jueves, 18 de junio de 2020
martes, 16 de junio de 2020
jueves, 7 de mayo de 2020
miércoles, 6 de mayo de 2020
martes, 5 de mayo de 2020
sábado, 2 de mayo de 2020
martes, 28 de abril de 2020
domingo, 26 de abril de 2020
sábado, 25 de abril de 2020
viernes, 24 de abril de 2020
martes, 21 de abril de 2020
domingo, 19 de abril de 2020
miércoles, 8 de abril de 2020
domingo, 22 de marzo de 2020
jueves, 27 de febrero de 2020
El templo románico: una explicación
Nunca acabaríamos de leer tampoco
estos otros «cómics» de las metopas o los canecillos simbólicos, las pinturas o hasta la desnudez de las losas del
pavimento. Honorius Augustudunensis escribía: «Las iglesias se orientan hacia el Este, por donde el sol nace,
porque en él es venerado el Sol de Justicia y en el Este está dispuesto el
paraíso, nuestra casa... Las transparentes ventanas que alejan la tempestad y
dejan penetrar la luz son los doctores que resisten la tormenta de las herejías
y desparraman la luz de las enseñanzas de la Iglesia. El cristal de las
ventanas a través del cual pasan los rayos de luz es el pensamiento de los
doctores, que ven misteriosamente las cosas divinas como a través de un
cristal... Las columnas que sostienen la casa son los obispos, sobre los que se
apoya la estructura de la Iglesia, merced a la rectitud de su vida. Las vigas
que mantienen unida la construcción son los príncipes de este mundo que
proporcionan a la Iglesia su protección. Las tejas de la cubierta, al impedir
el paso de la humedad a la casa, son soldados que protegen la iglesia de
paganos y enemigos... Las pinturas son como el ejemplo de los justos... (y) se
realizan por tres razones: en primer lugar, para que sean leídas por los
laicos, en segundo lugar, para que el edificio se adorne con dicha decoración y
en tercer lugar, como un recuerdo de nuestros predecesores en la vida... El
pavimento, que los pies hollan, es el pueblo gracias a cuyo trabajo la Iglesia
se mantiene. Las criptas construidas bajo el suelo son los que cultivan la vida
interior... La puerta, que es un obstáculo para los enemigos y que se muestra
abierta a la entrada de los amigos, es Cristo... El cementerio es el seno de la
Iglesia, ya que, así como Cristo dio la vida a los muertos de este mundo en el
útero del bautismo, así, después de la muerte, les devuelve la vida eterna a
los muertos en la carne eterna.»
Y el claustro es, en fin, figura del
Edén como decía, y su pozo es símbolo de vida por el agua y de comunicación de
las zonas inferiores de la tierra con el aire y el cielo, de la tiniebla con la
luz.
martes, 25 de febrero de 2020
RECUERDOS DE MI AMISTAD CON VALLE-INCLAN POR SEBASTIAN MIRANDA
RECUERDOS DE MI AMISTAD CON
VALLE-INCLAN POR SEBASTIAN MIRANDA
Hace cerca de sesenta años que, de paso por
Madrid, camino de Italia, mi fraternal amigo y paisano Ramón Pérez de Ayala
me presentó a don Ramón del Valle-Inclán. Fuimos a su vivienda, en el
comienzo de la calle de Santa Engracia, hoy García Morato, en una casa muy
cercana al palacio del conde de Adanero. Nos recibió acostado en una cama muy
limpia donde se destacaba Ja impresionante y noble cabeza de don Ramón, que
inclinó un poco hacia adelante para mirarnos por encima de sus gafas,
extendiendo hacia nosotros su mano nervuda, con la que luego pausadamente atusó
sus barbas que medio ocultaban una amplia sonrisa parejamente con sus ojos, que
sonreían también. Del cuerpo no se vislumbraba el más mínimo relieve.
Desde los primeros instantes quedé cautivado
por su modo de hablar suave e insinuante, sin incurrir en monotonía, porque de cuando
en cuando cambiaba bruscamente de tono y de gesto, dando la sensación de que
sus ojos lanzaban chispas. De todo él trascendía un señorío auténtico
comprobando más tarde, cuando leí sus obras, que en ellas se reflejaba, como en
un espejo, todo su espíritu.
Cuando el año once me instalé en Madrid, en
un estudio con Ayala, reanudé mi relación con Valle-Inclán y fuimos amigos
hasta su muerte. A pesar de sus intemperantes con muchas gentes no tuvo para mí
ni una mala palabra ni un gesto agrio.
Fue siempre un hombre muy atildado y
cuidadoso de su atuendo. Casi siempre vestía de negro, y en el invierno siempre
envuelto en su capa.
Excepto Benavente y Ayala, a quienes estimaba
mucho, prefería reunirse habitualmente con pintores y escultores rehuyendo el
trato con sus compañeros de profesión. Sobradamente conocido es el primer
encuentro que tuvo con don Miguel de Unamuno, que a los veinticinco
pasos que anduvieron juntos se separaron para no volver a hablarse en muchos
años.
A Benavente le tenía verdadero afecto
salvándole en cierta ocasión de un gran apuro gracias a su decisión y valentía.
Una especie de chulo y matoncete pretendió
sacarle dinero a don Jacinto valiéndose del chantaje, y sabedor de la
intervención de Valle se encaró con éste diciéndole:
—Yo soy de Vallecas—. A lo que sin inmutarse
lo más mínimo le contestó:
—Yo soy Valle-Inclán y si desde este mismo
instante no dejas de importunar a don Jacinto te abro en canal.
Ignoro si cobró miedo al verle tan decidido,
pero el caso fue que no volvió a aparecer.
Escribía entonces Ayala crítica de teatros y
tuvo la inoportunidad de comentar con algún elogio en un artículo la actuación
de un hijo de Fernando Díaz de Mendoza. Digo la inoportunidad porque precisamente
era la época en que don Ramón había reñido con el famoso actor.
Valle le escribió una carta conminatoria a
Ayala, pidiéndole rectificase aquel benévolo juicio o se vería obligado a
publicar dicha carta en la prensa. Ramón se abstuvo de contestar y Valle-Inclán
la publicó y estuvieron unos meses sin hablarse. Me costó Dios y ayuda reconciliarles,
hallando la mayor oposición de la parte de Valle, pero Ramón no le daba al caso
ninguna importancia, riendo más bien de este pueril enfado.
Tuve que renunciar durante algún tiempo a las
deliciosas sobremesas en las que don Ramón llevaba siempre la voz cantante, ni
podíamos ir juntos a los toros, ni hacer excursiones a los pueblos cercanos a
Madrid.
Pero, al fin, a fuerza de piadosas mentiras,
conseguí que hicieran las paces. Preparé un viaje a Toledo llevando el almuerzo
y situándonos cerca de la Virgen del Valle, ponderando todos el maravilloso
espectáculo. Sorprendidos de que don Ramón permaneciese callado le dije: «¿Es que
a usted no le gusta este paisaje»?
«Absolutamente nada. Tengo la impresión de
que un día llueva fuerte y como es todo de barro se deshaga y se lo lleve el
río.»
Por aquella época invitamos a comer en
nuestro estudio, en la calle del Pez, a Benavente, Valle-Inclán, Tirso
Escudero, don Francisco de Icaza, Palomero y no recuerdo quiénes más a la
lectura de una comedia de Ayala.
No recuerdo el título, sólo vagamente su
argumento, que, a mi parecer, era muy ingenioso. No llegó a estrenarse. ¿Cuál
fue el motivo? No creo que sea difícil adivinar que viniendo Benavente como asesor
de Tirso Escudero, empresario de la Comedia, debió aconsejarle en ese sentido.
