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domingo, 23 de diciembre de 2018

La Fregeneda en la literatura y la historia (2)

Españoles y portugueses, todos se habían preparado bien para la siguiente campaña, y cuando don Juan de Austria se movió de Badajoz (6 de mayo, 1663), llevaba doce mil peones, seis mil quinientos caballos, diez y ocho cañones, tres morteros, y tres mil carros cargados de municiones y de víveres. El rey de Portugal había nombrado general de las tropas de Alentejo a don Sancho Manuel, ya conde de Peñaflor. Las tropas que tenía a sus órdenes, contando la infantería inglesa que había llegado, eran muy poco inferiores en número a las castellanas. El primer triunfo del ejército español en esta expedición fue la rendición de la importante ciudad de Ébora, a lo cual contribuyeron no poco las disidencias entre los jefes portugueses, que la intervención del conde de Vimioso no alcanzó a componer. Después de esto un cuerpo de españoles se apoderó de Alcázar de Sal, poco distante de Setubal. De tal modo asustaron estas noticias en Lisboa, que las gentes andaban despavoridas por las calles, y por un momento temieron que se perdiera todo el reino, porque no quedaba plaza fuerte que pudiera detener al enemigo hasta la capital. El susto se convirtió luego en furor, y cargando el pueblo la culpa de aquellas desgracias a los nuevos ministros, acometió y saqueó las casas de algunos, teniendo ellos que esconderse. Aplacado el tumulto, expidióse orden al conde de Peñaflor para que diera la batalla al ejército castellano.
Levantó con esto el de Peñaflor su campo, pasó el Odegebe, y llegando hasta media legua de Ébora formó en batalla. El río dividía los dos ejércitos, y Schomberg había elegido tan hábilmente las posiciones y colocado tan ordenadamente en ellas a los portugueses, que viendo don Juan no serle fácil atacar con ventaja, determinó retirarse a Badajoz, dejando guarnecida a Ébora. Seguíanle los portugueses sin perderle de vista; don Juan esquivaba la batalla, temeroso de perder con ella lo ganado; deseábanla Peñaflor y los suyos, al mismo tiempo que la temían también, y ambos ejércitos se respetaban. Por último presentóla el portugués al llegar los nuestros a Amegial, sin que don Juan pudiera ya excusarla. Faltaba solo una hora para ponerse el sol, cuando comenzó formalmente el combate, siendo los primeros a atacar los portugueses. Peleóse de una y otra parte con valor, y hasta con ferocidad, convencidos unos y otros de que pendía de aquella batalla la salvación o la sumisión de Portugal, y el éxito de una lucha que contaba ya tantos años. La noche separó a los combatientes, y hasta la mañana del siguiente día no se supo quién había sufrido más pérdida (8 de junio, 1663).
Por desgracia, si la de los portugueses había sido grande, pues se supone que no bajó de cinco mil hombres, se vio que la de los castellanos había sido mayor y más lamentable. A ocho mil se hace subir la de los muertos y prisioneros, asombrosa cifra atendida la poca duración de la batalla, entre ellos no pocos generales, coroneles, grandes y títulos, contándose en ellos el marqués de Liche, hijo del famoso don Luis de Haro: perdiéronse ocho cañones, un mortero, multitud de estandartes, y hasta dos mil carros de municiones. Debieron los portugueses principalmente su triunfo a la infantería inglesa. Don Juan de Austria peleó con más valor que inteligencia y fortuna; expuso muchas veces su cuerpo y su vida, y habiéndole muerto dos caballos, entró por los enemigos a pie con su pica en la mano, combatiendo largo rato contra muchos de ellos. Ya que no se condujo como buen general, portóse al menos como buen soldado. Llamóse esta la batalla de Amegial, del Canal la nombran otros, y otros menos propiamente de Estremoz, por haber sido no lejos de esta ciudad.
Desde Badajoz escribió don Juan de Austria al rey dándole noticia de aquel desgraciado suceso, al cual siguió la entrega de Ébora y la pérdida de Villaflor; y para que nada faltara, en la plaza de Arronches, ya que el mariscal de Schomberg no pudo tomarla, se incendió el almacén de la pólvora, e hizo saltar más de dos mil castellanos. En la provincia de Entre-Duero-y-Miño se perdió Castel-Lindoso, que había ganado el año anterior el arzobispo de Santiago; y en la de Beyra solo hubo de notable una acción que sostuvo gloriosamente el duque de Osuna contra muy superiores fuerzas portuguesas cerca de Valdemula (30 de diciembre, 1663), con lo que se puso término a la campaña de este año.
