—Hablad —dije.
Nada más. No aludí al motivo de la convocatoria; no señalé un orden de intervenciones; no le concedí a nadie la palabra. Todos sabíamos qué hacíamos allí. Y ellos, mucho más que yo, sabían lo que se morían por decirme. Después de una vacilación, supongo que fingida, en que se consultaron unos a otros con un apagado murmullo, se levantó uno, al que creí identificar como alguien con un puesto importante en el mercado de la ciudad, quizá el zabazoque mismo, pero no recordé de momento su nombre. Comenzó a perorar. Supuse que iba a perorar durante mucho tiempo. Vi cómo el atardecer abría sus alas despacio entre la Sabica y el Albayzín. «Quizá no me queden tantos atardeceres en la Alhambra como para desperdiciar uno en algo presupuesto.» Mi madre, con una túnica ocre, se hallaba a mi derecha. «El Chorrut.» El que había comenzado a hablar se llamaba Mohamed Ibn Halimet el Chorrut. Quizá fuese cadí; no estaba seguro; no importaba. Con el pulgar derecho me acaricié los dedos de la mano izquierda. Respiré hondo, o suspiré quizá. Busqué con los ojos a Farax; estaba pendiente de mí. No cambió de expresión, como si, pese a que nuestras miradas se encontraron, no hubiera notado que lo miraba. Consentí que mis ojos lo dejasen. Amainaba la luz del patio. En el interior nos envolvía un delicado lubricán: ¿se iba la luz, o, sin irse, accedía a compartir el salón con la penumbra, que brotaba desde los rincones? Prendieron los hacheros. La luz del día iba a hacer frente a la del fuego. La primera, suave y carnal, ganó al principio; luego se rindió a la otra, menos uniforme y menos cambiante a la vez, a la vez temblorosa y estática. «Ya será visible, en el cielo de Dios, sobre este cielo del artesonado, encima del centro exacto de la torre, más alta que todo, convergiendo en ella los vericuetos de todas las simetrías, amiga o enemiga según el que la mire, ya será visible, orientadora y desdeñosa, la estrella Polar.»
—Ellos —el orador persistía— viven en las mismas condiciones en que podrían vivir aunque el cerco durase años. Sus soldados son innumerables. Han levantado como por arte de magia la ciudad que vemos desde la nuestra: con muros, con defensas inasequibles, con calles rectas y lisas, con hospitales, con establos. Tienen mercados donde abundan los alimentos, las ropas finas y las de abrigo; no carecen de cuanto Granada, en sus mejores tiempos, disfrutaba; celebran fiestas y organizan torneos; acuden sus damas a distraerlos y animarlos desde las poblaciones más o menos vecinas; están instalados, por tanto, en la seguridad y en la esperanza.
—Da la impresión de que has estado allí —le interrumpí.
Él enrojeció, o pensé yo que enrojecía.
—No es necesario ir. Por desdicha, se ve desde nuestras murallas —continuó—. Y, además de lo dicho —subrayaba—, tienen en su poder a unos cuantos mancebos, hijos nuestros, que fueron el precio de tu libertad. En cambio, nuestro pueblo, famélico y desmoralizado, ve cómo sus adversarios se satisfacen con aguardar, al pie del árbol, la caída del fruto que no ha de tardar en madurarse. Igual que el niño que tiene un pájaro atado de una pata se portan con nosotros. ¿Nos sentiremos libres porque podamos reunirnos hoy aquí? ¿Nos juzgaremos libres porque no nos juzguemos aún esclavos; porque se nos permita alzar un poco el vuelo, sólo un poco, lo que la cuerda dé de sí, lo que al niño se le antoje? —Pensé en mi hijo, en mis hijos—. Quién sabe si, aburrido un día o harto, nos pinchará los ojos con un alfiler, o nos estrangulará con una sola mano.
—Sí, todo eso es posible —murmuré—. Los niños son crueles, quizá también los pájaros. Todo depende del tamaño de sus enemigos.
—No hay posibilidad de resistir. Con los abastecimientos de los silos y de los almacenes, en cuanto desaparezcan bajo la nieve los caminos, no contamos ni para dos meses; para cincuenta días como máximo. Ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.
Antonio Gala
El manuscrito carmesí
Premio Planeta 1990
En los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil —el último sultán— da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica llamada a la derrota.
Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos, una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo.
La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la reconquista —con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias— sacude como un viento destructor la crónica, cuyo lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar —desprovisto, pero sereno— su último refugio.
