«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo». «¿Y qué es eso?». «Otra reminiscencia. Un viejo personaje que no pasó de imaginado, del cual jamás escribí una sola línea, pero que ahora reaparece. Pertenecía a una novela que no pasó de proyecto: quizás ni a eso haya llegado. Se llamaría La isla, la reina y la tarasca, y el lugar de la acción era la isla de Mazaricos, una especie de peñón basáltico perdido en el mar del Occidente, del que emergía como un cetáceo aboyado. La imagen de la isla la tomé de una revista geográfica, donde venía fotografiada a todo color: como un pedazo de madera… Pero será mejor que la veamos». Lénutchka pegó un salto inesperado y quedó en pie sobre la alfombra. «¡Oh, sí, claro, por supuesto! ¡Hace ya mucho tiempo que no viajamos!». «No de pie: está lejos y podrías fatigarte. Yo, por mi parte, no me siento capaz de hacer un camino tan largo. Siéntate a mi lado». Yo estaba en el sofá donde ella se había tendido con la cabeza en mi regazo, como llevo dicho. Se acomodó a mi lado. Me sonrió. «Te dejo fumar otra vez». Le di las gracias con un beso. «Lo más cómodo será arribar a la isla por el aire. Si seguimos al sol llegaremos allá con el crepúsculo». «En la isla, ¿tendremos dónde dormir?». «Por supuesto. Y digo lo de seguir al sol porque él nos marcará la ruta. En esa dirección, precisamente, está la isla». Lénutchka estiró los brazos. «Me apetece colgarme de la luz, pero me da temor de que los rayos sean demasiado sutiles y me dejen caer». «Las palabras no pesan», le respondí, y, por quitarle el temor, me instalé en un haz luminoso que me alejó rápidamente. «¡Espérame!», gritó ella, riendo: cuando volví la vista, me seguía ya, saltando de un rayo en otro y pronto estuvo a mi lado: íbamos como niños en caballos de tiovivo, nos alejábamos y nos juntábamos, subíamos y bajábamos como en un tobogán, todo con risas. Pasaban, debajo, los valles ya en sombra y las cimas todavía iluminadas; en el haz de algún río rojeaba el sol y en la mar aún lejana: Villasanta quedaba envuelta en la niebla de la tarde, difuminada, como esas ciudades que se ven en el desierto. Al llegar a la costa le señalé a Lénutchka un puertecillo. «Eso es Muxía. Todas las semanas viene el barco de Mazaricos, que tripulan dos hombres, el patrón y el maquinista. Llevan juntos treinta años y no se han hablado jamás». «Uno será franquista y el otro republicano». «No. Uno es de los que siempre se ven de frente y, el otro, de los que se ven de perfil». Le expliqué entonces que en Mazaricos no había más que una ciudad, y que sus habitantes se dividían en esos dos bandos, que más parecían razas. Los que se ven de frente viven en la parte diestra del pueblo; los otros, en la siniestra. En medio de las dos partes, encima mismo del puerto, está el casino, al que sólo pueden entrar los hombres. «Eso parece, me dijo, un poblado de bororos». «En ellos me inspiré para inventarlo». Quedaba atrás la costa y el sol amenazaba con meterse en una franja de nubes negras que bordeaba el horizonte: combadas, como de tormenta, con los bordes dorados. Nos quedaríamos sin vehículo, si se tragaban al sol; pero éste, como es sabido, va más despacio al ponerse, de modo que nos dio tiempo a alcanzar la vista de Mazaricos, que apareció en la raya remota, alargada y achaparrada como el lomo de un pez gigante, aunque, más de cerca, vimos que más tiraba a redonda, que sus acantilados se recortaban en bahías y caletas, y que la superficie era llana y sin árboles, como barrida por el viento. Las luces que empezaban a encenderse nos orientaron acerca de la situación exacta de la ciudad: vista desde la altura semejaba un anfiteatro con casitas escalonadas alrededor de una dársena curvada: había en ella barcas y barquichuelos, y personas en el muelle, paseando. Cuando el sol se había casi ocultado, resbalamos de nuestros rayos y quedamos junto a la entrada del pueblo. «Es tarde para que veamos al Dragón Feo», dije a Lénutchka; «a estas horas, la gruta en que se esconde estará oscura, y aunque él preferiría que no le viésemos, porque su fealdad le hace tímido y recatado, y siempre cuesta trabajo sacarle de su escondrijo submarino, no quiero que te pierdas el espectáculo de la gruta al amanecer, que es bellísimo». Lénutchka se había sentado en una piedra pulida por el viento y la lluvia. «También lo es este paisaje, tan desnudo y tan duro». Venía por el camino, tocando en su flauta pánica una tonada enrevesada y arcaica, un viejo pastor