A mi parecer Tirso incurrió en un grave error y todavía mayor fue el de don
Jacinto. Ayala gozaba ya de un enorme prestigio y aun dando por seguro que su
obra resultase un fracaso, hubiera sido uno de tantos. Respecto a Benavente,
aunque en realidad le hubiese parecido mal, obró torpemente aconsejándole a don
Tirso que no la estrenase. No me atrevo a suponer que este proceder poco
político de don Jacinto haya podido influir ni poco ni mucho en el ánimo de
Ayala al enjuiciar sus obras. El me lo negó siempre. Pero de lo que no hay duda
es que sus críticas menoscabaron grandemente el prestigio de don Jacinto.
Algunos años antes de esta lectura, estando
Ayala en Londres de corresponsal de un diario madrileño, escribió un artículo
sobre Ber- nard Shaw, diciendo que este autor era ignorado en España, y los que
le conocían se lo callaban por la cuenta que les tenía, Benavente se dio por
aludido y en una de sus sobremesas de «Los Lunes del Imparcial» comenzaba así
una de ellas:
«Llega el joven a Londres, se entera de que
existe un autor dramático del que no tenía noticias y se apresura a insinuar
que aquí nos callamos por la cuenta que nos tiene».
Con todo esto quiero dejar bien sentado que a
mi parecer no fue nada hábil Benavente en zaherir a Ayala y la prueba fueron
las funestas consecuencias. Pese a las simpatías que a don Ramón le inspiraba
Benavente, aseguraba que los únicos autores que quedarían eran los Quintero y Arniches.
Sabido es que durante la Dictadura de Primo
de Rivera estuvo algún tiempo detenido don Ramón en la cárcel Modelo, en el
sitio que ocupa hoy el Ministerio del Aire. El día que le pusieron en libertad
fui a recogerle a la salida y le traje a mi casa. No tuvo ni una sola queja, ni
un gesto de amargura contra Primo de Rivera, que le encarceló varias semanas,
ya viejo y enfermo. Terminado el almuerzo v después de una larga sobremesa le
pregunté a don Ramón que a dónde quería ir.
«Hacia Córdoba —me dijo—, quiero estudiar
aquel ambiente para escribir un episodio sobre la guerra carlista». Al ir a
emprender el camino cambió de idea, «Vaya usted hacia Toledo». Llegamos ya casi
anochecido v entramos en la Venta del Aire. La dueña, muy refitolera, salió a
nuestro encuentro y con mil zalamerías se dirigió a don Ramón diciéndole:
— ¡Oh, señor marqués; bien venido sea el
señor marqués! ¿Qué va usted a tomar?
Valle, que se dio cuenta en seguida que lo
había confundido con el marqués de Vega Inclán, se amoscó un tanto, pero
conteniéndose le dijo:
—¿Y qué tiene usted?
—Hay de todo lo que le apetezca al señor
marqués. ¿Le parece bien una sopita, un huevecito?
Agotada su paciencia la interrumpió:
—Señora, pluralice; se dice siempre un par de
guantes, un par de botas, un par de huevos...
Yo le oí contar varías veces la famosa
aventura tan conocida cuando llegó por primera vez a Méjico y al desembarcar en
Vera Cruz leyó en un diario que todos los gachupines, desde Hernán Cortés al
último desembarcado, eran unos entes indeseables.
Presa de furor se dirigió a la redacción del
periódico, exigió la presencia del director y en vista de que no estaba,
insultó y abofeteó a uno de los redactores diciéndole que él era el último
español que había entrado allí y que, por tanto, exigía una inmediata rectificación
de aquellas ofensas. Reaccionaron aquellos periodistas y le arrojaron por un
balcón del piso bajo a la calle. Como hubiere perdido el sombrero en la
refriega y, ante el asombro de todos, volvió a entrar, y al referir este trance
me decía: «Y di un salto tan de tigre, tan de pantera, que se acoquinaron y
prometieron rectifican».
Fui con Ayala a visitarle en una ocasión que
se hallaba enfermo. Nos recibió Josefina, su señora, que por cierto nos enseñó
un retrato de María Guerrero, cuya dedicatoria decía: «Al más genial embustero
que he conocido en mi vida». Pasamos a la habitación donde, todo mustio, nos
contó que los médicos ignoraban lo que tenía. Ayala le dijo: «¿Quiere usted que
le vea Marañón?» Se opuso en un principio, pero al fin cedió. Gregorio le
recetó unas píldoras y a los pocos días volvimos a visitarle encontrándole muy
repuesto. «Vaya, don Ramón, parece que Gregorio acertó con su dolencia» —le
dije—. «No he tomado nada de lo que me recetó. Todas las píldoras las fui
tirando debajo de la cama». «Mentira —le dijo indignada Josefina—, se las tomó
todas y me pidió que le trajésemos otro frasco».
No recuerdo si referí ya que en cierta
ocasión fuimos un grupo de amigos a cenar al frontón Jay Alai. Comentando su
reciente salida de la cárcel comentó: «Tengo ganas de encontrarme con Primo de
Rivera y Martínez Anido, para darles una patada...». Entramos en el
restaurante, y en una mesita pegada a la pared, al lado de una grande, donde
nos acomodaron, estaba Primo de Rivera y Martínez Anido. «¡Santo Dios! —pensé
para mí—. La que se va a armar. De aquí nos llevan a todos a la cárcel.»
A nuestro paso, el presidente nos dirigió una
mirada noble y sonriente e insinuó un leve gesto de saludo. Apenas pude probar bocado;
tal era mi pavor. Hubo unos instantes, cuando se levantaron Primo de Rivera y
Martínez Anido, que me dijo: «Ahora va a ser ello». Pero, felizmente, Valle no
se movió. Sonreía lanzando al aire el humo de su cigarrillo. Renació la
tranquilidad. A la salida le dije sonriendo a don Ramón: «¿No decía que tenía
ganas de encontrarles? Bien cerca los tuvo usted, don Ramón.» «Había muy poca gente.
Si hubiera sido en el Real, pero ¿se han dado ustedes cuenta del miedo que ha
pasado el pobre Sebastián?»
Aunque ha sido muy divulgada, no quiero dejar
de mencionar una autobiografía que se publicó en el semanario madrileño Alma
Española, y es ésta: «Este que veis aquí, de rostro español y quevedesco, de
negra guedeja y luenga barba, soy yo: don Ramón del Valle-Inclán.
» Estuvo el comienzo de mi vida lleno de
riesgos y azares. Fui hermano converso en un monasterio de cartujos y soldado
en tierras de la Nueva España. Una vida como la de aquellos segundones hidalgos
que se enganchaban en los tercios de Italia por buscar lances de amor, de
espada y de fortuna. Como los capitanes de entonces, tengo una divisa, y esa
divisa es como yo, orgullosa y resignada: «Desdeñar a los demás y no amargarse
a sí mismo».
» Hoy marchitas ya las juveniles flores, y
moribundos todos los entusiasmos, divierto penas y desengaños, comentando las
memorias amables, que empezó a escribir en la emigración mi noble tío el
marqués de Bradomín. ¡Aquel viejo cínico, descreído y galante como un cardenal
del Renacimiento! Yo, que en buena hora lo diga, jamás sentí el amor de la
familia, lloro muchas veces de admiración y ternura sobre el manuscrito de las
memorias.
» Todos los años, el día de difuntos, mando
decir misas por el alma de aquel gran señor, que era feo, católico y
sentimental. Cabalmente yo también lo soy y esta semejanza todavía le hace más
caro a mi corazón.
» Apenas cumplí la edad que se llama
juventud, como final a unos amores desgraciados, me embarqué para México en «La
Dalila», una fragata que al siguiente viaje naufragó en las costas de Yucatán.
