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sábado, 9 de junio de 2018

Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora».

¡Qué cambiado estaba Broadway! Había caído una auténtica nevada que había formado montañas azuladas como en pleno campo, brillantes cual si albergasen piedras preciosas. De las cornisas y los aleros de los tejados colgaban carámbanos. Las máquinas apartaban la nieve y la apilaban en montones que luego eran cargados en camiones mediante grandes palas. El sol, de corona blanquecina y centro deslumbrante, ya se encontraba en su cénit; desde los blancos tejados se elevaba hacia él el humo de los edificios, como si fueran altares desde los cuales se le ofrecieran sacrificios. El aire pulsaba y se estremecía. Los automóviles ya no rugían al circular, sino que resonaban como trompetas con sordina. A lo lejos, el río Hudson fluía bajo una capa de hielo resplandeciente, pulido como un espejo, salpicado de oro y fuego.
Sobre la elevada ribera de Nueva Jersey, la luminosidad crepuscular bañaba el cielo de «¡Eh, inútil! ¿Estás ciego o qué?».
Aún brillaba el sol, pero no tardó en caer un atardecer invernal. En las entradas de los hoteles se encendieron los focos que iluminaban las palmeras y las flores como si formaran parte de un decorado teatral. Aquí y allá se veía una palmera inclinada, víctima del más reciente huracán, apuntalada con tablones. De la playa volvían los últimos bañistas —mujeres vestidas con albornoces y sandalias—, al tiempo que de los hoteles salían los primeros trasnochadores. Mujeres con capas de visón y chales de pieles. Todo se entremezclaba: día y noche, verano e invierno, sofisticación y desnudez. En su ocaso, el sol encendía las nubes, proyectando un brillo rosado sobre el mar y llenando las ventanas de oro fino y púrpura. A lo lejos, en el horizonte, navegaba un barco blanco. En el cielo crepuscular apareció un avión, rugiendo y reflejando destellos de luz. El olor de los naranjos se fundía con el de la gasolina. El anochecer traía un aire paradisíaco y lleno de fantasías, una calma tropical, una sensación festiva en el curso de lo cotidiano. Grein se sintió dominado por una nostalgia primaveral. «¡Ojalá tuviéramos un momento de reposo! ¡Ojalá los poderes que acongojan al hombre y lo atenazan cedieran por un instante y supiera disfrutar de las ofrendas de Dios, hacer nuestro examen de conciencia, elevar nuestros decaídos espíritus! Porque todos los pecados proceden de la falta de fe en los poderes superiores, del temor al mañana, del deseo de arañar algo de este mundo antes de que sea demasiado tarde».
El automóvil se detuvo cerca del hotel donde Grein y Anna se habían hospedado y él descendió.
—Recogeré las cosas en cinco minutos.
—No se apure, joven —contestó la señora Gombiner. Al parecer, el aire puro del ocaso la había dejado en un estado de ánimo más afable.
No habían transcurrido tres minutos cuando Grein regresó.
—Anna, el señor Abrams se niega a entregarme tus joyas de la caja fuerte. Tendrás que entrar tú misma.
—¿Le has enseñado el resguardo?
—Se lo he enseñado todo.
—¿Quién está en el vestíbulo? ¿Todas esas cotillas?
—La verdad es que no me he fijado.
—¿Por qué le da tanto miedo entrar, señora Grein? —intervino la señora Gombiner. Si este hotel es demasiado ruidoso y no le dejan dormir, está usted en su derecho de irse cuando le venga en gana siempre que pague el tiempo que haya alquilado la habitación. Venga, yo entraré con usted, señora Grein, y le soltaré cuatro cosas bien dichas.
—Se lo ruego, señora Gombiner, quédese sentada en el coche. ¡No quiero escándalos!
—Bueno, si tiene miedo, qué se le va a hacer. En Estados Unidos no hay por qué temerle a nadie. Éste es un país libre. Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora». Si se porta como un descarado, no hay más que denunciarle para que el juez lo mande a la cárcel. Seguís teniendo mentalidad de inmigrante.
—¡Florence, no te metas donde no te llaman!
—¡Tú cierra el pico!

