lunes, 17 de febrero de 2020

Galdós. Una disputa de vivos sobre un autor difunto.

En estos días en el diario El País los escritores Cercas y Muñoz Molina andan tirándose letras a la cabeza sobre la importancia de la obra de Don Benito y su universalidad. Muchos lectores han participado en la gresca a través de los comentarios habilitados por el citado diario. Este tipo de enfrentamiento de opiniones es muy antiguo y ha tenido varios ilustres protagonistas, Menéndez Pelayo, Valle-Inclán, Baroja, Clarin...
Buscando otra cosa, encontré esta opinión de Salvador de Madariaga en el número extraordinario de Cuadernos Hispanoamericanos nºs 250-252.


LA UNIVERSALIDAD DE GALDÓS
Salvador de Madariaga

No creo que persona alguna medianamente leída en el ámbito hispano de la cultura humana dude de que Galdós sea el novelista más grande que haya dado España de Cervantes acá y uno de los más grandes de la cultura atlántica. Tampoco creo que este juicio rija allende nuestras fronteras culturales, salvo para un número reducido de hispanistas. Es cosa de preguntarse por qué se da un contraste tan excepcional en la valoración de un artista que lleva casi un siglo ante la opinión.
Quizá haya que comenzar por una razón que poco o nada tiene que ver con Galdós mismo: el contraste de valoración que se da en casi todo el mundo sobre España, vista por nosotros o por los demás. Ejemplo reciente entre muchos: la telecinta que ha hecho la BBC sobre la historia de la cultura universal. Su autor, Sir Kenneth Clark, ha pintado un cuadro histórico de la cultura humana, centrado en la europea, concebido por él de un modo admirable y realizado por la BBC de un modo no menos digno de admiración. Pero en esta obra maestra —y conste que lo es— no figura España. Parece que al reproche que se le hizo, contestó el autor que no era menester España para dar un cuadro suficiente de nuestra cultura.
Hay, pues, aquí en la cultura europea una como falla geológica que separa a los que ven de los que no ven lo que España es en la historia del espíritu. A nosotros los hispanos toca abordar el tema con la debida ecuanimidad para no perder el proceso por nuestra intemperancia como testigos. El tema es inmenso y el espacio limitado. Yendo a la raíz, se hallan dos causas: la disconformidad española con la evolución racionalista de Europa, que, si no se inicia, se declara en el siglo XVII; y la molestia íntima que sienten los países del Norte, y en especial los dos anglosajones, por no poder armonizar sus pretensiones de moral puritana con su conducta nada ejemplar para con el imperio español.
Puesto que la historia humana es una cinecinta continua, no cabe dividirla en capítulos, de modo que todo intento de trazar la raya en que comienza la evolución racionalista de Europa sería vano. Aun así, cabe dar por lo menos como un momento vigoroso de esta evolución aquel en que Francis Bacon formula y proclama su fe en los beneficios que la ciencia podría aportar a la humanidad. El ideal de la prosperidad que va a fluir de la ciencia utilitaria es quizá la fuerza sicológica que da el tirón más eficaz para polarizar los pensamientos y sentimientos humanos hacia este mundo, desviándolos del otro, y así pasa la atención de los europeos del ciclo a la tierra, del alma al cuerpo, del cura al médico y del teólogo al físico. Este viraje de la historia se hace sin España. No es cosa de pronunciarse aquí sobre quién tuvo o no tuvo razón. Hasta el fin de una vida no cabe juzgar con certeza los actos de quien la vivió; y como la vida de la humanidad no ha terminado, no sabemos ni sabremos si España tuvo o no tuvo razón, y si fue Ortega indignado o Unamuno testarudo quien vio más hondo en aquello de «¡Que inventen ellos!»
