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jueves, 21 de junio de 2018

«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo»

«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo». «¿Y qué es eso?». «Otra reminiscencia. Un viejo personaje que no pasó de imaginado, del cual jamás escribí una sola línea, pero que ahora reaparece. Pertenecía a una novela que no pasó de proyecto: quizás ni a eso haya llegado. Se llamaría La isla, la reina y la tarasca, y el lugar de la acción era la isla de Mazaricos, una especie de peñón basáltico perdido en el mar del Occidente, del que emergía como un cetáceo aboyado. La imagen de la isla la tomé de una revista geográfica, donde venía fotografiada a todo color: como un pedazo de madera… Pero será mejor que la veamos». Lénutchka pegó un salto inesperado y quedó en pie sobre la alfombra. «¡Oh, sí, claro, por supuesto! ¡Hace ya mucho tiempo que no viajamos!». «No de pie: está lejos y podrías fatigarte. Yo, por mi parte, no me siento capaz de hacer un camino tan largo. Siéntate a mi lado». Yo estaba en el sofá donde ella se había tendido con la cabeza en mi regazo, como llevo dicho. Se acomodó a mi lado. Me sonrió. «Te dejo fumar otra vez». Le di las gracias con un beso. «Lo más cómodo será arribar a la isla por el aire. Si seguimos al sol llegaremos allá con el crepúsculo». «En la isla, ¿tendremos dónde dormir?». «Por supuesto. Y digo lo de seguir al sol porque él nos marcará la ruta. En esa dirección, precisamente, está la isla». Lénutchka estiró los brazos. «Me apetece colgarme de la luz, pero me da temor de que los rayos sean demasiado sutiles y me dejen caer». «Las palabras no pesan», le respondí, y, por quitarle el temor, me instalé en un haz luminoso que me alejó rápidamente. «¡Espérame!», gritó ella, riendo: cuando volví la vista, me seguía ya, saltando de un rayo en otro y pronto estuvo a mi lado: íbamos como niños en caballos de tiovivo, nos alejábamos y nos juntábamos, subíamos y bajábamos como en un tobogán, todo con risas. Pasaban, debajo, los valles ya en sombra y las cimas todavía iluminadas; en el haz de algún río rojeaba el sol y en la mar aún lejana: Villasanta quedaba envuelta en la niebla de la tarde, difuminada, como esas ciudades que se ven en el desierto. Al llegar a la costa le señalé a Lénutchka un puertecillo. «Eso es Muxía. Todas las semanas viene el barco de Mazaricos, que tripulan dos hombres, el patrón y el maquinista. Llevan juntos treinta años y no se han hablado jamás». «Uno será franquista y el otro republicano». «No. Uno es de los que siempre se ven de frente y, el otro, de los que se ven de perfil». Le expliqué entonces que en Mazaricos no había más que una ciudad, y que sus habitantes se dividían en esos dos bandos, que más parecían razas. Los que se ven de frente viven en la parte diestra del pueblo; los otros, en la siniestra. En medio de las dos partes, encima mismo del puerto, está el casino, al que sólo pueden entrar los hombres. «Eso parece, me dijo, un poblado de bororos». «En ellos me inspiré para inventarlo». Quedaba atrás la costa y el sol amenazaba con meterse en una franja de nubes negras que bordeaba el horizonte: combadas, como de tormenta, con los bordes dorados. Nos quedaríamos sin vehículo, si se tragaban al sol; pero éste, como es sabido, va más despacio al ponerse, de modo que nos dio tiempo a alcanzar la vista de Mazaricos, que apareció en la raya remota, alargada y achaparrada como el lomo de un pez gigante, aunque, más de cerca, vimos que más tiraba a redonda, que sus acantilados se recortaban en bahías y caletas, y que la superficie era llana y sin árboles, como barrida por el viento. Las luces que empezaban a encenderse nos orientaron acerca de la situación exacta de la ciudad: vista desde la altura semejaba un anfiteatro con casitas escalonadas alrededor de una dársena curvada: había en ella barcas y barquichuelos, y personas en el muelle, paseando. Cuando el sol se había casi ocultado, resbalamos de nuestros rayos y quedamos