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viernes, 27 de abril de 2018

¡La gloria nocturna de ser grande no siendo nada!

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y desde lo alto de la majestad de todos los sueños, ayudante de contabilidad en la ciudad de Lisboa.
Pero el contraste no me abruma —me alivia; y la ironía que hay en él es sangre mía. Lo que debiera humillarme es mi bandera, que despliego; y la risa con que debería reírme de mí es un clarín con el que saludo y creo una alborada en la que me convierto.
¡La gloria nocturna de ser grande no siendo nada! La majestad sombría de esplendor desconocido… Y siento, de repente, la sublimidad del monje en el yermo, del eremita en el retiro, informado de la substancia del Cristo en los arenales y en las cavernas que son la negación del mundo, que son la estatuaria vacía.
Y en la mesa de mi cuarto soy menos despreciable, empleado y anónimo, escribo palabras como la salvación del alma (…) anillo de renuncia en mi dedo evangélico, joya sin brillo de mi desdén extático.
(Posterior a 1913).

Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

Traducción, organización, introducción y notas: Ángel Crespo

jueves, 26 de abril de 2018

Las calles iban apareciendo en la claridad huidiza del alba

Las calles iban apareciendo en la claridad huidiza del alba entre tejados y campos que trascendían a frescura de abril. Por allí se descolgaban las mulas de la leche a todo correr, las orejas de los botijos de metal repiqueteando, perseguidas por el jadeo y el látigo del peón que las arreaba. Por allí les amanecía a las vacas que ordeñaban en los zaguanes de las casas ricas y en las esquinas de los barrios pobres, entre parroquianos que en vía de restablecimiento o aniquilamiento, con ojos de sueños hondos y vidriosos, hacían tiempo a la vaca preferida y se acercaban a su turno, personalmente, a recibir la leche, ladeando el vaso con divino modo para que de tal suerte se hiciera más líquido que espuma. Por allí pasaban las acarreadoras del pan con la cabeza hundida en el tórax, comba la cintura, tensas las piernas y los pies descalzos, pespunteando pasos seguidos e inseguros bajo el peso de enormes canastos, canasto sobre canasto, pagodas que dejaban en el aire olor a hojaldres con azúcar y ajonjolí tostado. Por allí se oía la alborada en los días de fiesta nacional, despertador que paseaban fantasmas de metal y viento, sonidos de sabores, estornudos de colores, mientras aclara no aclara sonaba en las iglesias, tímida y atrevida, la campana de la primera misa, tímida y atrevida, la campana de la primera misa, tímida y atrevida porque si su tantaneo formaba parte del día de fiesta con gusto a chocolate y a torta de canónigo, en los días de fiesta nacional olía a cosa prohibida.
Fiesta nacional…
De las calles ascendía con olor a tierra buena el regocijo del vecindario, que echaba la pila por la ventana para que no levantaran mucho polvo al paso de las tropas que pasaban con el pabellón hacia Palacio —el pabellón oloroso a pañuelo nuevo—, ni los carruajes de los señorones que se echaban a la calle de punta en blanco, doctores con el armario en la leva traslapada, generales de uniforme relumbrante, hediendo a candelero —aquéllos tocados con sombreros de luces, éstos con tricornio de plumas—, ni el trotecito de los empleados subalternos, cuya importancia se medía en el lenguaje de buen gobierno por el precio del entierro que algún día les pagaría el Estado.

Miguel Ángel Asturias
El señor Presidente

(¡Todo el orbe cante!)

miércoles, 25 de abril de 2018

las crías de pardela descubrieron una nueva virtud de la tienda

Hacia el amanecer, cuando, por puro agotamiento, empezábamos ya a conciliar un sueño irregular a pesar de los ruidos, las crías de pardela descubrieron una nueva virtud de la tienda. A ambos lados, la lona formaba una pendiente de lo más apetecible. Las crías subían volando una tras otra a la cresta de la tienda y, a continuación, se dejaban caer por los lados, haciendo sus garras un ruido similar a como si desgarrasen percal sobre el lienzo, mientras que sus hermanas, posadas en círculo alrededor suyo, emitían gritos de admiración que sonaban algo así como «Caau, cuuRR, CUURR» y «Uuuh, Cuurr, Cuurr». Tras reflexionar detenidamente, llegué a la conclusión de que era la peor noche que había pasado en mi vida.
A la mañana siguiente, justo antes de despuntar el sol, nos despertamos después de una pequeña cabezada y echamos una mirada al exterior de la tienda, de la que salimos para darnos un chapuzón con paso vacilante y dando traspiés, para lo que hubimos de pasar entre las hordas de pardelas que aún se hallaban graznando fuera de sus madrigueras. El cielo tenía un color rosa, naranja y verde, y en él podían verse un puñado de oscuras nubes dispersas sin orden ni concierto a lo largo del horizonte. El mar, de un intenso azul cobalto, estaba en calma. Por encima de mi cabeza, las hojas de las palmeras susurraban con un sonido similar a una lluvia espectral, proyectándose sus oscuras sombras contra el cielo. Descansando entre ellas, en una postura relajada de espaldas, se veía una frágil luna en forma de hoz, blanca como un rabijunco. El cielo estaba salpicado con las siluetas de las pardelas, que volaban y cantaban formando un coro de alborada, y por doquier se veían las crías de oscura piel arrastrándose por entre las plantas de tabaco y escabullándose en el interior de sus madrigueras.

