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sábado, 9 de junio de 2018

Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora».

¡Qué cambiado estaba Broadway! Había caído una auténtica nevada que había formado montañas azuladas como en pleno campo, brillantes cual si albergasen piedras preciosas. De las cornisas y los aleros de los tejados colgaban carámbanos. Las máquinas apartaban la nieve y la apilaban en montones que luego eran cargados en camiones mediante grandes palas. El sol, de corona blanquecina y centro deslumbrante, ya se encontraba en su cénit; desde los blancos tejados se elevaba hacia él el humo de los edificios, como si fueran altares desde los cuales se le ofrecieran sacrificios. El aire pulsaba y se estremecía. Los automóviles ya no rugían al circular, sino que resonaban como trompetas con sordina. A lo lejos, el río Hudson fluía bajo una capa de hielo resplandeciente, pulido como un espejo, salpicado de oro y fuego.
Sobre la elevada ribera de Nueva Jersey, la luminosidad crepuscular bañaba el cielo de «¡Eh, inútil! ¿Estás ciego o qué?».
Aún brillaba el sol, pero no tardó en caer un atardecer invernal. En las entradas de los hoteles se encendieron los focos que iluminaban las palmeras y las flores como si formaran parte de un decorado teatral. Aquí y allá se veía una palmera inclinada, víctima del más reciente huracán, apuntalada con tablones. De la playa volvían los últimos bañistas —mujeres vestidas con albornoces y sandalias—, al tiempo que de los hoteles salían los primeros trasnochadores. Mujeres con capas de visón y chales de pieles. Todo se entremezclaba: día y noche, verano e invierno, sofisticación y desnudez. En su ocaso, el sol encendía las nubes, proyectando un brillo rosado sobre el mar y llenando las ventanas de oro fino y púrpura. A lo lejos, en el horizonte, navegaba un barco blanco. En el cielo crepuscular apareció un avión, rugiendo y reflejando destellos de luz. El olor de los naranjos se fundía con el de la gasolina. El anochecer traía un aire paradisíaco y lleno de fantasías, una calma tropical, una sensación festiva en el curso de lo cotidiano. Grein se sintió dominado por una nostalgia primaveral. «¡Ojalá tuviéramos un momento de reposo! ¡Ojalá los poderes que acongojan al hombre y lo atenazan cedieran por un instante y supiera disfrutar de las ofrendas de Dios, hacer nuestro examen de conciencia, elevar nuestros decaídos espíritus! Porque todos los pecados proceden de la falta de fe en los poderes superiores, del temor al mañana, del deseo de arañar algo de este mundo antes de que sea demasiado tarde».
El automóvil se detuvo cerca del hotel donde Grein y Anna se habían hospedado y él descendió.
—Recogeré las cosas en cinco minutos.
—No se apure, joven —contestó la señora Gombiner. Al parecer, el aire puro del ocaso la había dejado en un estado de ánimo más afable.
No habían transcurrido tres minutos cuando Grein regresó.
—Anna, el señor Abrams se niega a entregarme tus joyas de la caja fuerte. Tendrás que entrar tú misma.
—¿Le has enseñado el resguardo?
—Se lo he enseñado todo.
—¿Quién está en el vestíbulo? ¿Todas esas cotillas?
—La verdad es que no me he fijado.
—¿Por qué le da tanto miedo entrar, señora Grein? —intervino la señora Gombiner. Si este hotel es demasiado ruidoso y no le dejan dormir, está usted en su derecho de irse cuando le venga en gana siempre que pague el tiempo que haya alquilado la habitación. Venga, yo entraré con usted, señora Grein, y le soltaré cuatro cosas bien dichas.
—Se lo ruego, señora Gombiner, quédese sentada en el coche. ¡No quiero escándalos!
—Bueno, si tiene miedo, qué se le va a hacer. En Estados Unidos no hay por qué temerle a nadie. Éste es un país libre. Aquí, cuando una dama habla con un hombre, él tiene que escuchar y decirle: «Sí, señora». Si se porta como un descarado, no hay más que denunciarle para que el juez lo mande a la cárcel. Seguís teniendo mentalidad de inmigrante.
—¡Florence, no te metas donde no te llaman!
—¡Tú cierra el pico!

