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viernes, 1 de junio de 2018

¡No quiero huevos! ¡No siga diciéndome que coma cosas!

Bien, si tenía intención de abordar el tema de su estómago dolorido, yo estaba dispuesto a prestar un oído atento, pero de inmediato pasó a otra cuestión.
—¿Está usted casado? —quiso saber.
Esbocé una mueca fugaz y contesté que, de hecho, todavía no estaba casado.
—Ni lo estará nunca, si tiene una pizca de sentido —prosiguió, y por unos instantes caviló sombríamente ante su taza de té—. ¿Sabe que le ocurre a uno cuando se casa? Se convierte en un mandado. No puede decir que su alma sea suya. Uno se convierte en un simple número en el hogar.
Debo decir que me sorprendió un poco hallar tan confidencial a quien era, después de todo, un mero desconocido, pero lo atribuí a la dispepsia. Sin duda los dolores punzantes le habían privado del frío raciocinio.
—Tome un huevo —respondí, como para darle a entender que mi corazón estaba de su parte.
Se puso verde y ejecutó una difícil contorsión.
—¡No quiero huevos! ¡No siga diciéndome que coma cosas! ¿Cree usted que puedo mirar los huevos, de la manera en que me encuentro? Es toda esta infernal cocina francesa. No hay digestión que la resista. ¡El matrimonio! —exclamó, regresando al tema de antes—. No me hable de matrimonios. Se casa uno y, antes de darse cuenta, está cargado de hijastros que se dejan patillas y rehuyen toda clase de trabajo honrado. Lo único que hacen es escribir poemas sobre crepúsculos. ¡Bah!
Soy bastante perspicaz, y en este punto tuve la inspiración de que era tal vez posible que estuviera aludiendo indirectamente a su hijastro Percy. Pero antes de que pudiera confirmar tales sospechas, el comedor empezó a llenarse. Más o menos hacia las nueve y veinte, como era entonces la hora, suele verse desfilar a los habitantes de las mansiones rurales en dirección a la comida. Entró tía Dahlia y cogió un huevo frito. Entró la señora Trotter y cogió una salchicha. Entraron Percy y Florence y cogieron respectivamente una loncha de jamón y un pescado. Como no vi indicios de tío Tom, supuse que estaría desayunando en la cama. Tal es su costumbre cuando tiene invitados, pues rara vez se encuentra con ánimos para hacerles frente hasta haberse fortificado un poco para la severa prueba.
Los presentes habían agachado la cabeza y doblado los codos, y estaban atareados vaciando sus platos, cuando apareció Seppings con los periódicos de la mañana, y la conversación, que en ningún momento había sido arrolladora, decayó por completo. Fue, por consiguiente, un grupo silencioso el que recibió al recién llegado, un hombre como de dos metros diez de estatura y rostro anguloso y recio, ligeramente enmostachado hacia el centro. Hacía algún tiempo que no veía a Roderick Spode, pero no tuve la menor dificultad para reconocerlo. Era uno de esos pájaros de aspecto característico, los cuales, una vez vistos, jamás se olvidan.
Estaba un poco pálido, pensé, como si recientemente hubiese sufrido un ataque de vértigo y se hubiera golpeado la cabeza contra el suelo. Dijo «Buenas días» con lo que para él era una voz bastante débil, y tía Dahlia apartó la mirada de su Daily Mirror.
—¡Caramba, lord Sidcup! —exclamó—. No esperaba que se sintiera usted con fuerzas para bajar a desayunar. ¿Seguro que no es una imprudencia? ¿Se encuentra mejor esta mañana?
—Considerablemente mejor, gracias —respondió valerosamente—. La hinchazón se ha reducido en cierta medida.
—Me alegro mucho. Eso son las compresas frías. Siempre resultan muy eficaces. Lord Sidcup —explicó tía Dahlia— sufrió una mala caída ayer por la tarde. Creemos que debió de ser un ataque repentino de vértigo. Todo se volvió negro, ¿no fue así, lord Sidcup?
Éste asintió con una inclinación de cabeza, y resultó de todo punto evidente que un instante después se arrepentía de haberlo hecho, pues contrajo las facciones como a veces las he contraído yo tras balancear irreflexivamente la calabaza después de una prominente noche de juerga en Los Zánganos.
—Sí —respondió—. Fue de lo más extraordinario. Me encontraba de pie, sintiéndome perfectamente bien… mejor que nunca, en realidad… cuando fue como si algo duro me hubiera golpeado la cabeza, y ya no recuerdo más hasta que recobré la conciencia en mi habitación, donde usted me arreglaba la almohada y su mayordomo me preparaba una bebida refrescante.
—Así es la vida —comentó tía Dahlia en tono grave—. Sí, señor, así mismo es la vida. Como digo a menudo, hoy estamos y mañana no estamos…

P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6


Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.

jueves, 31 de mayo de 2018

de un hombre que voluntariamente lucía patillas y escribía poemas acerca de crepúsculos

—No. Hizo un par de comentarios incisivos a propósito de Cheesewright, con los que estuve completamente de acuerdo, y salió en dirección al huerto. Y yo también me fui, andando, como bien puede imaginar, en el aire. Detesto la moderna tendencia a utilizar términos de jerga, pero no me avergüenza confesar que iba exclamando para mis adentros «¡Yuppi!» Discúlpeme, Wooster, pero ahora debo dejarlo. No puedo quedarme quieto.
Y con estas palabras salió dando cabriolas como un potrillo, dejándome que afrontara a solas la nueva situación.
La afronté con una meditabunda sensación de peligro. Y si ustedes se preguntan «Pero ¿por qué, Wooster? ¿Acaso la situación no es inofensiva? ¿Qué importa si el casamiento de Cheesewright y la chica ha sido cancelado, desde el momento en que tenemos aquí a Percy Gorringe, anhelante y preparado para asumir la carga del hombre blanco?», yo les contesto. «Ah, pero ustedes no han visto a Percy Gorringe». Quiero decir que no me imaginaba a Florence, por despechada que estuviera, aceptando las atenciones de un hombre que voluntariamente lucía patillas y escribía poemas acerca de crepúsculos. Me parecía mucho más probable que, viéndose nuevamente en libertad, se volviera una vez más hacia lo ya conocido y experimentado, a saber, el pobre Bertram. Era lo que había hecho antes, y estas cosas tienden a convertirse en hábito.
Por más que me esforzaba, no lograba imaginar qué podía haber causado esta repentina espantada por parte de Stilton. La cosa carecía de sentido. La última vez que lo vi, recordarán, mostraba todas las señales características de una persona para quien el amor ha tejido sus sedosos lazos. Todas y cada una de las palabras que había pronunciado en nuestra charla de despedida lo indicaban a las claras, más allá de cualquier duda o especulación. Después de todo, caramba, uno no va diciendo a las personas que les romperá la espalda en cuatro sitios si se les ocurre merodear en torno del objeto adorado a no ser que uno experimente algo más que un encaprichamiento pasajero por la muchacha en cuestión.
Pero entonces, ¿qué había ocurrido para que se oscureciera la lámpara del amor y todas esas cosas?

P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6


Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.

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