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sábado, 19 de mayo de 2018

El ángel bueno


Un año, ya dormido,
alguien que no esperaba
se paró en mi ventana.
—¡Levántate! Y mis ojos
vieron plumas y espadas.
Atrás, montes y mares,
nubes, picos y alas,
los ocasos, las albas.
−¡Mírala ahí! Su sueño,
pendiente de la nada.
—¡Oh anhelo, fijo mármol,
fija luz, fijas aguas
movibles de mi alma!
Alguien dijo: ¡Levántate!
Y me encontré en tu estancia.

Rafael Alberti
Sobre los ángeles

miércoles, 16 de mayo de 2018

—¡Qué simpático! —dijo—. Es curioso que los de su clase suelan ser más simpáticos que las personas con la cabeza en su sitio.

—¿Desea algo de la tienda, señor?
Wayne miró desconcertado a su alrededor. Vio entonces un rimero de latas de piña troceada y agitó su bastón apuntando más o menos hacia el rimero.
—Sí —dijo—, me llevo todo eso.
—¿Todo, señor? —dijo el bodeguero con muy acrecentado interés.
—Sí, sí, todo —contestó Wayne todavía un poco aturdido, como si le acabasen de echar un jarro de agua fría.
—Como usted mande, señor. Muchas gracias, señor —dijo obsequioso el bodeguero—. Puede usted contar con mi patriotismo, señor.
—Ya contaba con él —dijo Wayne, y salió a la noche cada vez más cerrada.
El bodeguero volvió a colocar el cajón de dátiles en su sitio.
—¡Qué simpático! —dijo—. Es curioso que los de su clase suelan ser más simpáticos que las personas con la cabeza en su sitio.
Para entonces, Adam Wayne, mostrando claros signos de vacilación, ya se hallaba ante la puerta de la flamante botica.
—Mi flaqueza —musitó—. El miedo a esta tienda mágica me posee desde que soy niño. El bodeguero es rico, romántico, poético en el mejor de los sentidos, pero no hay en él nada sobrenatural. En cambio, ¡el boticario! Todas las otras tiendas quedan en Notting Hill, pero ésta se localiza en el País de los Duendes. ¡Ah, sus vasijas de colores incandescentes! En ellas hubo de inspirarse Dios para pintar los ocasos. Son más que humanas, y lo que es más que humano resulta todavía más misterioso cuando es de provecho. Allí está la raíz del temor a Dios. Tengo miedo. Pero he de portarme como un hombre y entrar.
Y, como era un hombre, entró. Detrás del mostrador había un tipo bajo y moreno con gafas, que lo recibió con una sonrisa espléndida pero enteramente comercial.
—Una tarde estupenda, señor —dijo el boticario.
—Estupenda, sin duda, misterioso Padre —dijo Adam extendiendo ligeramente sus manos hacia adelante—. En una noche tan clara y apacible como ésta es cuando su establecimiento se manifiesta mejor. En una noche así relucen con más perfección esas lunas verdes, doradas y carmesíes que desde la lejanía guían al peregrino dolorido y enfermo hacia esta casa de benigna brujería.
—¿Le puedo servir en algo? —preguntó el boticario.
—Vamos a ver —respondió Wayne en tono amistoso pero indeciso—. Déme un poco de salipirina, si es tan amable.
—¿Una botella de ocho peniques, de diez o de dieciséis? —dijo afablemente el joven boticario.
—De dieciséis, de dieciséis —contestó Wayne con desesperado sometimiento—. Estoy aquí, Mr. Bowles, para formularle una pregunta terrible.
Wayne hizo una pausa y se sosegó, diciendo para sí: «Hay que tener tacto y adecuar el llamamiento a cada profesión».
—Estoy aquí —continuó en voz alta— para formularle una pregunta que llega a las raíces de sus milagrosos instrumentos. Dígame, Mr. Bowles, ¿vamos a permitir que esta magia se desvanezca? —y recorrió con su bastón toda la tienda.
Al no encontrar respuesta, siguió con vivacidad:
—En Notting Hill hemos sentido hasta la médula el mágico misterio de su profesión. Y ahora Notting Hill vive amenazada.
—¿Desea algo más, señor? —preguntó el boticario.
—Pues —dijo Wayne—, pues, ¿qué expende una botica? Quinina, creo. Gracias. ¿Vamos a permitir que todo esto se destruya? He conocido a los hombres de Bayswater y North Kensington, y todos ellos, Mr. Bowles, son materialistas. No aprecian la menor magia en su trabajo, ni siquiera cuando les concierne de forma directa. Creen que el boticario es un ser cualquiera. Lo consideran humano.
Pareció que el boticario hacía una pausa, muy breve, para encajar el insulto, y sin más demora dijo:
—Dígame si se le ofrece algo más, por favor.

