sábado, 5 de mayo de 2018

Luego el viejo firmó un papel en el que se comprometía a no probar más alcohol

Cuando salió, el juez nuevo dijo que haría un hombre de él. Se lo llevó a su casa y le vistió de pies a cabeza y le invitó a desayunar, a comer y a cenar con su familia y le trataron como si fuera el hijo pródigo, como quien dice.
Después de cenar, el juez le habló de la sobriedad y de esas cosas hasta que el viejo rompió a llorar y dijo que había sido un imbécil y un perdis toda su vida, pero que ahora se enmendaría y sería hombre de quien nadie pudiera avergonzarse, y confiaba que el juez le ayudaría y no le miraría con desprecio.
El juez dijo que de buena gana le daría un abrazo por esas palabras, y lloró él y su mujer volvió a llorar. Papá dijo que había sido un hombre incomprendido y el juez contestó que le creía. El viejo dijo que el que está caído lo que quiere es comprensión, y el juez le dio la razón, de modo que volvieron a llorar. Y cuando llegó la hora de irse a la cama, el viejo se levantó, extendió la mano y dijo:
—Mírenla, caballeros y señoras, cójanla, estréchenla. Ahí está la mano que era la mano de un cerdo; pero ya no lo es. Es la mano de un hombre que ha comenzado una nueva vida y que morirá antes que desdecirse. Fíjense bien en mis palabras. No olviden que las he dicho. Ahora es una mano limpia. Estréchenla; sin el menor reparo.
Y uno tras otro se la estrecharon todos y lloraron. La mujer del juez le besó. Luego el viejo firmó un papel en el que se comprometía a no probar más alcohol, mejor dicho, hizo su señal, porque no sabía firmar. El juez dijo que aquel era el momento más sagrado de la historia o algo parecido.
Después metieron al viejo en un cuarto muy bonito, que era el reservado para huéspedes, y, por la noche, tuvo mucha sed y saltó al tejado del porche, se deslizó por un puntal y fue a cambiar la chaqueta nueva por un jarro de whisky. Luego subió otra vez a su cuarto y se dio una fiesta y, al amanecer, volvió a salir, más borracho que una cuba, y se cayó del porche y se rompió el brazo izquierdo por dos sitios y estaba casi helado de frío cuando le encontraron después de salir el sol. Y cuando fueron a echar una ojeada al cuarto de las visitas, tuvieron que hacer sondeos antes de poder navegarlo.
El juez quedó apesadumbrado. Dijo que tal vez se pudiera conseguir hacer cambiar al viejo a tiro limpio, pero que no conocía ningún otro procedimiento.

Mark Twain
Las aventuras de Huckleberry Finn
Penguin Clásicos


Criticada y elogiada por igual, esta novela no solo constituye la culminación de la narrativa de Mark Twain, sino también el clásico por excelencia de la literatura estadounidense. Mark Twain, con su irónico sentido del humor y su prosa ágil y precisa, nos lleva por el Mississippi de la mano del inolvidable Huck Finn y su fiel amigo Jim, quien huye de la esclavitud. Novela sobre el racismo, la violencia, la amistad y la libertad en unos años turbulentos, Las aventuras de Huckleberry Finn es una lectura imprescindible a cualquier edad.
La presente edición, en una traducción de José A. de Larrinaga, incluye el «Episodio de la balsa», un pasaje que Mark Twain decidió excluir persuadido por el editor de la primera publicación. Completa el volumen una esclarecedora introducción de R. Kent Rasmussen, uno de los máximos expertos en la obra de Twain.
Roberto Bolaño dijo sobre Las aventuras de Huckleberry Finn…
«Sobrevivir. Esa es una de las magias que el lector encuentra en esta novela. Capacidad para sobrevivir».

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