Eran ya las tardes almibaradas, los crepúsculos llenos de murciélagos, las noches con el flexo abierto sobre los apuntes de Derecho, la tentación de la piscina de Las Arenas en la playa, las excursiones al monte Garbí con las universitarias de Acción Católica que llevaban muslitos de pollo envueltos en papel de plata y faldas de flores y sus pantorrillas arañadas por las aliagas y el espliego. Yo no creía en Dios, pero lo necesitaba todavía. Desde la terraza de la residencia, próximo ya el verano, durante los exámenes se veían fuegos artificiales de noche en los pueblos de la huerta. Sonaban los grillos. Tumbados boca arriba cantábamos a dúo: sola, sola se queda Fonseca y también soto il ponte, soto il ponte di Rialto y yo tocaba con la armónica otras canciones de enamorados que me inflamaban los labios y el corazón bajo las estrellas empastadas.
En la Glorieta cogía el tranvía azul y amarillo con jardinera que iba a la Malvarrosa. Primero seguía junto al pretil del río, después enfilaba la avenida del puerto. Me apeaba en la parada frente al merendero de la Marcelina, al lado del establecimiento de baños Las Arenas que tenía forma de Partenón de escayola pintado de azulete. Allí había una piscina en forma de ele con un gran solario para hombres y mujeres separado por una tapia. En el trampolín de tres niveles se establecía una competición de musculaturas y posturitas de jóvenes con el bañador de cordoncillo y las chicas que llevaban traje de baño con hombreras miraban la exhibición bajo aquella luz de la Malvarrosa que estallaba en la vertical de todos los cráneos. Allí celebré las bodas con mi inocencia, según Camus. Los primeros días de ejercicios en el solario me abrasaba la piel y de noche mientras preparaba los exámenes se me ponía la espalda en carne viva. De madrugada bajaba al comedor y me llevaba a la habitación la aceitera y con ella me embadurnaba con aceite de oliva todo el cuerpo a modo de bálsamo de urgencia y untado de esta forma como un griego leía un librito de tapas rojas, Verano, de Camus, donde estaba mi nueva profesión de fe, que era Nupcias en Tipasa. Por primera vez tenía la percepción del libertinaje de la naturaleza que era todo el mar extendido al pie del trampolín.
Manuel Vicent
Tranvía a la Malvarrosa
En la Valencia todavía campesina y huertana de los años cincuenta, en la que se producen hechos tan sonados como el crimen de la envenenadora o el garrote vil al esquizofrénico que asesinó y cubrió de flores a una niña, el protagonista atraviesa la adolescencia sobre un fondo de boleros en un viaje heroico para encontrarse a sí mismo… Un viaje en pos de la conciencia y la madurez que se realiza en un tranvía hacia la playa de la Malvarrosa…
Una maravillosa novela sobre el fin de la inocencia y el despertar a la edad adulta. Su novela más leída
En la Glorieta cogía el tranvía azul y amarillo con jardinera que iba a la Malvarrosa. Primero seguía junto al pretil del río, después enfilaba la avenida del puerto. Me apeaba en la parada frente al merendero de la Marcelina, al lado del establecimiento de baños Las Arenas que tenía forma de Partenón de escayola pintado de azulete. Allí había una piscina en forma de ele con un gran solario para hombres y mujeres separado por una tapia. En el trampolín de tres niveles se establecía una competición de musculaturas y posturitas de jóvenes con el bañador de cordoncillo y las chicas que llevaban traje de baño con hombreras miraban la exhibición bajo aquella luz de la Malvarrosa que estallaba en la vertical de todos los cráneos. Allí celebré las bodas con mi inocencia, según Camus. Los primeros días de ejercicios en el solario me abrasaba la piel y de noche mientras preparaba los exámenes se me ponía la espalda en carne viva. De madrugada bajaba al comedor y me llevaba a la habitación la aceitera y con ella me embadurnaba con aceite de oliva todo el cuerpo a modo de bálsamo de urgencia y untado de esta forma como un griego leía un librito de tapas rojas, Verano, de Camus, donde estaba mi nueva profesión de fe, que era Nupcias en Tipasa. Por primera vez tenía la percepción del libertinaje de la naturaleza que era todo el mar extendido al pie del trampolín.
Manuel Vicent
Tranvía a la Malvarrosa
En la Valencia todavía campesina y huertana de los años cincuenta, en la que se producen hechos tan sonados como el crimen de la envenenadora o el garrote vil al esquizofrénico que asesinó y cubrió de flores a una niña, el protagonista atraviesa la adolescencia sobre un fondo de boleros en un viaje heroico para encontrarse a sí mismo… Un viaje en pos de la conciencia y la madurez que se realiza en un tranvía hacia la playa de la Malvarrosa…
Una maravillosa novela sobre el fin de la inocencia y el despertar a la edad adulta. Su novela más leída
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