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domingo, 17 de junio de 2018

que se encontraron cuando ambos estaban en el ocaso


La habitación de Merry carecía de ventana, tan solo encima de la puerta que daba al oscuro pasillo había un estrecho tragaluz. Aquello era un urinario de seis metros de longitud cuyas paredes de yeso que se desmoronaba él deseó destrozar con los puños en cuanto entró en la casa y percibió su olor. El pasillo conducía directamente a la calle a través de una puerta que no tenía ni cerradura ni picaporte ni vidrio en el doble marco. En ningún lugar de la habitación se veía un grifo o un radiador. El Sueco no podía imaginar cómo era el lavabo ni dónde estaba, y se preguntó si el pasillo haría las veces de lavabo, tanto para ella como para los vagabundos que se desviaban de la carretera o llegaban allí desde la calle Mulberry. Habría vívido mejor, muchísimo mejor, de haber sido una de las vacas de Dawn, en el cobertizo donde reunían al ganado cuando hacía muy mal tiempo, con la proximidad de sus cuerpos para calentarse y los ásperos pelajes que les crecían en invierno, y la madre de Merry, incluso cuando había cellisca, incluso en un gélido día de invierno, se levantaba antes de las seis para llevarles las balas de heno que constituían su alimento. El ganado, se decía el Sueco, no era en absoluto desdichado en aquel refugio de invierno, y pensaba en aquellos dos animales a los que llamaban «derelictos», el Conde, el gigante solitario de Dawn, y la vieja yegua Sally, cada uno de ellos con una edad que en años humanos sería de setenta o setenta y cinco, que se encontraron cuando ambos estaban en el ocaso y se hicieron inseparables, uno andaba y el otro le seguía, y hacían juntos todas las cosas que los mantendrían en buena forma y felices. Era fascinante observar sus hábitos y la vida maravillosa que llevaban. Al recordar que cuando hacía sol se tendían en el prado para calentarse el pellejo, el Sueco pensó que ojalá su hija se hubiera convertido en un animal.
No tan solo que Merry viviera en aquel cuchitril como una paria, no tan solo que fuese una fugitiva acusada de asesinato y buscada por la policía, sino también que él y Dawn fuesen la causa de todo ello rebasaba la comprensión del Sueco. ¿Cómo era posible que sus inocentes flaquezas hubieran dado como resultado aquel ser humano? Si nada de aquello hubiera sucedido, si se hubiera quedado en casa, terminado los estudios en la escuela media e ido a la universidad habría habido problemas, por supuesto, grandes problemas. La muchacha fue precoz en su rebelión y habría habido problemas incluso sin una guerra en Vietnam. Podría haberse revolcado durante largo tiempo en los placeres de la resistencia y el desafío de descubrir lo desenfrenada que podía ser. Pero habría estado en casa. En casa pierdes un poco el control y no pasa nada. No experimentas el placer del placer sin adulterar, no llegas al extremo en que pierdes un poco el control con tanta frecuencia que finalmente, como es tan estimulante, decides descontrolarte a base de bien. En casa no tienes ocasión de sumirte en semejante miseria. En casa no puedes vivir con un desorden y una falta de contención absolutos. En casa existe esa enorme discrepancia entre la manera en que ella imagina que es el mundo y la manera en que el mundo es para ella. Pues bien, ya no existe esa disonancia para trastornar su equilibrio. Aquí están sus fantasías rimrockianas, y la culminación es espantosa.
El tiempo había configurado trágicamente el desastre de los Levov…, no habían pasado suficiente tiempo con ella. Cuando estaba bajo su tutela, cuando vivían juntos, podrían haberse relacionado más. De haber tenido un contacto continuo con su hija, los aspectos equivocados, los errores de juicio que cometían ambas partes, de alguna manera, por medio de ese contacto regular y paciente, se corrigen cada vez mejor, hasta que por fin, poco a poco, día tras día, se llega a una solución, se experimentan las satisfacciones ordinarias de la paciencia paterna recompensada, de las cosas que se alcanzan con dificultad…, pero aquello… ¿qué solución tenía aquello? ¿Podría llevar allí a Dawn para que viera a su hija, Dawn con su nueva cara tensa y brillante y Merry sentada con las piernas cruzadas en el jergón, vestida con una sudadera andrajosa y unos pantalones deformes, calzada con chanclos de plástico negro, pacientemente sosegada tras el velo nauseabundo? Qué anchos tenía los hombros, como los suyos. Pero de aquellos hombros no colgaba nada. La persona que estaba sentada ante él no era una hija, una mujer o una muchacha. Lo que veía, enfundado en unas ropas de espantapájaros, flaco como un espantapájaros, era el símbolo de vida rural más sucinto, una imitación burlona de un ser humano, un parecido tan escaso con un Levov que solo podría haber engañado a un pájaro. ¿Podía llevar allí a Dawn? Viajar con ella por la carretera McCarter, desviarse y entrar en aquella calle, los almacenes, los cascotes, la basura, los desechos…, para que Dawn viera y oliera la habitación, tocara sus paredes, y no digamos el cuerpo sin lavar, el cabello brutalmente cortado y sucio…
Se arrodilló para leer las fichas colocadas de la misma manera que las veneradas fotos de revista de Audrey Hepburn fijadas sobre su cama de Old Rimrock.
Renuncio a matar a toda clase de seres vivos, tanto si son sutiles como voluminosos, tanto si se mueven como si carecen de movimiento.
Renuncio a todas las corrupciones de la falsedad verbal surgidas de la cólera, la codicia, el temor o el júbilo. Renuncio a tomar cuanto no me sea dado, tanto si es en un pueblo como en una ciudad o un bosque, tanto si es poco o mucho, pequeño o grande, tanto si se trata de seres vivos como de objetos inertes.
Renuncio a todos los placeres sexuales, ya sea con dioses, hombres o animales.
Renuncio a todas las ataduras, pocas o muchas, pequeñas o grandes, con seres vivos u objetos inertes. No formaré tales ataduras ni seré la causa de que otros las formen ni consentiré que lo hagan.

