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jueves, 17 de mayo de 2018

Yo no pude encontrar uno de mis zapatos. Algún perro hambriento se lo habría llevado.

Los de segunda nos acomodamos entre los escombros para dormir.
Hacía calor. Extendimos el pequeño equipaje y nos acostamos sobre una manta que sacó Damiana de su atado. Cerca de nosotros, detrás de un trozo de pared, se tendió la pareja de recién casados.
La noche cayó de golpe sobre el pueblo.
A mí me parecía oler todavía la pólvora pegada a los yuyos, a los ladrillos, a la tierra. Del otro lado del pedazo de tapia seguían los arrumacos y besuqueos. De tanto en tanto la oía quejarse a ella despacito, como si el otro le hiciera daño jugando. También oía sus risas. Por eso no pude dormir pronto.
En otra parte, la voz temblona de un viejo, posiblemente alguno del pueblo, relataba interminablemente a un pasajero detalles de la catástrofe.
Al caer en el primer sueño vi el relámpago y el trueno de la explosión. Veía correr a muchos hombres sin cabeza por la zanja, cubiertos de sangre, con las ropas en llamas. Me desperté y me encontré junto a Damiana, muy apretado a ella. Volví a sentir el hambre que se me hizo insoportable cuando noté que Damiana estaba tratando de dar de mamar de nuevo al crío.
Procuré retomar el sueño, pero lo más que conseguía era una especie de excitada modorra que me hacía confundir todas las cosas. Damiana estaba quieta ahora, durmiendo tal vez. Cuando me di cuenta, me encontré buscando con la boca el húmedo pezón. Probé la goma dulzona de la leche. Pero ahora de verdad. La probé de a poco primero, apretando apenas los labios, con miedo de que Damiana sacara de mi boca esa tuna redonda y blandita que salía de su cuerpo. Pero ella no se movió. Tampoco a nosotros podían vernos. Nadie se iba a burlar de mí que mamaba en la oscuridad como un crío de meses. No sé por qué se me vino de nuevo en ese momento el recuerdo de la Lágrima González. No quería pensar en ella. Entonces chupé con fuerza, ayudándome con las manos, hasta que el seno quedó vacío y Damiana se volvió de costado con un pequeño suspiro.
Yo me dormí sin soñar más nada.
10
Las pitadas de un tren en maniobra nos despertaron al alba para el trasbordo. Sombras rosadas se movían ya rápidamente por los bordes del tolondrón para subir a los vagones que estaban del otro lado.
Yo no pude encontrar uno de mis zapatos. Algún perro hambriento se lo habría llevado. Así que sólo tuve que guerrear con mis pies la mitad de lo que me había costado empaquetarlos la mañana anterior.
Damiana seguía buscando entre los yuyos, con el crío en brazos. Pero el tren apuraba. Nos fuimos corriendo entre los montones de tosca y pedregullo, yo detrás con mi maletín y la burujaca de Damiana.
Con un pie descalzo iba tocando la tierra de la desgracia.
11
De aquel viaje, de aquel cruce en el alba sobre la revuela salamanca, de todo lo que hasta allí había sucedido, nada recuerdo tan bien como la llegada a Asunción.
El gentío se apretujaba en las pilastras del grosor de un hombre. Damiana, mareada, se me agarraba del brazo.
Nos costó salir a los corredores. Allí, los pilares eran todavía más gruesos y más altos. En grupos de cuatro sostenían los arcos mordidos por los cañonazos. Sobre el techo de la inmensa estación blanca, festoneado como un encaje, había un jardín. El olor de los jazmines, más penetrante que el humo, nos cayó en la cara.
Vimos las casas altas, las calles empedradas, los carruajes tirados por caballos, los tranvías cuarteados por yuntas de mulitas de un solo color, que avanzaban entre los gritos de los mayorales.
Enfrente había una plaza llena de árboles. De trecho en trecho, algunas canillas de riego escupían chorritos de agua. Dejé a Damiana en la balaustrada y me metí corriendo entre los canteros. Lleno de sed, me agaché a beber junto a una de las canillas. En ese momento, boca abajo contra el cielo, entreví algo inesperado que me hizo atragantar el chorrito. En un rincón, entre plantas, una mujer alta y blanca, de pie sobre una escalinata, comía pájaros sin moverse. Bajaban y se metían ellos mismos chillando alegremente en la boca rota. Se me antojó sentir al chasquido de los huesitos.

