Estaba escrito que allí, en el jardín de infancia de nuestros antepasados navegantes, habría de dar los primeros pasos en mi oficio y crecer en el amor al mar, ciego como a menudo son los amores de juventud, pero absorbente y desinteresado como debe ser todo amor verdadero. No le exigía nada, ni tan siquiera aventura. En esto demostraba, quizá, más sabiduría intuitiva que elevada abnegación. A nadie se le ha presentado nunca una aventura por invocarla. El que deliberadamente emprende la búsqueda de la aventura no sale sino a recoger cáscaras vacías, a menos, en efecto, que sea un elegido de los dioses y grande entre los héroes, como aquel excelentísimo caballero Don Quijote de la Mancha. Nosotros, comunes mortales con un alma mediocre que no desea sino tomar a malvados gigantes por honrados molinos de viento, recibimos las aventuras como a ángeles visitantes. Pillan desprevenida a nuestra complacencia. Como suele ocurrir con los huéspedes inesperados, llegan con frecuencia en momentos inoportunos. Y nos alegramos de dejarlas pasar sin reconocerlas, sin el menor agradecimiento por tan alto favor. Después de muchos años, al volver la vista atrás desde la curva que hay en medio del camino de la vida, hacia los acontecimientos del pasado, que, como una muchedumbre amistosa, parecen mirar tristemente cómo nos apresuramos hacia la costa cimeria, logramos ver, aquí y allá, entre la gris multitud, alguna figura que destella con débil resplandor, como si hubiera acaparado toda la luz de nuestro cielo ya crepuscular. Y por este destello podemos reconocer los rostros de nuestras verdaderas aventuras, de los inesperados huéspedes recibidos un día imprevistamente en nuestra juventud.
Si el Mediterráneo, la venerable (y a veces espantosamente malhumorada) nodriza de todos los navegantes, iba a mecer mi mocedad, la provisión de la cuna necesaria para esa operación fue encomendada por el Destino a la más azarosa reunión de jóvenes irresponsables (todos, sin embargo, mayores que yo) que, como ebrios de sol provenzal, malgastaban la vida con jovial ligereza según el modelo de la Histoire des Treize de Balzac, calificada, tras un guión, de novela de cape et d’épée. (EL «TREMOLINO»)
Joseph Conrad
El espejo del mar
Recuerdos e impresiones
Las crónicas que conforman este libro repasan las vivencias marítimas de Conrad, primero como marinero en Francia y más adelante en la marina mercante británica. Estos textos componen un vivísimo retrato de la relación entre el hombre y el mar en una época en que la llegada del vapor supuso el fin de la hegemonía de los barcos de vela. Considerado como el cruce entre un cantar de gesta sobre la navegación a vela y la biblia del oleaje. El espejo del mar es la insuperable reminiscencia de una forma de vida y una obra imprescindible para comprender a su autor.
«Todo el libro es Conrad cien por cien, y, además, el mejor Conrad, el que sabía dibujar un hecho del mar con la más perfecta forma literaria, y el que sabía ilustrar un acontecimiento narrativo con la más acertada imagen marinera». (Juan Benet).
No hay comentarios:
Publicar un comentario