Isaac Bashevis Singer
Sombras sobre el Hudson


En Nueva York, un grupo de judíos polacos huidos del nazismo se reúne periódicamente en casa del próspero Boris Makaver. Algunos apenas han superado la experiencia de la guerra; otros, más jóvenes, perciben un futuro esperanzador en un país en el que echar raíces. Los defensores del comunismo discuten con los partidarios del capitalismo, mientras que las opiniones divergen con respecto a si conservar las antiguas tradiciones o adoptar nuevos modelos de conducta.
El Nobel de Literatura I. B. Singer muestra una galería de personajes -místicos, pragmáticos, filósofos, comerciantes, individuos histriónicos y aprovechados, seres más generosos y comprensivos- y entrelaza sus vidas en esta obra rica en matices y observaciones sobre la condición humana.


lunes, 21 de mayo de 2018

Ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.

—Hablad —dije.
Nada más. No aludí al motivo de la convocatoria; no señalé un orden de intervenciones; no le concedí a nadie la palabra. Todos sabíamos qué hacíamos allí. Y ellos, mucho más que yo, sabían lo que se morían por decirme. Después de una vacilación, supongo que fingida, en que se consultaron unos a otros con un apagado murmullo, se levantó uno, al que creí identificar como alguien con un puesto importante en el mercado de la ciudad, quizá el zabazoque mismo, pero no recordé de momento su nombre. Comenzó a perorar. Supuse que iba a perorar durante mucho tiempo. Vi cómo el atardecer abría sus alas despacio entre la Sabica y el Albayzín. «Quizá no me queden tantos atardeceres en la Alhambra como para desperdiciar uno en algo presupuesto.» Mi madre, con una túnica ocre, se hallaba a mi derecha. «El Chorrut.» El que había comenzado a hablar se llamaba Mohamed Ibn Halimet el Chorrut. Quizá fuese cadí; no estaba seguro; no importaba. Con el pulgar derecho me acaricié los dedos de la mano izquierda. Respiré hondo, o suspiré quizá. Busqué con los ojos a Farax; estaba pendiente de mí. No cambió de expresión, como si, pese a que nuestras miradas se encontraron, no hubiera notado que lo miraba. Consentí que mis ojos lo dejasen. Amainaba la luz del patio. En el interior nos envolvía un delicado lubricán: ¿se iba la luz, o, sin irse, accedía a compartir el salón con la penumbra, que brotaba desde los rincones? Prendieron los hacheros. La luz del día iba a hacer frente a la del fuego. La primera, suave y carnal, ganó al principio; luego se rindió a la otra, menos uniforme y menos cambiante a la vez, a la vez temblorosa y estática. «Ya será visible, en el cielo de Dios, sobre este cielo del artesonado, encima del centro exacto de la torre, más alta que todo, convergiendo en ella los vericuetos de todas las simetrías, amiga o enemiga según el que la mire, ya será visible, orientadora y desdeñosa, la estrella Polar.»
—Ellos —el orador persistía— viven en las mismas condiciones en que podrían vivir aunque el cerco durase años. Sus soldados son innumerables. Han levantado como por arte de magia la ciudad que vemos desde la nuestra: con muros, con defensas inasequibles, con calles rectas y lisas, con hospitales, con establos. Tienen mercados donde abundan los alimentos, las ropas finas y las de abrigo; no carecen de cuanto Granada, en sus mejores tiempos, disfrutaba; celebran fiestas y organizan torneos; acuden sus damas a distraerlos y animarlos desde las poblaciones más o menos vecinas; están instalados, por tanto, en la seguridad y en la esperanza.
—Da la impresión de que has estado allí —le interrumpí.
Él enrojeció, o pensé yo que enrojecía.
—No es necesario ir. Por desdicha, se ve desde nuestras murallas —continuó—. Y, además de lo dicho —subrayaba—, tienen en su poder a unos cuantos mancebos, hijos nuestros, que fueron el precio de tu libertad. En cambio, nuestro pueblo, famélico y desmoralizado, ve cómo sus adversarios se satisfacen con aguardar, al pie del árbol, la caída del fruto que no ha de tardar en madurarse. Igual que el niño que tiene un pájaro atado de una pata se portan con nosotros. ¿Nos sentiremos libres porque podamos reunirnos hoy aquí? ¿Nos juzgaremos libres porque no nos juzguemos aún esclavos; porque se nos permita alzar un poco el vuelo, sólo un poco, lo que la cuerda dé de sí, lo que al niño se le antoje? —Pensé en mi hijo, en mis hijos—. Quién sabe si, aburrido un día o harto, nos pinchará los ojos con un alfiler, o nos estrangulará con una sola mano.
—Sí, todo eso es posible —murmuré—. Los niños son crueles, quizá también los pájaros. Todo depende del tamaño de sus enemigos.
—No hay posibilidad de resistir. Con los abastecimientos de los silos y de los almacenes, en cuanto desaparezcan bajo la nieve los caminos, no contamos ni para dos meses; para cincuenta días como máximo. Ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.