junto a la entrada del pueblo. «Es tarde para que veamos al Dragón Feo», dije a Lénutchka; «a estas horas, la gruta en que se esconde estará oscura, y aunque él preferiría que no le viésemos, porque su fealdad le hace tímido y recatado, y siempre cuesta trabajo sacarle de su escondrijo submarino, no quiero que te pierdas el espectáculo de la gruta al amanecer, que es bellísimo». Lénutchka se había sentado en una piedra pulida por el viento y la lluvia. «También lo es este paisaje, tan desnudo y tan duro». Venía por el camino, tocando en su flauta pánica una tonada enrevesada y arcaica, un viejo pastor de cabras, al que vimos siempre de perfil; pasó por nuestro lado y nos saludó en lengua vernácula, que Lénutchka no entendía. Le pregunté al hombre si hallaríamos, a aquellas horas, hospedaje; nos respondió que en el pueblo había un hotel, pero que no se recordaba que jamás hubiera llegado a él huésped alguno. «Los hombres nos han abandonado hace ya siglos, o quizás nos hayan olvidado. Cuando trae el barco algún pasajero es uno de nosotros, que regresa de la emigración o que viene simplemente a visitar a la familia, pero que tiene siempre casa propia. El hotel, sin embargo, se mantiene limpio y dispuesto para cuando la reina llegue». Y señaló a Lénutchka: «¿No lo será esta dama?». Traduje a Lénutchka lo que el cabrero había dicho. «Respóndele que no. ¡Qué disparate! Si fuese reina, si lo fuese sólo por unas horas, no me recibirían después en mi país». El cabrero meditó unos instantes. «Pues todo el mundo creerá que es ella, porque responde a la descripción que nuestros padres nos han hecho, y a ellos los abuelos, y así hacia atrás no se sabe cuántos siglos». «¿Recuerda el nombre?». «La reina, nada más que la reina». Le pregunté la dirección del hospedaje: me respondió que estaba junto al muelle, en la mitad siniestra, pero que su jardín pertenecía a la diestra. Le di las gracias y se marchó con su música y sus cabras, armando cierto alboroto de esquilones; y cuando se hubo alejado, razoné de la siguiente manera con Lénutchka: «Si ahora bajamos al pueblo y buscamos el hotel, resultará inevitable que nos metamos en la novela a la que esta isla pertenece. A mí no me importa hacerlo si es que a ti te apetece, ya que, para lo nuestro, lo mismo da una novela que otra. Pero será inevitable que te tomen por la reina y que hagas ese papel. De modo que decide». Lénutchka lo pensó un rato. «No es que no me tiente», me respondió, «porque esos hombres de frente y esos hombres de perfil deben de ser fascinantes, pero no olvides que soy una muchacha soviética educada en el marxismo-leninismo más ortodoxo, y que hacer el papel de reina me da cierta dentera; además, mi gusto literario es bastante clásico, y las bifurcaciones acaban por aburrirme. Este viaje que venimos haciendo pertenece a nuestra novela, y, si las cosas marchan acabaremos por llevarnos al Dragón Feo a Villasanta de la Estrella, ya lo verás, de suerte que, de un modo bastante tenue, nos mantenemos dentro del tema. Pasar a otro nos hace correr el riesgo de abandonar lo empezado, y son ya muchos esbozos los que te han quedado a medias. Por lo demás, confieso que no me disgustaría saludar a la dueña del hotel, donde, además, hallaremos lechos cómodos y un poco de comida». «Traje conmigo algo», y señalé el zurrón que en aquel momento acababa de inventar y de colgarme al hombro; «hay de esos pastelillos de caviar que te gustan». «¿Caviar del Guadalquivir?». «Del Volga, garantizado». Tendió las manos. «¡Dámelos en seguida, te lo ruego!». Le pasé la fiambrera donde venían, y vi cómo se los comía con infantil voracidad. Mientras lo hacía, inventé una guitarra que dejé a sus pies; porque Lénutchka, después de haber comido los pasteles de caviar, se sentía nostálgica y cantaba canciones de su tierra en que hablaba de ríos, de bosques y de estepas, y también de amor. Era el comienzo de la noche, y sólo veía su sombra, y ella la mía. Empezó a cantar. Mientras lo hacía, levanté a su alrededor una