Por aquel entonces era yo algo poeta, con ninguna experiencia y harta novelería
en la cabeza. Creía de buena fe en muchas cosas que ahora pongo en duda, y
libre de escepticismos, dábame buena prisa a gozar de la existencia. Aunque no
lo confesase, y, acaso sin saberlo, era feliz: soñaba realizar altas empresas como
un aventurero de otros tiempos y despreciaba las glorias literarias. A bordo de
«La Dalila» —lo recuerdo con orgullo—asesiné a Sir Roberto Jones. Fue una venganza
digna de Benvenuto Cellini. Os diré cómo fue, aun cuando sois incapaces de
comprender su belleza: pero mejor será que no os lo diga, seríais capaces de
horrorizaros. Básteos saber que a bordo de «La Dalila» solamente el capellán
sospechó de mí. Yo lo adiviné a tiempo y confesándome con él pocas horas
después de cometido el crimen, le impuse silencio antes de que sus sospechas se
convirtiesen en certeza, y obtuve además la absolución de mi crimen y la tranquilidad
de mi conciencia.
»Aquel mismo día la fragata dio fondo en
aguas de Vera Cruz y desembarqué en aquella playa abrasada, donde desembarcaron,
antes que pueblo alguno de la vieja Europa, los aventureros españoles. La
ciudad que fundaron y a la que dieron abolengo de valentía, despejábase en el
mar quieto y de plomo, como si mirase fascinada la ruta que trajeron los
hombres blancos.
«Confieso que en tal momento sentí levantarse
en mi alma de hidalgo y de cristiano el rumor augusto de la Historia. Uno de
mis antepasados, Gonzalo de Sandoval, había fundado en aquellas tierras el
reino de la Nueva Galicia. Yo, siguiendo los impulsos de una vida errante, iba
a perderme, como él, en la vastedad del viejo imperio azteca, imperio de
historia desconocida sepultada para siempre con la momia de sus reyes, entre
restos ciclópeos que hablan de civilizaciones, de cultos, de razas que fueron y
sólo tienen par en ese misterioso cuanto remoto Oriente,
Después abrid,
Santillana,
un paréntesis aquí
y poned en él de mí
cuanto en él os diere
gana.»
También es curiosa una nota oficiosa que
salió durante la Dictadura motivada por la publicación de uno de sus primeros esperpentos
llamado La hija del capitán, y que el directorio militar ordenó poner fuera de
la circulación. «Si será malo—comentaba uno del régimen—, que el mismo autor lo
llama esperpento»; la nota reza así: «La Dirección General de Seguridad,
cumpliendo órdenes del Gobierno, ha dispuesto la recogida de un folleto, que
pretende ser novela, titulado La hija del capitán, cuya publicación califica su
autor de esperpento, no habiendo en aquél ningún renglón que no hiera el buen
gusto ni omita denigrar a clases respetabilísimas a través de la más absurda de
las fábulas. Si pudiera darse a la luz pública algún trozo del mencionado
folleto sería suficiente para poner de manifiesto que la determinación
gubernativa no está inspirada en un criterio estrecho o intolerable y sí
exclusivamente en el de impedir la circulación de aquellos escritos que sólo
pueden alcanzar el resultado de prostituir el gusto, atentando a las buenas
costumbres.»
Cuando vino la Republica le nombraron
«Gobernador general del Patrimonio Artístico de España». Un sector de la
opinión le propuso convertir los palacios de Aranjuez, El Escorial, La Granja,
El Pardo e incluso el Palacio Real de Oriente, así como los Alcázares de Toledo
y Segovia, en sanatorios y colegios.
Muy cuerdamente declaró don Ramón en una nota
a la prensa lo siguiente: «Convertir los que fueron reales sitios en asilos,
cantinas escolares, reformatorios y hospicios, constituiría una barbaridad sólo
comparable con la que se cometió en tiempos de Mendizábal transformando las
iglesias en cuarteles. Si los palacios están llamados a convertirse en
instituciones de caridad, mi ánimo se consterna, porque esto me parece un
utilitarismo más repugnante que la furia destructora de Atila. Un Atila llorón
y humanitario, dedicado a las obras de misericordia».
Tropezó en su cargo con tantas dificultades
que presentó inmediatamente su dimisión.
Poco tiempo después me lo encontré cerca del
sanatorio de la Cruz Roja, en la avenida Reina Victoria, arrimado a un árbol y
con la capa caída. Me fui en seguida hacia él: «Pero don Ramón, ¿qué le pasa a
usted?».
—«Voy a las escaleras del metro a pedir
limosna.»
- «No diga usted insensateces. Precisamente
iba en busca suya porque mañana vienen a cenar los amigos de siempre y
desearíamos todos que usted nos acompañase.»
—«¿A qué hora es la cena?»
—«A las nueve.»
—«Bien, a las siete me abren en canal, pero a
las nueve estaré en su casa sin falta.»
Le llevé a su domicilio y telefoneé a un
amigo mío refiriéndole la penosa escena. Al día siguiente me llamó éste para
que me informase acerca de don Ramón, cuáles eran sus deseos.
—«Que me nombren conservador del paisaje—me
dijo—.»
En un principio no me di cuenta del alcance
ni de lo que podía significar aquello, pero cuando se lo dije a mi amigo se
echó las manos a la cabeza y decidieron entonces nombrarle director de la
Academia de España en Roma.
Poco tiempo después estuve allí con mi mujer,
y un gran amigo mío, diplomático, nos refirió las cosas más graciosas y
peregrinas que se le ocurrieron durante su dirección.
Ya antes de salir hacia Roma se fue al
ministerio para que le adelantasen algún dinero para el viaje. Le contestaron
que allí, en Roma, se lo pagarían, y exclamó don Ramón: «¡Entonces tendrán
que facturarme en gran velocidad y a porte
debido porque no dispongo de un céntimo.»
Cuando tomó posesión de su nuevo puesto de
director de la Academia de Bellas Artes de Roma le sorprendió la carencia casi absoluta
de muebles. Durante el régimen anterior a la Dictadura no se habían preocupado
de decorarlo y amueblarlo como convenía.
A los pocos días tuvo que recibir una visita
y, señalando la única silla que había en el aposento, le dijo al visitante: «Siéntese
usted, pues como por mis venas corre sangre mora, puedo sentarme perfectamente
sobre mi capa.»
El Gobierno español le autorizó para que
adquiriese un coche como correspondía al director de la Academia de Bellas
Artes en Roma. Uno de los vendedores le presentó varios modelos, pero al mismo
tiempo se informó sobre Valle-Inclán, diciéndole que era uno de los más
extraordinarios aristócratas españoles. Le trató entonces el vendedor con toda
deferencia, llamándole excelencia y, finalmente, concluyeron el trato. Al
firmar y ver que sólo decía Ramón del Valle-Inclán, le dijo: «No ignoro que en
la República han anulado todos los títulos nobiliarios, pero quiere usted ser
tan amable de firmar también con su título.» Don Ramón contestó: «Pues si señor,
soy el marqués de Bradomín.»
En uno de los restaurantes que visitó le
dieron a firmar en un libro de honor. Antes de ello ojeó algunas firmas y
encontró la del famoso caballista Antonio Cañero. Entonces, don Ramón, muy indignado,
dijo que él no firmaba mientras no quitasen el nombre del famoso rejoneador.
Quisieron indagar el motivo y respondió: «Porque el mejor caballista de España
soy yo y Cañero el peor de mis discípulos.» El dueño del restaurante, por
complacerle, quitó aquella hoja y entonces Valle-Inclán firmó.
