En estos
días en el diario El País los escritores Cercas y Muñoz Molina andan tirándose
letras a la cabeza sobre la importancia de la obra de Don Benito y su
universalidad. Muchos lectores han participado en la gresca a través de los
comentarios habilitados por el citado diario. Este tipo de
enfrentamiento de opiniones es muy antiguo y ha tenido varios ilustres
protagonistas, Menéndez Pelayo, Valle-Inclán, Baroja, Clarin...
Buscando otra cosa, encontré esta opinión de Salvador de Madariaga en el número
extraordinario de Cuadernos Hispanoamericanos nºs 250-252.
LA UNIVERSALIDAD DE GALDÓS
Salvador de Madariaga
No creo que persona alguna
medianamente leída en el ámbito hispano de la cultura humana dude de que Galdós
sea el novelista más grande que haya dado España de Cervantes acá y uno de los
más grandes de la cultura atlántica. Tampoco creo que este juicio rija allende
nuestras fronteras culturales, salvo para un número reducido de hispanistas. Es
cosa de preguntarse por qué se da un contraste tan excepcional en la valoración
de un artista que lleva casi un siglo ante la opinión.
Quizá haya que comenzar por una razón
que poco o nada tiene que ver con Galdós mismo: el contraste de valoración que
se da en casi todo el mundo sobre España, vista por nosotros o por los demás.
Ejemplo reciente entre muchos: la telecinta que ha hecho la BBC sobre la
historia de la cultura universal. Su autor, Sir Kenneth Clark, ha pintado un
cuadro histórico de la cultura humana, centrado en la europea, concebido por él
de un modo admirable y realizado por la BBC de un modo no menos digno de
admiración. Pero en esta obra maestra —y conste que lo es— no figura España.
Parece que al reproche que se le hizo, contestó el autor que no era menester
España para dar un cuadro suficiente de nuestra cultura.
Hay, pues, aquí en la cultura europea
una como falla geológica que separa a los que ven de los que no ven lo que
España es en la historia del espíritu. A nosotros los hispanos toca abordar el
tema con la debida ecuanimidad para no perder el proceso por nuestra
intemperancia como testigos. El tema es inmenso y el espacio limitado. Yendo a
la raíz, se hallan dos causas: la disconformidad española con la evolución
racionalista de Europa, que, si no se inicia, se declara en el siglo XVII; y la
molestia íntima que sienten los países del Norte, y en especial los dos
anglosajones, por no poder armonizar sus pretensiones de moral puritana con su
conducta nada ejemplar para con el imperio español.
Puesto que la historia humana es una
cinecinta continua, no cabe dividirla en capítulos, de modo que todo intento de
trazar la raya en que comienza la evolución racionalista de Europa sería vano.
Aun así, cabe dar por lo menos como un momento vigoroso de esta evolución aquel
en que Francis Bacon formula y proclama su fe en los beneficios que la ciencia
podría aportar a la humanidad. El ideal de la prosperidad que va a fluir de la
ciencia utilitaria es quizá la fuerza sicológica que da el tirón más eficaz
para polarizar los pensamientos y sentimientos humanos hacia este mundo,
desviándolos del otro, y así pasa la atención de los europeos del ciclo a la
tierra, del alma al cuerpo, del cura al médico y del teólogo al físico. Este
viraje de la historia se hace sin España. No es cosa de pronunciarse aquí sobre
quién tuvo o no tuvo razón. Hasta el fin de una vida no cabe juzgar con certeza
los actos de quien la vivió; y como la vida de la humanidad no ha terminado, no
sabemos ni sabremos si España tuvo o no tuvo razón, y si fue Ortega indignado o
Unamuno testarudo quien vio más hondo en aquello de «¡Que inventen ellos!»