Siempre queda que, cuando la BBC puede hacer una cinta de la evolución cultural de Europa sin mencionar a España, lo que inspira esta actitud es la indiferencia, el encogerse de hombros, para con el mero progreso intelectual y científico, que, por la tecnología, va a dar a... a lo que sea, que hoy ya no sabemos a dónde va. De poco o nada sirve que hagamos valer lo que España ha dado al mundo fuera de esta perspectiva histórica: haber cristianizado, es decir, europeizado, a todo un continente y haberlo cubierto de belleza como ningún otro pueblo lo ha hecho en ninguna parte; haber dado al mundo una pintura sólo igualada por Italia y Holanda, una literatura sólo igualada por Francia y por Inglaterra. Todo, eso, para la perspectiva de hoy, no es más sustancial que el piano que se enseñaba a las chicas cursis del siglo XIX, por el qué dirán. Lo que importa hoy es la fisicoquímica. No a dónde ascienden los espíritus, sino hasta dónde se alzan las chimeneas.
En este divorcio de España viene a injertarse un repudio. El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo eleva a España a un nivel tal de predominio, que andando el tiempo le concita la enemistad de Inglaterra y de la Inglaterra ultramarina, que se llamará Estados Unidos; enemistad que dará pingües beneficios a los que la cultivan. En gentes puritanas, la enemistad tiene que justificarse mediante la inculpación del enemigo. Comienza entonces lo que ha dado en llamarse leyenda negra, con manifiesta exageración tanto del sustantivo como del adjetivo, puesto que el tal engendro no carecía del todo de algún poso de realidad. Pero el hecho es que, aun hoy, el escritor (quizá más que los otros artistas) si es de España, lleva ipso facto un coeficiente de desvalorización que se debe a Torquemada y a Felipe II en las apariencias, pero a Drake en la realidad.
Esto es mucho más serio de lo que parece. Considérese que, por razones que nos llevarían demasiado lejos de nuestro tema, el escritor francés, por el mero hecho de ser francés, disfruta en los países anglosajones de un coeficiente de sobrevalorización del doble o cuádruple. Como el caso de un escritor español es precisamente contrario, resulta que el acceso a la estimación mundial, dominado por la artillería intelectual anglosajona, es de cuatro a dieciséis veces más fácil para el francés que para el español, y se verá hasta qué punto pesa sobre todos nosotros la herencia ancestral.
Así, pues, si se hiciera un estudio de la universalidad efectiva de los escritores del siglo XIX, es casi seguro que se hallarían, situados muy por encima de Galdós, nombres que no le alcanzan ni al tobillo, aparte de otros, como Balzac, que, siendo pares suyos, no le son superiores; y en esta estimación entrarían ciertamente los dos motivos apuntados: la reserva de España sobre el valor humano de la ciencia utilitaria y la necesidad de denigrar a España para arrebatarle los galeones y alguna que otra isla, sin perder la vergüenza.
Hasta aquí la pérdida de la universalidad que sufrió pasivamente Galdós por el mero hecho de ser español. Pero ¿no colaboró algo él mismo en la configuración de este destino que se le iba haciendo? Por lo pronto escribe a veces mal. Bien es verdad que, en estas cosas, parte de un buen principio. El autor no debe preocuparse por su estilo más que para corregir lo que le sale mal; si aspira a lucirse fracasará. La forma debe nacer con el fondo y exigida y dictada por él. En toda esta disciplina de su arte, Galdós es ejemplar. Siempre espontáneo, escribe «como le sale», y casi siempre la sale bien. Por eso, cuando el momento es tenso, su estilo es excelente. Pero en los casos, en él numerosos, en los que hay que ligar, hacer atajos o puentes, le decae el ánimo, flojea y va a dar al periodismo.
Habría, pues, que pararse un poco en esto de los lugares fuertes y los lugares flojos del novelista; el músculo y el tejido conjuntivo de su arte. Tema más delicado de lo que parece, porque es muy posible que ya en la abundancia o en la escasez y aun ausencia de los lugares conjuntivos o utilitarios, se revele cierta calidad más o menos poética, del novelista. No olvidemos que Galdós llegó a la novela por el periodismo. Mal comienzo. Hincapié en el relato, no en el hecho. Escuela de novelistas es sin duda el periodismo: «EL IMPARCIAL, con muertos frescos», pregonaba en La Corona una vieja cuando yo era chico. El diario es, sin duda, repuesto de novelas. Pero para la gran novela no es el periodismo buen aprendizaje. Le falta intensidad.
