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viernes, 13 de abril de 2018

Es verdad que me hacía leer y escribir

Decía que nos quedamos en la choza de la cañada y que al Pepe todo se le iba en cavilar como si aquello fuera vale para hoy, mañana ya veremos.
Él era un hombre y yo una criatura, pero más parecía que yo cuidaba de él, que no él de mí. Es verdad que me hacía leer y escribir, que tenía cuenta de si me lavaba o si tenía piojos, pero todo lo que llevábamos al ventorrillo de Miguel salía de mí. Yo ponía lazos y perchas, yo correteaba los pollos de pájaro perdiz para venderlos para reclamo y siempre estaba con inventos de buscarme una luz de mineral y una red para hacer la zarampaña, o amontonando lajas para hacer lanchas y alambre para trampas. Con la oscuridad de la mañanita salía de casa y volvía después del lubricán, con dos pájaros metidos debajo de la blusa, un conejillo, quince o veinte zorzales.
También perdía mucho el tiempo en juegos que nada daban, como poner cepos a los gandanos y melones y arrimarme a la laguna con un tirabalas de goma para pegarle un cantazo a las gallaretas.
El Pepe tiraba muy bien con la escopeta, pero era una lástima porque no llevaba la caza en el cuerpo y, para él, saltar un vallado con tablillas era una purga.
Los conejos entonces nos los pagaban a peseta y, un día con otro, juntábamos un par de duros más bien escasos. Pero al calentar el verano empezaron a desmontar las motillas de la Casa del Fraile pegándoles fuego y luego metieron el arado y dieron algunos jornales por quitar piedra.
El Pepe, con tal de no ir de caza, allí estuvo quitando chinos y haciendo con ellos montones que se los llevaron después la gente de la carretera.

El mundo de Juan Lobón
Luis Berenguer, 1967
 


sábado, 7 de abril de 2018

sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo

Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable.
Un momento u otro conocerá el desaliento al sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo un poco más de aquellas desconocidas montañas. Y un día tendrá que abandonar el propósito y demorar aquella remota decisión de escalar su cima más alta, ese pico calizo con forma de mascarilla que conserva imperturbable su leyenda romántica y su penacho de ventisca. O bien —tranquilo, sin desesperación, invadido de una suerte de indiferencia que no deja lugar a los reproches— dejará transcurrir su último atardecer, tumbado en la arena de cara al crepúsculo, contemplando cómo en el cielo desnudo esos hermosos, extraños y negros pájaros que han de acabar con él, evolucionan en altos círculos.
Para llegar al desierto desde Región se necesita casi un día de coche. Las pocas carreteras que existen en la comarca son caminos de manada que siguen el curso de los ríos, sin enlace transversal, de forma que la comunicación entre dos valles paralelos ha de hacerse, durante los ocho meses fríos del año, a lo largo de las líneas de agua hasta su confluencia, y en sentido opuesto. El desierto está constituido por un escudo primario de 1400 metros de altitud media, adosado por el norte a los terrenos más jóvenes de la cordillera, que con forma de vientre de violín originan el nacimiento y la divisoria de los ríos Torce y Formigoso. Segado al oeste por los contrafuertes dinantienses da lugar a esas depresiones monstruosas en cuyos fondos canta el Torce, después de haber serrado esos acantilados de color de elefante que formaron hasta el siglo pasado una muralla inexpugnable a la curiosidad ribereña; por el contrario, en la frontera meridional que mira al este el altiplano se resuelve en una serie de pliegues irregulares de enrevesada topografía que transforman toda la cabecera en un laberinto de pequeñas cuencas y que sólo a la altura de Ferrellán se resuelven en un valle primario de corte tradicional, el Formigoso.

Volverás a Región
Juan Benet, 1967

Flores en Flickr

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