”Ella me lo dijo una noche en que estábamos tendidos en aquella enorme y horrible cama de una pieza de hotel; una pieza desnuda y rectangular, de forma y aire vagamente franco-levantino, con cielo raso de estuco donde había querubines medio podridos y ramos de hoja de viña. Me lo dijo, y me dejó sumido en celos rabiosos que luché por ocultar, celos por completo diferentes de los que había podido sentir antes. Su objeto era un hombre que, si bien vivía aún, ya no existía. Quizá se tratara de eso que los freudianos llaman un recuerdo-pantalla de incidentes acaecidos en su adolescencia. Había sido (y no podía equivocarme sobre la trascendencia de su confesión, porque iba acompañada de un torrente de lágrimas, y jamás la vi sollozar como entonces, ni antes ni después), había sido violada por uno de sus conocidos. Imposible dejar de sonreír ante la vulgaridad de la idea. No se podía llegar a saber a qué edad le había ocurrido. No obstante —y aquí pensé que había penetrado en el fondo del Impedimento—, desde entonces ella no había podido obtener ninguna satisfacción en el amor, a menos que reviviera mentalmente la escena y volviera a representarla. Así, para ella, sus amantes —todos nosotros— éramos tan sólo sustitutos mentales de su primer acto infantil, de suerte que el amor, como una especie de masturbación, se coloreaba con todos los tintes de la neurastenia. Justine padecía una anemia imaginaria, pues no conseguía poseer plenamente a nadie en la carne. No podía apropiarse del amor que tanto necesitaba, porque sus satisfacciones salían de los rincones crepusculares de una vida que ya no vivía. Todo esto me interesaba apasionadamente. Pero lo más divertido fue que recibí ese golpe en mi amour propre masculino, tal como si ella me hubiera confesado una infidelidad deliberada. ¡Cómo! ¿Cada vez que yacía en mis brazos, sólo el recuerdo del otro podía hacerla gozar? Es decir que, en un sentido, yo no podía poseerla, no la había poseído nunca. No era más que un maniquí. Incluso ahora, mientras lo escribo, no puedo dejar de sonreír al recordar la voz ahogada con que le pregunté quién era ese hombre y dónde estaba. (¿Qué pretendía? ¿Desafiarlo a duelo?). El hecho era que estaba ahí, erguido entre Justine y yo, entre Justine y la luz del sol.
”Y sin embargo, tenía la objetividad suficiente para comprobar que el amor se alimenta de celos, porque esa mujer fuera de mi alcance y, sin embargo, en mis brazos se volvía diez veces más deseable, más necesaria. Era una situación terrible para un hombre que no quería enamorarse, y para una mujer que sólo deseaba que la libraran de una obsesión y le devolvieran su libertad de amar. De todo ello se deducía que si yo era capaz de vencer el Impedimento, podría poseerla de verdad, como ningún hombre la poseyera hasta entonces. Podía ocupar el lugar de aquella sombra y recibir realmente sus besos, que ahora sólo tocaban a un cadáver. Y me pareció que había llegado a entenderlo todo.
Lawrence Durrell
Justine
Cuarteto de Alejandría - 1
Justine, arranque del monumental Cuarteto de Alejandría y quizá la mejor novela de Lawrence Durrell, es sin duda la más influyente de sus obras y ha dejado una huella indeleble en varias generaciones de lectores. Situada en la Alejandría cosmopolita y sensual de los momentos previos a la segunda guerra mundial y centrada en un personaje cuya búsqueda del placer constituye un método de aprendizaje, ofrece al lector una experiencia como pocos libros pueden proporcionarle.
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