Gerald Durrell
Murciélagos dorados y palomas rosas


martes, 24 de abril de 2018

Y una vez más comprendió la fuerza que da el conocimiento de la miseria

En la fría alborada empañada por esa bruma de verano, esa especie de vaho que exhala de noche el ardoroso París atemperando un poco su fiebre, salía el tren de la estación del Norte. Tillery y Choute acompañaron a sus amigos hasta el último momento y aún permanecieron un buen rato en el andén.
Sentados uno al lado del otro en su compartimiento, Michel y Evelyne contemplaban el rápido desfile de los sórdidos edificios, las masas de altos, mugrientos y negro inmuebles donde bullen los sufrimientos de las civilizaciones industriales. Montmartre iba ascendiendo lentamente en el horizonte.
Encima de la densa bruma, ya dislocada y perforada por los rayos del sol como las humaredas errantes sobre un campo de batalla, surgía, semejante a una Acrópolis, su templo luminoso y rosado. El vagón de tercera clase estaba atestado. Una mujer sacó de un paquete unas tartas y huevos duros y se dispuso a comer. El tren iba aumentando su velocidad y rodaba hacia Creil, la Picardía y el Norte.
Michel, con el corazón un poco oprimido, guardaba silencio. De nuevo, la aventura y la vida conyugal por primera vez, la terrible prueba para ambos de la vida dura y verdadera con la que jamás a excepción de algunos días, se había enfrentado. La medicina, la clientela aún por hacer, el dinero a ganar día a día, desde el primero al último día del año, sin ingresos, sin sueldo, sin ayuda de nadie, con los cuidados que la frágil salud de Evelyne requería…
Miró a hurtadillas a Evelyne. Ésta hizo lo propio, puso la mano sobre la de su marido y le sonrió.
Michel se sintió confortado. Evelyne no tenía miedo. Y una vez más comprendió la fuerza que da el conocimiento de la miseria.
 
Maxence Van der Meersch
Cuerpos y almas


lunes, 23 de abril de 2018

Los tres hombres y la mujer caminaban un poco deslumbrados por la alborada.

Plinio sujetó las manos del Chavico con sus esposas antiguas y descomunales.
La mozona parecía dormir con una respiración tranquila. Ya no sudaba.
Salieron los cuatro a las eras que rodeaban el cuartillejo. El cielo estaba sonrosado y transparente. En un punto del horizonte, como arrancado del mismo borde de la llanura, asomaba un poquito de sol… Las sombras de los hombres y las casas, largas y alámbricas, se perdían no se sabía dónde. Un aire sutil, recién filtrado, oreaba el rostro.
Los tres hombres y la mujer caminaban un poco deslumbrados por la alborada. Avanzaban como figuras confusas, entre grises y rosas intensos; disminuidos, pálidos y encogidos bajo la grandeza del amanecer.
Al pasar junto al cuartillejo de la Langosta, la Marrana se apartó del grupo sin decir nada y llamó en el ventanuco.
Plinio comprendió y detuvo la marcha suya y de sus acompañantes. Aguardaron, y al cabo de unos minutos se asomó una moza despeinada, que apenas podía abrir los ojos a la luz.
—¿Qué pasa?
Oyó la respuesta sin enterarse, al parecer. La presencia del guardia y del Chavico esposado atrajo toda su atención. Los miraba ahora con la boca abierta y los ojos desmesurados.
—Ahí está la de Alcázar, que le ha dado un patatús —dijo la Marrana—; se queda sola porque nosotros nos vamos a la cárcel.
La del ventanuco no respondía, no reaccionó. Seguía mirando embobada al guardia y al Chavico, que parecía aterrado con la resaca.
—Vamos —ordenó Plinio.
Cuando habían andado unos pasos, la moza del ventanuco rompió a hablar:
—Le pasan solos esos ataques… Ya vendrá cuando despierte… ¿Le habéis dado los dos duros?
—Para duros estamos —rezongó la Marrana.
—¿Que si le habéis dado los dos duros?
Para cruzar el canal, don Lotario y Plinio volvieron a descalzarse pacientemente. Los presos pasaron indiferentes a pie calzado.
Plinio pidió a don Lotario que antes de ir al Ayuntamiento se llegase a la calle de San Lorenzo.
Iban por las claras calles de la prima mañana, entre las mujeres que barrían las puertas, al son estrepitoso del Ford.
La Marrana iba delante con don Lotario. Plinio detrás, con el Chavico esposado. La Marrana, que montaba por primera vez en auto, mostraba cierto solivianto.
 