De don Ramón se han hecho tantas semejanzas
que no estoy cierto cuáles son las más sintéticas y acertadas. Una de ellas
dice:
Valle Inclán, el hombre más altanero del
mundo, con nadie se confiesa, nunca declara su secreto sentir. Hombre más que violento,
explosivo, siempre está sobre aviso, incluso cuando estalla, quisiera poder
decir: sobre todo cuando estalla... Hay un Valle-Inclán colérico y otro
maldiciente; hay un Valle-Inclán arriscado, temerario, y otro piadoso y
recoleto... Detrás de esos personajes se oculta un hombre indomable, que no
solicita la simpatía ajena exhibiendo desnudo su corazón.
Este es el tipo exaltado, impresionante, que
Valle-Inclán alimenta con sus más robustas energías; acaso sea el Valle-Inclán
de la historia o de la leyenda. Es probable que Valle-Inclán esté destinado a soportar
una desfiguración popular, grosera y que dure en la memoria del vulgo como un
carácter terrible, agrio. ¿No padece Quevedo una reputación de procaz
deslenguado? Pero al hombre dulce e infantil, huidizo y modesto, al cultivador
galaico que vive secretamente aherrojado por el personaje fabuloso de
Valle-Inclán, un destino casi sobrehumano le pesaría.
Rubén Darío le dedicó muchas composiciones.
La más conocida es el siguiente famoso soneto:
Este gran don Ramón
de las barbas de chivo
cuya sonrisa es la
flor de su figura
parece un viejo Dios
altanero y esquivo
que se animase en la
frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos
por instante fulgura
y da una llama roja
tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de
que siento y que vivo
a su lado una vida
más intensa y más dura.
Este gran don Ramón
del Vallc-lnclán me inquieta
y a través del
zodíaco de sus versos actuales
se me esfuma en
radiosas visiones de poeta
o se me rompe en un
fracaso de cristales.
Yo le he visto
arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los
siete pecados capitales.
De una conferencia que leyó en Buenos Aires
el año 1910, titulada «El arte de escribir», hay algunos párrafos que me
parecen de gran interés; dice: «El arte de escribir es un largo y penoso
aprendizaje con dos caras: el aprendizaje para ver lo que todas las cosas
tienen de bello y el aprendizaje para expresar.»
«Uno y otro deben hacerse unidos, porque así
como la rima por misteriosa asociación despierta ideal, así también la cosa de
la sonancia, de las consonancias y de las repeticiones de un vocablo parece que
alumbra y aviva la percepción para ver las cosas en la vida, pero mientras haya
necesidad de pensar un adjetivo, de perseguir la imagen, no debe escribirse. Ha
de estar hecho todo el aprendizaje antes de entregarse a la obra de arte; que
la idea salga vertida sin esfuerzo; que el vestido sea parte de su esencia como
la luz a la estrella. En la obra de arte no debe advertirse nunca el esfuerzo, porque
no se olvide que ocultar la fuerza es doblarla. Yo puedo deciros que llené mis
alforjas por los caminos de las dos Castillas. Entrando en las ventas y
calentándome en las cocinas y durmiendo en los pajares. Tales fueron las
universidades donde aprendí los más expresivos y sonoros vocablos y el modo de
usarlos que es lo más esencial, y las imágenes y las comparaciones y los
adjetivos sin antecedentes literarios. Porque la primera virtud del estilo es
que se parezca al estado hablado como quería Montaigne. En el habla del
labriego de Castilla está el espíritu de nuestra lengua y no en los clásicos
que vivieron latinizando e italianizando.»
Uno de los mayores escándalos públicos que
provocó don Ramón fue la noche del estreno de una obra de Joaquín Montaner, titulada
El hijo del diablo, en el teatro Fontalba, hacia el año 1927. Era un drama en
verso y la compañía que actuaba era la de Margarita Xirgu. Valle-Inclán escuchó
pacientemente el primer acto, pero en el segundo sacó del bolsillo un periódico
y se puso a leerlo, bien porque estaba aburrido o porque buscase un pretexto de
manifestar su disconformidad con la obra. Algunos gritos de muy bien y las
risas y siseos le espolearon y levantándose furioso de su butaca, que daba al
callejón o pasillo central, gritó: «muy mal, muy mal».
Y empezó el escándalo. Parte del público se
puso de su parte haciéndole coro. Otra prorrumpió en gritos de que se callase, escuchando
voces de que se fuera. Era conocido de todo el público y el nombre de
Valle-Inclán acudía a todos los labios. Se interrumpió la representación. El
escándalo se agiganta. Por el pasillo del patio de butacas avanza un inspector
de policía, que se dirige a don Ramón diciendo:
—«Siéntese usted y haga el favor de
callarse.»
—«No me da la gana, y ¿quién es usted para
importunarme?
—«Soy la autoridad.»
Y don Ramón le replica:
—«En el teatro la autoridad soy yo.»
Como arreciaba el escándalo salió lentamente
del patio de butacas hacia los pasillos, siguiéndole los amigos y partidarios.
Uniéronse al inspector varios agentes, que le obligaron a encaminarse a la comisaría.
Cuando el comisario se enteró de lo ocurrido y reconoció a don Ramón, presintió
todo el barullo y escándalo que se podría armar y las desagradables
consecuencias del jaleo en las peñas literarias y en la prensa y obró como
hombre cauto tratando de arreglar el asunto por las buenas.
—«Perdone usted, don Ramón, pero por el bien
de todos y para evitar dimes y diretes yo le pongo a usted en libertad y aquí
no ha pasado nada.»
—«No, señor comisario, usted debe cumplir con
su obligación.»
—«Pues si es así —respondió el comisario—,
tendremos que cumplir el trámite de tomarle declaración.»
—«Será completamente inútil, porque no pienso
decir ni una palabra. Pueden ustedes darme tormento como acostumbran sus sicarios.»
Y el comisario, conciliador, le dijo:
—«Sen usted razonable, don Ramón, usted.»
Un amigo de éste intervino para disculparle:
—«Señor comisario, don Ramón, está justamente
indignado, pero tenga la seguridad que no quiso molestarle a usted.»
—¿Pero a usted le parece—le dijo éste—que se
puede injuriar públicamente a uno de mis subordinados, llamándole idiota?
Y contesta don Ramón:
—Eso no es un insulto, es una definición.
Volvió a intervenir el amigo apaciguador:
—Yo estaba al lado de don Ramón y no le oí
decir eso. Posiblemente sus agentes están obcecados.
—No trate de negar la evidencia —dijo el comisario—.
Mis agentes me han asegurado que cuando le invitaron a salir les contestó que
no le daba la gana.
Terció otra vez el amigo diciendo:
—Mire usted, señor comisario, le repito que
está usted confundido. Lo que pasó es que hubo mucha gente del público que
increparon a don Ramón diciéndole que se fuese y él les contestó que no le daba
la gana. Pero no a sus agentes.
El comisario tenía evidentes ganas de
arreglar el asunto para que no trascendiese el escándalo, pero don Ramón con
voz muy campanuda les dijo:
—No diga usted mentiras, mi querido amigo; a
quien yo me dirigí precisamente fue al policía.
—¿Lo ve usted claro ahora? El señor
Valle-Inclán reconoce el desacato a la autoridad.
A lo que don Ramón contestó:
—Me permito decirle que no sabe usted lo que
se dice. Sí, señor; autoridad viene de autor y en un estreno la autoridad soy
yo, porque yo soy autor, es decir, la máxima autoridad, y en este caso, o se me
admite mi denuncia contra los guardias que no han dejado que la ejerciera o
apelaré contra usted y sus súbditos ante el Tribunal Supremo.
