sábado, 31 de marzo de 2018

recibe su beso de despedida en la forma rutinaria de diez años de matrimonio

Imaginémonos ahora a Wakefield despidiéndose de su mujer. Es el crepúsculo de un día de octubre. Su equipaje se compone de un abrigo gris parduzco, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y una maleta liviana en la otra. Ha informado a la señora Wakefield que va a tomar el coche nocturno hacia el campo. Ella preguntaría de buena gana por el alcance de su viaje, su objeto y el tiempo probable que transcurrirá hasta su regreso. Pero, indulgente ante el inofensivo amor de su esposo por el misterio, únicamente le interroga con la mirada. Él le dice que no le espere en absoluto para el coche de vuelta, no vaya a ser que se alarme si se demora tres o cuatro días; pero que, de cualquier modo, le espere a cenar el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo en cuenta, no tiene la más mínima sospecha de lo que va a ocurrir. Él le ofrece la mano, ella le da la suya y recibe su beso de despedida en la forma rutinaria de diez años de matrimonio. Y ahí se va el maduro señor Wakefield, casi resuelto a confundir a su buena señora con toda una semana de ausencia. Cuando la puerta se cierra tras él, advierte ella que ha quedado ligeramente entreabierta y percibe una visión del rostro de su marido, a través de la abertura, que le sonríe y que se va enseguida. De momento este pequeño incidente es despachado sin dedicarle ni siquiera un pensamiento. Pero tiempo después, cuando ella lleva más tiempo de viuda que el que llevaba de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez y revolotea por todos los recuerdos que le quedan del rostro de Wakefield. En sus muchas meditaciones envuelve la sonrisa original en una verdadera multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Como, por ejemplo, si se lo imagina dentro de un ataúd, aquella mirada de despedida se queda helada en sus pálidas facciones. O si sueña que él está en el cielo, su espíritu bienaventurado lleva aún su mansa y taimada sonrisa. Sin embargo, y por este motivo, cuando todos los demás le han dado ya por muerto, ella a veces duda de que de verdad sea viuda.

Nathaniel Hawthorne
EL Gran Rostro de Piedra.
Wakefield



 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Flores en Flickr

la flora por su nombre - View this group's most interesting photos on Flickriver