Antonio Gala
El manuscrito carmesí
Premio Planeta 1990


En los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil —el último sultán— da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica llamada a la derrota.
Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos, una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo.
La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la reconquista —con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias— sacude como un viento destructor la crónica, cuyo lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar —desprovisto, pero sereno— su último refugio.
La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy.

martes, 10 de abril de 2018

laudatorio epitafio en honor de la pobre mujer

Al día siguiente no se presentó la ocasión de realizar la proyectada visita a aquellas misteriosas habitaciones. Era domingo, y las horas que dejaban libres los oficios religiosos fueron empleadas, a requerimiento del general, bien para pasear y hacer ejercicio fuera de la casa, bien para comer fiambres dentro de ella. No obstante la profunda curiosidad que Catherine sentía, su valor no llegaba al extremo de inspeccionar tan tétricos lugares después de comer, a la luz tenue del atardecer, ni a los más potentes, pero también más traicioneros, rayos de una lámpara. Aquel día no hubo, pues, detalle alguno de interés que señalar, aparte de la contemplación del elegante monumento elevado en la iglesia parroquial a la memoria de Mrs. Tilney, situado precisamente enfrente del banco que la familia ocupaba durante los oficios. Catherine no podía apartar la mirada de la lápida en que había sido grabado un extenso y laudatorio epitafio en honor de la pobre mujer. La lectura de las virtudes atribuidas a la difunta por el esposo, que, de una forma u otra, había contribuido a su destrucción, afectó a la muchacha hasta el punto de hacerla derramar lágrimas.
Tal vez no debiera parecer extraño que el general, después de erigir aquel monumento, encontrase natural tenerlo ante sí continuamente, pero Catherine encontró sencillamente asombroso que el padre de su amiga tuviera la osadía de mantener su actitud autoritaria, su acostumbrada altivez, frente a tal recuerdo. Cierto que podían aducirse, en explicación de este hecho, muchos casos de seres endurecidos por la iniquidad. Catherine recordaba haber leído acerca de más de una docena de criminales que habían perseverado en el vicio y habían pasado, de crimen en crimen, asesinando a quien se les antojaba, sin sentir el menor remordimiento, hasta que una muerte violenta o una reclusión religiosa ponía fin a su demencial y desenfrenada carrera. Por lo demás, la visión del monumento no podía, en modo alguno, disipar las dudas que sobre la pretendida muerte de Mrs. Tilney sustentaba. Como tampoco habría podido afectarla el que se la hubiese hecho bajar al mausoleo familiar donde se suponía que descansaban las cenizas de la muerta. Catherine había leído demasiado para no estar enterada de la facilidad con que una figura de cera puede ser introducida en un féretro y la apariencia de realidad que puede ofrecer un entierro simulado.