G. K. Chesterton
El Napoleón de Notting Hill


Érase un hombre prolífico como pocos con la pluma, moralista, cultivador del nonsens, mordaz, paradójico radical, juguetón, polemista infatigable, ferviente defensor de la familia, la iglesia y el pub y enemigo acérrimo de burócratas, hombres de negocios, políticos y filántropos, que fuera denostado por algunos (en términos poco literarios) y por muchos ensalzado (sobre todo en términos literarios). Un elogio de la locura formulado desde la irrisión, la acritud y el disparate puro y simple, aunque, valga la paradoja, no sin sentido.

domingo, 29 de abril de 2018

11
Todo se penetra. La lectura de los clásicos, que no distinguen los ocasos, me ha vuelto inteligibles muchos ocasos, en todos sus colores. Hay una relación entre la competencia sintáctica, por la que se distinguen los valores de los seres, de los sonidos y de las formas, y la capacidad de comprender cuándo el azul del cielo es realmente verde, y qué parte del amarillo existe en el verde azul del cielo.
En el fondo es lo mismo: la capacidad de distinguir y de sutilizar. Sin sintaxis no hay emoción duradera. La inmortalidad es una función de los gramáticos.

Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

Traducción, organización, introducción y notas: Ángel Crespo

sábado, 28 de abril de 2018

Y, en torno a mí, todos los ocasos incógnitos doran

81
¡Cuánto tiempo hace que no escribo! He pasado, en unos días, varios siglos de renuncia insegura. Me he estancado, como un lago desierto, entre paisajes que no existen.
Mientras tanto, me corría bien la monotonía variada de los días, la sucesión nunca igual de las horas iguales, la vida. Corría bien. Si durmiese, no me correría de otro modo. Me he estancado, como un lago que no existe, entre paisajes desiertos.
Es frecuente el desconocerme —lo que sucede con frecuencia a los que se conocen… Me hago compañía en los varios disfraces con que estoy vivo. Poseo, de cuanto muda, lo que siempre es lo mismo; de cuanto se hace, lo que no es nada.
Recuerdo, lejano en mí, como si viajara para dentro, la monotonía todavía diferente, de aquella casa provinciana… Allí pasé la infancia pero no sabría decir, si quisiese hacerlo, si con más o menos felicidad que paso la vida hoy. Era otro el quien soy que vivía allí: son vidas diferentes, distintas, incomparables. Las mismas monotonías, que las aproximan por fuera, eran sin duda diferentes por dentro. No eran dos monotonías, sino dos vidas.
¿Con qué propósito me acuerdo?
El cansancio. Recordar es un descanso, porque no es hacer. Qué de veces, para que el descanso sea mayor, recuerdo lo que no fui, y no hay nitidez ni añoranza en mis memorias de las provincias en que estuve como los que moran, tabla a tabla del entarimado, oscilo el oscilo de otras, en las vastas salas donde nunca viví.
De tal modo me he convenido en la ficción de mí mismo que cualquier sentimiento natural que tengo, desde luego, desde que nace, se me transforma en un sentimiento de la imaginación: la memoria en sueños, el sueño en olvidarme de él, el conocerme en no pensar en mí.
De tal modo me he desnudado de mi propio ser que existir es vestirme. Sólo disfrazado es cuando soy yo. Y, en torno a mí, todos los ocasos incógnitos doran, al morir, los paisajes que nunca veré.
31-3-1934.


Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

Traducción, organización, introducción y notas: Ángel Crespo

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