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martes, 22 de mayo de 2018

LUBRICÁN

LUBRICÁN
¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano…
J. R. J.
 
Con el silencio de los arrozales
el violín de las nubes desfondadas
deshilacha en festones el azul
y el día tiene un ojo de campana,
un vuelo de campana desprendida
ante el son de tu cuerpo entreverado
de nubes y de azul y de molduras
doradas y tu vientre candeal
es el sol que las nubes no propagan
y las difunde: el cielo del tambor,
más suave que este sexo que me hiñe
para hacerme saber que existo aún,
no como figurilla de cinabrio,
o guerrero de bronce o arlequín
muerto en el ajedrez crepuscular,
mas como el gato de las siete colas,
fosfórico en los mástiles de fuego,
y así la profecía de los pámpanos
nos dice el vendimiar de tu desnudo,
idéntico a la tierra del maná,
a las espaldas de la alfarería,
cuando en el torno dice la vasija
el color de tu cuerpo ya horneado
y, muy despacio, sobreviviré
como en tus ojos muere un gris de perla
que es lumbre del crepúsculo, no luz
que irradia de tus pechos cosechados,
no ramilletería de gladiolos
en verso de Rimbaud, no el yatagán
del tiempo califal de Scherezade,
porque tú cuentas una historia sólo,
una noche no más en pleno día,
la claridad de espigas de tu cuerpo,
el tiempo de tu boca y de tus ojos,
las antorchas del aire enmascarado,
el tiempo del amor en ignición.

7-VIII-2005
Pere Gimferrer
Amor en Vilo

lunes, 21 de mayo de 2018

Ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.

—Hablad —dije.
Nada más. No aludí al motivo de la convocatoria; no señalé un orden de intervenciones; no le concedí a nadie la palabra. Todos sabíamos qué hacíamos allí. Y ellos, mucho más que yo, sabían lo que se morían por decirme. Después de una vacilación, supongo que fingida, en que se consultaron unos a otros con un apagado murmullo, se levantó uno, al que creí identificar como alguien con un puesto importante en el mercado de la ciudad, quizá el zabazoque mismo, pero no recordé de momento su nombre. Comenzó a perorar. Supuse que iba a perorar durante mucho tiempo. Vi cómo el atardecer abría sus alas despacio entre la Sabica y el Albayzín. «Quizá no me queden tantos atardeceres en la Alhambra como para desperdiciar uno en algo presupuesto.» Mi madre, con una túnica ocre, se hallaba a mi derecha. «El Chorrut.» El que había comenzado a hablar se llamaba Mohamed Ibn Halimet el Chorrut. Quizá fuese cadí; no estaba seguro; no importaba. Con el pulgar derecho me acaricié los dedos de la mano izquierda. Respiré hondo, o suspiré quizá. Busqué con los ojos a Farax; estaba pendiente de mí. No cambió de expresión, como si, pese a que nuestras miradas se encontraron, no hubiera notado que lo miraba. Consentí que mis ojos lo dejasen. Amainaba la luz del patio. En el interior nos envolvía un delicado lubricán: ¿se iba la luz, o, sin irse, accedía a compartir el salón con la penumbra, que brotaba desde los rincones? Prendieron los hacheros. La luz del día iba a hacer frente a la del fuego. La primera, suave y carnal, ganó al principio; luego se rindió a la otra, menos uniforme y menos cambiante a la vez, a la vez temblorosa y estática. «Ya será visible, en el cielo de Dios, sobre este cielo del artesonado, encima del centro exacto de la torre, más alta que todo, convergiendo en ella los vericuetos de todas las simetrías, amiga o enemiga según el que la mire, ya será visible, orientadora y desdeñosa, la estrella Polar.»
—Ellos —el orador persistía— viven en las mismas condiciones en que podrían vivir aunque el cerco durase años. Sus soldados son innumerables. Han levantado como por arte de magia la ciudad que vemos desde la nuestra: con muros, con defensas inasequibles, con calles rectas y lisas, con hospitales, con establos. Tienen mercados donde abundan los alimentos, las ropas finas y las de abrigo; no carecen de cuanto Granada, en sus mejores tiempos, disfrutaba; celebran fiestas y organizan torneos; acuden sus damas a distraerlos y animarlos desde las poblaciones más o menos vecinas; están instalados, por tanto, en la seguridad y en la esperanza.
—Da la impresión de que has estado allí —le interrumpí.
Él enrojeció, o pensé yo que enrojecía.
—No es necesario ir. Por desdicha, se ve desde nuestras murallas —continuó—. Y, además de lo dicho —subrayaba—, tienen en su poder a unos cuantos mancebos, hijos nuestros, que fueron el precio de tu libertad. En cambio, nuestro pueblo, famélico y desmoralizado, ve cómo sus adversarios se satisfacen con aguardar, al pie del árbol, la caída del fruto que no ha de tardar en madurarse. Igual que el niño que tiene un pájaro atado de una pata se portan con nosotros. ¿Nos sentiremos libres porque podamos reunirnos hoy aquí? ¿Nos juzgaremos libres porque no nos juzguemos aún esclavos; porque se nos permita alzar un poco el vuelo, sólo un poco, lo que la cuerda dé de sí, lo que al niño se le antoje? —Pensé en mi hijo, en mis hijos—. Quién sabe si, aburrido un día o harto, nos pinchará los ojos con un alfiler, o nos estrangulará con una sola mano.
—Sí, todo eso es posible —murmuré—. Los niños son crueles, quizá también los pájaros. Todo depende del tamaño de sus enemigos.
—No hay posibilidad de resistir. Con los abastecimientos de los silos y de los almacenes, en cuanto desaparezcan bajo la nieve los caminos, no contamos ni para dos meses; para cincuenta días como máximo. Ahora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto sólo recogerá el pan que pueda dársele.