cabaña capaz de resistir el viento de la noche, con hogar encendido y lecho de pieles de foca y de oso blanco, y la piedra en que Lénutchka cantaba quedó precisamente junto a la puerta, de modo que las llamas del hogar le alumbraban, a ráfagas, la cara. Ya le había oído otras veces aquella balada de Boris Godunov, con letra y música antiguas: las venturas y desdichas del zar violento y las trapacerías del supuesto Dmitri: me gustaba la voz de violoncello con que Lénutchka cantaba, y, para oírla mejor, me senté cerca de ella, en la esquina del lecho. Al terminar, le había caído el cabello encima de la cara, y le resbaló la balalaika hasta caer al suelo con un sonido discordante. «Tengo frío», me dijo, y yo la cogí en brazos y la acosté bajo la piel del oso. «Me acuerdo de mis amigos, y de aquel bar en que nos reuníamos al salir de la universidad. Venía con nosotros, casi siempre, el profesor Levinka, que estaba enamorado de mí. Solía cantar también la balada de Boris: de él la aprendí. Y la pequeña Katia, y Vladimir, su novio, que se habrán casado ya, y yo no he asistido a la boda…». Me sentí responsable de haberla arrebatado a aquel mundo, que era el suyo, donde los hombres y las mujeres eran de carne y hueso, y no meras palabras. «Si quieres…», insinué; pero ella me echó el brazo por la cintura y me atrajo. «No, no, bien sabes que no. Pero, a veces, los recuerdo, y pienso si serán felices. Levinka, no, por supuesto, pero se consolará atacando con furia a los formalistas, que han muerto todos». Cerró los ojos; su brazo se aflojó poco a poco. Se lo tapé también y la dejé dormir. Fuera, corría por la llanura un viento alborotado y algunas gotas gruesas golpeaban el tejado de bálago. Me acomodé frente a las llamas, y pensé que le gustaría, al despertar, escuchar de mis labios la continuación de la novela. ¿A quién seguir? ¿A don Procopio, a Pablo, al bibliotecario, al arzobispo? Las llamas se empeñaban en formar las imágenes de dos muchachos jóvenes. ¡El Diablo me las trajo, olvidadas como estaban! Marujita y Conchita, «Las Marujitas», la hija de mi patrona en mis años de estudiante, y una amiga que también vivía allí. Les llamaban de mote «Las telefonistas», por su oficio. Marujita era muy guapa; Conchita, no tanto, y tiraba a gorda, pero, a la capa de su amiga, también la cortejaban Tenían fama de putas, las criaturitas, y por lo que supe de ellas, la merecían. Se me fundió el recuerdo con el de otra pareja, éstas hermanas, que andaban a la caza de estudiantes novatos, y eran de mírame y no me toques, pero acabaron preñadas, decían que de un catedrático, pero no llegó a saberse a ciencia cierta, porque fueron a parir a la montaña y no se les volvió a ver por la ciudad. Unas y otras coincidieron en formar una tercera pareja, la imaginaria, que se llamó en seguida de «Las Pepuchas», y eran las hijas del bonzo, Pepucha y Juanucha, con estos diminutivos que algunos pedantes corregían a la rusa, Péputchka y Juánutchka, o al menos se me ocurrió así. Las había tenido su madre, según lo convenido, después de quedar sola, y preguntado el bonzo cierta vez si no le avergonzaba que hubieran salido zorras, él respondió filosóficamente: «Cuando nacieron, su madre andaba con don Fulano, de modo que allá ellas». No sé si es una respuesta digna de la elevación moral del bonzo, pero hay que tener en cuenta que, por muy alta que fuera, también a veces descendía al santo suelo, y se apasionaba, por ejemplo, por las quinielas, a las que no jugaba, sin embargo. Me decidí, pues, a continuar la historia por aquel camino, o sea, desde el punto de vista de Las Pepuchas, o más bien de una de ellas, ya que para lo que se me iba ocurriendo la otra me estorbaba. Lénutchka dormía, y decía a veces oscuras palabras rusas, que llegaban a mí como un susurro de eñes. La contemplé largamente, antes de ponerme a trabajar, y lo hice después silencioso y a mano, contra mi costumbre, no fuera a despertarla el tecleo de la máquina. Y esto es lo que me salió aquella noche:

Gonzalo Torrente Ballester
Fragmentos de Apocalipsis


En «Fragmentos de Apocalipsis», Gonzalo Torrente Ballester nos ofrece una visión crítica, mordaz y esperpéntica de la vida y de los habitantes de Villasanta de la Estrella, ciudad que puede verse como un trasunto de la capital jacobea, a la que en 1948 había dedicado «Compostela y su ángel». Guiado por una concepción exigente y culta de la novela, el escritor, convertido en protagonista, lleva a cabo, siempre desde su conciencia creadora, una profunda reflexión sobre las posibles formas en que puede componer su obra. La alternancia de lo real y de lo mágico, el humor, la fina ironía y el erotismo desenfadado provocan un placer intelectual que no merma la diversión y el entretenimiento.

martes, 12 de junio de 2018

Salvo el crepúsculo

Salvo el crepúsculo

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.

BASHÔ

Julio Cortázar
Salvo el crepúsculo

«Salvo el crepúsculo», último libro publicado en vida por Cortázar, es una memorable antología personal de poemas del gran escritor argentino. Claro que, tratándose de Cortázar, no puede esperarse una tranquila sucesión de versos escritos en distintas épocas y situaciones. Multifacético, el contenido de este libro se despliega como un collage inagotable. Su autor homenajea a los poetas y a la poesía, avanza y retrocede en el tiempo, deja hablar a esos deliciosos charlatanes de Calac y Polanco, se entrega al tango y al jazz, a la pintura y al amor, a París y a Buenos Aires, a la ingenuidad y a la melancolía. Una colección de gustos, de recuerdos y opiniones exquisitas. El diario implícito e inestimable de un artista extraordinario.

lunes, 11 de junio de 2018

Aun así, por lo leído, puedo deciros de este segundo tan buenas o mejores cosas de las que se han dicho del primero.