Natural era que se envalentonaran los portugueses con el triunfo de Amegial. Así fue que al año siguiente se atrevió el conde de Marialva a penetrar en territorio español, a poner sitio a Valencia de Alcántara, que no tenía más fortificación que un viejo y flaco muro, si bien se hallaba en ella de gobernador y la defendía con tres bravos regimientos el valeroso don Juan de Ayala Mejía. No se podía exigir más de lo que este jefe y su gente hicieron: la defensa costó mucho y admiró no poco a sus enemigos, y cuando se entregó la plaza (junio, 1664), no era posible llevar más adelante la resistencia. Por dos veces había intentado socorrerla don Diego Correa con cinco mil caballos; ninguna pudo; y don Juan de Austria, aún cuando fue avisado del peligro, no se apresuró a llevarle socorro. No se tomó este año desquite de lo de Valencia de Alcántara; al contrario, fueron abandonadas por los nuestros Arronches y Codiceyra, y el resto de la campaña en el Alentejo se redujo a las antiguas correrías. Tampoco hubo acontecimiento notable en las provincias de Tras-os-Montes y de Entre-Duero y Miño.
Lo que hubo en la de Beyra, donde operaba el duque de Osuna, fue bochornoso para nuestras armas. Aquel magnate había tenido un encuentro feliz con los portugueses que mandaba Hurtado de Mendoza: más luego sitiando a Castel-Rodrigo, y abierta ya brecha en la plaza, ni él, ni sus maestres de campo, ni los capitanes pudieron conseguir de los soldados que entraran por la brecha: amenazas y ruegos todo fue inútil: aquella gente, sacada de improviso de los talleres y de las casas de labranza, se asustaba del ruido de las granadas y de los mosquetes, y no fue posible hacerles dar un paso adelante. Y no fue lo peor este insigne acto de cobardía, sino que acometido después de la retirada por Jacobo Magalhaes que a socorrer aquella plaza había salido de la de Almeida, aunque eran los portugueses menos en número, apoderóse tal espanto de los nuestros, que parecía faltarles tiempo para arrojar las armas y huir, abandonando artillería y bagajes, mas no lo hicieron tan de prisa que no fueran apresados unos, acuchillados otros por la caballería portuguesa: entre los primeros lo fue el teniente general de nuestra caballería don Antonio de Isassi; entre los segundos se contó a don Juan Girón, hijo del mismo duque de Osuna, que para honra suya y de su ilustre estirpe fue de los que murieron peleando. Su padre con la poca gente que pudo recoger se retiró desesperado a Ciudad-Rodrigo. Magalhaes después de este triunfo entró en España con tres mil hombres, tomó y saqueó las villas de Cerralbo y Fregeneda, y consternados con esto nuestros soldados iban abandonando los pequeños fuertes que guarnecían en la frontera.
Produjeron los reveses de estas campañas la separación delos dos más ilustres generales, don Juan de Austria y el duque de Osuna. Al primero se le admitió la renuncia que hizo del mando y se le permitió retirarse a Consuegra. Quejábase don Juan de que no se le suministraban ni municiones, ni víveres, ni dinero, ni recurso alguno para hacer la guerra, y atribuíalo, no sin algún fundamento, a malas artes de la reina doña Mariana, que le miró siempre de mal ojo y no quería que el hijo bastardo de su marido tuviera la gloria de recuperar el Portugal. Al de Osuna no solo se le separó, sino que se le redujo a prisión y se le condenó a cien mil ducados de multa, como en castigo de las contribuciones que exigía a los pueblos para mantener su ejército; como si no enviándole dinero, hubiera podido sostener de otro modo aquella, hambrienta e indisciplinada gente. Al fin el de Osuna justificó su conducta, y consiguió ser absuelto. De este modo la persecución de los dos duques de Osuna, padre e hijo, ambos excelentes capitanes y distinguidos servidores de su rey y de su patria, señalaron el principio y el fin del reinado de Felipe IV.

Modesto Lafuente
Historia General de España - XII

Esta monumental obra se publicó en 25 volúmenes entre 1850 y 1866, año en que muere su autor, Modesto Lafuente. Fue continuada por Juan Valera con la colaboración de Andrés Borrego y Antonio Pirala.
El duodécimo volumen (edición de 1889) abarca desde el año 1643 (caída del conde-duque de Olivares) al 1703 (principio de la guerra de sucesión).
Hechos y personajes importantes en este periodo fueron: Las paz de Westfalia, la insurrección de Nápoles, guerras con Francia, Inglaterra y Portugal, la paz los Pirineos, la triple alianza, el padre Nithard, Don Juan de Austria, Valenzuela, el duque de Medinaceli, el conde de Oropesa, …

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