—Esto ya es Asturias —dijo.
—Huele a humedad.
—Sí, Asturias es muy húmeda.
Bajo su mirada se extendía un valle poco profundo, solitario y en sombras aún. Las estribaciones de los montes que lo flanqueaban lo cortaban desde ambos lados alternativamente, como las decoraciones de un teatro, dándole formas angulosas o retorcidas, obligando a describir innumerables meandros al arroyo que en su fondo discurría.
—Ahora no se ve nada —reanudaron la marcha—; cuando volvamos estará mejor, si es de día.
En el lejano horizonte, más allá de las pequeñas lomas envueltas en penumbra, se alzaba una cadena de montañas, erizada de agudas cumbres, de igual altura, teñidas de una franja roja y amarillenta.
—¿Estamos cerca?
—Es allí —extendió el brazo como si con la uña del índice fuera a tocar el extremo opuesto del valle, y guió su cabalgadura de modo que lo bordeara.
—¿No sería mejor bajar?
—Abajo todo está encharcado. Además, por allí la subida es muy mala.
Con la nueva luz, el médico pudo contemplar al otro a su gusto. Vestía mono del ejército, chaqueta de pana y abarcas; parecía clavado en el aparejo; las sacudidas del caballo no le afectaban lo más mínimo.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí?
—¿Eh? —Se volvió; le miraba desde unos ojos fruncidos sobre la cara negra, surcada por dos profundas arrugas a ambos lados de la boca.
—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
Los ojos castaños se movieron bajo la piel seca.
—Desde mayo. Todos los años venimos por mayo y nos vamos allá por San Miguel.
—¿Venís muchos?
—Entre todos los puertos seremos unos ocho o diez. Nos repartimos de dos en dos porque como siempre hay que andar bajando al pueblo, uno se tiene que quedar con las borregas.
—Tú eres extremeño, ¿no?
—No, señor; de junto a la Fregeneda.
—Eso está por Salamanca.
—Sí, señor; de la provincia de Salamanca.
—Mejor tierra que esta…
—¡Quite allá! ¿Dónde se va a comparar?
—Tú bajas mucho al pueblo.
—Es que los otros no saben amasar.
—¿Haces tú el pan para todos?
—Sí, pan blanco. Nosotros traemos la harina. Cuando el señorito ajusta los puertos, nos da la harina para el verano.
—¿Y el dinero?
—El dinero, a la vuelta.
—¿Con quién ajusta los puertos?
—Con los presidentes. Diez o doce mil reales y dos borregas.
—Y ¿para quién son las borregas?
—Para el pueblo, ¿para quién van a ser? Si está aquí para Nuestra Señora ya verá a los tíos hacer la chanfaina.
La ladera opuesta del valle apareció partida en dos por la niebla que fluía, cruzándolo, a sus pies.
—Ya levanta —dijo el otro, mostrándosela, cada vez más transparente, disuelta en el aire, alzándose en mechones dispersos cada vez que un golpe de viento la sacudía.
Abajo, los prados solitarios brotados de hierba corta, de un color verde acerado, aparecían cercados por restos de paredes.
—¿De quién son estos prados?
—Del pueblo.
—¿No los siegan?
—En los años escasos. Entra mal la guadaña ahí. Las vacas no la comen.
—¿Y quién hizo esas paredes?
—¿Qué paredes? ¿Las cercas? Son muy antiguas, hace mucho de eso.
Más arriba de las cercas surgía el pardo fluir del monte bajo, manchado por las quemas cenicientas que los pastores provocan para dar paso al ganado. Piornos retorcidos, rojizos y pelados; retamas, y en los cauces donde el agua se detiene, bosques de helechos, entre lávanas de cascajo.
Envuelto en la niebla apareció el chozo.
—Ya estamos.
Dos perros enormes, amarillos, de cabeza cuadrada, corrieron desde los corrales a su encuentro ladrando sordamente, pero los caballos, al parecer acostumbrados a ello, siguieron su paso sin apresurarse. Las ovejas se agitaron en el corral alzando las cabezas sobre las cercas para ver llegar a los dos jinetes. Fueron bajando, y a medida que se acercaban pudo el médico ver con toda claridad la pared circular de piedra caliza y pizarra tras la que el enfermo reposaba, bajo un techo cónico de ramas de abedul y retama. Sin saber por qué, le volvió a asaltar el recuerdo de sus antiguos compañeros. Hubiera querido en aquel momento saber qué género de vida habrían encontrado. ¿Dónde estarían?, ¿qué clase de destino les estaría reservado? Los caballos emprendieron un trote ligero al pisar terreno llano, en tanto los perros seguían aullando.
—¿Eres tú, Vidal? —preguntó una voz dentro del chozo.
¿Qué sería de ellos? ¿Habrían conseguido colocarse, según pretendían? Durante los últimos años bien se habían movido, halagando, trabajando el terreno de firme. Un sentimiento de disgusto hacia sí mismo le embargó. ¿Qué tenía él que reprocharles? Quizá los otros valían más que él; de todos modos, sus intrigas, su deseo de una vida mejor que les compensase de su trabajo carecía de importancia, no debía atañerle. ¿Qué culpa tenían de que él hubiera deseado ejercer allí?, ¿de sus tres horas a caballo? Manolo había dicho, refiriéndose a don Julián: «A ése tenían que traerle los enfermos aquí; si no, no se movía como no le mandaran el coche».
Jesús Fernández Santos
Los bravos
La acción de Los bravos se sitúa en un pueblecito leonés en la frontera de Asturias, un pueblo de doce vecinos —esto es, unas sesenta personas— al que llega un joven médico. En el pueblo se trabaja muy duro y los beneficios son escasos. Se malvive del pastoreo, de la pesca furtiva, de conducir un auto desvencijado, de regir una taberna. Y sobre las gentes, omnipresente, está don Prudencio, el rico de la aldea, el cacique viejo y egoísta, al que el joven médico se enfrentará quitándole a Socorro, su criada y amante. Pero vencer a un cacique no suele bastar para liberar a una comunidad…
Exploración de los violentos condicionantes de la España rural de la posguerra y análisis del desamparo y el esfuerzo de unos hombres que, más allá de remedios provisionales o represalias inútiles, muestran una sobria y extraña dignidad.
Los bravos es una novela que se lee con placer insólito. El estilo plástico y objetivo de Fernández Santos, su sabiduría escénica y la construcción cinematográfica de la historia a base de secuencias y de escenas rapidísimas, hacen de este libro una obra profundamente innovadora, de definitivas repercusiones en nuestra narrativa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario