoso, que había ganado el año anterior el arzobispo de Santiago; y en la de Beyra solo hubo de notable una acción que sostuvo gloriosamente el duque de Osuna contra muy superiores fuerzas portuguesas cerca de Valdemula (30 de diciembre, 1663), con lo que se puso término a la campaña de este año.
Natural era que se envalentonaran los portugueses con el triunfo de Amegial. Así fue que al año siguiente se atrevió el conde de Marialva a penetrar en territorio español, a poner sitio a Valencia de Alcántara, que no tenía más fortificación que un viejo y flaco muro, si bien se hallaba en ella de gobernador y la defendía con tres bravos regimientos el valeroso don Juan de Ayala Mejía. No se podía exigir más de lo que este jefe y su gente hicieron: la defensa costó mucho y admiró no poco a sus enemigos, y cuando se entregó la plaza (junio, 1664), no era posible llevar más adelante la resistencia. Por dos veces había intentado socorrerla don Diego Correa con cinco mil caballos; ninguna pudo; y don Juan de Austria, aún cuando fue avisado del peligro, no se apresuró a llevarle socorro. No se tomó este año desquite de lo de Valencia de Alcántara; al contrario, fueron abandonadas por los nuestros Arronches y Codiceyra, y el resto de la campaña en el Alentejo se redujo a las antiguas correrías. Tampoco hubo acontecimiento notable en las provincias de Tras-os-Montes y de Entre-Duero y Miño.
Lo que hubo en la de Beyra, donde operaba el duque de Osuna, fue bochornoso para nuestras armas. Aquel magnate había tenido un encuentro feliz con los portugueses que mandaba Hurtado de Mendoza: más luego sitiando a Castel-Rodrigo, y abierta ya brecha en la plaza, ni él, ni sus maestres de campo, ni los capitanes pudieron conseguir de los soldados que entraran por la brecha: amenazas y ruegos todo fue inútil: aquella gente, sacada de improviso de los talleres y de las casas de labranza, se asustaba del ruido de las granadas y de los mosquetes, y no fue posible hacerles dar un paso adelante. Y no fue lo peor este insigne acto de cobardía, sino que acometido después de la retirada por Jacobo Magalhaes que a socorrer aquella plaza había salido de la de Almeida, aunque eran los portugueses menos en número, apoderóse tal espanto de los nuestros, que parecía faltarles tiempo para arrojar las armas y huir, abandonando artillería y bagajes, mas no lo hicieron tan de prisa que no fueran apresados unos, acuchillados otros por la caballería portuguesa: entre los primeros lo fue el teniente general de nuestra caballería don Antonio de Isassi; entre los segundos se contó a don Juan Girón, hijo del mismo duque de Osuna, que para honra suya y de su ilustre estirpe fue de los que murieron peleando. Su padre con la poca gente que pudo recoger se retiró desesperado a Ciudad-Rodrigo. Magalhaes después de este triunfo entró en España con tres mil hombres, tomó y saqueó las villas de Cerralbo y Fregeneda, y consternados con esto nuestros soldados iban abandonando los pequeños fuertes que guarnecían en la frontera.
Produjeron los reveses de estas campañas la separación delos dos más ilustres generales, don Juan de Austria y el duque de Osuna. Al primero se le admitió la renuncia que hizo del mando y se le permitió retirarse a Consuegra. Quejábase don Juan de que no se le suministraban ni municiones, ni víveres, ni dinero, ni recurso alguno para hacer la guerra, y atribuíalo, no sin algún fundamento, a malas artes de la reina doña Mariana, que le miró siempre de mal ojo y no quería que el hijo bastardo de su marido tuviera la gloria de recuperar el Portugal. Al de Osuna no solo se le separó, sino que se le redujo a prisión y se le condenó a cien mil ducados de multa, como en castigo de las contribuciones que exigía a los pueblos para mantener su ejército; como si no enviándole dinero, hubiera podido sostener de otro modo aquella, hambrienta e indisciplinada gente. Al fin el de Osuna justificó su conducta, y consiguió ser absuelto. De este modo la persecución de los dos duques de Osuna, padre e hijo, ambos excelentes capitanes y distinguidos servidores de su rey y de su patria, señalaron el principio y el fin del reinado de Felipe IV.

Modesto Lafuente
Historia General de España - XII

Esta monumental obra se publicó en 25 volúmenes entre 1850 y 1866, año en que muere su autor, Modesto Lafuente. Fue continuada por Juan Valera con la colaboración de Andrés Borrego y Antonio Pirala.
El duodécimo volumen (edición de 1889) abarca desde el año 1643 (caída del conde-duque de Olivares) al 1703 (principio de la guerra de sucesión).
Hechos y personajes importantes en este periodo fueron: Las paz de Westfalia, la insurrección de Nápoles, guerras con Francia, Inglaterra y Portugal, la paz los Pirineos, la triple alianza, el padre Nithard, Don Juan de Austria, Valenzuela, el duque de Medinaceli, el conde de Oropesa, …

La Fregeneda en la literatura y la historia (1)

—Esto ya es Asturias —dijo.
—Huele a humedad.
—Sí, Asturias es muy húmeda.
Bajo su mirada se extendía un valle poco profundo, solitario y en sombras aún. Las estribaciones de los montes que lo flanqueaban lo cortaban desde ambos lados alternativamente, como las decoraciones de un teatro, dándole formas angulosas o retorcidas, obligando a describir innumerables meandros al arroyo que en su fondo discurría.
—Ahora no se ve nada —reanudaron la marcha—; cuando volvamos estará mejor, si es de día.
En el lejano horizonte, más allá de las pequeñas lomas envueltas en penumbra, se alzaba una cadena de montañas, erizada de agudas cumbres, de igual altura, teñidas de una franja roja y amarillenta.
—¿Estamos cerca?
—Es allí —extendió el brazo como si con la uña del índice fuera a tocar el extremo opuesto del valle, y guió su cabalgadura de modo que lo bordeara.
—¿No sería mejor bajar?
—Abajo todo está encharcado. Además, por allí la subida es muy mala.
Con la nueva luz, el médico pudo contemplar al otro a su gusto. Vestía mono del ejército, chaqueta de pana y abarcas; parecía clavado en el aparejo; las sacudidas del caballo no le afectaban lo más mínimo.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí?
—¿Eh? —Se volvió; le miraba desde unos ojos fruncidos sobre la cara negra, surcada por dos profundas arrugas a ambos lados de la boca.
—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
Los ojos castaños se movieron bajo la piel seca.
—Desde mayo. Todos los años venimos por mayo y nos vamos allá por San Miguel.
—¿Venís muchos?
—Entre todos los puertos seremos unos ocho o diez. Nos repartimos de dos en dos porque como siempre hay que andar bajando al pueblo, uno se tiene que quedar con las borregas.
—Tú eres extremeño, ¿no?
—No, señor; de junto a la Fregeneda.
—Eso está por Salamanca.
—Sí, señor; de la provincia de Salamanca.
—Mejor tierra que esta…
—¡Quite allá! ¿Dónde se va a comparar?
—Tú bajas mucho al pueblo.
—Es que los otros no saben amasar.
—¿Haces tú el pan para todos?
—Sí, pan blanco. Nosotros traemos la harina. Cuando el señorito ajusta los puertos, nos da la harina para el verano.
—¿Y el dinero?
—El dinero, a la vuelta.
—¿Con quién ajusta los puertos?
—Con los presidentes. Diez o doce mil reales y dos borregas.
—Y ¿para quién son las borregas?
—Para el pueblo, ¿para quién van a ser? Si está aquí para Nuestra Señora ya verá a los tíos hacer la chanfaina.
La ladera opuesta del valle apareció partida en dos por la niebla que fluía, cruzándolo, a sus pies.
—Ya levanta —dijo el otro, mostrándosela, cada vez más transparente, disuelta en el aire, alzándose en mechones dispersos cada vez que un golpe de viento la sacudía.
