23 de mayo
Mamá y María están preocupadas por mí. Carlota no. Carlota ya tiene bastante con lo que tiene: el niño, Fernando. Mamá y María están preocupadas por mí porque piensan que en cualquier momento me puedo volver a escapar. Noto su preocupación en los gestos, las miradas, el tono de voz. Me tratan con esa delicadeza que se suele reservar a los enfermos. Nunca me hacen reproches ni preguntas indiscretas. Sólo de vez en cuando, pero muy de vez en cuando, se les escapa algo así como: ¿Y qué tal vas de novios? Seguro que hay algún chico que… A mamá y a María no les he hablado de Robert. Las quiero demasiado para eso, y lo que con Ramón es una fantasía inocente con ellas no pasaría de ser una vulgar mentira. Mamá y María nunca supieron por qué me fui de casa. Tampoco por qué volví. ¿Qué concepto tendrán de mí? Una estudiante desastrosa, una desequilibrada que hace las cosas sin motivo, una inadaptada de la que no puede esperarse nada bueno… Lo que me extraña es que todavía no hayan hablado de llevarme, como a algunos chicos de la academia, a un psicólogo o un consejero familiar.
Ahora me acuerdo de lo que he soñado esta noche. Estaba en casa, aunque la casa no parecía la misma. Abría una puerta y entraba en una habitación, una habitación parecida al ropero pero algo más grande. De la barra de la que cuelgan las perchas con la ropa colgaban personas, bastantes personas. Colgaban como si fueran trajes, con los brazos separados del tronco, la chaqueta un poco desencajada y el gancho de la percha asomando a la altura de la nuca, y sonreían. Sonreían como si les hiciera gracia haber sido descubiertos. Entre aquellas personas recuerdo sólo a papá y a Ramón, y también recuerdo que me decía a mí misma: No puede ser. Uno de los dos está muerto y el otro vivo. Sí, pero ¿cuál es el muerto y cuál el vivo?
Lo que no esperaba es que fuera a ocurrir lo que ocurrió. Llegué un martes al apartamento, y con todo lo que entonces vi habría podido hacer una de esas listas que tanto me gustaban. Junto a la puerta, una encima de otra, había dos grandes maletas, y sobre ellas un paraguas, una cámara fotográfica, una carpeta azul, una agenda abierta por la página del calendario, un cartón de Lark. En la minúscula cocina había un queso de bola sin empezar, dos latas abiertas y una cerrada, una hogaza de pan, una botella de vino, un plato con mondas de naranja y restos de comida, un paquete de servilletas de papel, un bote de Nescafé, un periódico. Una de las butacas había sido cambiada de sitio, y sobre ella había un montón de camisas plegadas, dos cajas de zapatos, una gorra de cazador. En una esquina, entre la otra butaca y la cortina, había una pila de libros, una máquina de escribir dentro de su estuche, un álbum de fotos. En otra, un galán de noche con una camisa, una americana, tres corbatas, dos pares de gemelos. En una mesilla un cenicero atestado de colillas. Sentado en la cama, en el lado de la otra mesilla, estaba Ramón. Iba a preguntar qué significaba todo eso pero no dije nada. En esa mesilla había un bolígrafo, una cartera de piel, unas llaves, un reloj de pulsera.