Todo intento de paz fue inútil. Se envió el
acta al juzgado de guardia. Lo único que consiguieron fue la libertad de don
Ramón por orden de Martínez Anido, que dijo: «Si lo volvemos a encarcelar toda
la prensa extranjera se volverá contra nosotros.»
Muy orondo y satisfecho se fue don Ramón
acompañado de sus amigos hacia la granja del Henar, donde le tributaron una
ovación a su llegada.
Como un reguero de pólvora se extendió la
noticia por todo Madrid.
Enrique de Mesa, en su crítica al día
siguiente, escribía: «Al hijo del diablo», que es así como se titulaba la
comedia, con un juicio adverso, expresado en alta voz, lo enterró el insigne
poeta don Ramón del Valle-Inclán, que anoche en la sala del Fontalba fue el
único representante de la estirpe del mozo sevillano y el más leal y ardido admirador
de Zorrilla.»
La prensa se ocupó del accidente del teatro
de Fontalba, que llamaban «El Panteón», por la cantidad de fracasos de todas
las compañías que allí actuaban. Hasta el mismo gabinete de Primo de Rivera
intervino publicando aquella nota oficiosa tan famosa que comenzaba diciendo:
«El eximio escritor y extravagante ciudadano don Ramón María del
Valle-Inclán...» Fueron todos los periodistas en masa a visitar a don Ramón
para informar del alcance de su protesta. ¿Era ésta por la obra? ¿Por la
interpretación o por los excesivos aplausos de la claque? Y éste contestó: «Por
todo y contra todo.» Porque todo era allí desastroso. Había que afirmar el
derecho de opinar airosamente, libremente contra las opiniones contrarias y
ruidosas de los demás, frente al deseo de hacer del Fontalba un sitio acotado
donde no se puede oír la rebeldía de una voz sincera, de una voz que no quiere
unirse al sentimiento común, expreso o tácito. En realidad, lo que hice fue
adelantarme a lo que iba a hacer el público; rechazar la obra. Dije en alta voz
lo que pensaban muchos y lo que luego de un modo u otro acabaron por decir
todos. Yo, más inteligente o más experto, o más sincero, vi en el segundo acto
lo que el público vio al final de la obra.
Algunos meses después se celebró el juicio
oral contra don Ramón por desobediencia y desacato a la autoridad.
La sala estaba llena de gente conocida.
Célebres actrices como Irene Alba, Carmen Díaz, María Fernanda Ladrón de
Guevara, Carmen Ruiz Moraga, Adela Carbone y otras muchas. Entró don Ramón
en-vuelto en su capa y tomó asiento en el banquillo de los acusados. Al
comenzar el proceso dijo el presidente:
—Levántese el procesado.
Don Ramón, impertérrito, contestó:
—Estoy bien así.
Se oyó una carcajada general que sacó al
presidente de sus casillas.
—Procesado, levántese, se lo ordeno.
Intervino rápidamente el defensor, diciendo:
—Señor presidente, el procesado padece una
crisis reumática.
Don Ramón le ataja con toda violencia:
—No, falsedades no. Yo no soy un golilla para
decir embustes. No padezco de reúma. Lo que pasa es que no me parece bien levantarme.
Las risas continuaron y acrece el escándalo.
El presidente, dando puñetazos en la mesa,
reclama orden.
Don Ramón continúa tranquilamente sentado.
Los magistrados cuchichean entre sí. El presidente da por buena la explicación
del defensor y dirigiéndose a don Ramón le pregunta:
—Procesado, ¿promete usted decir la verdad?
Valle-Inclán se pone en pie y dice:
—Yo no hago promesas; yo, o hago juramentos o
no digo nada.
El presidente advierte:
—La ley dispone que el procesado prometa.
—Me da igual—reitera don Ramón—. Yo no puedo prometer.
Soy católico, apostólico romano, antidinástico.
La campanilla presidencial se agita para que
no se entere nadie de lo que va a decir don Ramón.
—Orden, orden, esas declaraciones son
impertinentes.
—La impertinencia es interrumpirme; soy
católico jaimista y es muy importante que diga que, en la guerra, mandando la
división de castellanos...
—¡Orden! ¡Orden! —¡Pero déjenme seguir!
El defensor mira a don Ramón y le suplica con
una mirada que se calle. Valle-Inclán lo hace y espera que cesen las risas. El
presidente grita:
—Si continúan riéndose ordenaré desalojar la
sala.
Por arte de birlibirloque ésta se convierte
en el lugar más silencioso del mundo, pero por muy poco tiempo. Sí, porque el
presidente ha preguntado:
—¿Cómo se llama usted?
Y Valle-Inclán contesta:
—¿Y usted?
La carcajada retumba en la sala; brinca la
campanilla. Los magistrados exclaman «esto es intolerable»; el fiscal vocifera,
las damas se ríen; la justicia está en ridículo. El presidente se desgañita:
—¡Orden, orden, señor procesado; es
inadmisible su conducta!
Don Ramón, el más sereno entre todos ellos,
exclama con voz insinuante:
—Pero compréndalo usted, es menos absurdo que
le pregunte yo usted cómo se llama que no usted a mí. Todas esas damas que
están ahí, todos esos señores que han acudido a este proceso conocen perfectamente
mi nombre, y en cambio el de usted estoy seguro que no lo saben ni les
interesa.
—¡Orden! ¡Orden!
El presidente pasa por alto la afiliación de
Valle-Inclán, pero le pregunta:
—¿Qué profesión tiene usted?
—Coronel general de los ejércitos...
—Esa graduación no existe en el Ejército
español.
—Soy coronel general de los ejércitos de
Tierra Caliente.
—¿Pero qué país es ése?
—Me va a resultar muy difícil explicárselo.
Si usted tuviese algunas nociones de Geografía...
Y la sala vuelve a hundirse en una carcajada
general.
En resumen: que don Ramón fue condenado al
pago de una multa y no hubo más.
Hacia el año 40 fui al consulado de España en
París, donde residía desde algunos años atrás, para visitar al vicecónsul, don
Ramón Martínez Artero. Me hicieron pasar a una sala de espera, donde había una
señora de alguna edad, bastante agraciada todavía. Presumiendo por su tipo que
era española, trabé conversación con ella, enterándome de que, en efecto, había
nacido en Málaga, a donde no volvió desde que era chiquitilla.
Pocos instantes después entró mi amigo Artero
interrumpiendo nuestro coloquio, preguntándome si éramos viejos conocidos. Le contesté
que era la primera vez que había tenido el gusto de charlar con ella.
—¿Pero por lo menos estará usted enterado de
quién es?
—No tengo la menor idea; sólo sé que es
malagueña.
—Pues en vista de ello tengo el gusto de
presentarle a su alteza real la princesa de Capurtala, de quien habrá oído
usted hablar.
Gratamente sorprendido permanecí un gran rato
sumido en mis recuerdos.
Es una historia muy conocida de la que don
Ramón del Valle-Inclán fue el principal protagonista. Pero como desde entonces
han transcurrido justamente sesenta años, muchos de mis oyentes la habrán
olvidado.
Con ocasión de las bodas reales de Don
Alfonso XIII con Doña Victoria de Batemberg se dieron cita en Madrid multitud
de príncipes del mundo entero; por este motivo estaba en fiestas. Se inauguró
el Kursal, donde actuaban Consuelo Bello «la Fornarina», Pastora Rojas «la
Imperio», Antonia Merced «la Argentina», y como relleno, Las Camelias, que eran
dos hermanitas que bailaban: una se llamaba Victoria y la menor de quince años,
Anita Delgado. Terminada la primera parte del espectáculo, las artistas
alternaban con los espectadores más asiduos para charlar, tomar unos bocadillos
o beber una copa. Uno de los palcos lo ocupaban varios contertulios de la peña
de Levante presidida por don Ramón y en la que figuraban los pintores Julio
Romero de Torres, Anselmo Miguel Nieto, Penagos, Oroz, Ricardo Barojas y otros.
