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domingo, 25 de marzo de 2018

Una enorme lámpara de cuarzo atraía a las mariposas nocturnas

En ocasiones con Raúl Escari y en otras con Adolfo Arrieta, fui muchas veces al rodaje y presencié cómo el parque de los Rothschild se transformaba en un jardín colonial. Una enorme lámpara de cuarzo atraía a las mariposas nocturnas, que se abrasaban a cientos. La luz blanca del verano parisino adquiría el color del monzón. A Marguerite, en el día del preestreno, le encantaba que le preguntaran en qué región de la India había rodado la película. Me acuerdo de que, al final de esa primera proyección, se acercó Robbe-Grillet para decirle que, como le pasaba con todas las que ella filmaba, le había gustado mucho la película. Y recuerdo que yo me quedé helado pensando si había oído bien o ella había vuelto a hablar en su francés superior cuando oí que le decía a Robbe-Grillet que lamentaba mucho no poderle decir lo mismo de sus películas. Creo que nunca hasta entonces había oído hablar en mi vida con tanta franqueza, y tal vez por eso me quedaron aquellas palabras muy grabadas en la memoria. Es más, he imitado ese tipo de franqueza en algunas ocasiones de mi vida, siempre con malos resultados, pues en todos los casos los afectados han reaccionado mal y se han convertido en enemigos míos y yo he acabado, por una curiosa asociación de ideas, considerándoles a ellos enemigos a su vez de la belleza de India Song, de la extensión crepuscular del eco de un gran grito de amor en la noche india: una asociación que con el tiempo he sabido que no era tan descabellada como yo creía, pues India Song gusta exclusivamente a mis amigos.
Enrique Vila-Matas en "París no se acaba nunca"
 


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