La joven llevaba más de un año en Inglaterra pero todavía no se había acostumbrado a algunas satisfacciones y, por ese motivo, seguía disfrutándolas; una de ellas era lo cómodo, lo accesible del campo. Tanto dentro como fuera de las verjas, todo parecía un parque: todo tenía un intenso aire de «finca». El mismo nombre de Plash, raro y antiguo, seguía sorprendiéndola y tampoco era indiferente al hecho de que el lugar fuera una «casa de viuda»: el pequeño retiro de paredes de ladrillo cubiertas de hiedra en que se había refugiado la anciana señora Berrington cuando, al morir el padre, su hijo se hizo cargo de la finca. A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda
en el ocaso de sus días, cuando más honores y abundancia merecía; pero la condena de aquel error se olvidaba cuando tantas consecuencias suyas parecían buenas (si se pasaba por alto la humedad), como acababa sucediendo, tarde o temprano, con la mayoría de sus juicios desfavorables sobre las instituciones inglesas. En aquel país, las iniquidades de un modo u otro resultaban pintorescas; y aparecían «casas de viuda» en las novelas, sobre todo las que describían a las clases altas, que había devorado al final de su infancia. Por lo general, la iniquidad no impedía que esos retiros estuvieran ocupados por damas con recuerdos maravillosos y voces raras, a las que los reveses de la fortuna no habían privado de una cantidad considerable de favorecedores encajes hereditarios. De repente, Laura se detuvo en el parque, a medio camino, presa de un dolor —una punzada moral— que casi la dejó sin aliento; contempló los claros neblinosos y las preciosas y viejas hayas (ahora le eran tan familiares y queridas como si fuera su dueña); en su apagada desnudez de diciembre, éstas parecían conocer todas las inquietudes y hacían que Laura adquiriera conciencia de todos los cambios. Un año antes no sabía nada y ahora lo sabía casi todo; y lo peor de su conocimiento (o, por lo menos, lo peor de los temores que éste había engendrado en ella) le había llegado en aquel hermoso lugar, donde todo estaba tan lleno de paz y pureza, de un aire de feliz sumisión a una ley inmemorial. El lugar era el mismo, pero sus ojos eran distintos; cosas tan malas y tristes habían visto en tan breve tiempo. Sí, el tiempo era breve y todo era raro. Laura Wing se sentía demasiado inquieta para suspirar siquiera y, mientras andaba, su paso fue haciéndose más liviano, como si anduviera de puntillas.
En Plash, la casa parecía brillar en el aire húmedo, el tono de las moteadas paredes de ladrillo y el césped, limitado pero perfecto, parecían obra de un artista del pincel. lady Davenant se encontraba en el salón, en una silla baja al lado de una de las ventanas, leyendo el segundo volumen de una novela. La sala tenía el mismo chintz almidonado, ramos de flores por todos los lugares posibles, el papel pintado de acuerdo con el mal gusto imperante unos años antes, conservado para no gastar más dinero, cubierto casi todo por dibujos de aficionado y grabados de categoría, con finos marcos dorados y grandes passe-partouts. La sala tenía el aire luminoso, duradero y sociable que Laura Wing apreciaba en tantos objetos ingleses: el aspecto de estar pensada para la vida cotidiana, para mucho tiempo, para un uso sumamente convencional. Pero más que nunca, aquel día resultaba inapropiado que aquella sala, con sus telas de chintz y sus poetas británicos, sus alfombras gastadas y su arte doméstico —con un aspecto tan poco ampuloso y tan sincero—, estuviera relacionada con vidas que no iban bien. Por supuesto, aunque la relación fuera indirecta y la vida desencaminada no fuera la de la anciana señora Berrington ni tampoco la de lady Davenant. Si Selina y el comportamiento de Selina no eran una implicación de aquel interior, de la misma manera que el interior no era una explicación del comportamiento de Selina, era porque ella venía de tan lejos, porque era un elemento totalmente extraño. Sin embargo, era allí donde había encontrado la ocasión y todas las influencias que tanto la habían cambiado (su hermana tenía la teoría de que se había metamorfoseado, que cuando era joven parecía haber nacido para la inocencia), si no en Plash, por lo menos en Mellows, porque, al fin y al cabo, los dos lugares tenían mucho en común y había salas de la casa grande que se parecían notablemente al salón de la señora Berrington.
Henry James
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