Philip Roth
Pastoral americana
Trilogía americana
Seymour Levov, modelo a seguir por todos los muchachos judíos de New Jersey, gran atleta y mejor hijo, sólido heredero de la fábrica de guantes que su padre levantó desde la nada, ha rebasado la mitad del siglo XX sin conflictos que puedan estropear su dorada Arcadia, una vida placentera que comparte con su mujer Dawn, ex Miss New Jersey, y con su hija Meredith. Y es en este preciso momento, con su vida convertida en un eterno día de Acción de Gracias en el que todo el mundo come lo mismo, se comporta de la misma manera y carece de religión, cuando el Sueco Levov verá derrumbarse estrepitosamente todo lo que le rodea. Pastoral americana es un relato lúcido que pone en tela de juicio los valores de la sociedad norteamericana y su capacidad de permanencia durante el conflicto final de los felices sesenta, con la intervención estadounidense en la guerra de Vietnam como telón de fondo. En la actual literatura norteamericana está Philip Roth y, después, todos los demás. Chicago Tribune.

viernes, 6 de abril de 2018

—Todo pasa, Azorín; todo cambia y perece.


El zaguán, húmedo y sombrío, está empedrado de menudos cantos. Junto a la pared, un banco luce su tallado respaldo; en el centro pende del techo un farolón disforme. Franqueada la puerta del fondo, a la derecha se abre la cocina de amplia campana, y a la izquierda el despacho. El despacho es una anchurosa pieza de blancas paredes y bermejas vigas en el techo. Llenan los estantes de oloroso alerce, libros, muchos libros, infinitos libros —libros en amarillo pergamino, libros pardos de jaspeada piel y encerados cantos rojos, enormes infolios de sonadoras hojas, diminutas ediciones de elzevirianos tipos. En un ángulo, casi perdidos en la sombra, tres gruesos volúmenes que resaltan en azulada mancha, llevan en el lomo: Schopenhauer.
De la calle, a través de las finas tablas de espato que cierran los ventanos, la luz llega y se difluye en tamizada claridad sedante. Recia estera de esparto, listada a viras rojas y negras, cubre el suelo. Y entre dos estantes cuelga un cuadro patinoso. El cuadro es triste.
De pie, una dama de angulosa cara tiene de la mano a una niña; la niña muestra en la mano tres claveles, dos blancos y uno rojo. A la derecha del grupo hay una mesa; encima de la mesa hay un cráneo. En el fondo, sobre la pared, un letrero dice: Nascendo morimur. Y la anciana y la niña, atentas, cuidadosas, reflexivas, parecen escrutar con su mirada interrogante el misterio infinito.
En el despacho, Yuste se pasea a menudos pasos que hacen crujir la estera. Yuste cuenta sesenta años. Yuste es calvo y ligeramente obeso; su gris mostacho romo oculta la comisura de los labios; sobre la nítida pechera la gordezuela barbilla se repliega abundosa. Y la fina cadena de oro que pasa y repasa en dos grandes vueltas por el cuello destaca refulgente en la negrura del limpio traje.
Azorín, sentado, escucha al maestro. Azorín mozo ensimismado y taciturno, habla poco y en voz queda. Absorto en especulaciones misteriosas, sus claros ojos verdes miran extáticos lo indefinido.
El maestro va y viene ante Azorín en sus peripatéticos discursos. Habla resueltamente. A través de la palabra enérgica, pesimista, desoladora, colérica, iracunda —en extraño contraste con su beata calva y plácida sonrisa— el maestro extiende ante los ojos del discípulo hórrido cuadro de todas las miserias, de todas las insanias, de todas las cobardías de la humanidad claudicante. La multitud le exaspera; odio profundo, odio tal vez rezago de lejanos despechos, le impulsa fieramente contra la frivolidad de las muchedumbres veleidosas. El discurso aplaudido de un exministro estúpido, el fondo palabrero de un periódico, la frase hueca de un periodista vano, la idiotez de una burguesía caquéxica, le convulsionan en apopléticos furores. Odia la frase hecha, el criterio marmóreo, la sistematización embrutecedora, la ley, salvaguardia de los bandidos, el orden, amparo de los tiranos… Y a lo largo de la estancia recargada de libros, nervioso, irascible, enardecido, va y viene mientras sus frases cálidas vuelan a las alturas de una sutil y deprimente metafísica, o descienden flageladoras sobre las realidades de la política venal y de la literatura vergonzante.