Galdós escribía con lápiz. Hay que tomarlo en cuenta para justipreciar su lado flojo. No sé si se ha hecho estudio alguno de los medios de escribir del escritor. Lápiz, pluma, taquigrafía, máquina, dictáfono. Cada cual tendrá, sin duda, sus ventajas y sus inconvenientes en cuanto a su arte. Al fin y al cabo, su razón habrá para que el artista literario lleve el nombre de escritor. Mucho me temo que el lápiz haya perjudicado el estilo de Galdós. El lápiz, comparado con la pluma, presenta dos caracteres al parecer contradictorios. Exige más presión de la mano sobre el papel, pero es de manejo más fácil. Predispone al descuido, al perfil borroso. Va contra la precisión, la exactitud, la claridad. Creo la pluma el único instrumento del escritor. La máquina de escribir me parece incompatible con la concentración poética; y más aún el dictáfono; cuyos defectos son más graves todavía que los del lápiz, porque afectan al momento poético de la creación; mientras que los del lápiz más bien tienden a aflojar el tono y humor de la expresión. Henry James, que dictaba sus novelas, es difuso y vago en demasía; Galdós es flojo en cuanto no le obliga a ser tenso el momento que relata.
Puesto que los meandros de mi ensayo me han llevado a la confrontación entre Henry James y Galdós, sírvame de ilustración de aquel contraste por donde empecé. No creo pecar ni de nacionalista ni de provincial al estimar que vale más Galdós que Henry James: pero ello no empece que en la historia de la literatura atlántica se dé más peso a Henry James que a Galdós. Y aun sin contar las razones que ya he citado, cabe pensar que en ello tenga parte, y no pequeña, el que Galdós pinta seres españoles en ambiente español, y James anglosajones en ambiente anglosajón o cosmopolita. Pesa más, pues, lo cosmopolita que lo universal, porque para llegar a lo universal en Galdós hay que pasar por lo español, que por aquello de Torquemada, Draque «ha pasado a la historia».
Siempre me ha parecido poco afortunada la sentencia que afirma que el saber no ocupa lugar. En sí y puro, quizá. Pero parece como que sugiere que el pensamiento es independiente del lugar en que piensa, y esos ya son otros López. El pensamiento se va formando como una tela de araña, y muchas veces ocurre que la araña tejedora se nos sale de la cabeza para prender un hilo en la pared, otro en la ventana y otro en aquella copia de Las Meninas que comunica con Velázquez desde lo alto de un estante. El lápiz, la pluma, humildes herramientas del escritor, ¿no llevarán también a veces hilos de nuestra telaraña?
Esta flojera del periodista con el lápiz en una mano y el pitillo en la otra, ¿no viene a veces a rebajar el nivel de nuestro excelso novelista? ¿No explicaría cómo, a veces, se le distrae la imaginación y se olvida de lo que trae entre manos para hacer comentarios de café tan ociosos como los que hacen divagar a Tolstoi en Guerra y Paz? Y recuerdo a Tolstoi porque a él no le han impedido llegar a ser figura universal, porque Rusia es una gran potencia como lo era España a tiempo de Cervantes, mientras que nosotros, desde la Armada Invencible no tenemos derecho a un gran novelista.
¡Y qué gran novelista! Galdós es uno de los artistas literarios con mayores títulos a la fama universal, empezando por el que figura en todos los libros de trato sobre la literatura. Es uno de los novelistas que con mayor sencillez y espontaneidad consiguen expresar y plasmar lo humano universal y permanente en lo humano local y temporal. El secreto de su éxito desde La Fontana de Oro es precisamente esta facultad que manifestó en seguida. Sus personajes son de su época, la cual, dicho sea de paso, no le ayudaba mucho en ello, pues ha sido uno de los momentos en que España ha estado más aislada y vuelta de espalda al mundo.