de cabras, al que vimos siempre de perfil; pasó por nuestro lado y nos saludó en lengua vernácula, que Lénutchka no entendía. Le pregunté al hombre si hallaríamos, a aquellas horas, hospedaje; nos respondió que en el pueblo había un hotel, pero que no se recordaba que jamás hubiera llegado a él huésped alguno. «Los hombres nos han abandonado hace ya siglos, o quizás nos hayan olvidado. Cuando trae el barco algún pasajero es uno de nosotros, que regresa de la emigración o que viene simplemente a visitar a la familia, pero que tiene siempre casa propia. El hotel, sin embargo, se mantiene limpio y dispuesto para cuando la reina llegue». Y señaló a Lénutchka: «¿No lo será esta dama?». Traduje a Lénutchka lo que el cabrero había dicho. «Respóndele que no. ¡Qué disparate! Si fuese reina, si lo fuese sólo por unas horas, no me recibirían después en mi país». El cabrero meditó unos instantes. «Pues todo el mundo creerá que es ella, porque responde a la descripción que nuestros padres nos han hecho, y a ellos los abuelos, y así hacia atrás no se sabe cuántos siglos». «¿Recuerda el nombre?». «La reina, nada más que la reina». Le pregunté la dirección del hospedaje: me respondió que estaba junto al muelle, en la mitad siniestra, pero que su jardín pertenecía a la diestra. Le di las gracias y se marchó con su música y sus cabras, armando cierto alboroto de esquilones; y cuando se hubo alejado, razoné de la siguiente manera con Lénutchka: «Si ahora bajamos al pueblo y buscamos el hotel, resultará inevitable que nos metamos en la novela a la que esta isla pertenece. A mí no me importa hacerlo si es que a ti te apetece, ya que, para lo nuestro, lo mismo da una novela que otra. Pero será inevitable que te tomen por la reina y que hagas ese papel. De modo que decide». Lénutchka lo pensó un rato. «No es que no me tiente», me respondió, «porque esos hombres de frente y esos hombres de perfil deben de ser fascinantes, pero no olvides que soy una muchacha soviética educada en el marxismo-leninismo más ortodoxo, y que hacer el papel de reina me da cierta dentera; además, mi gusto literario es bastante clásico, y las bifurcaciones acaban por aburrirme. Este viaje que venimos haciendo pertenece a nuestra novela, y, si las cosas marchan acabaremos por llevarnos al Dragón Feo a Villasanta de la Estrella, ya lo verás, de suerte que, de un modo bastante tenue, nos mantenemos dentro del tema. Pasar a otro nos hace correr el riesgo de abandonar lo empezado, y son ya muchos esbozos los que te han quedado a medias. Por lo demás, confieso que no me disgustaría saludar a la dueña del hotel, donde, además, hallaremos lechos cómodos y un poco de comida». «Traje conmigo algo», y señalé el zurrón que en aquel momento acababa de inventar y de colgarme al hombro; «hay de esos pastelillos de caviar que te gustan». «¿Caviar del Guadalquivir?». «Del Volga, garantizado». Tendió las manos. «¡Dámelos en seguida, te lo ruego!». Le pasé la fiambrera donde venían, y vi cómo se los comía con infantil voracidad. Mientras lo hacía, inventé una guitarra que dejé a sus pies; porque Lénutchka, después de haber comido los pasteles de caviar, se sentía nostálgica y cantaba canciones de su tierra en que hablaba de ríos, de bosques y de estepas, y también de amor. Era el comienzo de la noche, y sólo veía su sombra, y ella la mía. Empezó a cantar. Mientras lo hacía, levanté a su alrededor una cabaña capaz de resistir el viento de la noche, con hogar encendido y lecho de pieles de foca y de oso blanco, y la piedra en que Lénutchka cantaba quedó precisamente junto a la puerta, de modo que las llamas del hogar le alumbraban, a ráfagas, la cara. Ya le había oído otras veces aquella balada de Boris Godunov, con letra y música antiguas: las venturas y desdichas del zar violento y las trapacerías del supuesto Dmitri: me gustaba la voz de violoncello con que Lénutchka cantaba, y, para oírla mejor, me senté cerca de ella, en la esquina del lecho. Al terminar, le había caído el cabello encima de la cara, y le resbaló la balalaika hasta caer al suelo con un sonido discordante. «Tengo frío», me dijo, y yo la cogí en brazos y la acosté bajo la piel del oso. «Me acuerdo de mis amigos, y de aquel bar en que nos reuníamos al salir de la universidad. Venía con nosotros, casi siempre, el profesor Levinka, que estaba enamorado de mí. Solía cantar también la balada de Boris: de él la aprendí. Y la pequeña Katia, y Vladimir, su novio, que se habrán casado ya, y yo no he