Azorín escucha al maestro. Honda tristeza satura su espíritu en este silencioso anochecer de invierno. Yuste pasea. A lo lejos suenan las campanas del santuario. Los opacos tableros de piedra palidecen. El maestro se detiene un momento ante Azorín y dice:
—Todo pasa, Azorín; todo cambia y perece. Y la substancia universal, —misteriosa, incognoscible, inexorable— perdura.
Azorín remuévese lentamente y gime en voz opaca:
—Todo pasa. Y el mismo tiempo que lo hace pasar todo, acabará también. El tiempo no puede ser eterno. La eternidad, presente siempre, sin pasado, sin futuro, no puede ser sucesiva. Si lo fuera y por siempre el momento sucediera al momento, daríase el caso paradójico de que la eternidad se aumentaba a cada instante transcurrido.
Yuste torna a detenerse y sonríe.
—La eternidad…
Yuste tira del bolsillo una achatada caja de plata. En la tapa, orlada de finos roleos de oro, un niño se inclina sobre un perro y lo acaricia amorosamente. Yuste, previos dos golpecitos, abre la tabaquera y aspira un polvo. Luego añade:
—La eternidad no existe. Donde hay eternidad no puede haber vida. Vida es sucesión; sucesión es tiempo. Y el tiempo —cambiante siempre— es la antítesis de la eternidad —presente siempre.
Yuste pasea absorto. El viejo reloj suena una hora. Yuste prosigue:
—Todo pasa. La sucesión vertiginosa de los fenómenos, no acaba. Los átomos en eterno movimiento crean y destruyen formas nuevas. A través del tiempo infinito, en las infinitas combinaciones del átomo incansable, acaso las formas se repitan; acaso las formas presentes vuelvan a ser, o estas presentes sean reproducción de otras en el infinito pretérito creadas. Y así, tú y yo, siendo los mismos y distintos, como es la misma y distinta una idéntica imagen en dos espejos; así tú y yo acaso hayamos estado otra vez frente a frente en esta estancia, en este pueblo, en el planeta este, conversando, como ahora conversamos, en una tarde de invierno, como esta tarde, mientras avanza el crepúsculo y el viento gime.
Yuste —acaso escéptico de la moderna entropía del universo— medita silencioso en el indefinido flujo y reflujo de las formas impenetrables. Azorín calla. Un piano de la vecindad toca un fragmento de Rossini, la música predilecta del maestro. La melodía, tamizada por la distancia, se desliza opaca, dulce, acariciadora. Yuste se para. Las notas saltan juguetonas, se acorren prestas, se detienen mansas, cantan, ríen, lloran, se apagan en cascada rumorosa.
Yuste continúa:
—La substancia es única y eterna. Los fenómenos son la única manifestación de la substancia. Los fenómenos son mis sensaciones. Y mis sensaciones, limitadas por los sentidos, son tan falaces y contingentes como los mismos sentidos.
El maestro torna a pararse. Luego añade:
—La sensación crea la conciencia; la conciencia crea el mundo. No hay más realidad que la imagen, ni más vida que la conciencia. No importa —con tal de que sea intensa— que la realidad interna no acople con la externa. El error y la verdad son indiferentes. La imagen lo es todo. Y así es más cuerdo el más loco.
A lo lejos, las campanas de la iglesia Nueva plañen abrumadoras. La noche llega. En la obscuridad del crepúsculo las manchas pálidas de los ventanos se disuelven lechosas. Reina en la estancia un breve instante de doloroso anhelo. Y Azorín, inmóvil, mira con sus extáticos ojos verdes la silueta del maestro que va y viene en la sombra haciendo gemir dulcemente la estera.

La voluntad por José Martínez Ruiz "Azorín"



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