Antonio Gala
El manuscrito carmesí
Premio Planeta 1990


En los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil —el último sultán— da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica llamada a la derrota.
Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos, una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo.
La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la reconquista —con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias— sacude como un viento destructor la crónica, cuyo lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar —desprovisto, pero sereno— su último refugio.
La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy.

viernes, 13 de abril de 2018

Es verdad que me hacía leer y escribir

Decía que nos quedamos en la choza de la cañada y que al Pepe todo se le iba en cavilar como si aquello fuera vale para hoy, mañana ya veremos.
Él era un hombre y yo una criatura, pero más parecía que yo cuidaba de él, que no él de mí. Es verdad que me hacía leer y escribir, que tenía cuenta de si me lavaba o si tenía piojos, pero todo lo que llevábamos al ventorrillo de Miguel salía de mí. Yo ponía lazos y perchas, yo correteaba los pollos de pájaro perdiz para venderlos para reclamo y siempre estaba con inventos de buscarme una luz de mineral y una red para hacer la zarampaña, o amontonando lajas para hacer lanchas y alambre para trampas. Con la oscuridad de la mañanita salía de casa y volvía después del lubricán, con dos pájaros metidos debajo de la blusa, un conejillo, quince o veinte zorzales.
También perdía mucho el tiempo en juegos que nada daban, como poner cepos a los gandanos y melones y arrimarme a la laguna con un tirabalas de goma para pegarle un cantazo a las gallaretas.
El Pepe tiraba muy bien con la escopeta, pero era una lástima porque no llevaba la caza en el cuerpo y, para él, saltar un vallado con tablillas era una purga.
Los conejos entonces nos los pagaban a peseta y, un día con otro, juntábamos un par de duros más bien escasos. Pero al calentar el verano empezaron a desmontar las motillas de la Casa del Fraile pegándoles fuego y luego metieron el arado y dieron algunos jornales por quitar piedra.
El Pepe, con tal de no ir de caza, allí estuvo quitando chinos y haciendo con ellos montones que se los llevaron después la gente de la carretera.

El mundo de Juan Lobón
Luis Berenguer, 1967
 


miércoles, 28 de marzo de 2018

a la incierta luz del lubricán del alba cuando suena el violín

750
a la incierta luz del lubricán del alba cuando suena el violín de cuerdas de tripa de lobo ciego y el dogo berecillo se duerme porque no ve a los acordes trastes trémolos arpegios y cejillas de la guitarra ulpiano el lapidario pregona el precio de la yerba para que la policía no pueda llamarle defraudador


Camilo José Cela
Oficio de tinieblas 5
 


Flores en Flickr

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