El conde, que no quería sino agradar a unos huéspedes tan importantes, aprovechó las circunstancias para rogarles que se quedaran en su casa el tiempo preciso, en tanto se reponía el paquidermo, y aunque en un principio pensaron partirse ellos y dejar con el elefante al naire y a los lacayos y ayudantes que precisaran, era tal el amor que sentía la duquesa por el animal, que no quería separarse de él, tratándolo con mayor mimo que si fuese la más cumplida y solícita de sus doncellas.
—Podéis quedaros por ahora con el libro, porque estaremos algunos días más aquí —otorgó la duquesa luego, cuando se tropezó con Sansón, y quiso saber si ya lo había leído entero y qué le parecía.
—Entero no sé cómo podría leerlo yo ni nadie en una sola noche —apuntó el siempre zumbón bachiller—, como no fuera en sueños, pero creo que si me dais dos días más, podré devolverlo comido y digerido. Aun así, por lo leído, puedo deciros de este segundo tan buenas o mejores cosas de las que se han dicho del primero.
Volvió Sansón a su torre, con el ruego de que nadie viniera a molestarle, como no fuese el conde, su señor.
Pero no precisó éste de ninguno de los servicios de su secretario en esos días, y pudo llegar al final del libro, que remató con lágrimas en los ojos, tanto porque con el acabóse se le terminaba el gozo de leerlo, como porque en ese crepúsculo desgarrador se narraba la muerte del caballero.
Necesitado de encontrar a un compañero con quien comunicar todo lo que había leído, se fue Sansón Carrasco a casa de Sancho Panza, y se lo llevó por ahí, a las afueras del pueblo, a pasear y a dejar que el aire puro y libre le ventilase la cabeza después de haberla tenido durante tres noches enfrascada en la crónica de don Quijote.
—Ningún libro se ha escrito como éste ni más humano, Sancho, y a Cide Hamete y a Cervantes debemos todos nosotros el quedar para la posteridad mucho mejor pintados de lo que somos, lo cual dice bien de su generoso pulso para idealizar las líneas de nuestro retrato. No hay en todo el libro ni una palabra que no haya salido del tintero de la piedad o que no la haya dictado la misericordia, y las cosas y nosotros mismos estamos esquiciados tan a lo vivo que es como si anduviéramos libres por entre sus páginas, y entráramos y saliéramos de ellas como de nuestras casas. Y si es cierto que las locuras de nuestro amigo mueven a risa todavía hoy, a mi han dejado ya de hacerme gracia, porque veo lo mucho que incomprendimos a don Quijote los que más decíamos comprenderle, porque sus locuras, siéndolo en la forma, nunca lo fueron en el fondo. Y sí, ahora me doy cuenta de qué equivocado andaba yo queriendo traerlo a casa, con la excusa de apartarlo de las burlas y los agravios que se le hacían en el ejercicio que él llevaba de deshacerlos en otros. ¡Qué necio fui, queriéndolo reducir a mi cordura! ¡El loco fui yo y todos cuantos creen que los libros son cosa diferente de la vida, que se leen y se olvidan! Para él cada libro fue un sol o una luna, que le daban o le quitaban luz, y yo le dejé a oscuras para siempre. ¡Yo sí que fui tonto, por pensar que las burlas menoscaban el honor de nadie, cuando suele ser lo contrario, que quien se burla de alguien suele quedar en esa burla a la postre peor que el burlado! Mi propósito, al querer vencer a don Quijote, fue, como quien dice, humano. El de don Quijote, al querer vencer a los gigantes, sobrehumano y propio de un héroe. Yo me fingí caballero andante, y en eso anduve como impostor. Don Quijote no necesitó fingir con nadie, porque lo que era, lo fue siempre a conciencia, sin engaño.
Y por mucho que lo escarnecieran, apalearan y burlaran, y en el libro se ve, jamás le alcanzaron el corazón, que obraba tan rectamente humillando al soberbio y ensalzando al humilde, que es la única enseña que ha de seguir un hombre de bien, y no al revés, como suele hacerse: decir viva quien vence.

Andrés Trapiello
Al morir don Quijote


Hace cuatrocientos años empezó una historia que no ha terminado aún. Es la que se cuenta en este libro. Las vidas, como la literatura, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa e intrincada novela que llamamos vida, donde la realidad y la ficción ni dicen lo que parece ni se resignan a quedarse en sus estrechos márgenes.
La corta existencia caballeresca de don Quijote no terminó un caluroso día de octubre de 1614, como algunos pueden creer. Al contrario. Fue entonces cuando empezó a dar frutos. Primero, en quienes la compartieron, su sobrina, el ama, sus amigos, incluso sus enemigos, y después, hasta llegar a hoy, en quienes como nosotros lo hemos aprendido casi todo en ella. Nadie que haya sentido la llamada de la libertad y la lucha contra la injusticia puede no declararse hijo del famoso hidalgo de la Mancha. Y si don Quijote acometió por loco los molinos de viento, con sus propios molinos de viento hemos de vernos nosotros, sin dejar de estar cuerdos.
Andrés Trapiello nos ofrece la historia de todos aquellos personajes que, en la obra cervantina, se quedaron desarbolados, aunque como nosotros mismos, no renunciaran nunca a ser, pese a su carácter secundario, protagonistas de su propia vida, esto es, de su propia novela.
«Al morir don Quijote» es una novela amena y fascinante que toma como punto de partida el mayor clásico español de todos los tiempos y que está llamada a ser un hito de la literatura contemporánea.

domingo, 10 de junio de 2018

no había tenido en todos los días de su vida un amo como don Quijote ni creía lo podría volver a tener

