En ocasiones con
Raúl Escari y en otras con Adolfo Arrieta, fui muchas veces al rodaje y
presencié cómo el parque de los Rothschild se transformaba en un jardín
colonial. Una enorme lámpara de cuarzo atraía a las mariposas nocturnas, que se
abrasaban a cientos. La luz blanca del verano parisino adquiría el color del
monzón. A Marguerite, en el día del preestreno, le encantaba que le preguntaran
en qué región de la India había rodado la película. Me acuerdo de que, al final
de esa primera proyección, se acercó Robbe-Grillet para decirle que, como le
pasaba con todas las que ella filmaba, le había gustado mucho la película. Y
recuerdo que yo me quedé helado pensando si había oído bien o ella había vuelto
a hablar en su francés superior cuando oí que le decía
a Robbe-Grillet que lamentaba mucho no poderle decir lo mismo de sus películas.
Creo que nunca hasta entonces había oído hablar en mi vida con tanta franqueza,
y tal vez por eso me quedaron aquellas palabras muy grabadas en la memoria. Es
más, he imitado ese tipo de franqueza en algunas ocasiones de mi vida, siempre
con malos resultados, pues en todos los casos los afectados han reaccionado mal
y se han convertido en enemigos míos y yo he acabado, por una curiosa
asociación de ideas, considerándoles a ellos enemigos a su vez de la belleza de
India Song, de la extensión crepuscular del eco de un
gran grito de amor en la noche india: una asociación que con el tiempo he
sabido que no era tan descabellada como yo creía, pues India
Song gusta exclusivamente a mis amigos.
Enrique Vila-Matas en "París no se acaba nunca"