martes, 24 de abril de 2018

Y una vez más comprendió la fuerza que da el conocimiento de la miseria

En la fría alborada empañada por esa bruma de verano, esa especie de vaho que exhala de noche el ardoroso París atemperando un poco su fiebre, salía el tren de la estación del Norte. Tillery y Choute acompañaron a sus amigos hasta el último momento y aún permanecieron un buen rato en el andén.
Sentados uno al lado del otro en su compartimiento, Michel y Evelyne contemplaban el rápido desfile de los sórdidos edificios, las masas de altos, mugrientos y negro inmuebles donde bullen los sufrimientos de las civilizaciones industriales. Montmartre iba ascendiendo lentamente en el horizonte.
Encima de la densa bruma, ya dislocada y perforada por los rayos del sol como las humaredas errantes sobre un campo de batalla, surgía, semejante a una Acrópolis, su templo luminoso y rosado. El vagón de tercera clase estaba atestado. Una mujer sacó de un paquete unas tartas y huevos duros y se dispuso a comer. El tren iba aumentando su velocidad y rodaba hacia Creil, la Picardía y el Norte.
Michel, con el corazón un poco oprimido, guardaba silencio. De nuevo, la aventura y la vida conyugal por primera vez, la terrible prueba para ambos de la vida dura y verdadera con la que jamás a excepción de algunos días, se había enfrentado. La medicina, la clientela aún por hacer, el dinero a ganar día a día, desde el primero al último día del año, sin ingresos, sin sueldo, sin ayuda de nadie, con los cuidados que la frágil salud de Evelyne requería…
Miró a hurtadillas a Evelyne. Ésta hizo lo propio, puso la mano sobre la de su marido y le sonrió.
Michel se sintió confortado. Evelyne no tenía miedo. Y una vez más comprendió la fuerza que da el conocimiento de la miseria.
 
Maxence Van der Meersch
Cuerpos y almas


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Flores en Flickr

la flora por su nombre - View this group's most interesting photos on Flickriver