LLEGÓ LA TARDE, y con ella, de vuelta, Sancho, al que acompañaba Pedro Angulo.
Entre los dos, uno cavando y otro apartando la tierra, uno en un cabo y otro en otro, dejaron lista la sepultura de don Quijote en el pequeño cementerio que se acostaba en uno de los muros de la vieja e imponente iglesia.
Mientras trabajaban le hablaba Sancho a Pedro Angulo y le iba relatando historias y episodios ya famosos de su vida con don Quijote, y lo que a éste debía y lo que de él aprendió, que, según le confesó a su compadre, y no podía mentir allí, al pie mismo de la sepultura que le estaba abriendo, no había tenido en todos los días de su vida un amo como don Quijote ni creía lo podría volver a tener, y que eso en un pobre es cosa muy triste, porque era como saber que se ha llegado al cénit y ya todo va a ser rodar hacia al oscuro crepúsculo viviendo de memorias tristes y de pasadas glorias.
Pedro Angulo se admiraba de oír hablar con tanta discreción a su vecino, pues lo tenía por hombre ameno pero de poco discurso y paniaguado. No se daba cuenta de una cosa, y es que de haber estado sirviendo a don Quijote, a Sancho se le había pegado mucho del buen sentido de su amo, cuando éste lo tenía, e incluso un poco también de sus manías, fantaseos y quimeras, y a don Quijote se le había pegado también un poco de los refranes y la visión de su escudero, y puede decirse incluso que al término de su vida don Quijote soltaba ya casi tantos refranes como Sancho, y lo llamaba «hermano», y más, «compañero del alma», y «ven acá, amigo mío, verdadero y leal como ninguno».
Por eso Sancho hablaba a veces que parecía un teólogo. Y esa manera de hablar de Sancho que admiraba al enterrador, también le fastidiaba. Y verle tan mejorado, porque era de naturaleza algo envidiosa. Llegó a pensar que Sancho quería presumir delante de él, cuando tantas veces habían destripado terrones juntos. También se había corrido por el pueblo que Sancho había traído tanto y tanto dinero esta vez, quilmas repletas de monedas, joyas, perlas y cadenas de oro que no partiría Hércules con su maza, así como escrituras de tierras en Aragón de la ínsula gobernada, y que dejaba en Barcelona media galera con un socio argelino renegado y reconciliado, que dedicaría al corso.
—Pero ¿fue para ti, Sancho, este don Quijote —le preguntó el enterrador con la sonrisa un poco biliosa— bueno porque te aconsejaba y enseñaba, o bueno porque te permitía que asentaras tú mismo la cuantía de tus jornales, como me acabas de decir, y porque, según todo el pueblo, te ha dejado en testamento la hijuela?
—Si me pagó bien, mal o regular, poco o mucho, no entro ni salgo a declararlo, que fueron asuntos nuestros, ni creo que haya que darle tres cuartos al pregonero, pero mejor me aconsejó, cuando tuve necesidad de ello, y ahora te diría que si viviera, sólo por servirle me quedaría a su lado, aunque no pudiera pagarme.

Andrés Trapiello
Al morir don Quijote


Hace cuatrocientos años empezó una historia que no ha terminado aún. Es la que se cuenta en este libro. Las vidas, como la literatura, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa e intrincada novela que llamamos vida, donde la realidad y la ficción ni dicen lo que parece ni se resignan a quedarse en sus estrechos márgenes.
La corta existencia caballeresca de don Quijote no terminó un caluroso día de octubre de 1614, como algunos pueden creer. Al contrario. Fue entonces cuando empezó a dar frutos. Primero, en quienes la compartieron, su sobrina, el ama, sus amigos, incluso sus enemigos, y después, hasta llegar a hoy, en quienes como nosotros lo hemos aprendido casi todo en ella. Nadie que haya sentido la llamada de la libertad y la lucha contra la injusticia puede no declararse hijo del famoso hidalgo de la Mancha. Y si don Quijote acometió por loco los molinos de viento, con sus propios molinos de viento hemos de vernos nosotros, sin dejar de estar cuerdos.
Andrés Trapiello nos ofrece la historia de todos aquellos personajes que, en la obra cervantina, se quedaron desarbolados, aunque como nosotros mismos, no renunciaran nunca a ser, pese a su carácter secundario, protagonistas de su propia vida, esto es, de su propia novela.
«Al morir don Quijote» es una novela amena y fascinante que toma como punto de partida el mayor clásico español de todos los tiempos y que está llamada a ser un hito de la literatura contemporánea.


