Los asuntos en la pintura
Nosotros hemos tenido la suerte de encontrar al señor Aviñeira en nuestras visitas a la última Exposición de Bellas Artes. El señor Aviñeira nos hizo el regalo de sus luminosas consideraciones. Primero se lamentó de que estuviese prohibido fumar, porque, según parece, al través del humo de su pipa ve mejor los cuadros. Después nos preguntó bondadosamente:
—¿Hace usted critica?
Y cuando se enteró de que no «hacíamos» crítica se ofreció a instruirnos en las particularidades de ese respetable oficio en el que es un maestro. Traemos sus palabras a las cuartillas con el cuidado de quien lleva un vino precioso en una ánfora rebosante.
—Antes que nada —nos dijo— le aconsejo a usted que observe cómo nuestros artistas, con una unanimidad que podría hacer sospechar un previo acuerdo, han decidido someterse a un método para tratar los asuntos de sus obras. Piensan, muy acertadamente, que es preciso avanzar con cautela, peldaño por peldaño, y no pasar de una materia sin dejarla perfectamente dominada. Esta generación de pintores comprendió que había muchas cosas en España acerca de las que no se había hecho un estudio pictórico suficientemente detenido. Los cacharros de Talavera, por ejemplo, habían sido desdeñados por el arte. ¿Existe alguna razón seria que autorice esta exclusión? Los pintores modernos se apresuraron a reparar tan tremenda injusticia. Hoy verá usted cacharros de Tala vera en el 25 por 100 de los cuadros. Me atrevo a afirmar, sin temor a rectificaciones, que estamos a punto de haber logrado la perfección en lo que se refiere a la interpretación en el lienzo de un cacharro de Talavera. No así en la chula madrileña y en la maja andaluza. ¡Oh, las chulas, las majas!… He ahí el asunto eterno e insustituible. Las chulas y las majas son a la pintura lo que los anocheceres a la poesía. Hace mucho tiempo que apareció la primera maja en un lienzo. Si usted viviese siglos, continuaría viendo majas pintadas. La gran variedad del tipo le hace sobrevivir; puede pintarse una maja con un mantón de Manila de flores verdes; otra, de flores rojas; otra, de flores azules; otra, de flores amarillas… pueden estar con una mano en la cadera, con las dos manos en las caderas, tocando una guitarra, sin tocar la guitarra… Como usted ve, el asunto es riquísimo.
—Ciertamente.
—¿Y los «bodegones»? ¿Ha pensado usted alguna vez en el pintor que va copiando con todo cariño el tono de unas ciruelas aterciopeladas, o que perpetúa la actitud de una perdiz arrojada sobre la mesa de una cocina junto al cadáver de un besugo?
—He pensado con enternecimiento.
Wenceslao Fernández Flórez
Las gafas del diablo
Las gafas del diablo es una recopilación de 21 artículos o ensayos humorísticos escritos por el escritor español Wenceslao Fernández Flórez, publicada en el año 1919, y ganadora del Premio Chirel de la Real Academia Española de ese mismo año.
Según explica el autor en el prólogo, esta obra pretende reflexionar humorísticamente sobre diversas costumbres de la sociedad española, observadas a través de unas gafas que tienen la facultad de hacer ver a las personas no según su apariencia, sino como en realidad son. A diferencia del viejo cuento en el que Fernández Flórez se inspira, el diablo que nos presta las gafas no es aquél horrendo y trascendental de la tradición, sino uno de «los que conocen los viejos campesinos gallegos, viejo también, con una mirada maliciosa y una sonrisa taimada; un diablo que es como un campesino de aquella tierra, que se ríe detrás de un valladar del susto de una rapaza, que goza con burlarse de las viejas, que sabe la importancia que hay que dar a esta vida; jovial, bonachón, receloso; que ayuda al zorro a entrar en un gallinero y que, si alguna vez recibiese proposiciones para comprar un alma, la cogería, la miraría, le daría cien vueltas y concluiría por observar: —Cuando tú me la vendes, algún negocio piensas hacer a mi cuenta. No me conviene.»
