domingo, 10 de junio de 2018

no había tenido en todos los días de su vida un amo como don Quijote ni creía lo podría volver a tener

LLEGÓ LA TARDE, y con ella, de vuelta, Sancho, al que acompañaba Pedro Angulo.
Entre los dos, uno cavando y otro apartando la tierra, uno en un cabo y otro en otro, dejaron lista la sepultura de don Quijote en el pequeño cementerio que se acostaba en uno de los muros de la vieja e imponente iglesia.
Mientras trabajaban le hablaba Sancho a Pedro Angulo y le iba relatando historias y episodios ya famosos de su vida con don Quijote, y lo que a éste debía y lo que de él aprendió, que, según le confesó a su compadre, y no podía mentir allí, al pie mismo de la sepultura que le estaba abriendo, no había tenido en todos los días de su vida un amo como don Quijote ni creía lo podría volver a tener, y que eso en un pobre es cosa muy triste, porque era como saber que se ha llegado al cénit y ya todo va a ser rodar hacia al oscuro crepúsculo viviendo de memorias tristes y de pasadas glorias.
Pedro Angulo se admiraba de oír hablar con tanta discreción a su vecino, pues lo tenía por hombre ameno pero de poco discurso y paniaguado. No se daba cuenta de una cosa, y es que de haber estado sirviendo a don Quijote, a Sancho se le había pegado mucho del buen sentido de su amo, cuando éste lo tenía, e incluso un poco también de sus manías, fantaseos y quimeras, y a don Quijote se le había pegado también un poco de los refranes y la visión de su escudero, y puede decirse incluso que al término de su vida don Quijote soltaba ya casi tantos refranes como Sancho, y lo llamaba «hermano», y más, «compañero del alma», y «ven acá, amigo mío, verdadero y leal como ninguno».
Por eso Sancho hablaba a veces que parecía un teólogo. Y esa manera de hablar de Sancho que admiraba al enterrador, también le fastidiaba. Y verle tan mejorado, porque era de naturaleza algo envidiosa. Llegó a pensar que Sancho quería presumir delante de él, cuando tantas veces habían destripado terrones juntos. También se había corrido por el pueblo que Sancho había traído tanto y tanto dinero esta vez, quilmas repletas de monedas, joyas, perlas y cadenas de oro que no partiría Hércules con su maza, así como escrituras de tierras en Aragón de la ínsula gobernada, y que dejaba en Barcelona media galera con un socio argelino renegado y reconciliado, que dedicaría al corso.
—Pero ¿fue para ti, Sancho, este don Quijote —le preguntó el enterrador con la sonrisa un poco biliosa— bueno porque te aconsejaba y enseñaba, o bueno porque te permitía que asentaras tú mismo la cuantía de tus jornales, como me acabas de decir, y porque, según todo el pueblo, te ha dejado en testamento la hijuela?
—Si me pagó bien, mal o regular, poco o mucho, no entro ni salgo a declararlo, que fueron asuntos nuestros, ni creo que haya que darle tres cuartos al pregonero, pero mejor me aconsejó, cuando tuve necesidad de ello, y ahora te diría que si viviera, sólo por servirle me quedaría a su lado, aunque no pudiera pagarme.

Andrés Trapiello
Al morir don Quijote


Hace cuatrocientos años empezó una historia que no ha terminado aún. Es la que se cuenta en este libro. Las vidas, como la literatura, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa e intrincada novela que llamamos vida, donde la realidad y la ficción ni dicen lo que parece ni se resignan a quedarse en sus estrechos márgenes.
La corta existencia caballeresca de don Quijote no terminó un caluroso día de octubre de 1614, como algunos pueden creer. Al contrario. Fue entonces cuando empezó a dar frutos. Primero, en quienes la compartieron, su sobrina, el ama, sus amigos, incluso sus enemigos, y después, hasta llegar a hoy, en quienes como nosotros lo hemos aprendido casi todo en ella. Nadie que haya sentido la llamada de la libertad y la lucha contra la injusticia puede no declararse hijo del famoso hidalgo de la Mancha. Y si don Quijote acometió por loco los molinos de viento, con sus propios molinos de viento hemos de vernos nosotros, sin dejar de estar cuerdos.
Andrés Trapiello nos ofrece la historia de todos aquellos personajes que, en la obra cervantina, se quedaron desarbolados, aunque como nosotros mismos, no renunciaran nunca a ser, pese a su carácter secundario, protagonistas de su propia vida, esto es, de su propia novela.
«Al morir don Quijote» es una novela amena y fascinante que toma como punto de partida el mayor clásico español de todos los tiempos y que está llamada a ser un hito de la literatura contemporánea.


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