Augusto Roa Bastos
Hijo de hombre


A través de la voz vertebradora de Miguel Vera, la novela Hijo de hombre despliega ante el lector las vivencias de una serie de personajes que sufren, aman, anhelan la libertad y se muestran solidarios durante el difícil y violento período de la historia de Paraguay que se inicia con la independencia del país y que tiene su punto final en la Guerra del Chaco, conflicto en el que Augusto Roa Bastos participó entre 1932 y 1935, y a causa del cual aborrecía toda expresión de violencia. La quintaesencia de Roa Bastos, un consumado autor de cuentos, se encuentra en Hijo de hombre, una obra fundacional que, aunque está concebida como una novela, fundamenta su estructura en nueve historias distintas que se desarrollan a lo largo de tres generaciones, separadas en el tiempo, pero a la vez interconectadas entre sí.
Con esta narración, el autor paraguayo se erigió por primera vez en portavoz de su país y de sus gentes para defender su condición humana, su religión, sus lenguas y su cultura popular.
«Con procedimientos distintos a los del historiador o cronista, Roa Bastos ha trazado un inmenso fresco de la intrahistoria de su patria, gracias al conjunto total de su peculiar literatura».
TRINIDAD BARRERA LÓPEZ

jueves, 10 de mayo de 2018

Benito Freire, un menciñeiro que todo lo curaba con agua, guiándose, además, por la luna y las estrellas.

Freire de Rego
DURANTE unos años, allá por los veinte de este siglo, iba mucho por la botica de mi padre un tal Freire de Rego, Benito Freire, un menciñeiro que todo lo curaba con agua, guiándose, además, por la luna y las estrellas. Freire usaba mucha agua de alba, y se tenía por muy científico porque un médico de Santiago le había regalado un folleto con una conferencia de un alemán que se titulaba precisamente El poder desinfectante del agua. Pero, además, Freire pasaba por mágico. Se contaban de él historias como que, por ejemplo, cuando estaba curando un enfermo y lo llevaba al río Tambre para baños, Freire metía una vela encendida en el río, bajo las aguas, y la vela no se apagaba mientras Freire le hablaba. Si era cierto, era un gran prodigio, y habría que saber lo que Freire le decía a la vela, y si había truco, ¿de dónde lo habría sacado? Freire era de mediana estatura y pelo rojizo, lo que hacía, por la desconfianza antigua del gallego hacia los de pelo rojo, que algunas personas que iban a él de consulta, rechazaran, al verle la cabellera, sus servicios. Freire solía poner a sus enfermos a una dieta de leche de burra.
Freire tenía unos parientes cerca de Mesía o de Teixeiro, conocidos por los Leirado da Agoeira. Un tal Segundo Leirado fue a servir al rey cuando la última guerra carlista, y como era muy jinete estaba en la escolta de Primo de Rivera, el primer marqués de Estella. El rey Alfonso XII llegó al frente del Norte con un gran catarro, y los Leirado aseguran que el médico del rey, Sánchez Camisón, atendió las razones de su abuelo el señor Segundo y puso a don Alfonso a leche de burra. Segundo Leirado había encontrado una burra francesa, muy pacífica, en Puente la Reina, y que daba la leche muy gorda, que es lo pedido. Quisieron comprar la burra para llevada a Palacio, a Madrid, ya que los catarros de Alfonso eran tan frecuentes, pero mientras llegaban o no llegaban los dineros, unos desertores, o unos gitanos, que esto no está claro, robaron la burra. Una pérdida nacional.
Los Leirado hablan de aquella burra como si todos la hubieran conocido, y Freire do Rego su pariente, también.
—¡Era una burra teixa recastada de bordelesa! —decía uno.
—¡Recortada, que son las mejores! —decía otro.
—¡Sosegada! —sentenciaba la abuela, hija del señor Segundo.
Alfonso XII, cuando se fue a casa desde el frente, le dio de regalo a Segundo un reloj de plata. Hizo la entrega el general Dabán, quien dijo solemne:
—¡Este reloj de plata para el lancero Segundo Leirado Pérez con la gratitud de Su Majestad el rey!
En la casa de la Agoeira conservan el reloj, envuelto en un paño de terciopelo verde. Cuando muere alguien de la familia, le dan cuerda y se lo ponen entre las manos al difunto durante el velatorio. Lo que da ocasión para que se cuente de nuevo la historia de la famosa burra de leche, recastada de bordelesa.