Isaac Bashevis Singer
Sombras sobre el Hudson


En Nueva York, un grupo de judíos polacos huidos del nazismo se reúne periódicamente en casa del próspero Boris Makaver. Algunos apenas han superado la experiencia de la guerra; otros, más jóvenes, perciben un futuro esperanzador en un país en el que echar raíces. Los defensores del comunismo discuten con los partidarios del capitalismo, mientras que las opiniones divergen con respecto a si conservar las antiguas tradiciones o adoptar nuevos modelos de conducta.
El Nobel de Literatura I. B. Singer muestra una galería de personajes -místicos, pragmáticos, filósofos, comerciantes, individuos histriónicos y aprovechados, seres más generosos y comprensivos- y entrelaza sus vidas en esta obra rica en matices y observaciones sobre la condición humana.


viernes, 8 de junio de 2018

—Hoy comienza nuestra luna de miel.

¡Qué cambiado estaba Broadway! Había caído una auténtica nevada que había formado montañas azuladas como en pleno campo, brillantes cual si albergasen piedras preciosas. De las cornisas y los aleros de los tejados colgaban carámbanos. Las máquinas apartaban la nieve y la apilaban en montones que luego eran cargados en camiones mediante grandes palas. El sol, de corona blanquecina y centro deslumbrante, ya se encontraba en su cénit; desde los blancos tejados se elevaba hacia él el humo de los edificios, como si fueran altares desde los cuales se le ofrecieran sacrificios. El aire pulsaba y se estremecía. Los automóviles ya no rugían al circular, sino que resonaban como trompetas con sordina. A lo lejos, el río Hudson fluía bajo una capa de hielo resplandeciente, pulido como un espejo, salpicado de oro y fuego.
Sobre la elevada ribera de Nueva Jersey, la luminosidad crepuscular bañaba el cielo de azul. Una fábrica de muros acristalados reflejaba la luz hacia la otra orilla: cristalina, traslúcida, pura, brillando en la neblina cual fugaz espejismo en un desierto imaginario…
Un empleado del hotel les facilitó una cuña de madera sobre la que apoyar la rueda. El coche arrancó bruscamente y empezó a avanzar. Grein ya no distinguía entre su pie izquierdo y el derecho, ni entre el acelerador y el freno. Anna se arrimó a él como había hecho la noche anterior y las rodillas de los dos se tocaron. «¡Cuidado, no vaya a matarla yo de tanta dicha!», se advirtió a sí mismo. Había pensado en dirigirse al norte, hacia la Universidad de Columbia; en cambio rodaba en dirección al centro. Al pasar por delante del edificio de Boris Makaver, el semáforo cambió a rojo y Grein lanzó una mirada al patio, con la sensación del criminal que regresa al lugar del crimen. El jardincillo estaba cubierto de blancura y la nieve formaba gruesas almohadas. Los postes de las vallas estaban tocados con gorritos blancos y de los árboles colgaban trozos de nieve en lugar de frutos. En cualquier momento podía aparecer Boris o Reytze. Un descaro infantil se apoderó de Grein: Dios había abandonado el mundo y éste se hallaba dominado por la idolatría…
El coche atravesó Lincoln Square y continuó su marcha por Broadway. Mas aquello ya no era Broadway, sino una avenida de las antiguas ciudades paganas: Roma, Atenas, o incluso Cartago… Los ídolos poseían sus templos y sus sacerdotes. Las imágenes observaban desde los carteles ocultos a medias por la nieve: seres sanguinarios, asesinos, mujerzuelas desnudas. Delante de un teatro, una multitud de jovencitas se apelotonaba a empujones y codazos para esperar a su ídolo. En una vitrina, un hombre, todo él vestido de blanco y con una chistera igualmente blanca, asaba trozos de carne sobre rojas ascuas de carbón. En otro escaparate, enormes langostas se retorcían sobre bloques de hielo. A través de una puerta abierta estallaba una verdadera cacofonía de gritos lujuriosos y lamentos torturados. Por un muro trepaban figuras menudas ocupadas en pintar la imagen de una hembra colosal, cuyas piernas se alzaban hasta la cuarta planta del edificio. Junto a las puertas, un sacerdote hacía señales a los transeúntes invitándoles a entrar. El aire apestaba a humo y fritanga, a carnaval y fuego.
Grein no encontró estacionamiento. Quiso adelantarse para ocupar un hueco, pero un joven de cara rubicunda, con el blondo pelo tan erizado que recordaba un puerco espín, hizo sonar el claxon con fuerza y empezó a soltar improperios. Grein enfiló hacia un estacionamiento vigilado. Anna se agarraba a su brazo.
—Hoy comienza nuestra luna de miel.