Siempre queda que, cuando la BBC
puede hacer una cinta de la evolución cultural de Europa sin mencionar a
España, lo que inspira esta actitud es la indiferencia, el encogerse de
hombros, para con el mero progreso intelectual y científico, que, por la
tecnología, va a dar a... a lo que sea, que hoy ya no sabemos a dónde va. De
poco o nada sirve que hagamos valer lo que España ha dado al mundo fuera de
esta perspectiva histórica: haber cristianizado, es decir, europeizado, a todo
un continente y haberlo cubierto de belleza como ningún otro pueblo lo ha hecho
en ninguna parte; haber dado al mundo una pintura sólo igualada por Italia y
Holanda, una literatura sólo igualada por Francia y por Inglaterra. Todo, eso,
para la perspectiva de hoy, no es más sustancial que el piano que se enseñaba a
las chicas cursis del siglo XIX, por el qué dirán. Lo que importa hoy es la fisicoquímica.
No a dónde ascienden los espíritus, sino hasta dónde se alzan las chimeneas.
En este divorcio de España viene a
injertarse un repudio. El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo eleva a
España a un nivel tal de predominio, que andando el tiempo le concita la enemistad
de Inglaterra y de la Inglaterra ultramarina, que se llamará Estados Unidos;
enemistad que dará pingües beneficios a los que la cultivan. En gentes
puritanas, la enemistad tiene que justificarse mediante la inculpación del
enemigo. Comienza entonces lo que ha dado en llamarse leyenda negra, con
manifiesta exageración tanto del sustantivo como del adjetivo, puesto que el
tal engendro no carecía del todo de algún poso de realidad. Pero el hecho es
que, aun hoy, el escritor (quizá más que los otros artistas) si es de España,
lleva ipso facto un coeficiente de desvalorización que se debe a Torquemada y a
Felipe II en las apariencias, pero a Drake en la realidad.
Esto es mucho más serio de lo que
parece. Considérese que, por razones que nos llevarían demasiado lejos de
nuestro tema, el escritor francés, por el mero hecho de ser francés, disfruta
en los países anglosajones de un coeficiente de sobrevalorización del doble o cuádruple.
Como el caso de un escritor español es precisamente contrario, resulta que el
acceso a la estimación mundial, dominado por la artillería intelectual
anglosajona, es de cuatro a dieciséis veces más fácil para el francés que para
el español, y se verá hasta qué punto pesa sobre todos nosotros la herencia
ancestral.
Así, pues, si se hiciera un estudio
de la universalidad efectiva de los escritores del siglo XIX, es casi seguro
que se hallarían, situados muy por encima de Galdós, nombres que no le alcanzan
ni al tobillo, aparte de otros, como Balzac, que, siendo pares suyos, no le son
superiores; y en esta estimación entrarían ciertamente los dos motivos
apuntados: la reserva de España sobre el valor humano de la ciencia utilitaria
y la necesidad de denigrar a España para arrebatarle los galeones y alguna que
otra isla, sin perder la vergüenza.
Hasta aquí la pérdida de la
universalidad que sufrió pasivamente Galdós por el mero hecho de ser español.
Pero ¿no colaboró algo él mismo en la configuración de este destino que se le
iba haciendo? Por lo pronto escribe a veces mal. Bien es verdad que, en estas
cosas, parte de un buen principio. El autor no debe preocuparse por su estilo
más que para corregir lo que le sale mal; si aspira a lucirse fracasará. La
forma debe nacer con el fondo y exigida y dictada por él. En toda esta
disciplina de su arte, Galdós es ejemplar. Siempre espontáneo, escribe «como le
sale», y casi siempre la sale bien. Por eso, cuando el momento es tenso, su
estilo es excelente. Pero en los casos, en él numerosos, en los que hay que
ligar, hacer atajos o puentes, le decae el ánimo, flojea y va a dar al
periodismo.
Habría, pues, que pararse un poco en
esto de los lugares fuertes y los lugares flojos del novelista; el músculo y el
tejido conjuntivo de su arte. Tema más delicado de lo que parece, porque es muy
posible que ya en la abundancia o en la escasez y aun ausencia de los lugares
conjuntivos o utilitarios, se revele cierta calidad más o menos poética, del
novelista. No olvidemos que Galdós llegó a la novela por el periodismo. Mal
comienzo. Hincapié en el relato, no en el hecho. Escuela de novelistas es sin
duda el periodismo: «EL IMPARCIAL, con muertos frescos», pregonaba en La Corona
una vieja cuando yo era chico. El diario es, sin duda, repuesto de novelas.
