Pero todos nosotros estamos turbados de angustia, Excelencia Reverendísima, y sin que nadie nos pueda sacar de dudas; que quizás doña Isabel de los Ríos, si viviera y que solamente el padre Duval, que está muy anciano y achacoso, nos ha dado un poco de luz y consuelo y se lo escribimos a Vuestra Excelencia para que nos comunique su parecer y tranquilidad.
Y esta turbación la tenemos por lo acaecido aquella noche de la muerte de don Pablo, cuando la doña Tomasa de Arellano hurgaba en los baúles, pupitres, anaqueles y bujetas, que fue donde encontramos esta relación, que le enviamos. Y debajo de esta relación, en la misma arqueta de raso rojo, había un rosario que fue de doña Isabel y unos pendientes también de ella, de oro y un diamante grueso en cada uno, que le regaló don Pablo cuando se casaron, y un cilicio y disciplinas bien usadas y un crucifijo de madera de ébano todo él. Y en el fondo de la arqueta o bujeta de perfumes, forrada de raso rojo, un papel de puño y letra de dicho don Pablo en el que declaraba que sólo creía en la materia y en un Dios Criador, pero no en la inmortalidad del alma, ni en otra alguna cosa; y que creía en la ciencia y en la ilustración y en la religión del hombre. Que él había leído, en unos sabios hebreos, un cuento sobre la creación de Adán que la parecía mucha verdad en lo que simbolizaba y que este cuento era que Dios creó el cuerpo de Adán antes que el mundo y que la misma luz y que, cuando iba a insuflarle el alma y la vida, se detuvo porque se dijo para sí: «Si dejo que el Hombre viva y se levante inmediatamente puede pretender más tarde que ha compartido mi tarea. ¡Debe seguir como una masa inerte hasta que yo la haya terminado!» Y que, al anochecer del sexto día de la creación, los ángeles preguntaron: «Señor del Universo, ¿por qué no has creado todavía al hombre?», y Dios les contestó: «El Hombre está creado y sólo le falta vida». Y que entonces Dios infundió vida a la arcilla y el Hombre se levantó y la Creación terminó. Y que a don Pablo le parecía que esto era mucha verdad y que como si el Hombre hubiese quedado resentido de Dios y le quisiese demostrar, ahora, que él haría mejor el mundo con la ciencia y la ilustración y que creía que este cuento significaba que un día el Hombre iba a matar con esa ciencia al Dios de las religiones positivas o hacerse él Dios y que este día estaba llegando. Y que ésta era su creencia y que, si otra cosa dijere en enfermedad o peligro de muerte, que lo diría por miedo o sin control de su inteligencia, pero que era esto lo que creía.
Y que cuando leyó este papel la doña Tomasa de Arellano, que estábamos comentando la edificación y santidad de la muerte de don Pablo, nos quedamos corridos e inquietos. Y al obispo de Jaén que preguntó que qué leíamos le dijimos que nada, que una oración. Y, a la mañana siguiente, fuimos a ver al padre Duval, que vino para los funerales y se lo leímos y se echó a llorar y dijo con rabia:
—¡El idiota! ¡Y, sin embargo, era cristiano...!
Y que tanto había podido el Voltaire. Y nos hemos quedado sobrecogidos y sin saber qué decisión ni partido tomar, y que, cuando celebramos las misas por el ánima de don Pablo nos entran escalofríos recordando el papel y pensando si la sangre redentora de Cristo se derramaría en balde para don Pablo a causa de Voltaire y de otros muchos libros perversos.
JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO
El sambenito