martes, 10 de abril de 2018

laudatorio epitafio en honor de la pobre mujer

Al día siguiente no se presentó la ocasión de realizar la proyectada visita a aquellas misteriosas habitaciones. Era domingo, y las horas que dejaban libres los oficios religiosos fueron empleadas, a requerimiento del general, bien para pasear y hacer ejercicio fuera de la casa, bien para comer fiambres dentro de ella. No obstante la profunda curiosidad que Catherine sentía, su valor no llegaba al extremo de inspeccionar tan tétricos lugares después de comer, a la luz tenue del atardecer, ni a los más potentes, pero también más traicioneros, rayos de una lámpara. Aquel día no hubo, pues, detalle alguno de interés que señalar, aparte de la contemplación del elegante monumento elevado en la iglesia parroquial a la memoria de Mrs. Tilney, situado precisamente enfrente del banco que la familia ocupaba durante los oficios. Catherine no podía apartar la mirada de la lápida en que había sido grabado un extenso y laudatorio epitafio en honor de la pobre mujer. La lectura de las virtudes atribuidas a la difunta por el esposo, que, de una forma u otra, había contribuido a su destrucción, afectó a la muchacha hasta el punto de hacerla derramar lágrimas.
Tal vez no debiera parecer extraño que el general, después de erigir aquel monumento, encontrase natural tenerlo ante sí continuamente, pero Catherine encontró sencillamente asombroso que el padre de su amiga tuviera la osadía de mantener su actitud autoritaria, su acostumbrada altivez, frente a tal recuerdo. Cierto que podían aducirse, en explicación de este hecho, muchos casos de seres endurecidos por la iniquidad. Catherine recordaba haber leído acerca de más de una docena de criminales que habían perseverado en el vicio y habían pasado, de crimen en crimen, asesinando a quien se les antojaba, sin sentir el menor remordimiento, hasta que una muerte violenta o una reclusión religiosa ponía fin a su demencial y desenfrenada carrera. Por lo demás, la visión del monumento no podía, en modo alguno, disipar las dudas que sobre la pretendida muerte de Mrs. Tilney sustentaba. Como tampoco habría podido afectarla el que se la hubiese hecho bajar al mausoleo familiar donde se suponía que descansaban las cenizas de la muerta. Catherine había leído demasiado para no estar enterada de la facilidad con que una figura de cera puede ser introducida en un féretro y la apariencia de realidad que puede ofrecer un entierro simulado.

La abadía de Northanger
Título original: Northanger Abbey
Jane Austen, 1818

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