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lunes, 30 de abril de 2018

ME pesas como un fardo, primavera.

ME pesas como un fardo, primavera.
No tengo fuerzas para alzar de nuevo
la antorcha de mi risa y de mi engaño
contra tus hojas nuevas.
Ya no es tarde ni es noche.
En la plaza los pájaros se persiguen, antiguos.
En la plaza se encienden los faroles.
Me pesas, primavera.
Henchidos de tu zumo,
los niños se han perdido de la tierra.
Buscan aquel palacio de ahora mismo,
apagado de pronto en el ocaso,
apagado al final de sus veredas.
Antigua tarde. Pájaros antiguos.
Bajo un cielo cuajado de lunares
se encienden los faroles
y se pierden los niños.
Me tumbo bocabajo,
no tengo fuerzas para alzar de nuevo
la antorcha de mi risa y de mi engaño;
primavera de luz inabarcable,
me pesas como un fardo.

Carmen Martín Gaite
Después de todo
Poesía a rachas

sábado, 21 de abril de 2018

el Hombre se levantó y la Creación terminó

Pero todos nosotros estamos turbados de angustia, Excelencia Reverendísima, y sin que nadie nos pueda sacar de dudas; que quizás doña Isabel de los Ríos, si viviera y que solamente el padre Duval, que está muy anciano y achacoso, nos ha dado un poco de luz y consuelo y se lo escribimos a Vuestra Excelencia para que nos comunique su parecer y tranquilidad.
Y esta turbación la tenemos por lo acaecido aquella noche de la muerte de don Pablo, cuando la doña Tomasa de Arellano hurgaba en los baúles, pupitres, anaqueles y bujetas, que fue donde encontramos esta relación, que le enviamos. Y debajo de esta relación, en la misma arqueta de raso rojo, había un rosario que fue de doña Isabel y unos pendientes también de ella, de oro y un diamante grueso en cada uno, que le regaló don Pablo cuando se casaron, y un cilicio y disciplinas bien usadas y un crucifijo de madera de ébano todo él. Y en el fondo de la arqueta o bujeta de perfumes, forrada de raso rojo, un papel de puño y letra de dicho don Pablo en el que declaraba que sólo creía en la materia y en un Dios Criador, pero no en la inmortalidad del alma, ni en otra alguna cosa; y que creía en la ciencia y en la ilustración y en la religión del hombre. Que él había leído, en unos sabios hebreos, un cuento sobre la creación de Adán que la parecía mucha verdad en lo que simbolizaba y que este cuento era que Dios creó el cuerpo de Adán antes que el mundo y que la misma luz y que, cuando iba a insuflarle el alma y la vida, se detuvo porque se dijo para sí: «Si dejo que el Hombre viva y se levante inmediatamente puede pretender más tarde que ha compartido mi tarea. ¡Debe seguir como una masa inerte hasta que yo la haya terminado!» Y que, al anochecer del sexto día de la creación, los ángeles preguntaron: «Señor del Universo, ¿por qué no has creado todavía al hombre?», y Dios les contestó: «El Hombre está creado y sólo le falta vida». Y que entonces Dios infundió vida a la arcilla y el Hombre se levantó y la Creación terminó. Y que a don Pablo le parecía que esto era mucha verdad y que como si el Hombre hubiese quedado resentido de Dios y le quisiese demostrar, ahora, que él haría mejor el mundo con la ciencia y la ilustración y que creía que este cuento significaba que un día el Hombre iba a matar con esa ciencia al Dios de las religiones positivas o hacerse él Dios y que este día estaba llegando. Y que ésta era su creencia y que, si otra cosa dijere en enfermedad o peligro de muerte, que lo diría por miedo o sin control de su inteligencia, pero que era esto lo que creía.
Y que cuando leyó este papel la doña Tomasa de Arellano, que estábamos comentando la edificación y santidad de la muerte de don Pablo, nos quedamos corridos e inquietos. Y al obispo de Jaén que preguntó que qué leíamos le dijimos que nada, que una oración. Y, a la mañana siguiente, fuimos a ver al padre Duval, que vino para los funerales y se lo leímos y se echó a llorar y dijo con rabia:
—¡El idiota! ¡Y, sin embargo, era cristiano...!
Y que tanto había podido el Voltaire. Y nos hemos quedado sobrecogidos y sin saber qué decisión ni partido tomar, y que, cuando celebramos las misas por el ánima de don Pablo nos entran escalofríos recordando el papel y pensando si la sangre redentora de Cristo se derramaría en balde para don Pablo a causa de Voltaire y de otros muchos libros perversos.

    JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO
    El sambenito

   


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