Al caer la tarde, pude cruzar el camino sin tropiezos.
Mi propósito inicial había sido seguir viaje hasta el amanecer, pero el viento fuerte y glacial debilitó en buena parte mi resolución. Atravesé también la ruta septentrional que va de Cork a Limerick, en un punto equidistante de Mallow y Buttevant. A un kilómetro al oeste de Doneraile, aproximadamente, me hallé en una zona boscosa. Protegido parcialmente del viento, sentí la tentación de quedarme a pernoctar allí, pues eran casi las tres de una hórrida madrugada veraniega. En un hueco bien protegido por los árboles encendí la fogata más grande que me atreví a formar. Más allá del resplandor del fuego, solo había tinieblas absolutas. Tal vez la policía o algún granjero curioso, o el demonio en persona estuviesen allí afuera, preparándose para echarme la zarpa. El viento ululaba en la fronda con gritos de alma condenada, y me asaltaba con creciente fuerza el recuerdo de que, dos noches atrás, yo había dado muerte a tres hombres.
Al llegar la aurora, la lluvia arreció una vez más. En ayunas emprendí la marcha hacia el norte, rumbo a las colinas de Ballyhoura. Avanzaba a paso más bien lento, dificultosamente, entre las ciénagas. Pasado ya el mediodía llegué al laberinto de angostas sendas situado al sur de Kilmallock. Sucediera lo que sucediere, estaba resuelto a pedir albergue en alguna granja próxima al camino.
Tiempo atrás, yo había decidido que la mejor manera de viajar por Irlanda era hacerlo disfrazado de buhonero. Ahora lo parecía: empapado, sucio, salpicado de barro, hirsuto y desgreñado. Ahora, el aguacero se había vuelto en mi favor, pues disimulaba en alguna manera mi lamentable aspecto.
Serían cerca de las tres cuando llegué a un lugar apropiado, cerca de una encrucijada.
—¡Ah! —exclamó la granjera—, parece que viene usted rodando por el barro desde Kilfinnane.
—Mi coche sufrió una avería en Ballyhoura. Traté de arreglarlo y me ensucié bastante, como usted ve.
Me llevó a un pequeño dormitorio. La lluvia repiqueteaba incesantemente en los cristales de la ventana.
—¿No tiene algo que ponerse mientras se secan sus ropas?
—He viajado toda la noche, y estoy fatigadísimo. De modo que me vendrá muy bien un descanso hasta la hora de la cena. ¿Cree usted que para entonces se habrá secado mi ropa?
—¡Por todos los santos! Solo por milagro ustedes, los jóvenes, se salvan de las calamidades. Dentro de unos minutos le mandaré a Paddy, para que busque sus cosas.
Ya que me tomaba por un tonto, resolví seguirle la corriente.
—Cuando salí de Dublín, me olvidé
Fred Hoyle & Geoffrey Hoyle
El enigma de Ossian
Los diversos gobiernos del mundo se muestran alarmados y desconcertados ante el insólito crecimiento tecnológico e industrial que la Corporación Industrial del Eire, la CIE, está consiguiendo en el sur de Irlanda, en la zona de Kerry, lugar donde según la leyenda el bardo Ossian habría hecho su famosa cabalgada. La CIE domina completamente la política y la sociedad irlandesa, y ha impuesto un gobierno de corte autoritario. Existe el temor de que ese dominio podría extenderse a todo el mundo de la mano de la enorme superioridad tecnológica de la Corporación. Todas las tentativas de infiltrarse en la CIE para descubrir las razones de su inusual desarrollo han fracasado. Thomas Sherwood, un joven matemático recién licenciado, es enviado a investigar.
Mi propósito inicial había sido seguir viaje hasta el amanecer, pero el viento fuerte y glacial debilitó en buena parte mi resolución. Atravesé también la ruta septentrional que va de Cork a Limerick, en un punto equidistante de Mallow y Buttevant. A un kilómetro al oeste de Doneraile, aproximadamente, me hallé en una zona boscosa. Protegido parcialmente del viento, sentí la tentación de quedarme a pernoctar allí, pues eran casi las tres de una hórrida madrugada veraniega. En un hueco bien protegido por los árboles encendí la fogata más grande que me atreví a formar. Más allá del resplandor del fuego, solo había tinieblas absolutas. Tal vez la policía o algún granjero curioso, o el demonio en persona estuviesen allí afuera, preparándose para echarme la zarpa. El viento ululaba en la fronda con gritos de alma condenada, y me asaltaba con creciente fuerza el recuerdo de que, dos noches atrás, yo había dado muerte a tres hombres.
Al llegar la aurora, la lluvia arreció una vez más. En ayunas emprendí la marcha hacia el norte, rumbo a las colinas de Ballyhoura. Avanzaba a paso más bien lento, dificultosamente, entre las ciénagas. Pasado ya el mediodía llegué al laberinto de angostas sendas situado al sur de Kilmallock. Sucediera lo que sucediere, estaba resuelto a pedir albergue en alguna granja próxima al camino.
Tiempo atrás, yo había decidido que la mejor manera de viajar por Irlanda era hacerlo disfrazado de buhonero. Ahora lo parecía: empapado, sucio, salpicado de barro, hirsuto y desgreñado. Ahora, el aguacero se había vuelto en mi favor, pues disimulaba en alguna manera mi lamentable aspecto.
Serían cerca de las tres cuando llegué a un lugar apropiado, cerca de una encrucijada.
—¡Ah! —exclamó la granjera—, parece que viene usted rodando por el barro desde Kilfinnane.
—Mi coche sufrió una avería en Ballyhoura. Traté de arreglarlo y me ensucié bastante, como usted ve.
Me llevó a un pequeño dormitorio. La lluvia repiqueteaba incesantemente en los cristales de la ventana.
—¿No tiene algo que ponerse mientras se secan sus ropas?
—He viajado toda la noche, y estoy fatigadísimo. De modo que me vendrá muy bien un descanso hasta la hora de la cena. ¿Cree usted que para entonces se habrá secado mi ropa?
—¡Por todos los santos! Solo por milagro ustedes, los jóvenes, se salvan de las calamidades. Dentro de unos minutos le mandaré a Paddy, para que busque sus cosas.
Ya que me tomaba por un tonto, resolví seguirle la corriente.
—Cuando salí de Dublín, me olvidé
Fred Hoyle & Geoffrey Hoyle
El enigma de Ossian
Los diversos gobiernos del mundo se muestran alarmados y desconcertados ante el insólito crecimiento tecnológico e industrial que la Corporación Industrial del Eire, la CIE, está consiguiendo en el sur de Irlanda, en la zona de Kerry, lugar donde según la leyenda el bardo Ossian habría hecho su famosa cabalgada. La CIE domina completamente la política y la sociedad irlandesa, y ha impuesto un gobierno de corte autoritario. Existe el temor de que ese dominio podría extenderse a todo el mundo de la mano de la enorme superioridad tecnológica de la Corporación. Todas las tentativas de infiltrarse en la CIE para descubrir las razones de su inusual desarrollo han fracasado. Thomas Sherwood, un joven matemático recién licenciado, es enviado a investigar.
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