Esta misma La Fontana de Oro va a dar la prueba de otra de las facultades maestras del gran novelista que fue Galdós. Cuidado si se ha glorificado a Freud por haber descubierto esas honduras del subconsciente de que hizo luego Jung todo un sotomundo. Pero ¿qué hay en Jung que no esté ya en Cervantes y en Galdós? Casi no se da personaje en Galdós que no vaya por el mundo con otro yo oculto en el sótano de su alma, que de repente se le rebela y se revela como el impulsor y verdadero dueño de sus actos. Y esto vive ante nosotros no como caso clínico, sino como arte. Bastará con recordar a Ángel Guerra, donde cada cual lleva dentro su soto-yo, y a todos les va saliendo a escena en el momento oportuno.
Esta facultad de penetrar en el carácter hasta lo más hondo lleva a nuestro Galdós a una actitud totalmente libre de todo lo que no sea la perspectiva puramente estética. No nos vayamos a meter en el avispero de las relaciones entre la estética y la ética. Si lo bueno, lo bello y lo verdadero se encuentran, como dicen los doctores en estas materias, nosotros (que no pasamos de estudiantes poco aventajados) no se lo vamos a discutir. Verdad será cuando lo afirman personas tan serias. Lo que a nosotros nos parece, a juzgar por lo que vemos, es que si se encuentran, debe de ser como pasa con las paralelas, que se van a unir en el infinito. «Bien fácil es mentir, el mentir de las estrellas...» Lo que hace al caso es que el artista que se mete a sabio o a maestro de escuela, yerra el camino, y merece que el crítico le avise con «a lo que estamos, tuerta».
En Galdós se hallará, sin pedantería, pero con maravillosa constancia, esa perfecta imparcialidad que logran siempre los grandes creadores. Para él no hay «buenos» y «malos», sino hombres y mujeres como los definió Sancho de modo inmortal: como Dios los hizo... y a veces peores.
Quizá se dé algo más que mera imparcialidad de artista en este aspecto del genio galdosiano; algo que vendría a ser también aspecto de la libertad de su espíritu. Al enfrentarse con los seres de su ambiente, el novelista español ha solido mirarlos desde una morada intelectual orientada ya por la religión, ya por la costumbre, o por otras posibles limitaciones de su juicio. Claro que esto sucede en todas partes, aun hoy. Quizá sobre todo hoy, cuando ha invadido la literatura esa peste ideológica que todo lo ve del color de Carlos Marx o del de sus contrarios. Pero dejando aparte esta epidemia que nos aflige, en la época de Galdós quedaba todavía en las letras españolas cierta tendencia al localismo intelectual. Galdós es libre. Tan libre como Shakespeare. El hombre que describe es el natural-social.
Todo lo cual presupone en él una filosofía implícita. Fichado como escritor de izquierda, hombre del progreso, Galdós se complace en situar socialmente a sus héroes como ingenieros, gente «moderna», sacerdotes de la ciencia aplicada; en suma, utopistas del baconismo. Pero ¿es ésa precisamente la filosofía de Galdós? Cabe dudarlo. No vayamos a ver en él el desencanto, la desilusión de estos modernos que ven ya venir la muerte por asfixia en el paraíso de las máquinas para no trabajar. Tan profeta no lo fue, ni lo fue nadie. Pero los ojos de su espíritu fueron demasiado perspicaces para no ver las contradicciones de la naturaleza humana que se ocultaban —mal— entre las nubes rosas del optimismo de su siglo.

SALVADOR DE MADARIAGA
3, St. Andrews Road OXFORD (ENGLAND)
CUADERNOS HISPANOAMERICANOS. Nº 250-252. Madrid. Págs. 52 a 57. Octubre 1970 – Enero 1971

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