jueves, 7 de junio de 2018

donde un azul pálido aparecía entre los velos sutiles de las nubes de un gris azul

Era terriblemente difícil la liberación de los lazos que le retenían y que intentaban mantenerle en el suelo, pero el empuje que había tomado era más fuerte. Hans Castorp se apoyó en un codo, tendió enérgicamente las rodillas, tiró, se apoyó y se puso en pie. Pisoteó las nieves con sus plantas, se golpeó los brazos y sacudió los hombros, lanzando animadas miradas curiosas por todas partes y hacia el cielo, en donde un azul pálido aparecía entre los velos sutiles de las nubes de un gris azul que resbalaba suavemente y que descubrían los delgados cuernos de la luna.
Ligero crepúsculo. ¡Nada de tempestad de nieve! La pared rocosa del otro lado con su espalda erizada de pinos, era visible plenamente y reposaba en paz. La sombra subía hasta media altura y la otra mitad se hallaba delicadamente iluminada de rosa. ¿Qué pasaba, cómo se comportaba, pues, el mundo? ¿Era por la mañana? ¿Había pasado Hans Castorp la noche en la nieve, sin morir de frío, como ocurría siempre, según podía leerse en los libros? Ninguno de sus miembros estaba muerto, ninguno se rompía con un ruido seco, mientras él se debatía, se movía y se esforzaba en reflexionar sobre su situación. Sus orejas, las puntas de sus dedos, los dedos de sus pies estaban entumecidos sin duda, pero nada más, cosa que ya le había ocurrido con frecuencia cuando permanecía tendido en el balcón.
Consiguió sacar el reloj. Andaba. No se había detenido como acostumbraba hacer cuando se olvidaba de darle cuerda. No marcaba todavía las cinco, ni mucho menos. Faltaban aún doce o trece minutos. ¡Sorprendente! ¿Era, pues, posible que no hubiese permanecido aquí, tendido en la nieve, más que diez minutos o un poco más, y que hubiese inventado tantas imágenes alegres y espantosas y tantos pensamientos temerarios, mientras el tumulto hexagonal se disipaba con la misma rapidez con que había llegado? Además, había tenido una gran suerte para hacer posible su regreso, pues por dos veces sus sueños y sus fábulas habían adquirido tal aspecto que le habían sobresaltado, reanimado el cuerpo, primero de espanto, luego de alegría. Parecía que la vida había tenido buenas intenciones para con su hijo mimado y extraviado…
Sea lo que sea, y aunque fuese por la mañana o por la tarde —sin duda alguna era el principio del crepúsculo vespertino— no había nada en las circunstancias ni en el estado personal que pudiese impedir a Hans Castorp regresar al Sanatorio, y esto es lo que hizo.
Con un empuje magnífico, con una especie de vuelo de pájaro, descendió hacia el valle, donde ya brillaban las luces cuando llegó, a pesar de que los restos de una claridad conservada por la nieve hubiese bastado plenamente. Descendió por el Brehmenbühl, a lo largo del Mattenwald, y llegó a las cinco y media a Dorf, dejando los esquíes en la tienda y descansando en la celda del desván de Settembrini, al que dio cuenta de la tempestad de nieve por la que se había dejado sorprender.

