Tal vez la codicia
haya cargado demasiado los barcos; lo cierto es que uno de ellos, y
precisamente el que manda Francisco Serrão, da contra un escollo, y solamente
las vidas humanas se salvan del naufragio. Van errantes por la playa
desconocida, y cuando ya los amenazaba un ocaso que
hubiera sido el de sus penas, Serrão consigue, con un golpe de astucia,
apoderarse de un barco de piratas, en el cual hacen rumbo de nuevo a Amboina.
Con la misma afabilidad que cuando habían abordado, como grandes señores recibe
el jefe a los que acuden ahora a refugiarse en sus playas y les brinda
acogimiento con la más perfecta generosidad. Con tal amor, veneración y
magnificencia fueron recibidos y hospedados, que les parecía, en medio de su dicha
y gratitud, un caso increíble.
Parece que el más
elemental deber militar dictaría al capitán Francisco Serrão, no bien repuestos
los ánimos, la inmediata partida en una de las barcazas que continuamente se
dirigen a Malaca, a fin de entrevistarse con su almirante, y después, ya de
vuelta a Portugal, poner enseguida sus armas a disposición del rey, al cual le
atan los vínculos del juramento y del sueldo que de él recibe.
Pero el país
paradisíaco, el clima cálido y balsámico corroen pérfidamente en Francisco
Serrão el sentimiento de la disciplina militar. Y, de pronto, le resulta del
todo indiferente que haya dondequiera, a muchas millas, en cierto palacio de
Lisboa, un rey que tache su nombre, refunfuñando, de la lista de capitanes o
pensionados. Está convencido de que bastante ha hecho por amor a Portugal y de
que ha expuesto su piel por la patria con frecuencia. Hora sería de que él,
Francisco Serrão, pudiera por fin empezar a vivir, sin más ansias ni
incomodidades, la vida de ese Francisco Serrão, con la misma plenitud que gozan
de la suya todos los pobladores desnudos y, sin cuidado de aquellas benditas
islas. Que los otros marineros y capitanes continúen enhorabuena arando el mar
y comprando con sangre y sudor la pimienta y la canela para unos trujamanes
forasteros; que vayan corriendo riesgos y batallas como unos bobos leales, sólo
para que la Alfanda de Lisboa pueda atesorar más tributos en sus arcas. Él,
personalmente, Francisco Serrão, de ahora en adelante ex capitán de la flota
portuguesa, ya está saciado de guerras y de aventura y de negocio de especias.
Sin más ceremonia, el valiente capitán renuncia al mundo heroico y pasa al
mundo idílico, dispuesto a vivir en lo sucesivo de incógnito, al modo primitivo
y magníficamente perezoso de aquella amable gentecilla. Tampoco le da mucho
trabajo el alto honor de gran visir con que el rey de Ternate le distingue:
sólo una vez, en una guerrilla que sostiene su señor, es llamado a ejercer de
consejero militar y se lo recompensan, dándole posesión de una casa con sus
esclavos y servidores, a más de una esposa bonita y morena, de la cual cosecha
dos o tres niños de un color moreno claro.
Stefan
Zweig
Magallanes
El hombre y
su gesta