Todos ellos trabaron amistad con las hermanas Camelias, quizá por ser las más
humildes y desamparadas. Una de aquellas noches, Anita, la más joven, les dijo
que había recibido la visita de un empleado del hotel de París pretendiendo
entregarle un sobre que contenía 6.000 pesetas, con la condición de que
aceptase el ir a cenar con un príncipe indio. Rechazó ésta con gran indignación
aquel dinero, añadiendo que «ella era muy pobre pero muy honrá» y que por quién
la había tomado aquel señor.
Era la tal Anita nacida en Málaga, hija del
propietario de un establecimiento llamado «Bar de la castaña». Pero éste hizo
quiebra y después de venderlo por doce mil reales se trasladó a Madrid con toda
la familia, instalándose en el desván de la casa número 23 de la calle del Arco
de Santa María. Una de aquellas noches el príncipe o marajá de Capurtala asiste
a la función del Kursal y queda prendado del encanto e ingenuidad que emanaba
de Anita, y creyendo fácil su conquista le envió las 6.000 pesetas.
El empleado del hotel se las devolvió al
príncipe, refiriendo el enfado e indignación que le había causado a la joven
Anita. En vez de contrariarle la actitud de la joven malagueña, le envió al día
siguiente un ramo de camelias y una carta pidiéndole mil excusas y despidiéndose.
Unos días después, cuando ya se había
olvidado lo que parecía un capricho pasajero, recibe Anita una carta del
secretario del príncipe ofreciéndole 100.000 pesetas para pasar una temporada
con él en París.
La Fornarina y Pastora y otros de la peña de
Levante le aconsejan que acepte, pero interviene Valle-Inclán y dice:
—En efecto, cien mil
pesetas es una cantidad respetable, pero si nos damos cuenta de las fabulosas
riquezas de la India, es una mezquindad. Aparte de que el honor de Anita no
tiene precio y yo le aconsejo que no lo acepte.
Al fin, Anita contesta:
—Dígale usted al príncipe que soy una mujer
honrá y que sólo accederé si a mí me gusta, cuando me lleve de antemano al
altar.
—Yo también tuve quince años, como tú, rica,
y vives en las nubes. Aprovecha la ocasión, que otra como ésta no se te vuelve
a presentar en la vida —le dijo la Fornarina.
Las Camelias siguieron bailando en el Kursal
durante varias semanas.
Un buen día aparece un nuevo embajador indio
con otro mensaje. Como está escrito en francés piden a Oroz que lo traduzca. Ei
príncipe afirma que está enamorado de la más joven de las Camelias y dispuesto
a hacerla su esposa. Ante tales circunstancias se reúne la peña de Levante, que
patrocinaba Valle-Inclán, y acuerda que éste escriba la respuesta. Se cruzaron
dos o tres cartas más y finalmente propusieron que fuese a París en compañía de
su madre y del pintor Oroz. Este se niega rotundamente porque le parece que
estos oficios son indignos. Interviene Valle tranquilizándole y diciéndole que tampoco
él se prestaría si se tratase de un ricacho cualquiera, pero tratándose de un
príncipe mahará cambia completamente, convirtiéndose en un honor, y saca a
relucir ejemplos, citando los nombres más prestigiosos del Jothar. Convencióse
el buen Oroz y con ellas se fue a París.
Después de una permanencia de varios meses en
un colegio de Inglaterra se celebraron con gran pompa las bodas reales y Anita Delgado
fue princesa de Capurtala, donde reinó y residió en la India durante muchos
años, y esta fue la señora que conocí en el consulado de España en París.
Para terminar, voy a referir unas cuantas
anécdotas de don Ramón.
En una de sus tertulias alguien habló de un
personaje del siglo XIX, y para caracterizarlo dijo:
—Tenía un aire melancólico.
—Alto—dijo don Ramón—. ¿En qué fecha ocurrió
eso?
—En mil ochocientos dieciséis.
—Absurdo.
—¿Absurdo por qué?
—Porque en mil ochocientos dieciséis la
melancolía no existe todavía; la melancolía fue descubierta en mil ochocientos
treinta y uno.
A un joven orgulloso le dijo: «Recójase usted
el talento no vaya a pisárselo.»
Otro día llamó pedazo de bruto a un
contertulio. El ofendido exclamó:
—Retire usted esas palabras.
—Retiro lo de pedazo.
Al pasar por un pueblo vio que estaban
construyendo una gran tapia y preguntó qué fin tenía.
—Es para un cementerio —le dijeron.
—Me parece inútil.
Refiriendo una vez que entre las arañas era
muy corriente la homofagia, le interrumpió uno preguntándole:
—¿Qué es eso de la homofagia?
Y don Ramón contestó:
—Es el hecho de comer animales de la misma especie.
Usted, por ejemplo, sería homófago si comiera un besugo.
Hubo una época que adoptó el régimen
vegetariano y comentaba:
—Observen ustedes cómo los seres que se
alimentan de carne son propicios a enfurecerse de manera peligrosa. Por el
contrario, ahí tienen ustedes el dulce cordero, que se alimenta de hierba.
—¿Y el toro, don Ramón? —preguntó alguien.
—Ah, el toro —respondió sin inmutarse—. El
toro se alimenta de hierba seca, que es lo mismo que si comiera mojama.
A lo mejor alguien alababa a uno con exceso:
¡Qué ingenio tiene!
¡Qué grandes pensamientos! Y don Ramón,
sonriendo, replica:
—Si, pero es una lástima que sea tan avaro.
Se los guarda todos.
No perdona al lisonjero:
—En verdad, don Ramón, hay gente que tiene
ojos y no ven y que tienen oídos y no oyen.
Y entonces replicó Valle:
—Lo que hace falta son gente que tenga lengua
y que no hablen.
Al final de un banquete se levantó a hablar
don Ramón, diciendo:
—El ideal de los intelectuales de España debe
de ser la vida del gitano que está fuera de la ley y perseguido por la guardia
civil.
En las últimas zonas de su vida recitaba el
proverbio: «Mejor es estar sentado que de pie; mejor echado que sentado y mejor
muerto que de ninguna otra manera.»
Y aquí terminan algunos de los recuerdos de
mi amistad con mi llorado amigo don Ramón del Valle-Inclán.
SEBASTIAN MIRANDA
Avda. de la Moncloa, 18
MADRID
CUADERNOS HISPANOAMERICANOS. NÚM:
199-200. HOMENAJE A RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN.
MADRID, JULIO-AGOSTO 1966.
viernes, 21 de febrero de 2020
San Macario de Alejandría.
2 de enero
SAN MACARIO DE ALEJANDRÍA, ANACORETA
(f ca.408)
Este insigne anacoreta del siglo IV
es uno de los mejores ejemplos de la vida ascética, con la tendencia al retiro
del mundo y apartamiento a la soledad, que tanto predominó en este tiempo.
Además, constituye una excelente prueba del tránsito de la vida puramente
solitaria a la de comunidad o cenobítica, que se fue imponiendo a fines del
siglo IV y durante el siglo V. De él nos informa ampliamente, sobre todo,
Paladio, en su Historia Lausíaca, que es la más antigua y
fidedigna historia del primer desarrollo del monacato.
Era originario de Alejandría, de
donde se deriva el renombre con que es generalmente conocido; pero es
denominado asimismo el Joven, en contraposición a San Macario de Egipto (15 de enero),
llamado también el Viejo, aunque, a decir verdad, ambos son casi rigurosamente
contemporáneos. Además, debe distinguírsele también de otros varios Macarios,
célebres en los anales de la vida monástica, pues no puede olvidarse que la palabra
griega macarios significa feliz o bienaventurado.