Thomas Mann
La montaña mágica


«La montaña mágica» (Der Zauberberg, en el original alemán) es una novela de Thomas Mann que se publicó en 1924. Es considerada la novela más importante de su autor y un clásico de la literatura en lengua alemana del siglo XX que ha sido traducido a numerosos idiomas.
Thomas Mann comenzó a escribir la novela en 1912, a raíz de una visita a su esposa en el Sanatorio Wald de Davos en el que se encontraba internada. La concibió inicialmente como una novela corta, pero el proyecto fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en una obra mucho más extensa.
La obra narra la estancia de su protagonista principal, el joven Hans Castorp, en un sanatorio de los Alpes suizos al que inicialmente había llegado únicamente como visitante.
La obra ha sido calificada de novela filosófica, porque, aunque se ajusta al molde genérico de la novela de aprendizaje, introduce reflexiones sobre los temas más variados, tanto a cargo del narrador como de los personajes (especialmente Naphta y Settembrini, los encargados de la educación del protagonista). Entre estos temas ocupa un lugar preponderante el del «tiempo», hasta el punto de que el propio autor la calificó de «novela del tiempo», pero también se dedican muchas páginas a discutir sobre la enfermedad, la muerte, la estética, la política, etc.



martes, 22 de mayo de 2018

LUBRICÁN

LUBRICÁN
¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano…
J. R. J.
 
Con el silencio de los arrozales
el violín de las nubes desfondadas
deshilacha en festones el azul
y el día tiene un ojo de campana,
un vuelo de campana desprendida
ante el son de tu cuerpo entreverado
de nubes y de azul y de molduras
doradas y tu vientre candeal
es el sol que las nubes no propagan
y las difunde: el cielo del tambor,
más suave que este sexo que me hiñe
para hacerme saber que existo aún,
no como figurilla de cinabrio,
o guerrero de bronce o arlequín
muerto en el ajedrez crepuscular,
mas como el gato de las siete colas,
fosfórico en los mástiles de fuego,
y así la profecía de los pámpanos
nos dice el vendimiar de tu desnudo,
idéntico a la tierra del maná,
a las espaldas de la alfarería,
cuando en el torno dice la vasija
el color de tu cuerpo ya horneado
y, muy despacio, sobreviviré
como en tus ojos muere un gris de perla
que es lumbre del crepúsculo, no luz
que irradia de tus pechos cosechados,
no ramilletería de gladiolos
en verso de Rimbaud, no el yatagán
del tiempo califal de Scherezade,
porque tú cuentas una historia sólo,
una noche no más en pleno día,
la claridad de espigas de tu cuerpo,
el tiempo de tu boca y de tus ojos,
las antorchas del aire enmascarado,
el tiempo del amor en ignición.

7-VIII-2005
Pere Gimferrer
Amor en Vilo

viernes, 13 de abril de 2018

Es verdad que me hacía leer y escribir

Decía que nos quedamos en la choza de la cañada y que al Pepe todo se le iba en cavilar como si aquello fuera vale para hoy, mañana ya veremos.
Él era un hombre y yo una criatura, pero más parecía que yo cuidaba de él, que no él de mí. Es verdad que me hacía leer y escribir, que tenía cuenta de si me lavaba o si tenía piojos, pero todo lo que llevábamos al ventorrillo de Miguel salía de mí. Yo ponía lazos y perchas, yo correteaba los pollos de pájaro perdiz para venderlos para reclamo y siempre estaba con inventos de buscarme una luz de mineral y una red para hacer la zarampaña, o amontonando lajas para hacer lanchas y alambre para trampas. Con la oscuridad de la mañanita salía de casa y volvía después del lubricán, con dos pájaros metidos debajo de la blusa, un conejillo, quince o veinte zorzales.
También perdía mucho el tiempo en juegos que nada daban, como poner cepos a los gandanos y melones y arrimarme a la laguna con un tirabalas de goma para pegarle un cantazo a las gallaretas.
El Pepe tiraba muy bien con la escopeta, pero era una lástima porque no llevaba la caza en el cuerpo y, para él, saltar un vallado con tablillas era una purga.
Los conejos entonces nos los pagaban a peseta y, un día con otro, juntábamos un par de duros más bien escasos. Pero al calentar el verano empezaron a desmontar las motillas de la Casa del Fraile pegándoles fuego y luego metieron el arado y dieron algunos jornales por quitar piedra.
El Pepe, con tal de no ir de caza, allí estuvo quitando chinos y haciendo con ellos montones que se los llevaron después la gente de la carretera.

El mundo de Juan Lobón
Luis Berenguer, 1967
 


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