Nosotros hemos tenido la suerte de encontrar al señor Aviñeira en nuestras visitas a la última Exposición de Bellas Artes. El señor Aviñeira nos hizo el regalo de sus luminosas consideraciones. Primero se lamentó de que estuviese prohibido fumar, porque, según parece, al través del humo de su pipa ve mejor los cuadros. Después nos preguntó bondadosamente:
—¿Hace usted critica?
Y cuando se enteró de que no «hacíamos» crítica se ofreció a instruirnos en las particularidades de ese respetable oficio en el que es un maestro. Traemos sus palabras a las cuartillas con el cuidado de quien lleva un vino precioso en una ánfora rebosante.
—Antes que nada —nos dijo— le aconsejo a usted que observe cómo nuestros artistas, con una unanimidad que podría hacer sospechar un previo acuerdo, han decidido someterse a un método para tratar los asuntos de sus obras. Piensan, muy acertadamente, que es preciso avanzar con cautela, peldaño por peldaño, y no pasar de una materia sin dejarla perfectamente dominada. Esta generación de pintores comprendió que había muchas cosas en España acerca de las que no se había hecho un estudio pictórico suficientemente detenido. Los cacharros de Talavera, por ejemplo, habían sido desdeñados por el arte. ¿Existe alguna razón seria que autorice esta exclusión? Los pintores modernos se apresuraron a reparar tan tremenda injusticia. Hoy verá usted cacharros de Tala vera en el 25 por 100 de los cuadros. Me atrevo a afirmar, sin temor a rectificaciones, que estamos a punto de haber logrado la perfección en lo que se refiere a la interpretación en el lienzo de un cacharro de Talavera. No así en la chula madrileña y en la maja andaluza. ¡Oh, las chulas, las majas!… He ahí el asunto eterno e insustituible. Las chulas y las majas son a la pintura lo que los anocheceres a la poesía. Hace mucho tiempo que apareció la primera maja en un lienzo. Si usted viviese siglos, continuaría viendo majas pintadas. La gran variedad del tipo le hace sobrevivir; puede pintarse una maja con un mantón de Manila de flores verdes; otra, de flores rojas; otra, de flores azules; otra, de flores amarillas… pueden estar con una mano en la cadera, con las dos manos en las caderas, tocando una guitarra, sin tocar la guitarra… Como usted ve, el asunto es riquísimo.
—Ciertamente.
—¿Y los «bodegones»? ¿Ha pensado usted alguna vez en el pintor que va copiando con todo cariño el tono de unas ciruelas aterciopeladas, o que perpetúa la actitud de una perdiz arrojada sobre la mesa de una cocina junto al cadáver de un besugo?
—He pensado con enternecimiento.
Wenceslao Fernández Flórez
Las gafas del diablo
Las gafas del diablo es una recopilación de 21 artículos o ensayos humorísticos escritos por el escritor español Wenceslao Fernández Flórez, publicada en el año 1919, y ganadora del Premio Chirel de la Real Academia Española de ese mismo año.
Según explica el autor en el prólogo, esta obra pretende reflexionar humorísticamente sobre diversas costumbres de la sociedad española, observadas a través de unas gafas que tienen la facultad de hacer ver a las personas no según su apariencia, sino como en realidad son. A diferencia del viejo cuento en el que Fernández Flórez se inspira, el diablo que nos presta las gafas no es aquél horrendo y trascendental de la tradición, sino uno de «los que conocen los viejos campesinos gallegos, viejo también, con una mirada maliciosa y una sonrisa taimada; un diablo que es como un campesino de aquella tierra, que se ríe detrás de un valladar del susto de una rapaza, que goza con burlarse de las viejas, que sabe la importancia que hay que dar a esta vida; jovial, bonachón, receloso; que ayuda al zorro a entrar en un gallinero y que, si alguna vez recibiese proposiciones para comprar un alma, la cogería, la miraría, le daría cien vueltas y concluiría por observar: —Cuando tú me la vendes, algún negocio piensas hacer a mi cuenta. No me conviene.»
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