Así, pues, Macario de Alejandría,
antes de entregarse a la vida de ascetismo cristiano, desempeñó hasta los
cuarenta años el oficio de mercader de frutas o confitería, que dio pie, ya
desde antiguo, a que sea considerado como patrono del ramo de los pasteleros.
En la flor de la edad, cuando contaba cuarenta años, siguiendo la corriente
ascética del tiempo, se retiró a la vida solitaria, donde perseveró con
indomable constancia durante unos setenta años, hasta su muerte. Ni la fecha de
su nacimiento ni la de su muerte nos son conocidas, pero debió de nacer hacia
el año 310 y morir hacia el 408, casi centenario.
Cuando se retiró a la soledad, a
mediados del siglo IV, era el tiempo en que todo el Oriente, particularmente en
los desiertos de Egipto, se hallaba en su máximo apogeo la vida anacorética.
Más aún. Con San Antonio Abad había tomado cada vez más consistencia el género
de vida de las comunidades de ermitaños, que vivían en sus celdas separadas,
pero se juntaban para algunos ejercicios ascéticos y estaban bajo la dirección
de algún maestro señalado; y con San Pacomio se daba comienzo a una vida de
estricto ascetismo, pero dentro de un lugar cerrado y bajo la obediencia de un
superior y observancia de una regla. Es la vida cenobítica o de comunidad, que
recibió su más pleno desarrollo. en Oriente con las dos reglas de San Basilio,
y en Occidente con las de San Agustín y de San Benito.
Según atestigua Paladio, Macario
inició su vida solitaria en el desierto de Egipto. Tal vez se puso en un
principio bajo la dirección de alguno de los maestros de más prestigio, para aprender
de ellos el verdadero ascetismo cristiano. Tal vez se unió a una de las
colonias que estaban bajo la dirección de San Antonio Abad (f 356) o de algún
otro de los maestros de la vida ascética que admitían discípulos. Tres eran los
desiertos de Egipto, célebres por las grandes multitudes de solitarios,
colonias de anacoretas y cenobios incipientes. El más alejado era el de la
Escitia, en los límites de la Libia. Seguía el de las Celdas y de Nitria, que
ocupaba grandes extensiones en la parte central. El tercero era el del Bajo
Egipto, más próximo a Alejandría. Pues bien, consta que Macario recorrió estos
diversos desiertos, pero que desarrolló definitivamente su vida ascética y
llegó a ser un ejemplo y guía de anacoretas en la región de las Celdas, con una
especie de colonias al estilo de las de San Antonio. Por el mismo tiempo, en el
desierto de Escitia, desarrollaba una vida muy semejante y reunía en torno suyo
gran número de discípulos Macario el Viejo. Ambos fueron verdaderas lumbreras
del ascetismo cristiano de estos tiempos. Paladio nos refiere que, en los
últimos años de la vida de Macario el Joven, estuvo con él en su cabaña y fue
testigo de la vida que él y los demás discípulos llevaban. Por esto su
testimonio es enteramente fidedigno.
La vida de Macario el Joven y de sus
discípulos, conforme a la relación de Paladio, era de una austeridad
extraordinaria. Cada anacoreta tenía su celda separada, donde vivía en la más
absoluta soledad durante la semana; pero los sábados y domingos se reunían para
los oficios divinos. Ocupábanse en la oración; observaban el más riguroso
silencio; juntamente se ejercitaban en trabajos manuales, como de tejer esteras
o cosas semejantes, que les ayudaran a fomentar la contemplación y unión con
Dios. En general, era admirable la alegría, buen espíritu y aun la buena salud
corporal de que disfrutaban aquellos solitarios, a pesar de que su comida se
reducía a lo más frugal e indispensable para mantener la vida. Sanos de cuerpo
y de alma, aquellos anacoretas, bien orientados por sus excelentes maestros,
vivían sólo para Dios, a quien se habían consagrado por completo.
A esta vida de retiro absoluto del
mundo, de oración y consagración a Dios, uníase la más estricta continencia,
que constituyó desde un principio una parte sustancial del ascetismo cristiano,
a lo cual se añadió una inmensa variedad de austeridades y penitencias, que a
las veces rayaban en lo inverosímil. En todo ello fue San Macario a la cabeza;
pero, según Paladio, sobresalía de un modo especial por sus austeridades,
realizadas siempre con el más elevado espíritu de amor e imitación de
Jesucristo en su pasión y con el ansia de reparación por el mundo encenagado en
toda clase de pecados.
Ciertamente estas austeridades
parecerán exageradas y seguramente lo serían en nuestros días; pero son claro
indicio del elevado espíritu de aquellas generaciones de ascetas y particularmente
del extraordinario amor a Dios de San Macario. El mismo Paladio refiere el
siguiente rasgo, claro índice del espíritu de mortificación de Macario y sus
discípulos. Habiendo recibido Macario en cierta ocasión una cesta de uvas, la
envió a un monje de la celda vecina, que se encontraba algo enfermo. Éste,
movido a su vez por el espíritu de mortificación, la hizo llevar a otro monje;
éste, con el mismo espíritu; a un tercero, y así fue pasando la cesta por todas
las celdas, hasta que el último, no menos mortificado, la llevó al mismo
maestro, Macario.
A todos los demás superaba Macario en
la austeridad de vida, que llegó a hacerse proverbial entre los monjes del
desierto. Siete años seguidos se alimentó únicamente de plantas y algunos granos,
y durante los tres siguientes se limitaba a cuatro o cinco onzas de pan diarias
y un poco de agua. Impulsado por la misma ansia de mortificación, ejercitábase
en largas vigilias, y para que no lo rindiera el sueño, se mantenía fuera de su
cabaña, quemado por el sol durante el día y transido de frío por la noche. Dios
le había dado un cuerpo especialmente apto para soportar las más duras
maceraciones y sacrificios, por lo cual, movido siempre del ansia de agradar a
Dios, trataba de imitar cualquier ejercicio espiritual que veía u oía de otros
solitarios.
Es interesante lo que se refiere acerca
de su estancia en el célebre monasterio de Tabennis, donde moraba San Pacomio
con gran número de monjes. En efecto, atraído Macario por la fama de santidad y
austeridad de vida de este monasterio, dirigióse a él hacia el año 349,
disfrazado de campesino, y suplicó a Pacomio su admisión entre los monjes. Este
le respondió que le parecía demasiado avanzado en edad para poderse acostumbrar
a sus ayunos y vigilias. Pero, ante su insistencia, lo dejó siete días enteros
a la puerta del monasterio, donde permaneció Macario sin probar ningún
alimento. Entonces Pacomio le permitió ingresar en el claustro; pero, empezando
entonces la Cuaresma, todos los monjes la observaban con el más riguroso ayuno
y extraordinarias penitencias a la medida de sus fuerzas. Unos ayunaban uno;
otros dos, tres o cuatro días por semana; unos estaban todo el día en pie y
únicamente se sentaban durante las horas de trabajo. Macario, por su parte, se
mantuvo en su rincón entregado a su trabajo y observando durante los cuarenta
días el más riguroso ayuno, sin comer más que unas hojas de col cada domingo. A
la vista de tan rigurosa austeridad, los monjes acudieron durante la Pascua a
su maestro Pacomio y le suplicaron no permitiera aquellos rigores que pudieran
ser perjudiciales a toda la comunidad, pues los monjes querrían imitarlos y se consumirían
de inanición. Pacomio se puso entonces en oración para poder determinar lo que
debía hacerse en un caso tan sorprendente de austeridad y fervor religioso, y
Dios le dio a entender que aquel hombre desconocido era Macario, cuya fama de
santidad le era bien conocida. Entonces lo abrazó con el mayor fervor, le dio
las gracias por la edificación que había dado a su monasterio y se despidió de
él suplicándole rogara por sus monjes.