Álvaro Cunqueiro
Las historias gallegas


Se recogen aquí 67 semblanzas y relatos de Álvaro Cunqueiro que surgieron como colaboraciones realizadas para emisoras gallegas y fueron radiadas en el verano de 1981, poco después de su muerte. Este espléndido testamento literario une lo antropológico y lo fantástico, en la mejor línea de la fusión de ambos elementos que caracterizó siempre a Cunqueiro. Con humor y delicadeza (el «Tristán García» que aquí se incluye es la mejor y más sorprendente recreación del tema de Tristán e Isolda que exista en cualquier lengua), y sirviéndose de uno de los mejores castellanos que se hayan escrito en el siglo XX, el autor de Mondoñedo consigue dibujar una sonrisa que no elude la melancolía en el lector sensible e inteligente.

miércoles, 9 de mayo de 2018

—¡Pardiez! —dijo el gascón—. ¡Pronto empieza a hacer de las suyas! ¡Apuesto a que no tiene la aversión que Athos al bello sexo!

El silencio y la fatiga se unieron para vencer a D’Artagnan, el cual cerró por fin los ojos, quedándose dormido a los pocos momentos. No acostumbraba D’Artagnan dormir mucho; apenas entraron en su cuarto los primeros rayos del alba, echóse fuera de la cama y abrió las ventanas.
Miró por una celosía y le pareció ver un bulto que rondaba por el patio haciendo el menor ruido posible. Fiel a su sistema de no dejar pasar la menor circunstancia sin cerciorarse de lo que era, D’Artagnan observó con atención y reconoció la casaca color de granate y los cabellos castaños de Raúl.
El joven (pues era él) abrió la puerta de la caballeriza, sacó el caballo bayo en que había montado el día anterior; lo ensilló con la destreza de un picador consumado. Después condujo al animal por el lado derecho de la huerta, abrió una portezuela lateral que daba a un estrecho sendero, hizo salir al caballo, cerró la puerta, y entonces D’Artagnan viole, más allá de la pared, pasar como una flecha, encorvándose bajo las pendientes ramas de los sauces y de las acacias.
El mosquetero había observado el día anterior que aquel sendero debía conducir a Blois.
—¡Pardiez! —dijo el gascón—. ¡Pronto empieza a hacer de las suyas! ¡Apuesto a que no tiene la aversión que Athos al bello sexo! De seguro no va a cazar, puesto que no lleva ni armas ni perros; tampoco irá a cumplir ningún encargo cuando se oculta. ¿De quién? ¿De mí o de su padre?… Porque está claro que Athos es su padre… ¡Pardiez! Esto lo sabré hoy mismo; hablaré a Athos del asunto sin morderme la lengua.
Iba amaneciendo el día; todos los ruidos que por la noche oyó D’Artagnan se renovaban uno tras otro; el pájaro en las ramas; el perro en el establo; los carneros en la pradera, hasta las barcas del Loira parecían animarse alejándose de la orilla y abandonándose a la corriente. D’Artagnan estuvo algún tiempo en la ventana por no despertar a nadie; mas cuando oyó abrir las puertas y las maderas de los balcones, se hizo por última vez el rizo de sus cabellos, dio la última mano a su bigote, limpió maquinalmente las alas de su sombrero con la manga del jubón y bajó. Al pisar el último escalón, vio a Athos encorvado y en la actitud de quien busca una moneda entre la arena.
—Buenos días, querido patrón —dijo D’Artagnan.
—Felices, amigo. ¿Qué tal ha sido la noche?
—Excelente, Athos; como la cama, como la cena, que debía naturalmente infundirme sueño; como la acogida que me hicisteis ayer. Mas, ¿qué estabais mirando con tanta atención? ¿Habéis cobrado afición a las flores?
—Aunque así fuera, nada tendría de extraño. En el campo cambia uno mucho y llega a amar, sin echarlo de ver siquiera, todas estas bellas producciones que Dios hace brotar del seno de la tierra y que tan despreciadas son en las ciudades. Estaba viendo unos lirios que había puesto junto a esta arca de agua, los cuales hallo marchitos esta mañana. Esos jardineros son la gente más torpe del mundo. Al traer el caballo de la noria le habrán dejado que los pise.