Pero para la gran novela no es el periodismo buen aprendizaje. Le falta
intensidad.
Galdós escribía con lápiz. Hay que tomarlo
en cuenta para justipreciar su lado flojo. No sé si se ha hecho estudio alguno
de los medios de escribir del escritor. Lápiz, pluma, taquigrafía, máquina,
dictáfono. Cada cual tendrá, sin duda, sus ventajas y sus inconvenientes en
cuanto a su arte. Al fin y al cabo, su razón habrá para que el artista
literario lleve el nombre de escritor. Mucho me temo que el lápiz haya
perjudicado el estilo de Galdós. El lápiz, comparado con la pluma, presenta dos
caracteres al parecer contradictorios. Exige más presión de la mano sobre el
papel, pero es de manejo más fácil. Predispone al descuido, al perfil borroso.
Va contra la precisión, la exactitud, la claridad. Creo la pluma el único
instrumento del escritor. La máquina de escribir me parece incompatible con la concentración
poética; y más aún el dictáfono; cuyos defectos son más graves todavía que los
del lápiz, porque afectan al momento poético de la creación; mientras que los
del lápiz más bien tienden a aflojar el tono y humor de la expresión. Henry
James, que dictaba sus novelas, es difuso y vago en demasía; Galdós es flojo en
cuanto no le obliga a ser tenso el momento que relata.
Puesto que los meandros de mi ensayo
me han llevado a la confrontación entre Henry James y Galdós, sírvame de
ilustración de aquel contraste por donde empecé. No creo pecar ni de
nacionalista ni de provincial al estimar que vale más Galdós que Henry James:
pero ello no empece que en la historia de la literatura atlántica se dé más
peso a Henry James que a Galdós. Y aun sin contar las razones que ya he citado,
cabe pensar que en ello tenga parte, y no pequeña, el que Galdós pinta seres
españoles en ambiente español, y James anglosajones en ambiente anglosajón o
cosmopolita. Pesa más, pues, lo cosmopolita que lo universal, porque para
llegar a lo universal en Galdós hay que pasar por lo español, que por aquello
de Torquemada, Draque «ha pasado a la historia».
Siempre me ha parecido poco
afortunada la sentencia que afirma que el saber no ocupa lugar. En sí y puro,
quizá. Pero parece como que sugiere que el pensamiento es independiente del
lugar en que piensa, y esos ya son otros López. El
pensamiento se va formando como una tela de araña, y muchas veces ocurre que la
araña tejedora se nos sale de la cabeza para prender un hilo en la pared, otro
en la ventana y otro en aquella copia de Las Meninas que comunica con
Velázquez desde lo alto de un estante. El lápiz, la pluma, humildes
herramientas del escritor, ¿no llevarán también a veces hilos de nuestra
telaraña?
Esta flojera del periodista con el
lápiz en una mano y el pitillo en la otra, ¿no viene a veces a rebajar el nivel
de nuestro excelso novelista? ¿No explicaría cómo, a veces, se le distrae la
imaginación y se olvida de lo que trae entre manos para hacer comentarios de café
tan ociosos como los que hacen divagar a Tolstoi en Guerra y Paz? Y recuerdo a
Tolstoi porque a él no le han impedido llegar a ser figura universal, porque
Rusia es una gran potencia como lo era España a tiempo de Cervantes, mientras
que nosotros, desde la Armada Invencible no tenemos derecho a un gran
novelista.
¡Y qué gran novelista! Galdós es uno
de los artistas literarios con mayores títulos a la fama universal, empezando
por el que figura en todos los libros de trato sobre la literatura. Es uno de
los novelistas que con mayor sencillez y espontaneidad consiguen expresar y
plasmar lo humano universal y permanente en lo humano local y temporal. El
secreto de su éxito desde La Fontana de Oro es precisamente esta facultad que
manifestó en seguida. Sus personajes son de su época, la cual, dicho sea de paso,
no le ayudaba mucho en ello, pues ha sido uno de los momentos en que España ha
estado más aislada y vuelta de espalda al mundo.
