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domingo, 13 de mayo de 2018

—¡Gritad, monteros! ¡La madriguera de los tiranos ya no existe!

Las llamas, altas como torres, ya habían vencido todos los obstáculos y se levantaban en el cielo crepuscular como una hoguera ardiente, que se divisaba a lo largo y ancho de toda la comarca. ¡Se derrumbaron los torreones, uno tras otro, envueltos en llamas los techos y tejados, al tiempo que los combatientes se veían obligados a abandonar el patio. Los vencidos, de los cuales pocos quedaban, huyeron desperdigándose por el bosque cercano. Los vencedores se arremolinaron en grupos numerosos y contemplaban maravillados y un poco temerosos las llamas que comunicaban reflejos rojos y oscuros sobre sus armas. La demente figura de Ulrica se hizo visible durante tiempo debido a la altura del torreón donde se encontraba. Abría los brazos orgullosamente, como una emperatriz que reinara sobre el desastre que ella misma había originado. Al final, con terrorífico fragor, se hundió de golpe y por entero el torreón, y Ulrica pereció en las mismas llamas que habían consumido al hombre que la había tiranizado. Un desagradable malestar acalló por un momento todo murmullo de los espectadores armados; éstos, por espacio de varios minutos, no se atrevieron a mover ni un dedo a no ser para santiguarse. Entonces se oyó la voz de Locksley:
—¡Gritad, monteros! ¡La madriguera de los tiranos ya no existe! Que cada cual lleve su botín al lugar de reunión convenido, o sea, a la gran encina del sendero de Harthill; allí lo repartiremos equitativamente entre nosotros al clarear el día, sin olvidar a nuestros valiosos aliados en esta gran gesta de venganza.

Walter Scott
Ivanhoe

Ivanhoe narra la enconada lucha de un hombre para restablecer su buen nombre y de paso el de la corona. La acción transcurre en una época convulsa, en tiempos de cruzadas, de encarnizadas luchas entre dos pueblos antaño hermanados, el sajón y el normando, y el príncipe Juan sin Tierra planea coronarse rey, aprovechando que Ricardo Corazón de León se halla luchando en las Cruzadas. Ricardo necesitará la ayuda de un caballero valeroso y ducho en el campo de batalla, y ese será Wilfred de Ivanhoe.

domingo, 8 de abril de 2018

Hacía más de tres noches que no se había quitado su jubón de piel de búfalo

Fue en el atardecer de un día de Siria cuando Ricardo se acostó enfermo, lo cual le contrarió tanto en su espíritu, como la enfermedad repugnaba a su cuerpo. Sus grandes ojos azules, que habitualmente brillaban con singular viveza, aumentada ahora por la fiebre y la impaciencia mental, despedían entre los largos y enmarañados mechones de cabellos rubios, miradas tan fulgurantes y enérgicas que parecían en verdad los últimos resplandores de un ocaso atravesando las nubes de una tempestad que se avecina, pero dorados aún por los rayos del sol. Sus facciones varoniles delataban los progresos de la devoradora enfermedad, y su barba, crecida y descuidada, le cubría los labios y el mentón. La inquietud con que se revolvía de un lado a otro en la cama, con las ropas revueltas, que a veces se quitaba de encima rabiosamente; el desorden del mismo lecho y sus inquietos ademanes demostraban a simple vista la energía y la impetuosa impaciencia de un estado de espíritu, cuya esfera de acción natural la constituían los más activos ejercicios.
Al lado del lecho se encontraba Thomas de Vaux, que por su cara, su actitud y sus ademanes, contrastaba todo cuanto pueda imaginarse con el monarca enfermo. Su estatura era casi gigantesca, y su cabellera habría podido parecer, por su abundancia, la de Sansón, pero después de haber pasado este héroe israelita por las tijeras de los filisteos, porque la de De Vaux tenía cortados los cabellos de tal manera que pudiesen caber dentro del casco. El brillo de sus grandes ojos, de color de avellana, tenía la luz de una mañana de otoño, y sólo se turbaban momentáneamente cuando alguna que otra vez eran atraídos por las vehementes señales de agitación e inquietud de Ricardo. Su cara, tan robusta como el resto de su persona, debía haber sido bella antes de quedar desfigurada por las heridas; su labio superior, siguiendo la moda de los normandos, estaba cubierto de un espeso bigote, tan largo que se le juntaba con la cabellera, ambos de un castaño obscuro, moteado por algunas canas. Su cuerpo parecía hecho a propósito para desafiar la fatiga y el clima, porque era ancho de espaldas, liso de caderas, largo de brazos, de pecho elevado y piernas muy fuertes. Hacía más de tres noches que no se había quitado su jubón de piel de búfalo, que tenía pintada la cruz en la espalda, y durante aquel tiempo sólo se había permitido el momentáneo descanso de que puede disfrutar la persona que vela a un monarca enfermo. Este barón raras veces cambiaba de actitud, excepto para administrar a Ricardo la medicina o el alimento, que ninguno de los demás asistentes, menos afortunados, podía convencer al impaciente monarca de que tomara; y en la forma bondadosa, aunque ruda, con que desempeñaba una misión que contrastaba tan extrañamente con sus costumbres y maneras de solitario y de soldado, se veía algo que emocionaba.

The Talisman
El talismán
Walter Scott, 1825

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