La abadía de Northanger
Título original: Northanger Abbey
Jane Austen, 1818

domingo, 8 de abril de 2018

Hacía más de tres noches que no se había quitado su jubón de piel de búfalo

Fue en el atardecer de un día de Siria cuando Ricardo se acostó enfermo, lo cual le contrarió tanto en su espíritu, como la enfermedad repugnaba a su cuerpo. Sus grandes ojos azules, que habitualmente brillaban con singular viveza, aumentada ahora por la fiebre y la impaciencia mental, despedían entre los largos y enmarañados mechones de cabellos rubios, miradas tan fulgurantes y enérgicas que parecían en verdad los últimos resplandores de un ocaso atravesando las nubes de una tempestad que se avecina, pero dorados aún por los rayos del sol. Sus facciones varoniles delataban los progresos de la devoradora enfermedad, y su barba, crecida y descuidada, le cubría los labios y el mentón. La inquietud con que se revolvía de un lado a otro en la cama, con las ropas revueltas, que a veces se quitaba de encima rabiosamente; el desorden del mismo lecho y sus inquietos ademanes demostraban a simple vista la energía y la impetuosa impaciencia de un estado de espíritu, cuya esfera de acción natural la constituían los más activos ejercicios.
Al lado del lecho se encontraba Thomas de Vaux, que por su cara, su actitud y sus ademanes, contrastaba todo cuanto pueda imaginarse con el monarca enfermo. Su estatura era casi gigantesca, y su cabellera habría podido parecer, por su abundancia, la de Sansón, pero después de haber pasado este héroe israelita por las tijeras de los filisteos, porque la de De Vaux tenía cortados los cabellos de tal manera que pudiesen caber dentro del casco. El brillo de sus grandes ojos, de color de avellana, tenía la luz de una mañana de otoño, y sólo se turbaban momentáneamente cuando alguna que otra vez eran atraídos por las vehementes señales de agitación e inquietud de Ricardo. Su cara, tan robusta como el resto de su persona, debía haber sido bella antes de quedar desfigurada por las heridas; su labio superior, siguiendo la moda de los normandos, estaba cubierto de un espeso bigote, tan largo que se le juntaba con la cabellera, ambos de un castaño obscuro, moteado por algunas canas. Su cuerpo parecía hecho a propósito para desafiar la fatiga y el clima, porque era ancho de espaldas, liso de caderas, largo de brazos, de pecho elevado y piernas muy fuertes. Hacía más de tres noches que no se había quitado su jubón de piel de búfalo, que tenía pintada la cruz en la espalda, y durante aquel tiempo sólo se había permitido el momentáneo descanso de que puede disfrutar la persona que vela a un monarca enfermo. Este barón raras veces cambiaba de actitud, excepto para administrar a Ricardo la medicina o el alimento, que ninguno de los demás asistentes, menos afortunados, podía convencer al impaciente monarca de que tomara; y en la forma bondadosa, aunque ruda, con que desempeñaba una misión que contrastaba tan extrañamente con sus costumbres y maneras de solitario y de soldado, se veía algo que emocionaba.

The Talisman
El talismán
Walter Scott, 1825

sábado, 7 de abril de 2018

sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo

Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable.
Un momento u otro conocerá el desaliento al sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo un poco más de aquellas desconocidas montañas. Y un día tendrá que abandonar el propósito y demorar aquella remota decisión de escalar su cima más alta, ese pico calizo con forma de mascarilla que conserva imperturbable su leyenda romántica y su penacho de ventisca. O bien —tranquilo, sin desesperación, invadido de una suerte de indiferencia que no deja lugar a los reproches— dejará transcurrir su último atardecer, tumbado en la arena de cara al crepúsculo, contemplando cómo en el cielo desnudo esos hermosos, extraños y negros pájaros que han de acabar con él, evolucionan en altos círculos.
Para llegar al desierto desde Región se necesita casi un día de coche. Las pocas carreteras que existen en la comarca son caminos de manada que siguen el curso de los ríos, sin enlace transversal, de forma que la comunicación entre dos valles paralelos ha de hacerse, durante los ocho meses fríos del año, a lo largo de las líneas de agua hasta su confluencia, y en sentido opuesto. El desierto está constituido por un escudo primario de 1400 metros de altitud media, adosado por el norte a los terrenos más jóvenes de la cordillera, que con forma de vientre de violín originan el nacimiento y la divisoria de los ríos Torce y Formigoso. Segado al oeste por los contrafuertes dinantienses da lugar a esas depresiones monstruosas en cuyos fondos canta el Torce, después de haber serrado esos acantilados de color de elefante que formaron hasta el siglo pasado una muralla inexpugnable a la curiosidad ribereña; por el contrario, en la frontera meridional que mira al este el altiplano se resuelve en una serie de pliegues irregulares de enrevesada topografía que transforman toda la cabecera en un laberinto de pequeñas cuencas y que sólo a la altura de Ferrellán se resuelven en un valle primario de corte tradicional, el Formigoso.

Volverás a Región
Juan Benet, 1967

Flores en Flickr

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