Isaac Bashevis Singer
Sombras sobre el Hudson


En Nueva York, un grupo de judíos polacos huidos del nazismo se reúne periódicamente en casa del próspero Boris Makaver. Algunos apenas han superado la experiencia de la guerra; otros, más jóvenes, perciben un futuro esperanzador en un país en el que echar raíces. Los defensores del comunismo discuten con los partidarios del capitalismo, mientras que las opiniones divergen con respecto a si conservar las antiguas tradiciones o adoptar nuevos modelos de conducta.
El Nobel de Literatura I. B. Singer muestra una galería de personajes -místicos, pragmáticos, filósofos, comerciantes, individuos histriónicos y aprovechados, seres más generosos y comprensivos- y entrelaza sus vidas en esta obra rica en matices y observaciones sobre la condición humana.


domingo, 3 de junio de 2018

«CARNE DE BÚFALO», EL TERROR DEL RANCHO

(Argumento de película del Oeste)
PRIMERA PARTE
En el vasto territorio de California, donde el viajero encuentra cantidades prodigiosas de polvo, existe un rancho verdaderamente nutritivo.
Es el rancho denominado Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno. Se halla orientado a Poniente y tiene una gran puerta para entrar y salir.
Ese rancho pertenece a David Pickman, hombre corpulento que en su juventud hizo todo lo posible por ser barítono, sin conseguir llegar en su carrera más que a los alrededores de Jersey City, donde cayó rendido de cansancio. Como David Pickman, firme en su idea, recorría los caminos entonando, mejor dicho, desentonando romanzas milanesas, y como, además, carecía de cédula personal, al ser detenido por la Policía fue calificado de «indocumentado vociferante», y con esa clasificación entró en la cárcel, donde permaneció treinta años, indudablemente molesto.
Fue al salir de la cárcel —porque estando en la cárcel le había resultado imposible— cuando Pickman se trasladó al pequeño poblado de Newgrey, en Arizona; y como en realidad no se llevaba bien con los habitantes del poblado, puso rancho aparte.
Así nació Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno, propiedad rural muy famosa en toda América.
David Pickman vivía con su hija Patsy, tan linda muchacha como buena mecanógrafa, y ambos eran felices montando a caballo, numerando reses y cazando langostas a lazo.
Al anochecer, padre e hija solían sentarse a la puerta del rancho y contemplaban el horizonte crepuscular; por las mañanas contemplaban el amanecer, y a continuación disparaban sus revólveres.
Eran felices.