Alexandre Dumas
Veinte años después
Las novelas de D’Artagnan
-2

Veinte años después continúa con las aventuras del grupo de amigos que conocimos en Los tres mosqueteros. El tiempo ha transcurrido y las cosas han cambiado mucho, la situación del país es distinta, hay un nuevo rey-niño y un nuevo ministro que vive bajo la sombra que ha dejado Richelieu. La situación política que nos encontramos ha cambiado mucho, los enemigos que habíamos conocido en el primer libro han cambiado y los personajes han seguido distintos caminos durante esos años. En la novela veremos el reencuentro del grupo y cómo vuelven a estar en medio de las intrigas políticas, tanto de Francia como de Inglaterra.

martes, 8 de mayo de 2018

Como todo seguía sumido en la oscuridad, perdimos la orientación por completo: no sabíamos dónde estábamos ni adónde nos dirigíamos.

El puerto de Zanzíbar está situado en la orilla occidental de la isla, o sea, la que está más cerca del continente. Por lo tanto, para alcanzar tierra firme, lo lógico era dirigirnos hacia el oeste, y en el caso de querer llegar a Dar es Salam, al sudoeste. Pero de momento no queríamos más que una cosa: alejarnos del puerto lo más posible. Marc puso el motor a toda potencia y la lancha, temblando ligeramente, surcó veloz la lisa y apacible superficie del agua. La oscuridad seguía reinando y desde el lado de la isla no se oía ningún disparo. La huida había sido un éxito; estábamos fuera de peligro. El sabernos seguros nos sacó de nuestro marasmo y los ánimos mejoraron. Sumidos en ese estado beatífico, llevábamos navegando más de una hora cuando de pronto las cosas empezaron a cambiar. La hasta entonces lisa superficie del agua se movió inquieta y violentamente. Se levantaron olas que se estrellaban contra la borda con una violencia inaudita. Daba la impresión que un potentísimo puño golpease la lancha. Había en su actuación una gran determinación, una furia indomable y una rabia ciega, y, al mismo tiempo, una frialdad metódica y calculada. Al instante se levantó un vendaval y empezó a llover de la manera como sólo llueve en el trópico: era una lluvia-catarata, una pared de agua. Como todo seguía sumido en la oscuridad, perdimos la orientación por completo: no sabíamos dónde estábamos ni adónde nos dirigíamos. Pero incluso esto pronto dejó de tener importancia, porque a la lancha la embestían unas olas tan grandes y fuertes, tan enfurecidas y terribles, que no sabíamos lo que nos iba a pasar de un momento a otro. Primero la lancha se levantaba con estrépito hacia arriba, quedando inmóvil por unos instantes en la invisible cresta de la ola, y luego caía violentamente por un precipicio, en un abismo lleno de estruendo, en unas rugientes tinieblas.
Anegado, en un momento dado se paró el motor. Empezó el infierno. La embarcación salía despedida hacia todos los lados, inerte e indefensa giraba sobre su eje, y nosotros, aterrorizados, sólo esperábamos cuándo la volcaría la ola de turno. Todos nos aferrábamos a la borda. Alguien lanzó un grito histérico, otro clamó a Dios en su ayuda, un tercero, tumbado en la cubierta, gemía y vomitaba bilis. Las ráfagas de agua nos bañaron varias veces, repetidos ataques de mareos ya nos habían sacado las entrañas y si algo vivo aún permanecía dentro de nosotros, ese algo era un miedo atroz, animal. No teníamos ninguna clase de salvavidas; cada una de las olas que se acercaban podía ser portadora de muerte.
El motor, muerto, no quería arrancar. De pronto, Peter gritó a través del vendaval: «¡El aceite!» Recordó que esta clase de motor no necesita sólo de gasolina sino también de aceite, para hacer la mezcla. Él y Marc se pusieron a rebuscar en una caja. Encontraron una lata y añadieron aceite al tanque. Marc tiró del cable varias veces y el motor arrancó. Todos gritamos de alegría, aunque la tormenta seguía campando por sus respetos. Pero por lo menos había saltado una chispa de esperanza.
Al principio, el alba, con nubarrones bajos, ofrecía un aspecto lúgubre, pero la lluvia amainaba y por fin se hizo de día. Empezamos a mirar a todos lados: ¿dónde estábamos? A nuestro alrededor no había más que agua, inmensa, oscura y aún agitada. Y a lo lejos, un horizonte que subía y bajaba, que ondeaba a un ritmo regular, cósmico. Más tarde, cuando el sol estaba ya muy alto, divisamos en aquel horizonte una línea oscura. ¡Tierra! Nos dirigimos hacia allá. Delante de nosotros aparecieron una orilla llana, palmeras, un grupo de gente y al fondo, unas casuchas. Resultó que volvíamos a encontrarnos en Zanzíbar, sólo que mucho más arriba de la ciudad. Al no conocer el mar, no sabíamos que nos había secuestrado el monzón que soplaba en aquella estación del año y que, por suerte, nos devolvió aquí, pues habría podido lanzarnos al Golfo Pérsico, a Pakistán o a la India. Pero a un viaje así no habría sobrevivido nadie: nos habríamos muerto de sed o el hambre habría hecho que nos comiésemos los unos a los otros.
Todos salimos de la lancha y, medio muertos, nos tumbamos en la arena. Yo no conseguía tranquilizarme y empecé a preguntar a las personas que se habían congregado allí cómo llegar hasta la ciudad. Un hombre tenía una moto y se avino a llevarme. Nos lanzamos en una carrera por túneles verdes y aromáticos, entre plátanos, mangos y claveros. La corriente del aire caliente me secaba la camisa y los pantalones, que estaban blancos y salados a causa del agua del mar. Al cabo de una hora habíamos alcanzado el aeropuerto, donde yo esperaba encontrar a Karume y que él me ayudase a llegar a Dar. De repente vi un avión pequeño en la pista de despegue y que Arnold metía en él su equipo. A la sombra de un ala divisé a Félix. Cuando corrí hacia él, me miró, me saludó y dijo:
—Tu asiento está libre. Te espera. Puedes subir.