Esta misma La Fontana de Oro va a dar
la prueba de otra de las facultades maestras del gran novelista que fue Galdós.
Cuidado si se ha glorificado a Freud por haber descubierto esas honduras del subconsciente
de que hizo luego Jung todo un sotomundo. Pero ¿qué hay en Jung que no esté ya
en Cervantes y en Galdós? Casi no se da personaje en Galdós que no vaya por el
mundo con otro yo oculto en el sótano de su alma, que de repente se le rebela y
se revela como el impulsor y verdadero dueño de sus actos. Y esto vive ante
nosotros no como caso clínico, sino como arte. Bastará con recordar a Ángel
Guerra, donde cada cual lleva dentro su soto-yo, y a todos les va saliendo a
escena en el momento oportuno.
Esta facultad de penetrar en el
carácter hasta lo más hondo lleva a nuestro Galdós a una actitud totalmente
libre de todo lo que no sea la perspectiva puramente
estética. No nos vayamos a meter en el avispero de las relaciones entre la
estética y la ética. Si lo bueno, lo bello y lo verdadero se encuentran, como
dicen los doctores en estas materias, nosotros (que no pasamos de estudiantes
poco aventajados) no se lo vamos a discutir. Verdad será cuando lo afirman personas
tan serias. Lo que a nosotros nos parece, a juzgar por lo que vemos, es que si
se encuentran, debe de ser como pasa con las paralelas, que se van a unir en el
infinito. «Bien fácil es mentir, el mentir de las estrellas...» Lo que hace al
caso es que el artista que se mete a sabio o a maestro de escuela, yerra el
camino, y merece que el crítico le avise con «a lo que estamos, tuerta».
En Galdós se hallará, sin pedantería,
pero con maravillosa constancia, esa perfecta imparcialidad que logran siempre
los grandes creadores. Para él no hay «buenos» y «malos», sino hombres y
mujeres como los definió Sancho de modo inmortal: como Dios los hizo... y a
veces peores.
Quizá se dé algo más que mera
imparcialidad de artista en este aspecto del genio galdosiano; algo que vendría
a ser también aspecto de la libertad de su espíritu. Al enfrentarse con los
seres de su ambiente, el novelista español ha solido mirarlos desde una morada
intelectual orientada ya por la religión, ya por la costumbre, o por otras
posibles limitaciones de su juicio. Claro que esto sucede en todas partes, aun
hoy. Quizá sobre todo hoy, cuando ha invadido la literatura esa peste
ideológica que todo lo ve del color de Carlos Marx o del de sus contrarios.
Pero dejando aparte esta epidemia que nos aflige, en la época de Galdós quedaba
todavía en las letras españolas cierta tendencia al localismo intelectual.
Galdós es libre. Tan libre como Shakespeare. El hombre que describe es el
natural-social.
Todo lo cual presupone en él una
filosofía implícita. Fichado como escritor de izquierda, hombre del progreso,
Galdós se complace en situar socialmente a sus héroes como ingenieros, gente
«moderna», sacerdotes de la ciencia aplicada; en suma, utopistas del baconismo.
Pero ¿es ésa precisamente la filosofía de Galdós? Cabe dudarlo. No vayamos a
ver en él el desencanto, la desilusión de estos modernos que ven ya venir la
muerte por asfixia en el paraíso de las máquinas para no trabajar. Tan profeta
no lo fue, ni lo fue nadie. Pero los ojos de su espíritu fueron demasiado
perspicaces para no ver las contradicciones de la naturaleza humana que se
ocultaban —mal— entre las nubes rosas del optimismo de su siglo.
SALVADOR
DE MADARIAGA
3,
St. Andrews Road OXFORD (ENGLAND)
CUADERNOS
HISPANOAMERICANOS. Nº 250-252. Madrid. Págs. 52 a 57. Octubre 1970 – Enero 1971