SEGUNDA PARTE
Un día, a orillas del Red-River, se detuvieron ochenta caballos por falta de gasolina. Los ochenta se hallaban en el interior de un «Buick» y de él saltó pronto al suelo, torciéndose un pie al saltar, el sheriff Richard.
Padre e hija vieron al sheriff con gran alegría y dispararon sus revólveres.
Richard le explicó rápidamente que el repugnante y mal afeitado bandido Edgar Wallace, conocido por «Carne de Búfalo», merodeaba cual hiena por los alrededores del rancho.
David Pickman y su hija, al conocer la noticia, dispararon sus revólveres.
Pero unas nuevas palabras del sheriff los levantaron en vilo. De aquellas palabras se deducía que «Carne de Búfalo» había jurado delante de una imagen de San Luis del Senegal que iba a preparar un golpe de mano contra Pickman y que le robaría las mil y pico cabezas de ganado vacuno que daban nombre al rancho.
La idea de que «Carne de Búfalo» iba a decapitarle mil y pico de vacas, desconcertó a David.
Entonces disparó su revólver.
TERCERA PARTE
La dulce Patsy Pickman estaba enamorada hasta el sostén (color malva).
¿Quién era él? ¿Quién era el objeto de su pasión, eminentemente sajona?
Retrocedamos un mes para explicarlo.
Una tarde de primavera volvía Patsy del poblado, adonde iba diariamente a tomar aceite de castor, y su caballo se desbocó como un abrigo mal cortado.
Patsy pidió auxilio y disparó su revólver.
Y de pronto, oportunamente, cuando el ágil cuerpo de Patsy iba a caer en las aguas del Red-River, un joven salió de entre las ramas de un grupo de árboles genealógicos y se lanzó en su socorro; cogióla de sus largos cabellos, dio un vigoroso tirón y le evitó una muerte cierta.
Patsy disparó su revólver y se desmayó.
A la media hora y treinta minutos volvía en sí y se sintió dulcemente abrazada por el joven, que tenía en sus manos los largos cabellos arrancados involuntariamente a Patsy.
—¡Oh! —gimió la muchacha—. ¡Gracias, gracias! ¡Me ha salvado usted la vida y además me ha dejado el pelo a lo garçon…! ¡Gracias!
—¿Me ama usted? —indagó él.
—Con toda el alma.
Después de lo cual se besaron con ternura y dispararon sus revólveres.
CUARTA PARTE
Desde entonces, Patsy no había vuelto a ver a su salvador.
El anunciado ataque de los bandidos, capitaneados por «Carne de Búfalo», hizo lo contrario que las mujeres hermosas. Queremos decir que no se hizo esperar.
Cierta noche, un nutrido grupo de malhechores rodeó la estancia.
David Pickman se decidió a vender cara su vida y pidió por ella 2.000 dólares. Los malhechores le ofrecieron 1.300. Discutieron. No lograron ponerse de acuerdo y, al fin, unos y otros dispararon sus revólveres. (Esta vez, apuntándose a la cabeza).
La lucha duró dos días.
El sheriff no pudo acudir a poner paz, porque le estaban haciendo un traje.
El rumor de los disparos que se cruzaban entre ambos bandos se oía perfectamente en Nueva York. Pero en Nueva York está siempre todo el mundo tan ocupado, que nadie reparó en aquello, que sucedía a 3.500 millas.
David Pickman notaba, aterrado, que se le acababan las fuerzas y los cartuchos; sin embargo, continuaba disparando, ayudado por su hija, que le cargaba la carabina y le cepillaba el sombrero.
De improviso un hombre mandó hacer alto el fuego y se colocó a la puerta del rancho, gritando:
—¡David Pickman y su hija están bajo mi protección!
Aquel hombre era el hijo de «Carne de Búfalo».
Y el hijo de «Carne de Búfalo» no era otro que el joven a quien amaba Patsy.
Tres minutos más tarde se casaban.
Al año tenían un hijo y disparaban sus revólveres alegremente.
Desde entonces en el rancho reina la felicidad. «Carne de Búfalo» trabaja ahora para su nieto, y todo el ganado que roba en sus correrías lo mete en el rancho de Pickman.
Hace poco cambiaron el nombre de la posesión, bautizándola así: «Las dieciocho mil cabezas de ganado vacuno».
Con este motivo hubo grandes fiestas en la estancia.
Y todos sus habitantes dispararon sus revólveres.

Enrique Jardiel Poncela
El libro del convaleciente
Inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios


«El libro del convaleciente» es una muestra variadísima de las múltiples dotes literarias que han hecho de Enrique Jardiel Poncela el autor de literatura de humor por excelencia en español y uno de los más traducidos.
Una línea uniforme nos lleva por todas las páginas de este libro: la humorística, con todas sus facetas y en todas sus formas. Inyecciones de alegría es el subtítulo de esta obra, y, en efecto, su lectura lleva al ánimo la tonicidad, el alivio y el aliento placenteros, que son frutos de la alegría.
El autor declara que ha querido poner un rayo de luz en las horas grises, melancólicas, de enfermos y convalecientes, pero ya se comprende, querido lector, que tal beneficio no puede quedar limitado a éstos.

martes, 22 de mayo de 2018

LUBRICÁN

LUBRICÁN
¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano…
J. R. J.
 