Todos estos detalles han sido
transmitidos por Paladio, testigo de la santa vida de Macario y sus discípulos,
y ciertamente, aun concediendo que pudiera haber algo de exageración,
debida al entusiasmo del biógrafo, indica con toda evidencia el espíritu de
santa emulación de aquellos monjes del desierto en la oración y penitencia. El
mismo Paladio atestigua igualmente cómo Macario tuvo que luchar contra las
persistentes tentaciones del demonio, lo cual nos lo presenta bajo un aspecto
más humano y semejante a nosotros, que tanto debemos luchar contra las continuas
asechanzas del enemigo. Así, en cierta ocasión, sugirióle éste la idea de
abandonar el desierto, con el pretexto de que sería de más servicio y gloria de
Dios dirigirse a Roma y entregarse al cuidado de los enfermos en los
hospitales. Pero él, descubriendo en ello una falacia del enemigo para hacerle abandonar
aquella vida de oración y penitencia, arrojóse al suelo de su celda, mientras
gritaba: “Sacadme de aquí por la fuerza, si es que podéis; pues yo os aseguro
que espontáneamente yo no marcharé de aquí”. Mas, como fueran cada vez más
persistentes las acometidas del demonio, llenó de arena una espuerta, la cargó
sobre sus espaldas y andaba con esta carga por el desierto. Viéndole, pues, de
esta forma un monje, trató de ayudarle, pero él le dijo: “No, no; porque estoy
atormentando a este cuerpo, que tanto me atormenta a mí.”
Por otra parte, de las indicaciones
de su biógrafo deducimos que luchaba igualmente contra las tentaciones de
vanidad y amor propio, que tanto dan que hacer a las almas espirituales. En
efecto, refiere Paladio que algunas veces, encontrándose a la puerta de la
celda de Macario, oía que hablaba en el interior increpándose a sí mismo con
estas palabras: “¿Qué quieres, viejo malvado? Has tomado ya una porción de
aceite y vino. ¿Qué más quieres, glotón de cabellos blancos?” Otras veces
dirigía duros improperios al diablo, diciéndole: “¿Es que te soy deudor de
alguna cosa? ¿Qué tienes que ver conmigo? Márchate lejos de mí.”
En medio de una vida de tanta
austeridad, v gozando de tanta intimidad con Dios, consta que tenía un
atractivo tan grande entre los demás solitarios del desierto, que eran
innumerables los que vivían cerca de él y se ponían bajo su dirección espiritual.
Su espíritu verdaderamente paternal y la solidez espiritual de la dirección que
daba a sus discípulos aparece claramente en esta anécdota: Desalentado en
cierta ocasión uno de sus discípulos, viendo su poco aprovechamiento
espiritual, acudió a desahogarse con su maestro Macario. Este le respondió: “No
te entretengas nunca con esta tentación y respóndete a ti mismo: mi amor a
Jesús me obliga a perseverar aquí hasta el fin; estoy decidido a permanecer en
esta celda, aunque sólo sea para darle gusto a Él y cumplir su voluntad.”
De la misma suavidad de su trato y de
la alegría espiritual que irradiaba en tomo suyo, es buen testimonio el hecho siguiente,
referido por los historiadores, que, aunque tal vez pertenezca al mundo de las
leyendas, es indudablemente el mejor símbolo del atractivo humano de la virtud
de Macario. En efecto, atravesando el Nilo en cierta ocasión junto con el otro
Macario (el Viejo), cruzáronse con un grupo de oficiales del ejército, los cuales,
vivamente impresionados por el porte alegre y la felicidad que respiraban ambos
anacoretas, decían los unos a los otros:
“Es curioso cómo estos hombres son
tan felices en medio de su pobreza.” Oyendo esta expresión Macario de
Alejandría, cuéntase que repuso: “Tienes razón al calificarnos de hombres
felices, pues en verdad así lo atestigua nuestro nombre (Macario, palabra
griega, significa feliz). Pues, si nosotros somos felices porque despreciamos
el mundo, ¿no es justo que os consideréis vosotros como miserables por ser sus
servidores?” El mismo relato añade que estas palabras, unidas al ejemplo de los
dos solitarios, produjeron tal efecto en el jefe de aquel grupo, que volvió a
su casa, distribuyó todo lo que poseía entre los pobres, y se hizo ermitaño.
Para que el ejemplo de su vida fuera
más humano y más completo, Dios permitió que fuera víctima de persecuciones y
aun calumnias. Estas llegaron a tal extremo, que por algún tiempo se vio
forzado a abandonar su celda y fue desterrado por la fe católica, por obra de
Lucio, patriarca arriano de
Alejandría. Más aún. Dios permitió igualmente fuera su alma probada con la
mayor oscuridad espiritual. Efectivamente, movido de su ansia de contemplación,
refiere Paladio que se encerró dentro de su celda con el propósito de
permanecer en ella cinco días seguidos. Los dos primeros días se sintió
inundado de dulzura celestial; pero al tercero se sintió acometido de tal
turbación y guerra del enemigo, que se vio obligado a volver a su vida normal.
Por esto observaba él a sus discípulos que Dios se retira en ciertas ocasiones,
para que los hombres experimenten su propia debilidad y reconozcan que la vida
es una lucha.
No es, pues, de maravillar que con
una vida tan santa recibiera de Dios la gracia especial de hacer milagros. Tal
vez algunos de los que se le atribuyen entren en el campo de la leyenda, pero
ciertamente constituyen excelentes lecciones prácticas de su vida,
profundamente ascética. Refiere Paladio, como testigo ocular, que un sacerdote,
con la cabeza atormentada por una llaga cancerosa, acudió a la celda de
Macario; pero éste, en un principio, se resistió porfiadamente a admitirlo y ni
siquiera quería darle ninguna respuesta, pues había entendido en la oración que
todo aquello era castigo de un pecado de la carne. Paladio mismo, sin sospechar
nada de esto, insistió con Macario para que se compadeciera de aquel
desgraciado, hasta que, al fin, lo consiguió. Macario acudió al enfermo y ante
su sincero arrepentimiento, le otorgó el perdón.
Respecto de su muerte, Tillemont
señala el año 394, pero es más probable que tuvo lugar hacia el 408, pues se
sabe que murió contando unos cien años de edad y que nació a principios del
siglo IV. Algunos le han atribuido una regla para los monjes. Tal vez se puede
relacionar con esta regla lo que San Jerónimo copia en su carta a Rústico. Por
otra parte, el bien conocido Codex Regularum de San Benito de
Aniano presenta una regla con el nombre de los dos Macarios, Serapión, Pafnucio
de Escitia, Serapión de Arsinoe, etc. En el desierto de Nitria se mantuvo
durante varias centurias un monasterio que lleva el título de San Macario. Su
culto se introdujo en Oriente ya en la antigüedad.
BERNARDINO LLORCA, S. I
AÑO CRISTIANO (I). B.A.C.
BIBLIOGRAFIA
Act. SS. Boll., Ian., 2.
PALLADIUS, Historia Lausiaca
c.18.
Codex Regularum, ed. PL 103;
Concordia Regularum, ed. Menard (1638).
AMÉLINEAU, Anuales du Musée
Guimet 25,235s.
SCHIEWIETZ, Morgenlandisches
Mónchtum vol.l p.l04s (1904).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)















