XIII – Un chusco
para cada castellano
Conforme lo dicho, las tierras de mi pueblo
quedan circunscritas por las de Pozal de la Culebra, Navalejos, Villalube del
Pan, Fuentetoba, Malpartida y Molacegos del Trigo. Pozal de la Culebra es la
cabeza y allí está el Juzgado, el Registro, la Notaría y la Farmacia. Pero sus
tierras no por ello son mejores que las nuestras y el trigo y la cebada hay que
sudarles al igual que por aquí. Los tesos, sin embargo, nada tienen que ver con
la división administrativa, porque los tesos, como los forúnculos, brotan donde
les place y no queda otro remedio que aceptarlos donde están y como son. Y de
eso —de tesos— no andamos mal en mi pueblo, pues aparte el páramo de Lahoces,
tenemos el Cerro Fortuna, el Otero del Cristo, la Lanzadera, el Cueto Pintao y
la Mesa de los Muertos. Este de la Mesa de los Muertos también tiene sus
particularidades y su leyenda. Pero iba a hablar de las tierras de mi pueblo
que se dominan, como desde un mirador, desde el Cerro Fortuna. Bien mirado, la
vista desde allí es como el mar, un mar gris y violáceo en invierno, un mar
verde en primavera, un mar amarillo en verano y un mar ocre en otoño, pero
siempre un mar. Y de ese mar, mal que bien, comíamos todos en mi pueblo. Padre
decía a menudo: «Castilla no da un chusco para cada castellano», pero en casa
comíamos más de un chusco y yo, la verdad por delante, jamás me pregunté, hasta
que no me vi allá, quién quedaría sin chusco en mi pueblo. Y no es que Padre
fuese rico, pero ya se sabe que el tuerto es el rey en el país de los ciegos y
Padre tenía voto de compromisario por aquello de la contribución. Y, a
propósito de tuertos, debo aclarar que las argayas de los trigos de mi pueblo
son tan fuertes y aguzadas que a partir de mayo se prohíbe a las criaturas salir
al campo por temor a que se cieguen. Y esto no es un capricho, supuesto que el
Felisín, el chico del Domiciano, perdió un ojo por esta causa y otro tanto le
sucedió a la cabra del tío Bolívar. Fuera de esto, mi pueblo no encerraba más
peligros que los comunes, pero el más temido por todos era el cielo. El cielo a
veces enrasaba y no aparecía una nube en cuatro meses y, cuando la nube llegaba
al fin, traía piedra en su vientre y acostaba las mieses. Otras veces, el cielo
traía hielo en mayo, y los cereales, de no soplar el norte con la aurora que
arrastrara la friura, se quemaban sin remedio. Otras veces, el agua era
excesiva y los campos se anegaban arrastrando las semillas. Otras, era el sol
quien calentaba a destiempo, mucho en marzo, poco en mayo, y les espigas
encañaban mal y granaban peor. Incluso una vez, el año de los nublados, el
trigo se perdió en la era, ya recogido, porque no hubo día sin agua y la
cosecha no secó y no se pudo trillar. Total, que en mi pueblo, en tanto el
trigo no estuviera triturado, no se fiaban y se pasaban el día mirando al cielo
y haciendo cábalas y recordaban la cosecha del noventa y ocho como una buena
cosecha y desde entonces era su referencia y decían: «Este año no cosechamos ni
el cincuenta por ciento que el noventa y ocho». O bien: «Este año la cosecha
viene bien, pero no alcanzará ni con mucho a la del noventa y ocho». O bien:
«Con coger dos partes de la del noventa y ocho ya podemos darnos por
contentos». En suma, en mi pueblo los hombres miran al cielo más que a la tierra,
porque aunque a ésta la mimen, la surquen, la levanten, la peinen, la ariquen y
la escarden, en definitiva lo que haya de venir vendrá del cielo. Lo que ocurre
es que los hombres de mi pueblo afanan para que un buen orden en los elementos
atmosféricos no les coja un día desprevenidos; es decir, por un por si acaso.
Y allí, en la
enorme extensión de tierras que se abarca desde el Cerro Fortuna, silban los
alcaravanes en los crepúsculos de junio, celebran sus
juicios los cuervos durante el invierno y se asientan en el otoño los bandos
nuevos de avutardas, porque en un campo así, tan pelado y desguarnecido, no es
cosa fácil sorprenderlas.
Miguel
Delibes en Viejas historias de Castilla la Vieja
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