Con el silencio de los arrozales
el violín de las nubes desfondadas
deshilacha en festones el azul
y el día tiene un ojo de campana,
un vuelo de campana desprendida
ante el son de tu cuerpo entreverado
de nubes y de azul y de molduras
doradas y tu vientre candeal
es el sol que las nubes no propagan
y las difunde: el cielo del tambor,
más suave que este sexo que me hiñe
para hacerme saber que existo aún,
no como figurilla de cinabrio,
o guerrero de bronce o arlequín
muerto en el ajedrez crepuscular,
mas como el gato de las siete colas,
fosfórico en los mástiles de fuego,
y así la profecía de los pámpanos
nos dice el vendimiar de tu desnudo,
idéntico a la tierra del maná,
a las espaldas de la alfarería,
cuando en el torno dice la vasija
el color de tu cuerpo ya horneado
y, muy despacio, sobreviviré
como en tus ojos muere un gris de perla
que es lumbre del crepúsculo, no luz
que irradia de tus pechos cosechados,
no ramilletería de gladiolos
en verso de Rimbaud, no el yatagán
del tiempo califal de Scherezade,
porque tú cuentas una historia sólo,
una noche no más en pleno día,
la claridad de espigas de tu cuerpo,
el tiempo de tu boca y de tus ojos,
las antorchas del aire enmascarado,
el tiempo del amor en ignición.

7-VIII-2005
Pere Gimferrer
Amor en Vilo

lunes, 14 de mayo de 2018

El que deliberadamente emprende la búsqueda de la aventura no sale sino a recoger cáscaras vacías, a menos, en efecto, que sea un elegido de los dioses y grande entre los héroes, como aquel excelentísimo caballero Don Quijote de la Mancha.

Estaba escrito que allí, en el jardín de infancia de nuestros antepasados navegantes, habría de dar los primeros pasos en mi oficio y crecer en el amor al mar, ciego como a menudo son los amores de juventud, pero absorbente y desinteresado como debe ser todo amor verdadero. No le exigía nada, ni tan siquiera aventura. En esto demostraba, quizá, más sabiduría intuitiva que elevada abnegación. A nadie se le ha presentado nunca una aventura por invocarla. El que deliberadamente emprende la búsqueda de la aventura no sale sino a recoger cáscaras vacías, a menos, en efecto, que sea un elegido de los dioses y grande entre los héroes, como aquel excelentísimo caballero Don Quijote de la Mancha. Nosotros, comunes mortales con un alma mediocre que no desea sino tomar a malvados gigantes por honrados molinos de viento, recibimos las aventuras como a ángeles visitantes. Pillan desprevenida a nuestra complacencia. Como suele ocurrir con los huéspedes inesperados, llegan con frecuencia en momentos inoportunos. Y nos alegramos de dejarlas pasar sin reconocerlas, sin el menor agradecimiento por tan alto favor. Después de muchos años, al volver la vista atrás desde la curva que hay en medio del camino de la vida, hacia los acontecimientos del pasado, que, como una muchedumbre amistosa, parecen mirar tristemente cómo nos apresuramos hacia la costa cimeria, logramos ver, aquí y allá, entre la gris multitud, alguna figura que destella con débil resplandor, como si hubiera acaparado toda la luz de nuestro cielo ya crepuscular. Y por este destello podemos reconocer los rostros de nuestras verdaderas aventuras, de los inesperados huéspedes recibidos un día imprevistamente en nuestra juventud.
Si el Mediterráneo, la venerable (y a veces espantosamente malhumorada) nodriza de todos los navegantes, iba a mecer mi mocedad, la provisión de la cuna necesaria para esa operación fue encomendada por el Destino a la más azarosa reunión de jóvenes irresponsables (todos, sin embargo, mayores que yo) que, como ebrios de sol provenzal, malgastaban la vida con jovial ligereza según el modelo de la Histoire des Treize de Balzac, calificada, tras un guión, de novela de cape et d’épée. (EL «TREMOLINO»)

Joseph Conrad
El espejo del mar
Recuerdos e impresiones

Las crónicas que conforman este libro repasan las vivencias marítimas de Conrad, primero como marinero en Francia y más adelante en la marina mercante británica. Estos textos componen un vivísimo retrato de la relación entre el hombre y el mar en una época en que la llegada del vapor supuso el fin de la hegemonía de los barcos de vela. Considerado como el cruce entre un cantar de gesta sobre la navegación a vela y la biblia del oleaje. El espejo del mar es la insuperable reminiscencia de una forma de vida y una obra imprescindible para comprender a su autor.
«Todo el libro es Conrad cien por cien, y, además, el mejor Conrad, el que sabía dibujar un hecho del mar con la más perfecta forma literaria, y el que sabía ilustrar un acontecimiento narrativo con la más acertada imagen marinera». (Juan Benet).

domingo, 13 de mayo de 2018

—¡Gritad, monteros! ¡La madriguera de los tiranos ya no existe!

