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martes, 5 de junio de 2018

A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda


La joven llevaba más de un año en Inglaterra pero todavía no se había acostumbrado a algunas satisfacciones y, por ese motivo, seguía disfrutándolas; una de ellas era lo cómodo, lo accesible del campo. Tanto dentro como fuera de las verjas, todo parecía un parque: todo tenía un intenso aire de «finca». El mismo nombre de Plash, raro y antiguo, seguía sorprendiéndola y tampoco era indiferente al hecho de que el lugar fuera una «casa de viuda»: el pequeño retiro de paredes de ladrillo cubiertas de hiedra en que se había refugiado la anciana señora Berrington cuando, al morir el padre, su hijo se hizo cargo de la finca. A Laura Wing le parecía muy mal aquella costumbre de expropiar a la viuda en el ocaso de sus días, cuando más honores y abundancia merecía; pero la condena de aquel error se olvidaba cuando tantas consecuencias suyas parecían buenas (si se pasaba por alto la humedad), como acababa sucediendo, tarde o temprano, con la mayoría de sus juicios desfavorables sobre las instituciones inglesas. En aquel país, las iniquidades de un modo u otro resultaban pintorescas; y aparecían «casas de viuda» en las novelas, sobre todo las que describían a las clases altas, que había devorado al final de su infancia. Por lo general, la iniquidad no impedía que esos retiros estuvieran ocupados por damas con recuerdos maravillosos y voces raras, a las que los reveses de la fortuna no habían privado de una cantidad considerable de favorecedores encajes hereditarios. De repente, Laura se detuvo en el parque, a medio camino, presa de un dolor —una punzada moral— que casi la dejó sin aliento; contempló los claros neblinosos y las preciosas y viejas hayas (ahora le eran tan familiares y queridas como si fuera su dueña); en su apagada desnudez de diciembre, éstas parecían conocer todas las inquietudes y hacían que Laura adquiriera conciencia de todos los cambios. Un año antes no sabía nada y ahora lo sabía casi todo; y lo peor de su conocimiento (o, por lo menos, lo peor de los temores que éste había engendrado en ella) le había llegado en aquel hermoso lugar, donde todo estaba tan lleno de paz y pureza, de un aire de feliz sumisión a una ley inmemorial. El lugar era el mismo, pero sus ojos eran distintos; cosas tan malas y tristes habían visto en tan breve tiempo. Sí, el tiempo era breve y todo era raro. Laura Wing se sentía demasiado inquieta para suspirar siquiera y, mientras andaba, su paso fue haciéndose más liviano, como si anduviera de puntillas.
En Plash, la casa parecía brillar en el aire húmedo, el tono de las moteadas paredes de ladrillo y el césped, limitado pero perfecto, parecían obra de un artista del pincel. lady Davenant se encontraba en el salón, en una silla baja al lado de una de las ventanas, leyendo el segundo volumen de una novela. La sala tenía el mismo chintz almidonado, ramos de flores por todos los lugares posibles, el papel pintado de acuerdo con el mal gusto imperante unos años antes, conservado para no gastar más dinero, cubierto casi todo por dibujos de aficionado y grabados de categoría, con finos marcos dorados y grandes passe-partouts. La sala tenía el aire luminoso, duradero y sociable que Laura Wing apreciaba en tantos objetos ingleses: el aspecto de estar pensada para la vida cotidiana, para mucho tiempo, para un uso sumamente convencional. Pero más que nunca, aquel día resultaba inapropiado que aquella sala, con sus telas de chintz y sus poetas británicos, sus alfombras gastadas y su arte doméstico —con un aspecto tan poco ampuloso y tan sincero—, estuviera relacionada con vidas que no iban bien. Por supuesto, aunque la relación fuera indirecta y la vida desencaminada no fuera la de la anciana señora Berrington ni tampoco la de lady Davenant. Si Selina y el comportamiento de Selina no eran una implicación de aquel interior, de la misma manera que el interior no era una explicación del comportamiento de Selina, era porque ella venía de tan lejos, porque era un elemento totalmente extraño. Sin embargo, era allí donde había encontrado la ocasión y todas las influencias que tanto la habían cambiado (su hermana tenía la teoría de que se había metamorfoseado, que cuando era joven parecía haber nacido para la inocencia), si no en Plash, por lo menos en Mellows, porque, al fin y al cabo, los dos lugares tenían mucho en común y había salas de la casa grande que se parecían notablemente al salón de la señora Berrington.

