No pensaba Don Diego de esa suerte, puesto que, al año de enviudar, contrajo un nuevo enlace, tan totalmente opuesto al anterior que tiene trazas de desquite. Mi memoria preserva intacta, no obstante los largos lustros corridos desde que la vi por última vez, a su segunda consorte, Doña María de Mendoza, una mujerona alta, seca, cuyo modelado nada debía a Venus. La recuerdo cruzando las cuadras desnudas de la casa del Hombre de Palo, en la diestra un sahumador, en la siniestra un espantamoscas. Casi no despegaba los labios. En el estrado, entre ceras encendidas, como una ruinosa hechura de la Inmaculada, aguardaba la visita de sus primas, que eran múltiples, infanzonas y como ella pobres. Su parentela se extendía por Toledo, crecía en los escudos de las capillas de la Catedral y de las casas señoriales. No brindó vástagos a Don Diego, acaso porque no lo permitían ni su edad ni su aspecto infranqueable. En cambio, al punto que se instaló en la casona, el blasón de Mendoza se esparció y espolvoreó doquier, como si un enjambre de insectos verdes hubiese entrado detrás. Se afirmó en reposteros bordados por monjas; se posó en respaldos; revoloteó hasta los cortinajes; hizo nido en los muebles. El lema «Ave María» de los Mendoza, fue para mí una obsesión, sobre todo porque luego de fallecer mi madrastra —que apenas estuvo con nosotros el tiempo necesario para provocar aquel heráldico hervidero—, y cuando mi tía Castracani vino a vivir en Castilla, mi padre aprovechó el talento de su hermana, experta en menear las agujas, para acrecentar la emblemática colmena. Y era tal la profusión de «Ave Marías» que nos rodeaba a la hora crepuscular en que rezábamos a coro el rosario, que a veces, si mis ojos aburridos vagaban por el aposento, se me antojaba que las cortinas, los cojines y los tapetes oraban con nosotros también: ¡Ave María, Ave María! Por supuesto, mi padre echó mano del parentesco en su cartas al Consejo de las Órdenes. Iban allá los Mendoza, agavillados con los Silva, entremezclando sus armas en las escrituras pedigüeñas como si Don Diego enviase pajareras de aves de sinople y de gules para halagar las miradas de los procuradores del hábito escurridizo. Yo no trueco a mi Huerta por un puñado, por un centenar, por un millar de Mendozas. Mi Huerta es un vergel perfumado, y los Mendoza son, como los Silva, un gran bosque triste. En mi Huerta sí hubo pájaros y alegría, mientras que en el bosque de los Mendoza se encresparon los búhos y las lechuzas cuyos chistidos me atemorizaban, de noche, en Toledo, al pasar cerca de los campanarios y de los palacios oscuros. Y a mi madre, Cervantes, sin conocerla, la amó.
Manuel Mujica Láinez
El laberinto
Una novela admirable que en cierto modo completa el tríptico integrado por «Bomarzo» y «El unicornio». Lo que la primera de esas obras significó como evocación sabia y poética a la vez, para el Renacimiento, y la segunda para la Edad Media, representa «El laberinto» para la América del siglo XVII. El lector encontrará en la singular autobiografía de Ginés de Silva, el niño pintado por El Greco en «El entierro del Conde de Orgaz», las mismas virtudes que antes lo entusiasmaron en las otras dos novelas de Mujica Lainez: una erudición inagotable y deparadora de incesantes sorpresas; una audacia y una ironía sostenidas por una prosa de incesante perfección; una amenidad que hace de la lectura una experiencia inolvidable.
En las páginas de «El laberinto» podrán seguirse los pasos de Ginés de Silva desde que empieza a vivir en Sevilla hasta su muerte, ya octogenario, en nuestro suelo, a través de una serie de cuadros imprevistos. En el transcurso de esa rica vida surgen lecciones en que la humana psicología y la reconstrucción plástica y desenfadada entrelazan su encanto, su saber y su entendimiento, dando forma a una gran composición histórica y estética de perdurable trascendencia.
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