Las llamas, altas como torres, ya habían vencido todos los obstáculos y se levantaban en el cielo crepuscular como una hoguera ardiente, que se divisaba a lo largo y ancho de toda la comarca. ¡Se derrumbaron los torreones, uno tras otro, envueltos en llamas los techos y tejados, al tiempo que los combatientes se veían obligados a abandonar el patio. Los vencidos, de los cuales pocos quedaban, huyeron desperdigándose por el bosque cercano. Los vencedores se arremolinaron en grupos numerosos y contemplaban maravillados y un poco temerosos las llamas que comunicaban reflejos rojos y oscuros sobre sus armas. La demente figura de Ulrica se hizo visible durante tiempo debido a la altura del torreón donde se encontraba. Abría los brazos orgullosamente, como una emperatriz que reinara sobre el desastre que ella misma había originado. Al final, con terrorífico fragor, se hundió de golpe y por entero el torreón, y Ulrica pereció en las mismas llamas que habían consumido al hombre que la había tiranizado. Un desagradable malestar acalló por un momento todo murmullo de los espectadores armados; éstos, por espacio de varios minutos, no se atrevieron a mover ni un dedo a no ser para santiguarse. Entonces se oyó la voz de Locksley:
—¡Gritad, monteros! ¡La madriguera de los tiranos ya no existe! Que cada cual lleve su botín al lugar de reunión convenido, o sea, a la gran encina del sendero de Harthill; allí lo repartiremos equitativamente entre nosotros al clarear el día, sin olvidar a nuestros valiosos aliados en esta gran gesta de venganza.

Walter Scott
Ivanhoe

Ivanhoe narra la enconada lucha de un hombre para restablecer su buen nombre y de paso el de la corona. La acción transcurre en una época convulsa, en tiempos de cruzadas, de encarnizadas luchas entre dos pueblos antaño hermanados, el sajón y el normando, y el príncipe Juan sin Tierra planea coronarse rey, aprovechando que Ricardo Corazón de León se halla luchando en las Cruzadas. Ricardo necesitará la ayuda de un caballero valeroso y ducho en el campo de batalla, y ese será Wilfred de Ivanhoe.

viernes, 11 de mayo de 2018

Y a mi madre, Cervantes, sin conocerla, la amó.

No pensaba Don Diego de esa suerte, puesto que, al año de enviudar, contrajo un nuevo enlace, tan totalmente opuesto al anterior que tiene trazas de desquite. Mi memoria preserva intacta, no obstante los largos lustros corridos desde que la vi por última vez, a su segunda consorte, Doña María de Mendoza, una mujerona alta, seca, cuyo modelado nada debía a Venus. La recuerdo cruzando las cuadras desnudas de la casa del Hombre de Palo, en la diestra un sahumador, en la siniestra un espantamoscas. Casi no despegaba los labios. En el estrado, entre ceras encendidas, como una ruinosa hechura de la Inmaculada, aguardaba la visita de sus primas, que eran múltiples, infanzonas y como ella pobres. Su parentela se extendía por Toledo, crecía en los escudos de las capillas de la Catedral y de las casas señoriales. No brindó vástagos a Don Diego, acaso porque no lo permitían ni su edad ni su aspecto infranqueable. En cambio, al punto que se instaló en la casona, el blasón de Mendoza se esparció y espolvoreó doquier, como si un enjambre de insectos verdes hubiese entrado detrás. Se afirmó en reposteros bordados por monjas; se posó en respaldos; revoloteó hasta los cortinajes; hizo nido en los muebles. El lema «Ave María» de los Mendoza, fue para mí una obsesión, sobre todo porque luego de fallecer mi madrastra —que apenas estuvo con nosotros el tiempo necesario para provocar aquel heráldico hervidero—, y cuando mi tía Castracani vino a vivir en Castilla, mi padre aprovechó el talento de su hermana, experta en menear las agujas, para acrecentar la emblemática colmena. Y era tal la profusión de «Ave Marías» que nos rodeaba a la hora crepuscular en que rezábamos a coro el rosario, que a veces, si mis ojos aburridos vagaban por el aposento, se me antojaba que las cortinas, los cojines y los tapetes oraban con nosotros también: ¡Ave María, Ave María! Por supuesto, mi padre echó mano del parentesco en su cartas al Consejo de las Órdenes. Iban allá los Mendoza, agavillados con los Silva, entremezclando sus armas en las escrituras pedigüeñas como si Don Diego enviase pajareras de aves de sinople y de gules para halagar las miradas de los procuradores del hábito escurridizo. Yo no trueco a mi Huerta por un puñado, por un centenar, por un millar de Mendozas. Mi Huerta es un vergel perfumado, y los Mendoza son, como los Silva, un gran bosque triste. En mi Huerta sí hubo pájaros y alegría, mientras que en el bosque de los Mendoza se encresparon los búhos y las lechuzas cuyos chistidos me atemorizaban, de noche, en Toledo, al pasar cerca de los campanarios y de los palacios oscuros. Y a mi madre, Cervantes, sin conocerla, la amó.