asistido a la boda…». Me sentí responsable de haberla arrebatado a aquel mundo, que era el suyo, donde los hombres y las mujeres eran de carne y hueso, y no meras palabras. «Si quieres…», insinué; pero ella me echó el brazo por la cintura y me atrajo. «No, no, bien sabes que no. Pero, a veces, los recuerdo, y pienso si serán felices. Levinka, no, por supuesto, pero se consolará atacando con furia a los formalistas, que han muerto todos». Cerró los ojos; su brazo se aflojó poco a poco. Se lo tapé también y la dejé dormir. Fuera, corría por la llanura un viento alborotado y algunas gotas gruesas golpeaban el tejado de bálago. Me acomodé frente a las llamas, y pensé que le gustaría, al despertar, escuchar de mis labios la continuación de la novela. ¿A quién seguir? ¿A don Procopio, a Pablo, al bibliotecario, al arzobispo? Las llamas se empeñaban en formar las imágenes de dos muchachos jóvenes. ¡El Diablo me las trajo, olvidadas como estaban! Marujita y Conchita, «Las Marujitas», la hija de mi patrona en mis años de estudiante, y una amiga que también vivía allí. Les llamaban de mote «Las telefonistas», por su oficio. Marujita era muy guapa; Conchita, no tanto, y tiraba a gorda, pero, a la capa de su amiga, también la cortejaban Tenían fama de putas, las criaturitas, y por lo que supe de ellas, la merecían. Se me fundió el recuerdo con el de otra pareja, éstas hermanas, que andaban a la caza de estudiantes novatos, y eran de mírame y no me toques, pero acabaron preñadas, decían que de un catedrático, pero no llegó a saberse a ciencia cierta, porque fueron a parir a la montaña y no se les volvió a ver por la ciudad. Unas y otras coincidieron en formar una tercera pareja, la imaginaria, que se llamó en seguida de «Las Pepuchas», y eran las hijas del bonzo, Pepucha y Juanucha, con estos diminutivos que algunos pedantes corregían a la rusa, Péputchka y Juánutchka, o al menos se me ocurrió así. Las había tenido su madre, según lo convenido, después de quedar sola, y preguntado el bonzo cierta vez si no le avergonzaba que hubieran salido zorras, él respondió filosóficamente: «Cuando nacieron, su madre andaba con don Fulano, de modo que allá ellas». No sé si es una respuesta digna de la elevación moral del bonzo, pero hay que tener en cuenta que, por muy alta que fuera, también a veces descendía al santo suelo, y se apasionaba, por ejemplo, por las quinielas, a las que no jugaba, sin embargo. Me decidí, pues, a continuar la historia por aquel camino, o sea, desde el punto de vista de Las Pepuchas, o más bien de una de ellas, ya que para lo que se me iba ocurriendo la otra me estorbaba. Lénutchka dormía, y decía a veces oscuras palabras rusas, que llegaban a mí como un susurro de eñes. La contemplé largamente, antes de ponerme a trabajar, y lo hice después silencioso y a mano, contra mi costumbre, no fuera a despertarla el tecleo de la máquina. Y esto es lo que me salió aquella noche:
Gonzalo Torrente Ballester
Fragmentos de Apocalipsis
En «Fragmentos de Apocalipsis», Gonzalo Torrente Ballester nos ofrece una visión crítica, mordaz y esperpéntica de la vida y de los habitantes de Villasanta de la Estrella, ciudad que puede verse como un trasunto de la capital jacobea, a la que en 1948 había dedicado «Compostela y su ángel». Guiado por una concepción exigente y culta de la novela, el escritor, convertido en protagonista, lleva a cabo, siempre desde su conciencia creadora, una profunda reflexión sobre las posibles formas en que puede componer su obra. La alternancia de lo real y de lo mágico, el humor, la fina ironía y el erotismo desenfadado provocan un placer intelectual que no merma la diversión y el entretenimiento.
Gonzalo Torrente Ballester
Fragmentos de Apocalipsis
En «Fragmentos de Apocalipsis», Gonzalo Torrente Ballester nos ofrece una visión crítica, mordaz y esperpéntica de la vida y de los habitantes de Villasanta de la Estrella, ciudad que puede verse como un trasunto de la capital jacobea, a la que en 1948 había dedicado «Compostela y su ángel». Guiado por una concepción exigente y culta de la novela, el escritor, convertido en protagonista, lleva a cabo, siempre desde su conciencia creadora, una profunda reflexión sobre las posibles formas en que puede componer su obra. La alternancia de lo real y de lo mágico, el humor, la fina ironía y el erotismo desenfadado provocan un placer intelectual que no merma la diversión y el entretenimiento.
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