Ryszard Kapuściński
Ébano


Quien muchos consideran el mejor reportero del siglo se sumerge en el continente africano, rehuyendo lugares comunes y estereotipos. Vive en las casas repletas de cucarachas de los más pobres, enferma de malaria cerebral, corre peligro de muerte a manos de un guerrillero, pero pese a todo no pierde su mirada lúcida y su voz de gran narrador para adentrar al lector en la compleja realidad de África, con las guerras, miseria e injusticia que atraviesan su historia y lastran su presente. Posiblemente la obra cumbre del autor, ganadora del Premio Viareggio, entre otros galardones.

jueves, 26 de abril de 2018

Las calles iban apareciendo en la claridad huidiza del alba

Las calles iban apareciendo en la claridad huidiza del alba entre tejados y campos que trascendían a frescura de abril. Por allí se descolgaban las mulas de la leche a todo correr, las orejas de los botijos de metal repiqueteando, perseguidas por el jadeo y el látigo del peón que las arreaba. Por allí les amanecía a las vacas que ordeñaban en los zaguanes de las casas ricas y en las esquinas de los barrios pobres, entre parroquianos que en vía de restablecimiento o aniquilamiento, con ojos de sueños hondos y vidriosos, hacían tiempo a la vaca preferida y se acercaban a su turno, personalmente, a recibir la leche, ladeando el vaso con divino modo para que de tal suerte se hiciera más líquido que espuma. Por allí pasaban las acarreadoras del pan con la cabeza hundida en el tórax, comba la cintura, tensas las piernas y los pies descalzos, pespunteando pasos seguidos e inseguros bajo el peso de enormes canastos, canasto sobre canasto, pagodas que dejaban en el aire olor a hojaldres con azúcar y ajonjolí tostado. Por allí se oía la alborada en los días de fiesta nacional, despertador que paseaban fantasmas de metal y viento, sonidos de sabores, estornudos de colores, mientras aclara no aclara sonaba en las iglesias, tímida y atrevida, la campana de la primera misa, tímida y atrevida, la campana de la primera misa, tímida y atrevida porque si su tantaneo formaba parte del día de fiesta con gusto a chocolate y a torta de canónigo, en los días de fiesta nacional olía a cosa prohibida.
Fiesta nacional…
De las calles ascendía con olor a tierra buena el regocijo del vecindario, que echaba la pila por la ventana para que no levantaran mucho polvo al paso de las tropas que pasaban con el pabellón hacia Palacio —el pabellón oloroso a pañuelo nuevo—, ni los carruajes de los señorones que se echaban a la calle de punta en blanco, doctores con el armario en la leva traslapada, generales de uniforme relumbrante, hediendo a candelero —aquéllos tocados con sombreros de luces, éstos con tricornio de plumas—, ni el trotecito de los empleados subalternos, cuya importancia se medía en el lenguaje de buen gobierno por el precio del entierro que algún día les pagaría el Estado.