Manuel Mujica Láinez
El laberinto

Una novela admirable que en cierto modo completa el tríptico integrado por «Bomarzo» y «El unicornio». Lo que la primera de esas obras significó como evocación sabia y poética a la vez, para el Renacimiento, y la segunda para la Edad Media, representa «El laberinto» para la América del siglo XVII. El lector encontrará en la singular autobiografía de Ginés de Silva, el niño pintado por El Greco en «El entierro del Conde de Orgaz», las mismas virtudes que antes lo entusiasmaron en las otras dos novelas de Mujica Lainez: una erudición inagotable y deparadora de incesantes sorpresas; una audacia y una ironía sostenidas por una prosa de incesante perfección; una amenidad que hace de la lectura una experiencia inolvidable.
En las páginas de «El laberinto» podrán seguirse los pasos de Ginés de Silva desde que empieza a vivir en Sevilla hasta su muerte, ya octogenario, en nuestro suelo, a través de una serie de cuadros imprevistos. En el transcurso de esa rica vida surgen lecciones en que la humana psicología y la reconstrucción plástica y desenfadada entrelazan su encanto, su saber y su entendimiento, dando forma a una gran composición histórica y estética de perdurable trascendencia.

domingo, 25 de marzo de 2018

Una enorme lámpara de cuarzo atraía a las mariposas nocturnas

En ocasiones con Raúl Escari y en otras con Adolfo Arrieta, fui muchas veces al rodaje y presencié cómo el parque de los Rothschild se transformaba en un jardín colonial. Una enorme lámpara de cuarzo atraía a las mariposas nocturnas, que se abrasaban a cientos. La luz blanca del verano parisino adquiría el color del monzón. A Marguerite, en el día del preestreno, le encantaba que le preguntaran en qué región de la India había rodado la película. Me acuerdo de que, al final de esa primera proyección, se acercó Robbe-Grillet para decirle que, como le pasaba con todas las que ella filmaba, le había gustado mucho la película. Y recuerdo que yo me quedé helado pensando si había oído bien o ella había vuelto a hablar en su francés superior cuando oí que le decía a Robbe-Grillet que lamentaba mucho no poderle decir lo mismo de sus películas. Creo que nunca hasta entonces había oído hablar en mi vida con tanta franqueza, y tal vez por eso me quedaron aquellas palabras muy grabadas en la memoria. Es más, he imitado ese tipo de franqueza en algunas ocasiones de mi vida, siempre con malos resultados, pues en todos los casos los afectados han reaccionado mal y se han convertido en enemigos míos y yo he acabado, por una curiosa asociación de ideas, considerándoles a ellos enemigos a su vez de la belleza de India Song, de la extensión crepuscular del eco de un gran grito de amor en la noche india: una asociación que con el tiempo he sabido que no era tan descabellada como yo creía, pues India Song gusta exclusivamente a mis amigos.
Enrique Vila-Matas en "París no se acaba nunca"
 


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