La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy.
Nada más. No aludí al motivo de la convocatoria; no señalé un orden de intervenciones; no le concedí a nadie la palabra. Todos sabíamos qué hacíamos allí. Y ellos, mucho más que yo, sabían lo que se morían por decirme. Después de una vacilación, supongo que fingida, en que se consultaron unos a otros con un apagado murmullo, se levantó uno, al que creí identificar como alguien con un puesto importante en el mercado de la ciudad, quizá el zabazoque mismo, pero no recordé de momento su nombre. Comenzó a perorar. Supuse que iba a perorar durante mucho tiempo. Vi cómo el atardecer abría sus alas despacio entre la Sabica y el Albayzín. «Quizá no me queden tantos atardeceres en la Alhambra como para desperdiciar uno en algo presupuesto.» Mi madre, con una túnica ocre, se hallaba a mi derecha. «El Chorrut.» El que había comenzado a hablar se llamaba Mohamed Ibn Halimet el Chorrut. Quizá fuese cadí; no estaba seguro; no importaba. Con el pulgar derecho me acaricié los dedos de la mano izquierda. Respiré hondo, o suspiré quizá. Busqué con los ojos a Farax; estaba pendiente de mí. No cambió de expresión, como si, pese a que nuestras miradas se encontraron, no hubiera notado que lo miraba. Consentí que mis ojos lo dejasen. Amainaba la luz del patio. En el interior nos envolvía un delicado lubricán: ¿se iba la luz, o, sin irse, accedía a compartir el salón con la penumbra, que brotaba desde los rincones? Prendieron los hacheros. La luz del día iba a hacer frente a la del fuego. La primera, suave y carnal, ganó al principio; luego se rindió a la otra, menos uniforme y menos cambiante a la vez, a la vez temblorosa y estática. «Ya será visible, en el cielo de Dios, sobre este cielo del artesonado, encima del centro exacto de la torre, más alta que todo, convergiendo en ella los vericuetos de todas las simetrías, amiga o enemiga según el que la mire, ya será visible, orientadora y desdeñosa, la estrella Polar.»
—Ellos —el orador persistía— viven en las mismas condiciones en que podrían vivir aunque el cerco durase años. Sus soldados son innumerables. Han levantado como por arte de magia la ciudad que vemos desde la nuestra: con muros, con defensas inasequibles, con calles rectas y lisas, con hospitales, con establos. Tienen mercados donde abundan los alimentos, las ropas finas y las de abrigo; no carecen de cuanto Granada, en sus mejores tiempos, disfrutaba; celebran fiestas y organizan torneos; acuden sus damas a distraerlos y animarlos desde las poblaciones más o menos vecinas; están instalados, por tanto, en la seguridad y en la esperanza.
—Da la impresión de que has estado allí —le interrumpí.
Él enrojeció, o pensé yo que enrojecía.
—No es necesario ir. Por desdicha, se ve desde nuestras murallas —continuó—. Y, además de lo dicho —subrayaba—, tienen en su poder a unos cuantos mancebos, hijos nuestros, que fueron el precio de tu libertad. En cambio, nuestro pueblo, famélico y desmoralizado, ve cómo sus adversarios se satisfacen con aguardar, al pie del árbol, la caída del fruto que no ha de tardar en madurarse. Igual que el niño que tiene un pájaro atado de una pata se portan con nosotros. ¿Nos sentiremos libres porque podamos reunirnos hoy aquí? ¿Nos juzgaremos libres porque no nos juzguemos aún esclavos; porque se nos permita alzar un poco el vuelo, sólo un poco, lo que la cuerda dé de sí, lo que al niño se le antoje? —Pensé en mi hijo, en mis hijos—. Quién sabe si, aburrido un día o harto, nos pinchará los ojos con un alfiler, o nos estrangulará con una sola mano.
—Sí, todo eso es posible —murmuré—. Los niños son crueles, quizá también los pájaros. Todo depende del tamaño de sus enemigos.
—No hay posibilidad de resistir. Con los abastecimientos de los silos y de los almacenes, en cuanto desaparezcan bajo la nieve los caminos, no contamos ni para dos meses; para cincuenta días como máximo. Ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.
Antonio Gala
El manuscrito carmesí
Premio Planeta 1990
En los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil —el último sultán— da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica llamada a la derrota.
Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos, una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo.
La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la reconquista —con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias— sacude como un viento destructor la crónica, cuyo lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar —desprovisto, pero sereno— su último refugio.
La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy.
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