Miguel Ángel Asturias
El señor Presidente

(¡Todo el orbe cante!)

lunes, 16 de abril de 2018

una prostituta pobre que se encariñó con sus poemas

El aire de la noche era sereno y suave en la orilla del Bund. A sus espaldas, en la calle Zhongshan, estaba el Hotel de la Paz con su tejado rojinegro en punta. Alguna vez había fantaseado con la idea de pasar una noche en el jazz bar en compañía de Wang, con músicos que tocaran a la perfección el piano, la trompeta y la batería. Los camareros, con una servilleta almidonada en el brazo, servirían bloody manes, manhattans y vodka con kahlua… Ahora nunca tendrían esa oportunidad. Por algún motivo, no estaba demasiado preocupado por ella. Wang era atractiva, joven e inteligente, y tenía sus propios contactos. Con el tiempo, conseguiría obtener el pasaporte y el visado, y se marcharía en un avión japonés. Quizá su decisión de partir era la correcta, porque no había manera de saber qué futuro esperaba a China. En Tokio, vestida con un ancho kimono de seda, arrodillada sobre una estera y calentando una copa de sake para su marido, sería una mujer maravillosa, y como fondo cerezos en flor y el monte Fuji cubierto de nieve. Durante la noche, cuando una sirena calmase el vacío del insomnio, ¿pensaría todavía en él, allende los mares y al otro lado de las montañas? Recordó varios versos de Liu Yong, escritos durante la dinastía Song:
«¿Dónde me encontraré esta noche
despertando de la resaca…?
La orilla del río flanqueada por sauces llorones,
la luna cayendo, el alba asomando en una brisa
año tras año. Estaré lejos,
lejos de ti.
Todos los bellos paisajes se nos muestran,
pero de nada sirve.
¡Oh!, ¿a quién podré hablar
de este paisaje para siempre hermoso?»
Se habían invertido los papeles. En el poema, Liu era quien dejaba su amor atrás, pero en su caso, era Wang quien lo dejaba a él. Como poeta, el nombre de Liu era respetado en la literatura clásica china. Había vivido sin blanca, bebiendo, soñando y desperdiciando sus mejores años en los burdeles, hasta se decía que sus poemas románticos habían sido su perdición. Era un hombre despreciado por sus coetáneos, que no dudaron en denunciarlo con toda la indignación nacida del orgullo confuciano. Murió sumido en la pobreza, atendido por una prostituta pobre que se encariñó con sus poemas, aunque quizá esa compañera de sus últimas horas no fuera más que una invención, una gota de consuelo en una taza de amargura.

Qiu Xiaolong
Muerte de una heroína roja
Inspector Chen Cao

domingo, 15 de abril de 2018

El Filósofo y el Rústico


FÁBULA V

El Filósofo y el Rústico

La del alba sería
la hora en que un Filósofo salía
A meditar al campo solitario,
en lo hermoso y lo vario,
que a la luz de la aurora nos enseña
Naturaleza, entonces más risueña.
Distraído sin senda caminaba,
cuando llegó a un cortijo, donde estaba
con un martillo el Rústico en la mano,
en la otra un milano,
y sobre una portátil escalera.
«¿Qué haces de esa manera?»,
El Filósofo dijo.
«Castigar a un ladrón de mi cortijo,
que en mi corral ha hecho más destrozos
que todos los ladrones en Torozos.
Le clavo en la pared… ya estoy contento…
sirve a toda tu raza de escarmiento.»
«El matador es digno de la muerte,
el Sabio dijo, más si de esa suerte
el milano merece ser tratado,
¿De qué modo será bien castigado
el hombre sanguinario, cuyos dientes
devoran a infinitos inocentes,
y cuenta como mísera su vida,
si no hace de cadáveres comida?
Y aun tú, que así castigas los delitos,
cenarías anoche tus pollitos.»
«Al mundo le encontramos de este modo,
dijo airado el patán. Y sobre todo,
si lo mismo son hombres que milanos.
Guárdese no le pille entre mis manos.»
El Sabio se dejó de reflexiones.
Al tirano le ofenden las razones
que demuestran su orgullo y tiranía;
mientras por su sentencia cada día
muere, viviendo él mismo impunemente,
por menores delitos otra gente.

Félix María Samaniego
Fábulas
EN VERSO CASTELLANO
para el uso del Real Seminario Vascongado

Flores en Flickr

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