Abajo, los prados solitarios brotados de hierba corta, de un color verde acerado, aparecían cercados por restos de paredes.
—¿De quién son estos prados?
—Del pueblo.
—¿No los siegan?
—En los años escasos. Entra mal la guadaña ahí. Las vacas no la comen.
—¿Y quién hizo esas paredes?
—¿Qué paredes? ¿Las cercas? Son muy antiguas, hace mucho de eso.
Más arriba de las cercas surgía el pardo fluir del monte bajo, manchado por las quemas cenicientas que los pastores provocan para dar paso al ganado. Piornos retorcidos, rojizos y pelados; retamas, y en los cauces donde el agua se detiene, bosques de helechos, entre lávanas de cascajo.
Envuelto en la niebla apareció el chozo.
—Ya estamos.
Dos perros enormes, amarillos, de cabeza cuadrada, corrieron desde los corrales a su encuentro ladrando sordamente, pero los caballos, al parecer acostumbrados a ello, siguieron su paso sin apresurarse. Las ovejas se agitaron en el corral alzando las cabezas sobre las cercas para ver llegar a los dos jinetes. Fueron bajando, y a medida que se acercaban pudo el médico ver con toda claridad la pared circular de piedra caliza y pizarra tras la que el enfermo reposaba, bajo un techo cónico de ramas de abedul y retama. Sin saber por qué, le volvió a asaltar el recuerdo de sus antiguos compañeros. Hubiera querido en aquel momento saber qué género de vida habrían encontrado. ¿Dónde estarían?, ¿qué clase de destino les estaría reservado? Los caballos emprendieron un trote ligero al pisar terreno llano, en tanto los perros seguían aullando.
—¿Eres tú, Vidal? —preguntó una voz dentro del chozo.
¿Qué sería de ellos? ¿Habrían conseguido colocarse, según pretendían? Durante los últimos años bien se habían movido, halagando, trabajando el terreno de firme. Un sentimiento de disgusto hacia sí mismo le embargó. ¿Qué tenía él que reprocharles? Quizá los otros valían más que él; de todos modos, sus intrigas, su deseo de una vida mejor que les compensase de su trabajo carecía de importancia, no debía atañerle. ¿Qué culpa tenían de que él hubiera deseado ejercer allí?, ¿de sus tres horas a caballo? Manolo había dicho, refiriéndose a don Julián: «A ése tenían que traerle los enfermos aquí; si no, no se movía como no le mandaran el coche».

Jesús Fernández Santos
Los bravos

La acción de Los bravos se sitúa en un pueblecito leonés en la frontera de Asturias, un pueblo de doce vecinos —esto es, unas sesenta personas— al que llega un joven médico. En el pueblo se trabaja muy duro y los beneficios son escasos. Se malvive del pastoreo, de la pesca furtiva, de conducir un auto desvencijado, de regir una taberna. Y sobre las gentes, omnipresente, está don Prudencio, el rico de la aldea, el cacique viejo y egoísta, al que el joven médico se enfrentará quitándole a Socorro, su criada y amante. Pero vencer a un cacique no suele bastar para liberar a una comunidad…
Exploración de los violentos condicionantes de la España rural de la posguerra y análisis del desamparo y el esfuerzo de unos hombres que, más allá de remedios provisionales o represalias inútiles, muestran una sobria y extraña dignidad.
Los bravos es una novela que se lee con placer insólito. El estilo plástico y objetivo de Fernández Santos, su sabiduría escénica y la construcción cinematográfica de la historia a base de secuencias y de escenas rapidísimas, hacen de este libro una obra profundamente innovadora, de definitivas repercusiones en nuestra narrativa.

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