Francisco García Pavón
Los carros vacíos
Plinio


domingo, 22 de abril de 2018

al aprender del prepotente, se había infiltrado él mismo en la tiranía

En las horas sombrías que preceden a la falsa alborada, el Pontífice León comenzó a mover la cabeza a un lado y a otro sobre la almohada, y a murmurar nerviosamente. Tenía la garganta espesa de mucosidad, y el ceño pegajoso a causa de la transpiración de la noche. La enfermera nocturna le acomodó mejor en la cama, le pasó una esponja sobre la cara y le humedeció con agua los labios. Él respondió somnoliento.
—Gracias. Lamento molestarla. He tenido una pesadilla.
—Ya pasó. Cierre los ojos y vuelva a dormir.
Durante un momento breve y confuso tuvo la tentación de relatarle el sueño, pero no se atrevió. Se había elevado como una luna nueva desde los lugares más oscuros de su recuerdo infantil; y ese mismo sueño proyectaba una luz implacable sobre un hueco oculto de su conciencia adulta.
En la escuela había un niño, mayor y más corpulento, que le molestaba constantemente. Un día él se enfrentó a su torturador y le preguntó por qué hacía cosas tan crueles. La respuesta aún resonaba en su memoria: «Porque tú me ocultas la luz; estás quitándome el sol». Y entonces preguntó cómo era posible que, puesto que era mucho más pequeño y menor, pudiera hacer tal cosa. A lo cual el prepotente respondió: «Incluso un hongo produce una sombra. Si la sombra cae sobre mi bota, yo destruyo el hongo».
Fue una lección cruel pero duradera acerca de las aplicaciones del poder. Un hombre que se ponía frente al sol se convertía en una sombra oscura, anónima y amenazadora. Sin embargo, la sombra estaba rodeada por la luz, como una aureola o la corona de un eclipse. Y entonces, el hombre-sombra asumía el numen de una persona sagrada. Desafiarle era sacrilegio, un crimen condenable.
Así, durante las últimas horas que precedieron al momento en que le administraron drogas y le llevaron a la sala de operaciones, Ludovico Gadda, León XIV, Vicario de Cristo, Supremo Pastor de la Iglesia Universal, comprendió cómo, al aprender del prepotente, se había infiltrado él mismo en la tiranía.

Morris West
Lázaro
Tetralogía del Vaticano


miércoles, 18 de abril de 2018

Papagayos, ruiseñores, que cantáis al alborada,

MELIBEA.-
Cuanto dices, amiga Lucrecia, se me representa delante. Todo me parece que lo veo con mis ojos. Procede, que a muy buen son lo dices y ayudarte he yo.
LUCRECIA, MELIBEA.
Dulces árboles sombrosos,
humilláos cuando veáis
aquellos ojos graciosos
del que tanto deseáis.
Estrellas que relumbráis,
norte y lucero del día,
¿por qué no le despertáis,
si duerme mi alegría?
MELIBEA.-
Óyeme, tú, por mi vida, que yo quiero cantar sola.
Papagayos, ruiseñores,
que cantáis al alborada,
llevad nueva a mis amores,
como espero aquí asentada.
La media noche es pasada,
y no viene.
sabedme si hay otra amada
que lo detiene.
CALISTO.-
Vencido me tiene el dulzor de tu suave canto; no puedo más sufrir tu penado esperar. ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Cuál mujer podía haber nacida que deprivase tu gran merecimiento? ¡Oh salteada melodía! ¡Oh gozoso rato! ¡Oh corazón mío! ¿Y cómo no pudiste más tiempo sufrir sin interrumpir tu gozo y cumplir el deseo de entrambos?
MELIBEA.-
¡Oh sabrosa traición! ¡Oh dulce sobresalto! ¿Es mi señor de mi alma? ¿Es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estabas, luciente sol? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Había rato que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar palabras sin seso al aire con mi ronca voz de cisne? Todo se goza este huerto con tu venida. Mira la luna cuán clara se nos muestra, mira las nubes cómo huyen. Oye la corriente agua de esta fontecica, ¡cuánto más suave murmullo su río lleva por entre las frescas hierbas! Escucha los altos cipreses, ¡cómo se dan paz unos ramos con otros por intercesión de un templadico viento que los menea! Mira sus quietas sombras, ¡cuán oscuras están y aparejadas para encubrir nuestro deleite! Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tórnaste loca de placer? Déjale, no me le despedaces, no le trabajes sus miembros con tus pesados abrazos. Déjame gozar lo que es mío, no me ocupes mi placer.

Tragicomedia de Calisto y Melibea
Fernando De Rojas


martes, 17 de abril de 2018

odiar la aurora suelen

(CCLV)
La noche desear, odiar la aurora
suelen, si son felices, los amantes;
la noche dobla en mí las agobiantes
penas, y es la mañana mejor hora:
que el otro sol y el sol que mi alma adora
abrir suelen entonces dos Levantes
de belleza y de luz tan semejantes
que el cielo de la tierra aún se enamora,
cual le ocurrió con la recién brotada
fronda del árbol que en mi pecho arraiga
y que más que mi vida es por mí amada.
Y es justo que quien trae quietud me atraiga
—que así me tratan noche y alborada
y tema y odie a quien afán me traiga.


Cancionero
Rime in vita e Rime in morte de Madonna Laura
Francesco Petrarca, 1470
Traducción: Ángel Crespo


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