Henry James
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martes, 29 de mayo de 2018

Ahí estaban los inicios tardíos de él, y su juventud malgastada

Después de que ella se marchara, de todos modos, el día en que acudió con Basil Dashwood, y aún más en una ocasión posterior, cuando él volvió a su labor después de acompañarla hasta el carruaje, la última oportunidad, por ese año, en que la vio… después de que ella se marchara, decíamos, se le ocurrió a Nick, pensando en la rauda apoteosis de ella, que había poderosas diferencias dentro de la famosa vida artística. Miriam ya se hallaba en el esplendor de una gloria que además no era probablemente sino una pálida chispita en comparación con la llamarada que se avecinaba; y mientras cerraba la puerta tras despedirla y cogía su paleta para limpiarla frotando con un trapo sucio, la pequeña habitación en que su propia batalla había de ser librada a efectos prácticos le pareció desconsoladamente fría y gris y mísera. Estaba solitaria, y sin embargo poblaba de sombras hostiles (así de espesas las vio él juntándose en los crepúsculos invernales venideros) las condiciones en comparación más sórdidas, las más prolongadas esperas, las menos inmediatas y menos personales satisfacciones. Ahí estaban los inicios tardíos de él, y su juventud malgastada, los errores que aún tendrían descendencia a imagen y semejanza, la reclusión sedentaria, el crudo anonimato, las explicaciones pobres, lo ridículo que ya preveía que sería pedirle a la gente que aguardara, y que aguardara aún más, y que volviera a aguardar, antes de poder ofrecerles una realización de esperanzas que, al menos al sentir de ellos, resultaría una decepción. Resultare lo que resultare, a él le importaba lo bastante como para sentir que su pertinacia podría ser objeto de comparaciones incluso con una fuerza productora como la de Miriam. Después de todo, en su estudio desnudo, la más consoladora de entre las tenues presencias, la que se mostraba más amistosa con él cuando se sentaba allí y que lo convertía en el lugar adecuado por más inadecuado que fuera, era la sensación de que era con la esencia de su labor con lo que él se había comprometido. Tal era asimismo el caso de Miriam, pero la diferencia, de la cual le mostraba ella haberse dado cuenta también, estribaba en el número de cosas que ella recibía como añadidura.
Me apresuro a añadir que nuestro joven tenía ratos en que no le parecía que la referida exquisita substancialidad requiriera en absoluto, para poseer un atractivo completo, de ninguna añadidura, juzgando que en su propio resplandor ya era un compendio de todas las posibles añadiduras y justificaciones. Ya he relatado que las grandes pinacotecas —la National Gallery y el British Museum— eran para él en ocasiones más bien una serie de superficies muertas; pero la pintura que he intentado hacer de él habrá sido fallida si no logra intimar que había otros días en que, mientras se paseaba por su interior, recogía a izquierda y a derecha perfectos ramilletes de restablecimientos de confianza. Inmerso como estaba en trabajar dentro de las corrientes contemporáneas, que le hablaban con un millar de voces, juzgaba preferible, durante largos períodos, no frecuentar a los antiguos maestros, cuyas condiciones tan distintas habían sido (posteriormente llegaría a decidir que no tenía gran importancia, especialmente si uno no servía); pero muy bien podía apartarse esporádicamente de este precepto, podía eventualmente sentir deseos en concreto de echarle un vistazo a uno de los grandes retratos del pasado. Éstas eran las obras que resultaban más inspiradoras, en el sentido de que eran las cosas que, mientras que generaciones, mientras que mundos enteros habían aparecido y desaparecido, daban más la sensación de perdurar y de dar testimonio. Mientras estaba de pie ante ellas, a veces la perfección de su supervivencia lo impresionaba hasta el punto de considerarla la elocuencia suprema, la razón que incluía a todas las demás, gracias al lenguaje del arte, el más rico y universal. Imperios e idearios y conquistas habían brotado sin cesar en el mundo y grandezas de toda suerte habían despuntado y se habían extinguido; pero la hermosura de los grandes retratos no había conocido en modo alguno la muerte o la desfiguración, y las eras no habían sino perfumado su lozanía. Los mismos rostros, las mismas figuras posaban la mirada sobre diferentes siglos, dueñas de muchos conocimientos que el siglo no poseía, y cuando unían sus fuerzas formaban el hilo indestructible en que se ensartaban las perlas de la Historia.

Henry James
La Musa Trágica



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