Ramón dijo: Hace tres días que vivo aquí. Me senté en la cama, lejos de él. Tu mujer se ha enterado, dije. Se lo he dicho yo, dijo. ¿Qué le has dicho? Que había otra y no quería seguir con ella. Escondí la cara entre las manos. Ramón se arrodilló delante de mí y me abrazó las piernas. Ahora podremos vernos siempre que queramos, dijo, ahora podremos ser felices. Yo estaba asustada. El futuro, ese futuro que para mí no existía, se me había plantado allí mismo, delante de mí. No te pongas así, suplicó, ¿por qué te pones así? Yo pensaba que jamás se atrevería a separarse de Clara. No me toques, por favor, dije, y Ramón se apartó desconcertado. Estuvimos unos minutos en silencio, y él dijo: Se trata de Robert, ¿verdad? Asentí con la cabeza, muy levemente. Ramón se volvió hacia la pared e hizo ademán de pegar un puñetazo. Luego se agarró el puño con la otra mano y apoyó la frente en los nudillos. ¡Lo sabía!, exclamó, ¡lo supe desde el primer momento! Hablaba como para sí, y estaba enfadado, pero más enfadado consigo mismo que conmigo: ¿Y por qué si lo sabía no hice nada?, ¿por qué quise creer que no haciendo nada se te acabaría pasando? De vez en cuando se volvía hacia mí y me decía: Si me hubiera separado entonces, ¿habría sido distinto? Dime. ¿Habría sido distinto si no hubiera tardado tanto en dar este paso? Yo no decía nada porque cómo decirle que era precisamente ese paso el que no tenía que haber dado. ¡No puede ser!, ¡no puede ser!, repetía, y volvía a pegarse con el puño en la palma de la mano. Se pegaba tan fuerte que temí que pudiera llegar a hacerse daño. Pero él seguía pegándose y pegándose, y ni siquiera parecía notarlo.
Después sí se enfadó conmigo. Me gritó: ¿Te das cuenta de que has estado jugando conmigo? ¿Por qué disfrutabas poniéndome celoso? ¡Tenías que haberme dejado antes, haberte ido con Robert! ¿Por qué no lo hiciste? ¿Para no hacerme daño? Si lo hiciste por eso, te equivocaste. ¡Por no hacerme daño has acabado destrozándome la vida! Pero supongo que no te importa, ¿verdad? ¿Qué os importan los demás a las chicas de tu edad? Siguió gritando durante un rato. Me llamó egoísta. Dijo que era una niñata vanidosa y egoísta. Luego se apoyó en la pared y hundió la cabeza en el pecho. En el silencio del apartamento su rabia fue poco a poco disolviéndose en sí misma y convirtiéndose en melancolía. Dijo: ¿Y qué hago yo ahora con todos mis sueños? Dime. ¿Qué hago con mis sueños?
El resto de la tarde lo pasamos sentados en la cama. Me pidió permiso para cogerme de la mano. Me acuerdo de la primera vez que te vi, cruzando aquella calle…, dijo. Me acuerdo también de las horas que pasé en el coche esperando a que salieras de tu casa…, dijo. Ahora todos esos recuerdos le parecían a la vez tristes y hermosos. Hacía tanto tiempo que no sentía lo que sentí, lo que siento por ti, dijo. Cogió el reloj de la mesilla y le echó un vistazo. Estaba guapo Ramón, con esa mirada brillante y esa barba de dos días. ¿No tienes nada que decir?, me preguntó con una dulzura inesperada, y yo negué con la cabeza.
Dijo: ¿Sabes de qué me estoy acordando ahora? De Javier, mi hijo pequeño. De sus últimos días. Estaba ya muy mal, demacrado: una carita que era toda ojos, unos ojos grandes, sorprendidos, que miraban a su alrededor sin acabar de entender. Me acuerdo de sus últimos días y de lo mucho que sufrí entonces. Y, sin embargo, en medio de ese sufrimiento había un resto de alegría, como un rescoldo que se resistía a apagarse. Javier se estaba muriendo, le quedaba muy poco tiempo, pero todavía estaba conmigo y con su madre, todavía del lado de la vida. Poco después sería peor porque se habría pasado al otro lado y ya ni siquiera estaría. En este momento me ocurre algo parecido. Dentro de poco saldrás por esa puerta y quién sabe si nos volveremos a ver. Pero ahora estás aquí, conmigo, y todavía me considero feliz porque tengo esos minutos que faltan, que es mejor que no tener nada.
Volvió a coger el reloj y ya no lo soltó. Lo miraba de vez en cuando, como calculando los instantes que aún le quedaban de esa mortecina felicidad última. Adiós, Paloma, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, se despidió cuando me levanté para marcharme. Te seguiré queriendo, añadió con una voz que era casi un sollozo.
Ignacio Martínez de Pisón
El tiempo de las mujeres