MELIBEA.-
Cuanto dices, amiga Lucrecia, se me representa delante. Todo
me parece que lo veo con mis ojos. Procede, que a muy buen son lo dices y ayudarte
he yo.
LUCRECIA, MELIBEA.
Dulces árboles
sombrosos,
humilláos cuando veáis
aquellos ojos graciosos
del que tanto deseáis.
Estrellas que
relumbráis,
norte y lucero del día,
¿por qué no le
despertáis,
si duerme mi alegría?
MELIBEA.-
Óyeme, tú, por mi vida,
que yo quiero cantar sola.
Papagayos, ruiseñores,
que cantáis al alborada,
llevad nueva a mis
amores,
como espero aquí
asentada.
La media noche es
pasada,
y no viene.
sabedme si hay otra
amada
que lo detiene.
CALISTO.-
Vencido me tiene el dulzor de tu suave canto; no puedo más
sufrir tu penado esperar. ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Cuál mujer podía haber
nacida que deprivase tu gran merecimiento? ¡Oh salteada melodía! ¡Oh gozoso
rato! ¡Oh corazón mío! ¿Y cómo no pudiste más tiempo sufrir sin interrumpir tu
gozo y cumplir el deseo de entrambos?
MELIBEA.-
¡Oh sabrosa traición! ¡Oh dulce sobresalto! ¿Es mi señor de mi
alma? ¿Es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estabas, luciente sol? ¿Dónde me tenías
tu claridad escondida? ¿Había rato que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar
palabras sin seso al aire con mi ronca voz de cisne? Todo se goza este huerto
con tu venida. Mira la luna cuán clara se nos muestra, mira las nubes cómo
huyen. Oye la corriente agua de esta fontecica, ¡cuánto más suave murmullo su
río lleva por entre las frescas hierbas! Escucha los altos cipreses, ¡cómo se
dan paz unos ramos con otros por intercesión de un templadico viento que los
menea! Mira sus quietas sombras, ¡cuán oscuras están y aparejadas para encubrir
nuestro deleite! Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tórnaste loca de placer?
Déjale, no me le despedaces, no le trabajes sus miembros con tus pesados
abrazos. Déjame gozar lo que es mío, no me ocupes mi placer.
Tragicomedia
de Calisto y Melibea
Fernando
De Rojas
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